Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 15 — El médico que vio demasiado poco #2
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Capítulo 15 — El médico que vio demasiado poco #2

Marchal cerró los ojos.

—Entonces la corriente pudo entrar por la mano y salir por el pie.

—O al revés —dijo Félix.

Delacroix asintió.

—Lo importante no es solo el camino. Es la precisión.

Victorine parecía a punto de retroceder.

No lo hizo.

—¿Qué quiere decir?

Delacroix señaló el suelo bajo el cadáver.

—Renaudin no murió porque tocara una barandilla durante una tormenta. Murió porque alguien logró que una parte de su cuerpo tocara un punto de contacto y otra quedara conectada a un camino de salida. La humedad ayudó. La barandilla ayudó. La casa ayudó. Pero la escena fue dispuesta.

Marchal miraba el pie del muerto como si acabara de reconocer una firma.

—Lo hicieron pisar algo.

—Sí.

—Algo colocado bajo la alfombra.

—Probablemente.

Félix señaló la línea seca que habían observado la noche anterior.

—El cable pasaba por ahí.

—Y el punto de contacto pudo quedar justo donde él debía ponerse.

Victorine se llevó una mano al pecho.

—¿Cómo podían saber dónde se pondría?

Delacroix miró hacia la ventana rota.

—Porque lo citaron.

—La nota.

—Sí.

—Pero la nota solo decía que viniera a la galería.

—No sabemos si solo decía eso.

Marchal levantó la cabeza.

—La nota que encontramos sí.

—La nota que encontramos estaba en su habitación. Quizá hubo otra instrucción. Quizá alguien lo llamó desde aquí. Quizá el lugar de la cita estaba marcado.

Félix frunció el ceño.

—¿Marcado cómo?

Delacroix señaló el suelo.

—Una vela. Una carta sobre la barandilla. Una carpeta. Algo que obligara a Renaudin a detenerse en el punto exacto.

Victorine murmuró:

—Y después lo retiraron.

—Sí.

—Como el cable.

—Sí.

Marchal seguía mirando la planta del pie.

Delacroix lo observó.

—Anoche no quiso ver esto.

—Anoche no lo vi.

—No es lo mismo.

El médico se levantó despacio.

—No.

—¿Cuál de las dos?

Marchal dejó el zapato en el suelo.

—No quise verlo.

La confesión fue tan baja que casi se perdió entre la lluvia.

Pero no se perdió.

Victorine cerró los ojos.

Félix miró al médico con una mezcla de rabia y compasión.

Delacroix no mostró ninguna sorpresa.

—¿Por qué?

Marchal se pasó una mano por el rostro.

Durante unos segundos pareció más viejo que nunca.

—Porque reconocí el olor.

—¿Qué olor?

—La quemadura. El metal. La piel. No el rayo. La electricidad controlada.

Félix frunció el ceño.

—¿Controlada?

Marchal miró el cadáver.

—En Veyrac hubo heridas eléctricas después del derrumbe. Cables caídos. Agua. Barandillas. Herramientas. Llegaron algunos cuerpos con marcas parecidas. No iguales. Pero parecidas. Yo... yo las vi.

Maud había usado una frase en el salón: una tumba mal cerrada.

Allí estaba.

Veyrac otra vez.

Metido incluso en el modo de morir.

—Anoche —continuó Marchal—, cuando vi a Renaudin, pensé en Veyrac. No en la tormenta. En Veyrac. En los informes. En lo que firmé. En lo que no miré entonces. Y por un momento...

—Por un momento prefirió que fuera un rayo —dijo Delacroix.

Marchal asintió.

—Sí.

La palabra salió limpia.

Fea.

Pero limpia.

—Porque si era un rayo —añadió el médico—, no era otra vez una mano humana usando agua, metal y cobardía.

Nadie habló.

El viento empujó lluvia contra la ventana rota.

Una gota cayó sobre el zapato de Renaudin.

Delacroix dejó que el silencio trabajara.

Había confesiones que no necesitaban juicio inmediato. El juicio llegaría solo. A veces vivía dentro de quien acababa de hablar.

—¿Ocultó algo más? —preguntó.

Marchal negó.

—No.

—Piénselo antes de responder. La segunda respuesta siempre envejece peor que la primera.

—No oculté nada más.

—¿Vio el pie anoche?

—No.

—¿Vio la marca del costado y supo que no encajaba?

Marchal dudó.

—Sospeché.

—¿Y aun así habló de rayo?

—Sí.

—Porque era cómodo.

—Porque era insoportable lo contrario.

Delacroix aceptó la precisión con una inclinación mínima.

—A veces es lo mismo.

Marchal no respondió.

Félix se acercó al panel.

—Si la corriente pasó por el cable y el punto del suelo, el asesino tuvo que retirar algo después.

—Sí —dijo Delacroix.

—Pero ¿cuándo? Si murió durante el apagón y después vinimos enseguida...

—No enseguida.

—Tardamos poco.

—Lo suficiente.

Félix miró la puerta.

—Alguien salió del salón durante la confusión.

—O ya estaba fuera.

—Renaudin fue atraído.

—Sí.

—El asesino lo esperaba aquí.

—Quizá.

—¿Y se quedó para retirar el cable después de matarlo?

—O preparó un mecanismo que podía retirarse con un tirón desde fuera.

Félix levantó la cabeza.

—Desde el panel.

—O desde el pasillo.

El encargado se acercó a la línea seca bajo la alfombra y siguió su dirección con la mirada.

—Si el cable pasaba por aquí, podía continuar hasta el panel. O hasta la puerta.

—¿Podría retirarse tirando desde la puerta sin entrar del todo?

—Si estaba suelto, sí. Pero el punto de contacto...

—Podría quedar oculto bajo la alfombra y recogerse junto con ella.

Félix se arrodilló y levantó apenas el borde, sin tocar la zona principal.

Había otra marca.

Muy leve.

Una hendidura en el polvo húmedo, perpendicular a la línea del cable.

—Aquí hubo algo pequeño.

—¿Una placa? —preguntó Victorine.

—O una moneda modificada. Un clavo aplanado. Una pieza de metal.

—¿Y desapareció?

Félix asintió.

—Sí.

Delacroix recordó el objeto metálico tibio que había caído del cesto de leña de Blanche.

Una arandela.

O una pieza chamuscada.

Se volvió hacia Félix.

—Anoche, Blanche llevaba leña al salón. Se le cayó una pieza metálica del cesto.

El encargado frunció el ceño.

—¿Qué pieza?

—Pequeña. Oscura. Tibia.

—No me lo dijo.

—Había mucha competencia de acontecimientos.

—¿Dónde está?

—Se la devolví.

Félix se puso tenso.

—A Blanche.

—Sí.

—Tenemos que verla.

—La veremos.

Victorine apretó los labios.

—¿Está sugiriendo que Blanche retiró la pieza?

—Estoy sugiriendo que una pieza metálica chamuscada apareció donde no debía, en manos de alguien que no entiende por qué debía temerla.

—Blanche no...

—Madame Arbel, terminar frases inocentes por los demás suele tener malos resultados.

La propietaria calló.

Félix parecía dividido entre bajar a buscar a Blanche o seguir examinando la galería.

Delacroix le indicó el suelo.

—Continúe.

El encargado volvió a inclinarse sobre la alfombra.

Marchal, mientras tanto, había retirado también el zapato derecho de Renaudin. La planta del pie derecho estaba limpia. Algo pálida. Sin marca.

—Solo el izquierdo —dijo.

—Y la mano derecha.

—Sí.

—Cruce del cuerpo.

—Sí.

—La corriente atravesó el torso.

—Probablemente.

—Eso exige una posición determinada.

—Sí.

—Y una víctima obediente.

Marchal miró a Delacroix.

—Obediente.

—No en sentido moral. Físico. Renaudin se colocó donde le indicaron. Tal vez extendió la mano hacia algo. Tal vez pisó el punto exacto sin saberlo. El asesino no lo arrastró. No hubo lucha. Lo guio.

Victorine se estremeció.

—Con la nota.

—Con la nota y con algo más.

Félix se levantó.

—La ventana.

Delacroix lo miró.

—¿Qué ocurre?

—Si el asesino retiró el cable desde la puerta o el panel, ¿para qué romper la ventana?

—Excelente pregunta.

Félix parecía incómodo con el halago.

—Para simular el rayo.

—Sí.

—Pero romperla después de matar a Renaudin llevaba tiempo.

—No mucho.

—Y hacía ruido.

—La tormenta ayudó.

—Otra vez.

—Sí. El asesino confió mucho en la tormenta.

Marchal miró el cristal roto.

—Demasiado.

Delacroix asintió.

—Tal vez.

Se acercó a la ventana, cuidando dónde pisaba. La marca negra del marco seguía allí, alargada, visible, teatral. Pasó un dedo cerca, sin tocarla.

—Félix, ¿esto es quemadura real?

El encargado se acercó.

—Sí. Pero superficial.

—¿Producida por la descarga?

—No lo sé.

—Mire mejor.

Félix obedeció con irritación, que en él era una forma de atención.

—No parece venir de dentro del cableado.

—¿Entonces?

—Parece quemado desde fuera. Con una llama o con algo caliente.

Victorine abrió los ojos.

—¿Alguien quemó el marco para que pareciera un rayo?

—Eso parece.

Delacroix miró la marca.

—Muy considerada, la escena. Quería que no nos faltara ningún detalle.

Marchal murmuró:

—El rayo perfecto.

—Exacto.

—Demasiado perfecto.

Delacroix no sonrió.

—Ahora empieza a mirar, doctor.

Marchal aceptó el golpe.

Félix señaló el suelo bajo la ventana.

—El cristal.

—Sí.

—Parte cayó hacia dentro. Pero no todo.

—¿Y eso qué le dice?

—Que quizá rompieron desde dentro y luego empujaron algunos fragmentos hacia fuera.

—¿Para simular entrada?

—Sí.

—Torpe.

—No tanto si todos estaban asustados y la luz era mala.

Delacroix miró a Marchal.

—La luz era mala.

El médico apretó la mandíbula.

—Sí.

—Pero no tanto.

—No.

Aquello bastaba.

No para acusarlo de asesinato.

Sí para quitarle el consuelo de haber sido solo un testigo inútil.

Victorine se acercó un poco al cadáver.

—¿Podemos moverlo ahora?

Delacroix miró a Marchal.

—¿Ha visto lo que necesitaba ver?

El médico tardó en responder.

—Sí.

—¿Todo?

Marchal bajó la mirada al pie izquierdo, a la mano, al costado, al cristal.

—No sé si todo. Pero sí más que anoche.

—Eso, en esta casa, ya casi es una virtud.

Félix preparó una manta. Entre los tres —Félix, Marchal y Delacroix— movieron el cuerpo de Renaudin con cuidado, lo justo para apartarlo de la zona húmeda y cubrirlo.

Victorine salió antes de que terminaran.

No por debilidad. Por dignidad. Había mujeres capaces de mirar la muerte, pero no de verla convertida en carga.

Cuando salieron de la galería, la casa parecía esperar otra noticia.

En el salón, todos levantaron la vista.

Maud Vernet fue la primera en mirar a Marchal.

No a Delacroix.

A Marchal.

Tal vez porque había comprendido que en la galería no solo habían examinado a un muerto.

Habían obligado a un vivo a mirarse.

—¿Y bien? —preguntó Varenne.

Su voz sonó áspera, pero baja.

Delacroix no respondió enseguida.

Dejó sobre la mesa, envuelto en un paño, el zapato izquierdo de Renaudin.

Todos lo miraron con una mezcla absurda de decepción y horror. Las personas esperan que las pruebas sean cuchillos, cartas, venenos, pistolas. Un zapato les parece una falta de cortesía narrativa.

A Delacroix le gustaban los zapatos.

Los zapatos no presumían.

Solo iban donde los llevaban.

—Monsieur Renaudin no murió por un rayo —dijo.

Nadie pareció sorprenderse.

No de verdad.

Ya no.

Victorine se sentó.

Blanche cerró los ojos.

Bréval abrió la boca y la cerró al ver a Oriane.

Varenne apretó los puños.

Maud no se movió.

Marchal permaneció de pie, detrás de Delacroix, con el rostro gris.

—Murió por una descarga preparada —continuó Delacroix—.

La escena de la galería fue construida para parecer un accidente.

La ventana se rompió o se alteró después.

El marco fue quemado de manera superficial.

El cable fue retirado. El punto de contacto estaba bajo la alfombra.

La víctima fue colocada, guiada o atraída al lugar exacto.

Félix dejó la pieza de cobre sobre la mesa, junto al zapato.

—Y alguien retiró parte del montaje.

Delacroix miró a Blanche.

La muchacha se encogió.

—Blanche.

Félix se tensó.

—Déjeme hablar con ella.

—No. Usted la protegerá incluso de lo que puede salvarla.

Félix dio un paso hacia él, pero Victorine habló:

—Blanche, contesta.

La muchacha miró a Delacroix.

—¿La pieza que se le cayó del cesto de leña? —preguntó él.

—Sí.

—¿Dónde está?

Blanche se llevó una mano al bolsillo del delantal.

La retiró vacía.

—No la tengo.

Félix cerró los ojos.

—Blanche.

—La dejé en la cocina.

—¿Dónde?

—Sobre la mesa.

—¿Antes o después de la muerte de Renaudin?

—Después.

—¿Y antes de la segunda descarga?

Blanche tardó.

—Sí.

Delacroix asintió.

—Félix, ¿puede buscarla?

—Voy.

—Con madame Fauvel.

Oriane ya estaba de pie.

—Por supuesto.

—Y sin ironías innecesarias.

—No reconozco esa categoría.

Salieron.

El silencio que dejaron fue denso.

Varenne miraba el zapato como si pudiera acusarlo.

Marchal seguía inmóvil.

Maud habló muy bajo:

—Adrien tenía una marca así.

Nadie entendió al principio.

Delacroix sí.

—¿En el pie?

—Sí. Después de Veyrac. Una quemadura pequeña, circular. Le dijeron que no probaba nada. Que podía habérsela hecho de cualquier manera. Que no demostraba que hubiera intentado cortar la corriente antes de que el puente terminara de caer.

Marchal cerró los ojos.

Maud lo miró.

—Usted vio marcas así.

El médico apenas pudo responder.

—Sí.

—Y las explicó.

—Sí.

—Y anoche volvió a explicarlas.

Marchal bajó la cabeza.

—Sí.

La repetición fue brutal.

No hacía falta insultarlo.

Maud no lo hizo.

Eso fue peor.

Delacroix miró al médico.

—Ahora sabemos por qué vio demasiado poco.

Marchal levantó la vista.

—Sí.

—Por Veyrac.

—Sí.

—Pero Veyrac no mató a Renaudin.

Maud se volvió hacia él.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Alguien vivo lo hizo.

En ese momento, Félix y Oriane regresaron.

Félix traía el rostro cerrado.

Oriane, algo peor: interés verdadero.

—La pieza no está —dijo el encargado.

Blanche se puso blanca.

—La dejé allí.

—Lo sé —dijo Félix.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque hay una marca limpia sobre la mesa, donde algo pequeño estuvo apoyado.

Oriane añadió:

—Y porque alguien dejó otra nota debajo de la panera.

Victorine se puso de pie.

—Otra no.

Oriane colocó el papel sobre la mesa.

La letra, otra vez.

La misma o su imitación.

No todo lo que falta fue robado. Algunas cosas regresan a su dueño.

El salón se quedó inmóvil.

Varenne miró su caja de pañuelos.

Maud miró la fotografía de Adrien.

Marchal miró el zapato de Renaudin.

Blanche miró sus manos vacías.

Félix miró hacia la galería.

Delacroix leyó la frase dos veces.

Algunas cosas regresan a su dueño.

La pieza metálica desaparecida.

El pañuelo con iniciales.

Los documentos de Veyrac.

La culpa.

La muerte.

Todo en aquella casa volvía a alguien.

Pero nunca por el camino correcto.

Delacroix dobló la nota.

—Bien —dijo.

Victorine lo miró con una fatiga casi homicida.

—Monsieur Valcour.

—Lo sé.

—No diga bien.

—Esta vez no era entusiasmo, madame.

—¿Entonces qué era?

Delacroix dejó la nota junto al zapato.

—Reconocimiento.

Oriane frunció el ceño.

—¿De qué?

Delacroix miró al grupo.

Uno por uno.

—El asesino acaba de decirnos algo importante.

Varenne se inclinó hacia delante.

—¿Qué?

Delacroix tocó el zapato izquierdo de Renaudin.

—Que no está escondiendo pruebas.

Levantó la vista.

—Las está devolviendo.

Nadie respondió.

Afuera, la lluvia golpeó los cristales con una paciencia interminable.

Y por primera vez desde la muerte de Renaudin, Delacroix sintió que la tormenta empezaba a quedarse sin máscara.