Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 18 — Monsieur Valcour hace una pregunta
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Capítulo 18 — Monsieur Valcour hace una pregunta

La fotografía no era buena.

Eso la volvía peor.

Las fotografías bien hechas tienen cierta vanidad.

Buscan componer, ordenar, favorecer la mirada del que observa.

Aquella, en cambio, solo quería probar algo.

Estaba tomada desde lejos, con lluvia, con mala luz y quizá con prisa.

El carruaje aparecía inclinado en el camino.

La silueta del cochero era apenas una mancha.

Y Delacroix —monsieur Alban Valcour para los presentes— descendía con el abrigo oscuro y el sombrero bajo, detenido en ese instante incómodo en que un hombre acaba de llegar a un lugar sin saber que alguien lo espera.

Al dorso, la frase parecía más nítida que la imagen:

Usted tampoco llegó por azar.

Nadie la repitió.

No hacía falta.

La frase había leído la habitación antes que cualquiera de ellos.

Victorine Arbel sostuvo la vela más cerca de la fotografía. Su mano tembló una sola vez. Luego dejó de hacerlo por orgullo.

—Esto fue tomado esta tarde —dijo.

—Sí —respondió Delacroix.

—Cuando llegó.

—Eso suele significar “esta tarde”.

Victorine no se molestó. Estaba demasiado cansada para gastar dignidad en respuestas irónicas.

Achille Varenne se acercó un paso.

—Entonces alguien lo conocía.

—Alguien me fotografió.

—No juegue con palabras.

—Al contrario. Es cuando más conviene elegirlas bien.

Théodore Marchal observaba la imagen con un gesto sombrío.

—Si alguien esperaba su llegada, usted no es tan ajeno a esto como dijo.

Delacroix giró hacia él.

—Yo dije que quería descansar. No que el mundo estuviera obligado a permitirlo.

—¿Quién es usted?

La pregunta volvió.

Más directa.

Más cansada.

Más peligrosa.

Oriane Fauvel, junto a la mesa, no apartaba los ojos de Delacroix. No tenía el brillo burlón de antes. Su interés se había vuelto más frío, más preciso. Era la mirada de alguien que no necesita desconfiar de todos porque ya ha decidido desconfiar mejor.

Blanche miraba la fotografía como si temiera encontrar en ella a su padre.

Félix Noiret vigilaba la puerta principal.

Maud Vernet, en cambio, miraba a Delacroix.

No la fotografía.

A él.

Eso le gustó menos.

—La pregunta correcta —dijo Delacroix— no es quién soy.

Varenne soltó una risa.

—Por supuesto que no. Qué conveniente.

—La pregunta correcta —continuó Delacroix— es desde dónde fue tomada esta fotografía.

El silencio cambió.

No se rompió.

Cambió.

Eso era mejor.

Victorine miró otra vez la imagen.

—Desde el camino.

—No exactamente.

Félix se acercó.

—Déjeme ver.

Delacroix le pasó la fotografía. El encargado la inclinó hacia la luz. Frunció el ceño.

—El carruaje está en la curva del castaño.

—Sí.

—Pero la foto no está tomada desde el camino. Está tomada desde arriba.

—Exacto.

Victorine abrió los ojos.

—Desde el mirador.

Félix asintió.

—O desde la torre lateral.

—¿La torre? —preguntó Marchal.

Victorine respondió:

—La casa tiene una torre pequeña en el ala oeste. Se usa como mirador en verano. Ahora está cerrada.

Oriane alzó una ceja.

—La palabra favorita de esta casa.

—Está cerrada de verdad —dijo Victorine.

Félix no la contradijo.

Eso fue interesante.

Delacroix se acercó al plano que aún reposaba sobre la mesa y señaló el ala oeste.

—¿Desde allí puede verse la curva?

—Sí —dijo Félix—. Si la ventana no está cubierta.

—¿Y lo estaba?

Victorine dudó.

—No lo sé.

—Eso también se está volviendo una tradición.

—La torre no se usa con esta época. No había razón para revisarla.

—Alguien encontró una.

Bréval, que había permanecido sorprendentemente callado, habló desde su sillón:

—Pero si la torre estaba cerrada, quien tomó la fotografía tenía acceso a llaves.

Félix lo miró.

—No necesariamente.

Bréval pareció herido por ver que su deducción no terminaba de nacer.

—¿No?

—Hay una escalera exterior de mantenimiento. Peligrosa, pero existe.

Victorine se volvió hacia él.

—¿Todavía existe?

—Sí.

—Creí que se había retirado.

—Se retiró la parte inferior. Con una escalera portátil se puede alcanzar el primer tramo.

Delacroix miró a Félix.

—Eso habría sido útil antes.

—Usted no preguntó por escaleras exteriores.

—Tampoco por asesinos que fotografían huéspedes desde torres. La noche va ampliando el temario.

Varenne señaló la fotografía.

—Esto no cambia nada. Alguien lo esperaba. Usted lo sabía o no lo sabía. Pero estaba en el tablero antes de llegar.

—Ahí tiene una frase casi inteligente.

—No me insulte.

—No lo hago. Le informo de sus progresos.

Oriane se inclinó hacia la fotografía.

—Hay algo en la esquina.

Delacroix la miró.

—¿Qué?

Ella señaló el borde inferior derecho.

—Una sombra. No del carruaje. De la ventana desde donde se tomó.

Félix acercó más la luz.

—Es una reja.

Victorine murmuró:

—La torre tiene una barandilla de hierro frente al ventanal.

—Entonces fue tomada desde dentro —dijo Marchal.

—O desde alguien apoyado justo en la barandilla —respondió Félix—. Pero sí. Desde la torre.

Delacroix tomó la fotografía otra vez.

La reja era apenas una serie de líneas borrosas. Pero estaba allí.

La casa acababa de entregar otra puerta.

Y, como todas las puertas desde la muerte de Renaudin, venía con una cerradura dudosa.

—Revisaremos la torre —dijo Victorine.

—No ahora —dijo Delacroix.

Varenne golpeó la mesa.

—¡Siempre no ahora!

—Porque “ahora” es la palabra que el asesino quiere oír.

—¿Y qué propone? ¿Sentarnos a admirar su retrato?

—No. Propongo hacer una pregunta.

—¿A quién?

Delacroix dejó la fotografía sobre la mesa.

—A todos.

Aquello tuvo un efecto curioso.

Las personas temen menos a una acusación directa que a una pregunta común. La acusación permite defenderse. La pregunta común obliga a escuchar la mentira del vecino y preguntarse si la propia sonará igual de pobre.

Delacroix esperó hasta que todos lo miraran.

—¿Quién sabía que yo llegaría hoy?

Nadie respondió.

—No quién me conocía. No quién me fotografió. No quién escribió la nota. Empecemos por algo más simple y menos dramático. ¿Quién sabía que un huésped ocuparía la habitación siete esta noche?

Victorine respondió:

—Yo.

—Félix.

—Sí —dijo el encargado—, después de que madame Arbel me lo dijera.

—Blanche.

La muchacha alzó la vista.

—Sí, monsieur. Preparé la habitación.

—¿Alguien más?

Victorine negó.

—No.

Oriane habló:

—Todos vimos llegar su carruaje.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No. Pero responde a otra. Una vez que llegó, cualquiera pudo notar que ocupaba la siete.

—Cierto. Pero la fotografía fue tomada antes de que entrara en la casa. El fotógrafo no necesitaba saber mi habitación. Necesitaba saber que debía fotografiarme.

Varenne cruzó los brazos.

—O fotografiaba a cualquiera que llegara.

—Muy bien.

El comerciante se sobresaltó.

—¿Qué?

—Es una posibilidad sensata. No la estropee sorprendiéndose.

Oriane miró a Delacroix.

—Entonces quizá la frase del dorso se escribió después.

—Sí.

—Alguien tomó una fotografía de su llegada y luego la convirtió en amenaza cuando usted empezó a incomodar.

—Exacto.

Marchal se acercó.

—Eso reduciría la importancia de su identidad.

—No. Reduciría la importancia de que el fotógrafo me conociera antes. Pero aumenta otra.

—¿Cuál?

—Que alguien en la casa tuvo acceso a la fotografía después de tomada, la reveló o ya la tenía lista, escribió al dorso y la dejó en la puerta.

Bréval levantó la mano.

Oriane lo miró.

—Está en una sala, no en una escuela.

Él la bajó un poco, pero habló:

—¿Reveló? ¿Aquí?

Félix frunció el ceño.

—Hay un pequeño cuarto oscuro en la torre.

Victorine lo miró como si acabara de confesar que había un cementerio bajo la cocina.

—¿Qué?

—Del propietario anterior. Era aficionado a la fotografía. Quedan bandejas, productos viejos, cristales. No sé si sirven.

Delacroix miró la fotografía.

No era una copia perfecta.

Era reciente, húmeda en un borde, mal secada.

—Sirvieron lo suficiente.

Victorine se llevó una mano a la frente.

—¿También eso hay en mi casa?

—Madame —dijo Oriane—, empiezo a sospechar que su casa tiene más recursos que algunos gobiernos.

—No ayuda.

—No pretendía.

Delacroix recogió la fotografía y la dejó junto a las notas.

—Ahora sí podemos decir algo. La fotografía fue tomada desde la torre o desde su barandilla. Probablemente fue revelada en la casa. Eso requiere acceso a la torre y tiempo.

—¿Cuándo? —preguntó Marchal.

—Después de mi llegada y antes de que apareciera en la puerta.

—Durante el caos.

—Durante muchos caos. Tenemos una selección lamentablemente amplia.

Félix apretó la mandíbula.

—La torre está en el ala oeste. Para ir y volver sin pasar por el salón se puede usar la escalera de servicio.

—¿Desde la cocina?

—Sí.

Blanche se puso pálida.

—Yo no subí.

Delacroix la miró.

—Lo sé.

Félix también lo miró, pero esta vez no con defensa. Con gratitud mal disimulada.

Maud Vernet habló desde su lugar:

—¿Y si la fotografía no era para acusarlo?

Todos se volvieron.

Delacroix no.

Él ya la estaba mirando.

—Continúe.

—Quizá era para recordarle algo.

—¿Qué?

—Que nadie llega a una casa así por casualidad. Ni siquiera quien cree hacerlo.

Varenne resopló.

—Otra frase.

Maud no lo miró.

—Usted llegó por una carta, monsieur Varenne.

Yo también. Marchal también. Oriane también.

Bréval también. Renaudin también. Blanche descubrió que su padre estaba en la fotografía del puente.

Incluso Félix está aquí porque conoce cada cable de esta casa.

¿Por qué monsieur Valcour debería ser la única excepción?

—Porque él llegó por azar —dijo Victorine, aunque sonó menos segura de lo que quería.

Maud miró a Delacroix.

—Eso dice él.

La frase fue suave.

Peligrosa precisamente por eso.

Delacroix se acercó a ella.

No mucho.

Lo suficiente para que los demás sintieran que la conversación cambiaba de escala.

—Tiene razón, madame Vernet.

Varenne abrió la boca.

Marchal también.

Maud no.

Ella esperó.