Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 15 — El médico que vio demasiado poco
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Capítulo 15 — El médico que vio demasiado poco

La mañana no llegó.

No del todo.

Hubo una claridad gris, lenta, enferma, que se filtró por las ventanas como si el cielo no se atreviera a comprometerse con el día. La tormenta seguía encima de la montaña, menos furiosa que durante la noche, pero más pesada. Ya no golpeaba la casa con grandes estallidos. La envolvía.

La Maison de l’Orage amaneció sin haber dormido.

Los huéspedes tampoco.

Habían pasado las últimas horas en el salón, bajo la vigilancia de Victorine Arbel, Félix Noiret y una colección de velas consumidas hasta la deformidad.

Nadie se atrevió a volver a su habitación sin compañía.

Nadie pidió desayuno. Nadie habló demasiado.

Incluso Anatole Bréval había comprendido, con varias horas de retraso, que el silencio podía ser una forma de supervivencia.

Géraud Renaudin seguía en la galería del norte.

La frase no se dijo.

No hacía falta.

Estaba en todos.

Como el olor de la humedad.

Como el zumbido apagado de los cables cortados.

Como Veyrac.

Delacroix había permanecido sentado junto a la chimenea, sin dormir, con las notas dispuestas sobre la mesa y el libro mayor cerrado delante de él.

A ratos observaba el fuego. A ratos observaba a los vivos.

Siempre le había parecido que una noche sin sueño hacía por una investigación lo que el agua por una mancha de tinta: no la borraba, pero revelaba hasta dónde se había extendido.

Al amanecer, Théodore Marchal se puso de pie.

No anunció nada.

Simplemente se levantó.

Delacroix abrió los ojos antes de que el médico diera el segundo paso.

—¿Adónde va?

Marchal se detuvo.

—A la galería.

Victorine Arbel alzó la cabeza.

—No.

—El cadáver no puede seguir allí indefinidamente.

—No ha llegado la policía.

—La policía no llegará mientras el camino siga cortado.

Félix, junto a la puerta, respondió con voz ronca:

—El arroyo bajó un poco, pero el camino sigue bloqueado. Tendré que salir con luz y hacha. Si no cae otro árbol.

—Entonces la policía no llegará en horas —dijo Marchal—. Quizá en todo el día.

Victorine cerró los ojos.

La casa pareció encogerse bajo esa posibilidad.

Delacroix se levantó despacio.

—Tiene razón.

Marchal lo miró con desconfianza.

—Qué novedad.

—No se acostumbre. Podría hacerle daño.

—Necesitamos examinarlo mejor.

—Sí.

—Y moverlo.

—No todavía.

Marchal apretó la mandíbula.

—Siempre ese “todavía”.

—Es una palabra molesta porque suele salvar pruebas.

Oriane Fauvel, sentada cerca de la mesa, levantó la vista.

—Voy con ustedes.

—No —dijo Delacroix.

—Anoche me dejó ir.

—Anoche usted todavía era útil de una manera que no me irritaba.

—¿Y ahora?

—Ahora necesito que se quede aquí y observe quién se incomoda cuando no puede mirar.

Oriane sostuvo su mirada.

Luego sonrió apenas.

—Eso sí es una tarea.

—Procure no disfrutarla demasiado.

—No prometo nada.

Victorine se puso de pie.

—Yo también iré.

Delacroix asintió.

—Como dueña de la casa.

—No necesito que me dé motivos para estar en mi propia casa.

—No, pero a veces los motivos ayudan a tolerar las consecuencias.

Félix tomó una lámpara.

—La corriente de la galería está cortada.

—¿Seguro? —preguntó Marchal.

—Todo lo seguro que puede estar algo en esta casa.

—Una respuesta tranquilizadora.

—No era su intención —dijo Delacroix.

Félix no sonrió, pero casi.

Salieron cuatro.

Victorine, con el rostro cerrado.

Félix, con la lámpara y una barra de hierro.

Marchal, con su maletín médico.

Delacroix, con las manos vacías.

Era lo único que necesitaba para incomodar a casi todo el mundo.

La galería del norte olía peor con la luz gris.

Durante la noche, la oscuridad había tenido una cortesía involuntaria: escondía detalles, suavizaba contornos, permitía que la imaginación fabricara aquello que la vista no terminaba de aceptar. La mañana, en cambio, era cruel de un modo mediocre. No iluminaba. Exponía.

Renaudin seguía allí.

Tendido de costado, más rígido, más pequeño, menos hombre que objeto abandonado.

La ventana rota dejaba entrar una lluvia fina, empujada por el viento. La manga del cadáver estaba húmeda. Parte del suelo también. El charco junto a la barandilla había cambiado de forma, pero no de intención.

Félix se acercó primero al panel de servicio.

—Sin corriente.

—¿Puede asegurarlo? —preguntó Delacroix.

El encargado lo miró.

—¿Quiere que lo lama?

—No sería mi primer método.

—Está sin corriente.

—Gracias.

Marchal se arrodilló junto al cadáver.

Esta vez no lo hizo con la rapidez de la noche anterior. Había algo distinto en sus movimientos. Menos autoridad. Más cuidado. Como si Delacroix le hubiera metido una duda en las manos.

Eso era bueno.

Las manos dudosas tocan menos y miran más.

—Empezaremos por lo que vio anoche —dijo Delacroix.

Marchal no levantó la vista.

—No necesito que me dirija.

—No. Pero necesita que lo contradiga.

—Eso ya lo hace sin esfuerzo.

—No confunda talento con deber.

Victorine se quedó junto a la entrada, una mano apoyada en el marco de la puerta. No quería mirar el cuerpo. Lo miraba.

Félix iluminó desde un costado.

Marchal abrió el maletín y sacó unos guantes, una pequeña tijera, un paño limpio y una libreta. El gesto de la libreta interesó a Delacroix.

—¿Va a anotar?

—Usted lo pidió.

—Pedí que mirara.

—Mirar sin anotar es una manera elegante de olvidar.

—Por fin estamos de acuerdo en algo.

Marchal se inclinó sobre Renaudin.

—Muerte por descarga eléctrica. Quemadura en la mano derecha. Posible salida en el costado izquierdo. Rigidez avanzada. No hay signos evidentes de lucha.

—“Evidentes” —repitió Delacroix.

—Sí.

—Una palabra que se ha vuelto más prudente desde anoche.

Marchal no respondió.

Delacroix se acercó un paso, sin pisar la zona húmeda.

—La mano.

Marchal levantó la mano derecha del cadáver con cuidado.

Los dedos estaban rígidos, algo curvados. En la palma se veía una quemadura irregular, oscura en el centro, rojiza en los bordes. No era grande. No era hermosa. Las quemaduras rara vez se esfuerzan por serlo.

—Contacto eléctrico —dijo Marchal.

—¿Con la barandilla?

—Pudo ser.

—¿Pudo ser o fue?

El médico respiró hondo.

—Pudo ser.

—La barandilla está a varios centímetros.

—Cayó después.

—Sí. Los cadáveres tienen esa costumbre de obedecer a la gravedad. Pero la mano no parece haber sujetado una barandilla.

—¿Y qué parece haber sujetado?

—Eso esperaba que me dijera usted.

Marchal miró la quemadura.

—Un objeto metálico. Quizá pequeño. Quizá un cable. Quizá el borde de la barandilla antes de soltarla.

—Tres posibilidades en una sola frase. Muy generoso.

—La medicina no es adivinación.

—La investigación tampoco, aunque muchos policías la practiquen así.

Victorine habló desde la puerta:

—¿Entonces no tocó la barandilla?

Delacroix respondió sin apartar los ojos de Marchal:

—No como nos querían hacer creer.

Félix acercó más la lámpara.

—Si hubiera agarrado la barandilla durante una descarga fuerte, quizá habría quedado pegado. O habría caído distinto.

Marchal asintió a regañadientes.

—Quizá.

—Esa palabra —murmuró Delacroix— está envejeciendo muy mal.

El médico pasó al costado del cadáver. Desabrochó con cuidado parte de la ropa de Renaudin. La marca oscura bajo la camisa, junto al costado izquierdo, era más visible con la luz de la mañana. No parecía una quemadura limpia. Tenía un borde irregular, casi superficial.

Marchal la observó en silencio.

Demasiado tiempo.

—Doctor —dijo Delacroix.

—No es una salida clara.

Victorine apretó el marco de la puerta.

—¿Qué significa eso?

—Que no puedo asegurar que la corriente saliera por aquí.

—Anoche lo dio a entender.

Marchal no miró a Delacroix.

—Anoche había poca luz.

—Y demasiadas ganas de acabar.

El médico levantó la vista.

—Sí.

La admisión fue pequeña.

Pero real.

Delacroix no la castigó.

No convenía castigar a un hombre que empezaba a decir la verdad. Se podía espantar.

—Los pies —dijo.

Marchal se quedó quieto.

—¿Qué?

—Los pies.

—¿Por qué?

—Porque anoche no los miró.

El médico sostuvo su mirada.

—Había un cadáver junto a una barandilla metálica, una ventana rota, un panel manipulado y una tormenta encima. No era absurdo pensar en una descarga.

—No he preguntado por qué pensó en una descarga. He preguntado por qué no miró los pies.

Marchal tardó en bajar la vista.

Félix no entendía del todo, pero su atención se afiló.

Victorine sí entendió lo esencial: Delacroix acababa de poner el dedo sobre algo que Marchal había evitado.

—Levante el pantalón —dijo Delacroix.

Marchal obedeció.

El zapato izquierdo de Renaudin estaba húmedo, manchado por el agua del suelo. El derecho, en cambio, mucho menos. Eso ya lo había visto Delacroix durante la noche.

Pero ahora había luz.

Y la luz, aunque gris, era menos complaciente.

Marchal desató el zapato izquierdo. Le costó por la rigidez del cuerpo. Félix dejó la lámpara en el suelo, se acercó y ayudó sin tocar más de lo necesario.

Sacaron el zapato.

Luego el calcetín.

En la planta del pie izquierdo había una marca pequeña.

Circular.

Oscura.

No más grande que una moneda.

Victorine soltó un sonido ahogado.

Marchal se quedó inmóvil.

Delacroix no dijo nada.

La marca hablaba mejor sola.

Félix se inclinó.

—Eso no es de un rayo.

Marchal respiró despacio.

—Es una quemadura de salida. O de contacto.

—¿Circular? —preguntó Delacroix.

—Sí.

—¿Pequeña?

—Sí.

—¿Compatible con el suelo mojado?

Marchal no respondió.

—Doctor.

—No del todo.

—Qué frase tan elegante para decir no.

El médico lo miró con cansancio.

—No.

Félix tomó el zapato izquierdo y examinó la suela.

—Aquí.

Mostró una zona diminuta, cerca del arco del pie. Había un punto quemado, perforado apenas, con un borde ennegrecido. No parecía desgaste. No parecía barro. Parecía una herida en el cuero.

Delacroix se inclinó.

—¿Qué pudo hacer eso?

Félix lo estudió.

—Un contacto metálico fino. Algo que atravesó o rozó la suela con corriente.

—¿Un cable?

—O una punta. Un alambre. Un extremo pelado.

—¿Colocado en el suelo?

—Sí.