Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 16 — La casa como arma #2
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Capítulo 16 — La casa como arma #2

—Las suficientes —dijo Delacroix—. La pregunta no es cuántas puertas abrió, sino qué puertas podía abrir sin parecer perdida.

Todos miraron, casi al mismo tiempo, a Blanche, a Félix y a Victorine.

Delacroix negó apenas.

—No solo el personal. Una persona puede parecer perdida una vez. Incluso dos. En una casa agitada por una tormenta, con apagones, gritos, un muerto, un incendio, una descarga, la pérdida se vuelve una coartada social.

Maud bajó los ojos.

No lo suficiente para parecer culpable.

Lo suficiente para interesarlo.

—La casa como arma —murmuró Marchal.

Delacroix lo miró.

—Sí.

El médico observó el plano.

—La víctima fue atraída a la galería. La instalación vieja fue usada como fuente o conducto.

El punto de contacto estaba preparado bajo la alfombra.

La humedad amplificó el riesgo. La ventana fue rota o manipulada para simular entrada del rayo.

El marco se quemó para completar la escena.

Después retiraron el cable y la pieza metálica.

—Muy bien.

Marchal no pareció satisfecho con la aprobación.

—Y luego alguien repitió una descarga menor en el salón para reforzar la idea de una casa eléctricamente peligrosa.

—Sí.

—Entonces el asesino necesitaba que todos pensáramos en electricidad.

—No. Necesitaba que pensáramos en electricidad mal entendida.

Félix levantó la vista.

—Eso es distinto.

—Mucho. Si todos creen que la casa es vieja, defectuosa, imprevisible, cada descarga parece hija de la tormenta. Si miramos demasiado bien, vemos manos.

Varenne señaló el plano.

—Pero para hacer todo eso había que saber.

—No demasiado —dijo Félix.

—¿Cómo que no demasiado?

—Lo dije antes. No hacía falta ser ingeniero. Hacía falta saber qué panel tocar, qué cable usar y qué riesgo crear. Una persona con instrucciones podía hacerlo.

Delacroix añadió:

—O una persona que hubiera visto muchas veces cómo la electricidad y el agua destruyen a alguien.

El silencio volvió a Veyrac.

Siempre volvía.

Como la arandela a su caja.

Como la culpa a su dueño.

Blanche se abrazó a sí misma.

—Mi padre hablaba de los cables caídos.

Félix la miró con suavidad.

Ella continuó:

—Después de beber. Cuando gritaba. Decía que no fue el agua la que los mató a todos. Que fue el agua llevando lo que los hombres habían dejado suelto.

Marchal cerró los ojos.

—Eso era cierto.

Maud lo miró.

—¿Lo escribió?

El médico no respondió.

—¿Lo escribió en algún informe?

Marchal bajó la vista.

—No con esas palabras.

—Claro que no. Esas palabras habrían servido para algo.

Victorine intervino, cansada pero firme:

—No estamos juzgando Veyrac ahora.

Maud se volvió hacia ella.

—Eso es exactamente lo que estamos haciendo, madame.

La frase no fue agresiva.

Fue inevitable.

Delacroix recogió la fotografía del puente y la colocó junto al plano de la casa.

Veyrac y La Maison de l’Orage.

Una estructura que cayó.

Una estructura usada para matar.

Agua.

Metal.

Informes.

Notas.

Hombres que preferían llamar accidente a aquello que una firma había permitido.

—El asesino —dijo— no eligió solo un método. Eligió una repetición.

Nadie habló.

—Renaudin murió como murieron algunos en Veyrac: por agua, metal, electricidad y una explicación cómoda. Esa es la verdadera puesta en escena. No el rayo. El eco.

Marchal se hundió en el sillón más cercano.

Varenne se quedó quieto.

Maud Vernet cerró los ojos.

Blanche lloró sin sonido.

Oriane Fauvel miró el plano con una seriedad nueva.

Incluso Bréval pareció entender que aquella frase no debía robarse.

Delacroix volvió al mecanismo.

—Renaudin recibe una nota. Sabe que alguien conoce Veyrac. Sabe que quizá sus documentos están en peligro. Baja o sale hacia la galería durante el apagón. Allí encuentra algo que lo obliga a acercarse al punto exacto.

—¿Qué? —preguntó Victorine.

—Un documento. Un sobre. Quizá una prueba que deseaba recuperar.

—¿Sobre la barandilla?

—O sobre la mesa de la galería, si había una. Félix.

—Hay un velador pequeño junto a la ventana rota.

—Bien. El objeto pudo colocarse allí. Renaudin avanza.

Pisa el punto de contacto oculto bajo la alfombra con el pie izquierdo.

Extiende la mano derecha hacia el objeto o hacia la barandilla.

La corriente atraviesa el cuerpo. Muere rápido.

El trueno cubre el sonido. El apagón cubre la ausencia. El miedo cubre todo lo demás.

Varenne tragó saliva.

—¿Y el asesino estaba allí?

—Cerca.

—¿Dentro de la galería?

—No necesariamente.

Félix señaló el plano.

—Desde el panel se podía activar y retirar parte del montaje.

—¿Sin ver a la víctima?

—Si sabía dónde se colocaría, sí.

—Eso exige confianza.

—O práctica.

Delacroix miró a Maud.

Solo un instante.

Ella lo vio.

No se defendió.

Interesante.

—¿Y la ventana? —preguntó Oriane.

—Después —dijo Delacroix—. El asesino entra o ya estaba dentro, rompe el cristal, quema el marco, altera el panel, retira lo esencial y deja lo visible. Una escena con todos los ingredientes necesarios para que un médico cansado, culpable y asustado prefiera decir rayo.

Marchal aceptó la acusación con un leve movimiento de cabeza.

—Sí.

Varenne lo miró.

—Cuánta nobleza ahora.

Marchal respondió sin levantar la voz:

—Si quiere despreciarme, haga fila. Yo llegué antes.

Eso desarmó a Varenne por completo.

Delacroix enrolló parte del plano y dejó visible la zona de la galería y el pasillo de servicio.

—Ahora bien. Todo esto no nos dice quién lo hizo.

Bréval se atrevió:

—Pero sí quién pudo.

Oriane lo miró.

—No estropee su primer acierto permaneciendo en él demasiado tiempo.

Delacroix señaló la casa.

—Quien lo hizo necesitaba tres cosas: motivo suficiente, acceso a la casa antes de la muerte y conocimiento parcial de la instalación o capacidad para obtenerlo.

Varenne habló:

—Maud.

Maud no lo miró.

—También usted —dijo Oriane.

—Yo no conocía la casa.

—Pero recibió cartas, buscó papeles, entró en despachos y conserva objetos de Veyrac.

—No sabía de electricidad.

—Eso ya no basta para descartarlo.

Félix añadió:

—Marchal conocía las heridas.

El médico no se defendió.

Victorine dijo:

—Blanche conocía las puertas.

Félix se tensó.

—Madame.

Victorine lo miró con dolor.

—No quiero decirlo. Pero es verdad.

Blanche bajó la cabeza.

—Sí.

La honestidad de la muchacha silenció a Félix.

Oriane añadió:

—Madame Arbel conocía la casa, las llaves y los registros.

Victorine asintió una sola vez.

—Sí.

Bréval levantó una mano.

—Yo no conocía nada.

—Usted conocía el deseo de estar donde no debía —dijo Delacroix—. No es un medio técnico, pero abre muchas puertas.

El escritor se hundió.

—Y usted, madame Fauvel —continuó Delacroix—, conocía lo suficiente de Veyrac para venir. Y observa lo bastante para aprender rápido.

Oriane sostuvo su mirada.

—Al fin.

—¿Al fin qué?

—Me incluye con cierta dignidad.

—No se acostumbre.

Ella sonrió apenas.

La mesa ya no mostraba pruebas sueltas.

Mostraba un tablero.

Eso siempre era peligroso.

Cuando el tablero se ordena, el asesino suele sentir que debe mover una pieza.

Delacroix miró hacia la puerta.

—A partir de ahora, nadie toca una prueba, una llave, una vela, un papel, un pañuelo, una lámpara, un libro ni una taza sin que alguien más lo vea.

Varenne soltó un bufido.

—¿También respiramos por turnos?

—Si continúa usted respirando tan fuerte, lo consideraré.

Victorine se puso de pie.

—Lo haremos.

—Y nadie vuelve a las habitaciones solo.

—También.

—Félix, necesito revisar de nuevo la habitación de madame Vernet.

Maud alzó la mirada.

—¿Otra vez?

—Sí.

—¿Busca más cables?

—No.

—¿Entonces?

Delacroix la observó con calma.

—Busca usted la respuesta antes de saber la pregunta, madame. Es un hábito arriesgado.

Maud no respondió.

Varenne murmuró:

—Déjela. Ya tiene bastante escondido.

Maud se volvió hacia él.

—Y usted bastante perdido.

—Al menos yo no llegué antes que todos para preparar una muerte.

—No. Usted llegó tarde, como siempre, para reclamar lo que otros ya habían destruido.

Varenne palideció.

La frase fue cruel.

Pero no falsa.

Delacroix intervino:

—Basta.

Esta vez obedecieron.

Quizá porque la palabra sonó menos como una orden que como un cierre de puerta.

Subieron de nuevo a la habitación seis.

Esta vez fueron Delacroix, Victorine, Félix, Maud y, por insistencia silenciosa, Oriane. Varenne quedó abajo bajo la vigilancia de Marchal, una combinación que no gustó a ninguno de los dos y por eso pareció adecuada.

La habitación de Maud seguía con la puerta abierta. El cable estaba donde lo habían dejado, cubierto por un paño. La mesa, el marco roto, la cama, el baúl, la cómoda.

Todo parecía igual.

Delacroix no buscó el cable.

Fue hacia el baúl.

—¿Puedo? —preguntó.

Maud lo miró.

—Si digo que no, lo abrirá de todos modos.

—Probablemente, pero con peor opinión de mí mismo.

—Ábralo.

El baúl contenía ropa doblada, una caja de cartas, un libro de oraciones, un frasco de aceite aromático y unos guantes.

Delacroix tomó los guantes.

Negros.

Delicados.

Secos.

Los colocó sobre la cama.

—¿Son suyos?

—Sí.

—¿Los usó anoche?

Maud tardó una fracción mínima.

—No lo recuerdo.

Oriane alzó apenas la cabeza.

Félix miró los guantes.

Victorine cerró los ojos.

Delacroix tocó uno de ellos con la pinza.

En la punta del dedo índice había una marca pequeña.

Oscura.

No exactamente quemada.

Más bien endurecida.

Como si el cuero hubiera rozado algo caliente.

—Qué mala noche para la memoria —dijo.

Maud no respondió.

En el silencio, desde abajo, llegó la voz de Blanche.

—¡Monsieur Valcour!

El grito subió por la escalera.

No era de terror.

Era de hallazgo.

Delacroix salió al pasillo.

—¿Sí?

La muchacha apareció en el rellano inferior, agitada.

—Madame Vernet llevaba esos guantes antes del apagón.

Maud cerró los ojos.

Blanche tragó saliva y terminó la frase:

—Pero cuando bajó después de la muerte de monsieur Renaudin, ya no los llevaba.

Nadie habló.

La casa tampoco.

Por primera vez en muchas horas, incluso la tormenta pareció quedarse quieta detrás de los cristales.

Delacroix miró los guantes sobre la cama.

Luego a Maud Vernet.

La casa había sido un arma.

Pero tal vez una mano la había cargado.

Y aquella mano, al parecer, había usado cuero negro para no quemarse.