Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 17 — Maud Vernet no existía del todo
69%

Capítulo 17 — Maud Vernet no existía del todo

Los guantes negros quedaron sobre la cama como dos pequeñas confesiones sin boca.

Nadie los tocaba.

Nadie se atrevía.

El cuero tenía esa clase de elegancia que vuelve más obscena una mancha. En la punta del índice derecho se veía la marca endurecida, oscura, diminuta. No era una quemadura grande. No gritaba. Solo estaba allí, con la insolencia de las cosas pequeñas que saben haber sobrevivido a una explicación.

Maud Vernet miraba los guantes.

No parecía sorprendida.

Ese fue el primer problema.

La sorpresa puede fingirse mal o bien, pero suele aparecer de alguna manera cuando una prueba comprometedora sale de un baúl. En Maud no apareció nada parecido. Solo una quietud fatigada, casi triste, como si aquello no la incriminara sino que confirmara algo que llevaba horas esperando.

Delacroix la observó.

—Blanche acaba de decir que usted llevaba esos guantes antes del apagón.

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Victorine Arbel se volvió hacia ella.

—Entonces sí lo recuerda.

Maud no miró a Victorine.

—Ahora sí.

Félix Noiret soltó una respiración áspera.

—Eso no ayuda.

—No intentaba ayudarme.

—¿Entonces?

Maud levantó la vista.

—Intentaba no seguir mintiendo en cosas pequeñas.

Oriane Fauvel, apoyada junto a la puerta, habló con suavidad peligrosa:

—Es una ambición tardía.

Maud la miró.

—Pero ambición al fin.

Delacroix no intervino. A veces, dos mujeres inteligentes podían rodear una verdad con más precisión que cualquier pregunta directa.

Victorine señaló los guantes.

—¿Por qué se los quitó?

—Porque estaban mojados.

—No llovía dentro de la casa.

—Había humedad.

—No tanta.

Maud bajó la mirada.

—Los llevaba desde la tarde.

—Eso tampoco responde.

—No.

—¿Tocó algo caliente? —preguntó Delacroix.

Maud sostuvo su mirada.

—No lo sé.

Varenne habría gritado.

Marchal habría palidecido.

Bréval habría querido escribir la frase.

Oriane sonrió apenas.

Delacroix no hizo nada.

—“No lo sé” —repitió—. Qué respuesta tan humilde para una mujer que, hasta ahora, ha elegido las palabras con mucho cuidado.

—Quizá estoy cansada.

—Eso es cierto.

—¿Entonces?

—También los culpables se cansan.

—Y los inocentes.

—Naturalmente. La justicia sería más sencilla si solo durmieran mal los asesinos.

Félix miraba los guantes con rabia. No contra Maud solamente. Contra la casa, contra los cables, contra todo aquello que podía convertir un objeto ordinario en una acusación técnica.

—Esa marca puede venir de muchas cosas —dijo.

Victorine lo miró.

—¿La está defendiendo?

—Estoy defendiendo no decir estupideces.

—Félix.

—Un guante puede marcarse con una estufa, una lámpara, una plancha vieja, un hierro caliente, un cable, un clavo... No basta.

Maud lo miró con una gratitud breve.

Demasiado breve.

Delacroix la vio.

—Tiene razón —dijo.

Félix se quedó incómodo.

—¿La tengo?

—Sí. No lo disfrute en exceso.

—Entonces ¿por qué estamos aquí?

—Porque no buscamos solo una marca. Buscamos una mentira que haya necesitado esos guantes.

Victorine se acercó al baúl.

—¿Seguimos revisando?

Maud cerró los ojos.

—Sí.

No dijo “si es necesario”.

No dijo “no tengo nada que ocultar”.

Los inocentes suelen pronunciar esa frase con demasiado orgullo. Los culpables, con demasiado esfuerzo. Maud no hizo ninguna de las dos cosas.

Eso también era interesante.

Delacroix tomó la caja de cartas del baúl.

—¿Puedo?

—Ya está preguntando después de haber decidido.

—Es una forma de cortesía muy moderna.

Abrió la caja.

Dentro había cartas atadas con cinta gris, algunas fotografías, un pequeño cuaderno de tapas gastadas y un sobre con documentos. Todo ordenado. Demasiado ordenado para una mujer agotada, pero no para una mujer que había viajado con una misión.

La primera fotografía mostraba a Adrien Vernet de pie junto a un río.

La segunda, a Maud más joven, con un vestido claro y el cabello recogido.

La tercera estaba recortada.

Delacroix la tomó.

Se veía la mitad de una mesa, un grupo de hombres y una mujer al fondo. La parte derecha había sido cortada con tijera, no rasgada. La ausencia era más llamativa que la imagen.

—¿Quién falta? —preguntó.

Maud no respondió.

—Madame Vernet.

—No lo sé.

—No guarde respuestas pobres para preguntas ricas.

Ella lo miró.

—Mi marido.

Delacroix observó la fotografía.

—¿Recortó a su marido?

—No.

—¿Entonces?

—Recorté al hombre que estaba junto a él.

—¿Quién?

Maud tardó.

—Géraud Renaudin.

Victorine dejó escapar un suspiro.

Félix bajó la mirada.

Oriane se acercó un paso.

—¿Por qué conservar una fotografía después de recortar al hombre que odia?

Maud miró la imagen.

—Porque Adrien estaba en ella.

—Podía conservar otras.

—No de ese día.

—¿Qué día?

—El día en que Adrien creyó que alguien lo escucharía.

El silencio se volvió más denso.

Maud continuó, sin mirar a nadie:

—Renaudin visitó Veyrac antes del derrumbe. No después. Antes. Eso no aparecía en los informes. Él siempre fingió que conoció el asunto cuando ya todo estaba roto, cuando solo quedaba ordenar papeles y repartir culpas. Pero estuvo allí antes. Vio los anclajes. Vio el agua. Escuchó a Adrien.

Delacroix miró la foto recortada.

Un hombre eliminado de una imagen.

Un hombre eliminado de su responsabilidad.

—¿Tiene la parte recortada?

—No.

—¿La destruyó?

—Sí.

—Por odio.

—Por higiene.

Oriane murmuró:

—Comprensible.

Victorine la miró.

—Madame Fauvel.

—No he dicho legal. He dicho comprensible.

Delacroix dejó la fotografía sobre la cama.

—¿Por qué no mencionó esto antes?

Maud soltó una risa breve, sin alegría.

—¿Antes de qué? ¿Antes de que encontraran un cadáver? ¿Antes de que me acusaran? ¿Antes de que descubrieran que todos estábamos unidos por la misma desgracia? ¿Antes de que el hotel se convirtiera en un juzgado sin juez?

—Antes de que pareciera conveniente.

La frase la tocó.

No mucho.

Lo suficiente.

—Porque no tenía prueba —dijo—. Solo una fotografía recortada y la memoria de mi marido.

—Las memorias de los muertos tienen mala recepción en los tribunales.

—Exacto.

Félix encontró algo en el fondo del baúl.

—Aquí hay otro sobre.

Maud se tensó.

Delacroix lo vio.

Félix también.

Victorine lo tomó antes de que Maud pudiera decir nada.

El sobre era grueso, amarillento, cerrado con una cinta negra. No llevaba nombre exterior. Dentro había varios papeles: copias de informes, notas manuscritas, un recorte de periódico y una hoja doblada cuatro veces.

Delacroix reconoció enseguida una frase mecanografiada:

...no constituye prueba suficiente de riesgo inminente...

Otra:

...la comisión reconoce la imposibilidad de atribuir responsabilidad directa...

Eran fragmentos de Veyrac.

No todos.

Pero bastantes.

—¿De dónde sacó esto? —preguntó.

Maud respiró despacio.

—De mi marido.

—¿Él los conservó?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque sabía que algún día harían falta.

—¿Y por qué no los presentó?

La pregunta fue cruel.

Necesaria.

Maud la recibió sin pestañear.

—Porque murió antes de encontrar a alguien dispuesto a leerlos sin cobrar por no entender.

Marchal, que había subido en silencio hasta el rellano y escuchaba desde fuera, bajó la cabeza.

Delacroix no lo había invitado.

Tampoco lo echó.

Aquella casa ya tenía demasiadas puertas cerradas.

—Estos papeles podían dañar a Renaudin —dijo Victorine.

—No lo suficiente —respondió Maud.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque algunos ya los conocían. Y no pasó nada.

Félix miró los informes.

—¿Entonces para qué venir?

Maud respondió sin mirarlo:

—Porque la carta decía que Renaudin traería el documento que faltaba.

Delacroix alzó la vista.

—¿Cuál?

Maud dudó.

Esa duda no era olvido.

Era resistencia.

—Madame Vernet.

—La autorización de apertura.

Victorine frunció el ceño.

—¿Apertura de qué?

—Del puente. La orden de mantener la inauguración pese a los informes de riesgo. Adrien decía que existía. Que alguien firmó para no cancelar. Que Renaudin la vio. Tal vez la guardó. Tal vez la usó para chantajear a quienes estaban por encima de él.

Varenne apareció detrás de Marchal, en el pasillo.

—¿Por qué no dijo eso?

Maud se volvió hacia él.

—Porque usted habría intentado arrebatármelo antes de encontrarlo.

Varenne no respondió.

Era cierto.

Y lo supo.

Delacroix extendió los papeles sobre la cama.

—Estos documentos no son originales.

—No.

—Son copias.

—Sí.

—¿Quién más sabía que los tenía?

Maud miró la fotografía recortada.

—Nadie.

—Esa respuesta siempre me entristece. Casi nunca sobrevive.

—Adrien lo sabía.

—Adrien está muerto.

—También eso parecía impedir muchas cosas, y aquí estamos.

Delacroix aceptó el golpe.

Tenía belleza.

Y peligro.

Siguió revisando.

El cuaderno de tapas gastadas era un diario breve. No de Maud. De Adrien. Anotaciones técnicas, fechas, nombres. Casi todo seco, práctico, sin emoción aparente. Eso lo volvía más doloroso.

En una página, subrayado dos veces:

Renaudin escuchó. Preguntó por el coste de retrasar. No por el riesgo de seguir.

Delacroix dejó la frase abierta sobre la cama.

Marchal la leyó desde el umbral.

Nadie dijo nada.

Varenne se acercó un paso.

—Ese maldito...

—Está muerto —dijo Maud.

—No lo suficiente.

La frase era vulgar.

Pero honesta.

Delacroix cerró el cuaderno.

—Hay un problema.

Victorine levantó la vista.

—¿Solo uno?

—Uno nuevo. Estos documentos convierten a madame Vernet en alguien con motivo, preparación emocional y una razón para estar aquí antes que todos.

Varenne cruzó los brazos.

—Al fin.

—No se alegre. La alegría le queda peor que el vendaje.

—Es culpable.

—Quizá.

Maud no protestó.

Delacroix la miró.

—No protesta.

—No serviría.

—A veces sirve para conocer la música de una mentira.

—Entonces lo lamento por usted.

—Yo también.

Félix señaló los papeles.

—Pero esto no explica cómo supo manipular la casa.

—No —dijo Delacroix—. Explica por qué pudo querer hacerlo. No cómo.

Oriane miró los guantes.

—Los guantes sí podrían explicar el cómo.

—Una pequeña parte.

—Y su llegada anticipada.

—Otra.

—Y su paseo hacia la galería.

—Otra.