Capítulo 16 — La casa como arma
Una casa no mata.
Esa era una frase cómoda, y por lo tanto peligrosa.
Las casas no odian, no calculan, no escriben notas, no eligen una noche de tormenta ni citan a un hombre en una galería para que pise exactamente donde debe pisar. Las casas no tienen rencores antiguos ni recuerdan expedientes cerrados. Las casas no esperan.
Pero pueden ser usadas.
Una escalera puede empujar.
Una chimenea puede esconder.
Una cerradura puede retrasar.
Una ventana puede mentir.
Y una instalación vieja, en manos de alguien con paciencia suficiente y escrúpulos escasos, puede convertirse en algo muy parecido a un cuchillo.
Delacroix permaneció un momento en silencio frente a la mesa del salón.
Sobre ella estaban las notas, el libro mayor, los fragmentos chamuscados del registro, la fotografía de Veyrac, el pañuelo con iniciales, el hilo de cobre, el zapato izquierdo de Renaudin y la última frase escrita por aquella mano que parecía disfrutar demasiado de su propio teatro.
No todo lo que falta fue robado. Algunas cosas regresan a su dueño.
A su alrededor, los vivos esperaban.
Era una espera distinta de la primera. Después de la muerte de Renaudin, todos habían esperado que alguien les dijera que aquello era un accidente. Ahora ya no. Ahora esperaban que alguien les dijera cuál de ellos era el accidente que todavía no había ocurrido.
Victorine Arbel estaba junto a la chimenea, con la espalda demasiado recta para una mujer que no había dormido.
Félix Noiret vigilaba la puerta como si la casa pudiera intentar escapar.
Blanche Servan, más pequeña desde que había confesado el nombre de su padre, permanecía sentada con las manos apretadas sobre el delantal.
Théodore Marchal miraba el zapato de Renaudin con el rostro gris.
Achille Varenne no dejaba de tocarse el vendaje de la ceja.
Anatole Bréval respiraba poco, quizá por miedo a molestar a la realidad.
Oriane Fauvel observaba las pruebas con una atención fría. Maud Vernet estaba quieta.
Siempre quieta.
Pero Delacroix había empezado a desconfiar de las personas que administraban demasiado bien la quietud.
—Necesito reconstruir la casa —dijo.
Varenne soltó una risa ronca.
—¿No le parece que ya está bastante vieja?
—No he dicho repararla, monsieur Varenne. He dicho reconstruirla.
—¿En su cabeza?
—No sea modesto. También en la suya, si colabora.
—No cuente conmigo.
—Entonces será una reconstrucción más limpia.
Oriane bajó los ojos para ocultar una sonrisa.
Victorine intervino antes de que Varenne pudiera volver a incendiarse.
—¿Qué necesita?
—Un plano.
Félix frunció el ceño.
—Los planos de la galería estaban en la carpeta de reparaciones.
—Necesito uno de toda la planta baja. Y, si existe, del sótano.
Victorine miró a Félix.
—En el despacho hay un croquis antiguo.
—El despacho donde golpearon a monsieur Varenne —dijo Delacroix—. Qué lugar tan laborioso.
Félix se puso en marcha.
—Voy.
—Con alguien.
—Ya sé.
Miró a Oriane.
Ella alzó una ceja.
—¿Me ha adoptado como testigo oficial?
—Como molestia útil —dijo Delacroix.
—Acepto. He sido llamada cosas peores por hombres menos sinceros.
Salieron los dos.
El silencio que quedó detrás fue más incómodo que el de antes. Oriane tenía la extraña virtud de volver más tolerable una habitación por el simple hecho de incomodar a todos por igual.
Marchal fue el primero en hablar.
—¿Cree que el asesino todavía tiene preparado otro mecanismo?
Delacroix lo miró.
—Creo que el asesino quiere que lo creamos.
—No es lo mismo.
—Empieza usted a apreciar las diferencias.
Marchal aceptó el golpe sin defenderse.
—La segunda descarga pudo matar.
—Sí.
—Entonces no era solo teatro.
—El teatro también puede matar si se construye mal.
Varenne resopló.
—Todo son frases con usted.
—No. A veces también hay cadáveres. Por desgracia, suelen ser más concluyentes.
Maud habló desde su sillón:
—La segunda descarga no estaba dirigida a nadie.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿Por qué lo dice?
—Porque todos estábamos en el centro del salón.
—Después de que nos ordenaran alejarnos.
—Sí.
—¿Y si alguien no hubiera obedecido?
—Entonces habría muerto un imprudente, no el elegido.
—Una distinción interesante.
—La imprudencia no absuelve al asesino.
—No. Pero revela si el asesino acepta víctimas al azar.
Maud sostuvo su mirada.
—¿Y este las acepta?
Delacroix tardó en responder.
—No en la primera muerte.
—¿Y en la segunda descarga?
—La segunda descarga se conformaba con el miedo. Si mataba a alguien, imagino que el asesino habría sabido utilizarlo. Pero no lo necesitaba.
Victorine se estremeció.
—Dice eso con demasiada tranquilidad.
—Créame, madame, no hay tranquilidad en reconocer que alguien improvisa con vidas ajenas.
Blanche habló muy bajo:
—Mi padre decía que en Veyrac también hubo cosas improvisadas.
Todos se volvieron hacia ella.
La muchacha se encogió, pero siguió.
—Decía que nadie quería que el puente cayera. Que no eran monstruos. Solo hombres que iban dejando para después lo que podía matar hoy. Un refuerzo. Un aviso. Una firma. Una inspección. Y cuando cayó, todos dijeron que no habían querido.
Maud cerró los ojos.
Marchal bajó la cabeza.
Varenne se quedó inmóvil.
La frase de Blanche había hecho algo que las acusaciones no conseguían: había recordado que la culpa no siempre nace del deseo de matar. A veces nace de desear otra cosa con más fuerza que la vida de los demás.
—Gracias, Blanche —dijo Delacroix.
Ella lo miró, sorprendida otra vez por el agradecimiento.
Félix y Oriane regresaron con un rollo de papel amarillento, una carpeta de tapas duras y algo más: una pequeña caja metálica.
Delacroix la vio enseguida.
—¿Qué es eso?
Félix dejó los planos sobre la mesa.
—La encontré en el armario de mantenimiento, detrás de los croquis. No estaba allí anoche.
Victorine se acercó.
—¿Qué caja?
—La de piezas viejas.
—¿Piezas?
Félix abrió la tapa.
Dentro había tuercas, arandelas, conectores, pequeños soportes, tornillos ennegrecidos, un interruptor de porcelana y varias piezas metálicas de distintas instalaciones.
Delacroix miró a Blanche.
La muchacha se puso blanca.
—La pieza que se le cayó del cesto —dijo.
Félix buscó entre los objetos y sacó una arandela oscura.
—Esta.
Blanche se llevó una mano a la boca.
—Sí.
—¿Está seguro? —preguntó Victorine.
Félix asintió.
—La reconozco porque está deformada. Es parte de un contacto viejo de la galería. Yo la cambié hace meses y la guardé por manía, no por utilidad.
Oriane miró la nota.
—Regresó a su dueño.
—La caja de piezas —murmuró Delacroix.
—Alguien la tomó de la cocina y la devolvió aquí —dijo Félix—. O la tomó de Blanche antes de que llegara a la cocina. O nunca estuvo en la cocina.
Blanche negó con desesperación.
—La dejé sobre la mesa. Lo juro.
—La creo —dijo Delacroix.
Félix lo miró, sorprendido.
—¿La cree?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque esta devolución es demasiado pulcra para una muchacha asustada que apenas entiende qué sostiene. Esto lo hizo alguien que quería cerrar un círculo.
Oriane se inclinó sobre la caja.
—O demostrar que puede cerrar círculos.
—También.
Varenne habló con impaciencia:
—¿Y qué importancia tiene una arandela vieja?
Félix lo miró con desprecio técnico.
—Podría haber servido como punto de contacto.
—¿Para matar a Renaudin?
—Sí. Si se conectó al cable y se colocó bajo la alfombra, pudo concentrar la descarga en el punto donde pisó.
Varenne se apartó de la mesa como si la arandela pudiera saltar hacia él.
Oriane observó el gesto.
—La electricidad está haciendo maravillas por su prudencia.
Delacroix extendió el plano de la planta baja sobre la mesa.
Félix lo sujetó con dos candelabros. Victorine acercó otra vela.
Las líneas antiguas de la casa aparecieron ante todos: vestíbulo, salón, comedor, despacho, pasillo de servicio, cocina, biblioteca, galería del norte, escalera principal, escalera secundaria, acceso al sótano.
La Maison de l’Orage dejó de ser una sucesión de pasillos inquietantes.
Se convirtió en dibujo.
Y los dibujos, a diferencia de las personas, no suelen alzar la voz cuando se los acusa.
—Félix —dijo Delacroix—, marque la galería.
El encargado señaló el ala norte.
—Aquí.
—El panel de servicio.
—Aquí.
—La barandilla.
—A lo largo de este lado.
—La puerta por la que entramos.
—Aquí.
—El camino probable del cable.
Félix dudó.
—Si se usó el panel, el cable pudo pasar por el zócalo, bajo la alfombra, hasta un punto de contacto cerca de la barandilla.
Dibujó la ruta con el dedo.
Delacroix siguió el gesto.
—¿Y podía retirarse desde la puerta?
—Si no estaba fijado, sí. Tirando. Pero la arandela o el contacto tendrían que soltarse también.
—¿Pudo quedar enganchado?
—Sí.
—¿Y por eso apareció en el cesto de leña?
Félix frunció el ceño.
—No entiendo eso.
—Yo tampoco. Todavía.
Blanche habló, temblorosa:
—El cesto estaba junto a la puerta de servicio. Yo lo tomé después del apagón.
—¿Estaba lleno?
—A medias.
—¿Quién lo llenó?
—Yo, antes de la cena.
—¿Dónde?
—En el sótano.
—¿Y después?
—Lo dejé en el pasillo de servicio.
Delacroix miró el plano.
Pasillo de servicio.
Cocina.
Sótano.
Galería.
No estaban cerca de manera directa, pero la casa tenía corredores secundarios, zonas de trabajo, puertas que los huéspedes no usaban.
—Si alguien retiró el contacto de la galería —dijo—, necesitaba ocultarlo rápido. La pieza estaba caliente o tibia. No podía guardarla en el bolsillo sin riesgo. La arroja en un cesto de leña cercano, quizá sin saber que Blanche lo llevará al salón poco después.
Félix asintió lentamente.
—O la deja allí a propósito.
—Sí.
—Para que aparezca.
—Y luego la recupera.
Oriane tocó la nota con un dedo.
—Para devolverla a su dueño.
—Exacto.
Victorine cerró los ojos.
—¿Cuántas veces pudo moverse esa persona por mi casa sin que nadie la viera?