Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 17 — Maud Vernet no existía del todo #2
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Capítulo 17 — Maud Vernet no existía del todo #2

—Y el cable en su habitación.

—Demasiadas partes —dijo Delacroix.

Oriane lo miró.

—¿Demasiadas?

—Sí. La culpa, cuando se la viste con demasiadas pruebas, empieza a parecer disfraz.

Maud alzó la vista.

—¿Me cree inocente?

—No he dicho eso.

—¿Entonces?

—Creo que alguien quiere que yo crea algo demasiado pronto.

Varenne explotó:

—¡Porque no quiere aceptar lo evidente!

Delacroix se volvió hacia él.

—Lo evidente es un huésped muy peligroso. Entra sin llamar y se sienta sobre la verdad.

—Usted siempre complica todo.

—No. El asesino lo hizo antes.

Maud tomó una de las cartas atadas con cinta.

—¿Puedo?

Delacroix asintió.

Ella la sostuvo sin abrirla.

—Adrien me escribió esto después de la primera reunión con Renaudin. Decía: “Hay hombres que no son malos de inmediato. Primero calculan si les conviene ser buenos.” Yo pensé que exageraba. Adrien tenía esa manera de creer en la decencia como si fuese una fuerza física.

La voz se le quebró apenas.

Apenas.

—Después entendí que no exageraba.

Delacroix miró la carta.

No pidió leerla.

Algunas pruebas podían esperar.

Algunos dolores también.

—Madame Vernet —dijo—, necesito una respuesta precisa.

—Sí.

—¿Usted preparó la muerte de Géraud Renaudin?

—No.

—¿Usted sabía que iba a morir?

—No.

—¿Usted lo citó en la galería?

—No.

—¿Usted tomó la llave del armario de servicio?

—No.

—¿Usted abrió el panel?

—No.

—¿Usted manipuló el cable?

—No.

Demasiados no.

Demasiado firmes.

Delacroix bajó la mirada hacia los guantes.

—¿Usted tocó la instalación de la galería antes de la muerte?

Maud tardó.

Ahí estaba.

La puerta pequeña.

—Sí —dijo.

Victorine dio un paso atrás.

Varenne soltó un ruido de triunfo.

Félix se tensó.

Marchal cerró los ojos.

Oriane no se movió.

Delacroix levantó la vista.

—Explíquese.

—El lunes por la noche, cuando llegué, busqué la galería. Ya lo dije. Vi el panel viejo. No sabía qué era. Lo abrí.

Félix apretó los dientes.

—¿Por qué demonios abrió un panel eléctrico?

—Porque estaba suelto.

—No estaba suelto.

—Esa noche sí.

Félix se quedó quieto.

—No.

—Sí.

—Yo lo había cerrado.

—Entonces alguien lo abrió antes que yo.

La habitación cambió.

No mucho.

Pero cambió.

Delacroix vio el movimiento en todos los rostros.

Varenne perdió parte de su triunfo.

Victorine frunció el ceño.

Félix parecía furioso por tener que considerar una opción nueva.

—¿Qué vio? —preguntó Delacroix.

—Cables. Polvo. Una pieza pequeña caída en el suelo.

—¿La tocó?

—Sí.

—Con los guantes.

—Sí.

—¿Se quemó?

—No. Estaba tibia.

Félix dio un paso.

—¿Tibia?

—Sí.

—¿El lunes?

—Sí.

El encargado se volvió hacia Delacroix.

—Eso no tiene sentido.

—Me temo que empieza a tenerlo.

—La instalación no debía estar activa de esa manera.

—Pero alguien ya la había probado.

Félix se quedó sin palabras.

Victorine se sentó en el borde de la cama.

—Antes de que llegara Renaudin.

—Sí —dijo Delacroix.

La marca de los guantes.

La pieza metálica tibia.

El panel abierto.

Maud no había tocado la trampa después del crimen.

Quizá la había tocado antes, cuando alguien la estaba preparando.

O cuando alguien había querido que pareciera que ella podía prepararla.

—¿Por qué no lo dijo? —preguntó Félix.

Maud lo miró con cansancio.

—Porque una mujer que llega antes de tiempo, busca la galería, abre un panel y toca una pieza metálica con guantes no suele ser recibida con comprensión después de un asesinato eléctrico.

—Eso es verdad —dijo Oriane.

—No ayuda —murmuró Victorine.

—No pretendía.

Delacroix tomó los guantes de nuevo y miró la marca.

—Esto no demuestra que manipuló la trampa. Demuestra que tocó algo caliente antes de la muerte.

Varenne se volvió hacia él.

—¿Y eso la absuelve?

—No. La desplaza.

—¿Qué significa eso?

—Que madame Vernet pudo haber encontrado una preparación ya iniciada.

Maud cerró los ojos.

Por primera vez, Delacroix creyó verla aliviada.

No mucho.

Pero algo.

Y el alivio, como la culpa, también podía mentir.

—¿Qué hizo con la pieza? —preguntó.

—La dejé donde estaba.

—¿Segura?

—Sí.

—¿No la guardó?

—No.

—¿No la movió?

—La empujé con el pie hacia el panel.

—¿Por qué?

—Porque me asustó.

—Pero no avisó a nadie.

—No quería explicar qué hacía allí.

Félix soltó una maldición baja.

—Eso permitió que siguiera preparado.

Maud lo miró.

—Sí.

Esa aceptación directa hizo más daño que una excusa.

—Entonces —dijo Victorine—, si usted hubiera avisado...

—Quizá Renaudin seguiría vivo —terminó Maud.

Nadie dijo lo contrario.

Era una frase demasiado pesada para discutirla.

Delacroix guardó los guantes en un pañuelo.

—No necesariamente.

Maud lo miró.

—No me consuele.

—No lo hago. El asesino habría encontrado otra forma, si el plan ya estaba en marcha.

—Eso no cambia lo que hice.

—No. Solo impide que usted robe culpas que quizá no le pertenecen.

Varenne murmuró:

—Qué generoso.

—Monsieur Varenne, usted ha intentado apropiarse de suficientes culpas ajenas esta noche como para reconocer la tentación.

El comerciante calló.

En el pasillo, Blanche apareció en el rellano.

No había subido del todo. Permanecía a media escalera, con una mano sobre la barandilla.

—Monsieur Valcour.

—Sí, Blanche.

—Recordé algo.

Félix se volvió enseguida.

—¿Qué?

Ella miró a Maud.

—La noche que madame Vernet llegó, no llevaba ese nombre.

Victorine se puso de pie.

—¿Qué?

Maud cerró los ojos.

Delacroix no se movió.

Ahí estaba.

Una verdad pequeña, exacta, más peligrosa que una confesión.

—Explíquese —dijo.

Blanche tragó saliva.

—Cuando llegó, dijo otro apellido. Yo lo anoté en una hoja suelta porque era tarde y el libro mayor estaba cerrado.

Victorine la miró con una mezcla de furia y estupor.

—¿Qué apellido?

Blanche respondió casi en un susurro:

—Lenoir.

El silencio golpeó la habitación.

Félix frunció el ceño.

—Maud Lenoir.

Varenne miró a Marchal.

Marchal parecía no entender.

Oriane sí.

—Lenoir era el apellido de soltera de la esposa de Adrien Vernet —dijo Maud, sin abrir los ojos—. Mi apellido.

Delacroix la observó.

—¿Por qué registrarse primero como Lenoir y luego como Vernet?

Maud abrió los ojos.

—Porque no sabía qué mujer debía venir.

La respuesta fue extraña.

Demasiado íntima.

—¿La viuda o la hija? —preguntó Delacroix.

Ella sostuvo su mirada.

—Sí.

—¿Hija de quién?

Maud guardó silencio.

Blanche habló antes que ella.

—De uno de los muertos del puente.

Maud se volvió hacia la muchacha.

—No.

—Lo vi en el recorte.

—Blanche.

—Lo siento.

La muchacha parecía sinceramente destruida por decirlo.

Delacroix tomó el recorte de periódico del sobre.

Buscó entre las columnas.

Allí estaba.

Una lista parcial de víctimas.

Henri Lenoir, cantero.

Debajo, en otra columna:

Adrien Vernet, ingeniero asistente, herido.

Delacroix levantó la vista.

—Veyrac le quitó a su padre y después a su marido.

Maud no respondió.

No hacía falta.

Victorine se llevó una mano a la boca.

Félix bajó la cabeza.

Oriane, por primera vez, no tuvo filo.

Varenne parecía incómodo incluso con su odio.

Marchal murmuró:

—No lo sabía.

Maud lo miró.

—Ese fue siempre el problema, monsieur Marchal. Nadie sabía lo suficiente para sentirse responsable.

La frase fue precisa.

Y terrible.

Delacroix dejó el recorte junto a los guantes.

Maud Vernet no existía del todo.

Era Maud Lenoir.

Era la hija de un muerto.

Era la viuda de un hombre destruido.

Era una mujer que había llegado antes de tiempo, había tocado una pieza tibia, había callado, había mentido, había conservado documentos, había recortado a Renaudin de una fotografía y había tenido más motivos que nadie para querer verlo morir.

Demasiados motivos.

Otra vez esa incomodidad.

Demasiado.

—¿Ve? —dijo Varenne, con menos fuerza—. Es ella.

Delacroix no apartó la vista de Maud.

—Quizá.

Maud sonrió apenas.

Una sonrisa agotada.

—No me cree inocente.

—No.

—Pero tampoco culpable.

—No todavía.

—¿Por qué?

Delacroix miró los guantes, el recorte, la fotografía recortada, los informes, la caja de cartas.

—Porque usted ha mentido sobre quién era.

—Sí.

—Pero el asesino ha mentido sobre qué estaba haciendo.

—¿Y eso es distinto?

—Mucho.

—Explíquelo.

Delacroix se acercó a la ventana.

La lluvia seguía cayendo sobre el cristal con una perseverancia casi moral.

—Usted vino cargada de pasado. Eso es evidente.

El asesino, en cambio, vino cargado de futuro.

Preparó no solo una muerte, sino las reacciones posteriores.

Notas, acusaciones, devoluciones, falsas pruebas, un segundo trueno.

Usted parece una mujer que no ha podido escapar de lo ocurrido.

El asesino parece alguien que todavía está escribiendo lo que debe ocurrir.

Maud lo miró con atención.

—Eso no me salva.

—No. Pero me impide condenarla con mala literatura.

Oriane murmuró:

—Bréval sufrirá.

Delacroix casi sonrió.

Casi.

Desde abajo llegó entonces un golpe.

No eléctrico.

No de madera.

Un golpe humano.

Algo que caía.

Luego la voz de Bréval, aguda, rota:

—¡La puerta del salón! ¡Alguien ha dejado otra cosa!

Félix salió primero.

Victorine detrás.

Varenne y Marchal bajaron casi a la vez.

Oriane fue tras ellos.

Delacroix se quedó un segundo con Maud.

Ella no se movió.

—¿No baja? —preguntó él.

—¿Para qué? Si es otra nota, dirá que alguien debe pagar.

—Tal vez.

—Y todos mirarán hacia mí.

—Probablemente.

—¿Usted también?

Delacroix la observó.

—Yo miro hacia donde quieren que no mire.

Maud sostuvo su mirada.

—Entonces tenga cuidado, monsieur Valcour.

—¿Por qué?

—Porque quizá esta vez lo que no quieren que mire no está en la casa.

Delacroix no respondió.

La frase se quedó allí, entre la lluvia y los guantes negros.

Después bajó.

En el salón, todos estaban alrededor de la puerta principal.

Sobre el suelo, empapado como si hubiera sido deslizado desde fuera o traído por alguien con las manos mojadas, había un sobre gris.

Sin nombre.

Sin sello.

Delacroix lo abrió.

Dentro había una fotografía.

No antigua.

Reciente.

Una fotografía tomada desde lejos, en el camino que llevaba a La Maison de l’Orage.

Se veía un carruaje detenido bajo la lluvia.

Y a un hombre bajando de él.

Delacroix.

O, para aquella casa, monsieur Alban Valcour.

Al dorso, una sola frase:

Usted tampoco llegó por azar.

Por primera vez en muchas horas, nadie habló.

Ni siquiera Delacroix.

La tormenta siguió cayendo.

Y la casa, que hasta entonces había parecido una trampa para los demás, acababa de cerrarse un poco más alrededor de él.