Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 14 — El casi accidente #2
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Capítulo 14 — El casi accidente #2

La tormenta como asesina.

Siempre una fuerza enorme, impersonal, cómoda.

Siempre algo más grande que los hombres para que los hombres parecieran más pequeños que su culpa.

—Gracias, Blanche —dijo.

La muchacha no pareció entender por qué.

Quizá porque nadie le había agradecido nunca una memoria dolorosa.

Desde el pasillo llegó el sonido de pasos.

Victorine y Félix regresaron. El encargado traía la lámpara más baja y el rostro más oscuro.

—Corté el circuito del salón y de la biblioteca —dijo.

—¿Encontró algo? —preguntó Delacroix.

—Sí.

Victorine dejó sobre la mesa un pequeño objeto envuelto en un trapo.

Félix lo abrió.

Era una pinza metálica.

Negra en un extremo.

Con restos de cobre enrollados.

—Estaba en el cuadro secundario —dijo—. Alguien la colocó para hacer puente.

Varenne miró el objeto como si fuera una araña.

—¿Eso provocó la descarga?

—Eso ayudó.

—¿Y quién pudo ponerlo?

Félix no respondió.

Victorine sí:

—Cualquiera que hubiera entrado en la biblioteca.

—Estaba cerrada —dijo Marchal.

—Con llave —añadió Oriane—. Qué noche tan cómica para las cerraduras.

Victorine apretó los labios.

—La llave estaba conmigo.

Delacroix la miró.

—¿Todo el tiempo?

Ella iba a responder sí.

No lo hizo.

Ese segundo de honestidad involuntaria fue más útil que una confesión.

—No lo sé —dijo al fin.

Félix la miró.

—Madame.

—No lo sé —repitió ella, más dura—. Durante la cena, durante el apagón, durante la muerte de Renaudin, durante el incendio del registro.

.. no puedo jurar que nadie tocara mi bolsillo, ni que no dejara la llave sobre una mesa, ni que Blanche no la tomara para limpiar, ni que yo misma no la cambiara de lugar sin recordarlo.

—Gracias —dijo Delacroix.

Victorine lo miró con rabia.

—No me agradezca parecer incompetente.

—Le agradezco no parecer infalible. Es mucho más útil.

Oriane apoyó la vista en la pinza.

—La biblioteca estaba cerrada antes de la descarga.

Félix asintió.

—Sí.

—Pero alguien colocó esto antes.

—Sí.

—Entonces el asesino preparó el segundo trueno antes de que encontráramos la nota.

—O la nota antes de que encontráramos la descarga —dijo Delacroix.

Bréval murmuró:

—Una puesta en escena.

Delacroix lo miró.

—Esta vez sí.

El escritor pareció recibir una medalla.

Oriane pareció desear quitársela con violencia.

Delacroix tomó la pinza con el trapo y la acercó a la vela.

—Esto debía producir una descarga visible. Ruido. Chispas. Humo. Terror.

—Y pudo matar —dijo Marchal.

—Sí. Pero de un modo torpe.

Félix asintió.

—Muy torpe.

—Más torpe que la muerte de Renaudin.

—Mucho más.

Victorine frunció el ceño.

—¿Eso importa?

—Mucho —dijo Delacroix.

Félix entendió.

—Son dos trabajos distintos.

—O el mismo trabajo hecho con distinta intención.

—El primero, preciso.

—Lo bastante para matar a un hombre concreto en un lugar concreto.

—El segundo, llamativo.

—Lo bastante para asustar a todos en una habitación.

Varenne miró la pinza.

—¿Y qué gana el asesino con asustarnos?

—Obediencia —dijo Oriane.

Delacroix la miró.

—Muy bien.

—Deje de felicitarme.

—Intento que se acostumbre a lo inevitable.

—No abuse.

Él continuó:

—Después de la muerte de Renaudin, algunos podían pensar en asesinato. Después de esta segunda descarga, todos piensan en una casa peligrosa. En cables viejos. En tormentas. En accidentes que se repiten. La segunda escena refuerza la primera.

Maud habló en voz baja:

—Aunque no mate.

—Precisamente porque no mata.

—¿Por qué?

—Porque el miedo sin cadáver suele ser más manejable. Un muerto obliga a detenerse. Un casi muerto obliga a correr.

Félix apretó la mandíbula.

—Nos quería corriendo.

—Sí.

—¿Hacia dónde?

Delacroix miró la biblioteca.

Luego la mesa.

Luego las notas.

—Hacia la electricidad.

Marchal frunció el ceño.

—¿Y no debemos mirar hacia allí?

—Sí. Pero no solo.

—¿Qué estamos dejando de mirar?

Delacroix volvió la vista hacia el pasillo que conducía a la galería del norte.

—A Renaudin.

El nombre cambió el aire.

Como si el cadáver, olvidado durante unos minutos por la supervivencia de los vivos, hubiera vuelto a ocupar su lugar.

—El cuerpo sigue allí —dijo Victorine.

—Sí.

—No podemos moverlo.

—No todavía.

Marchal se puso de pie.

—No pienso permitir que el cuerpo permanezca toda la noche en una galería húmeda si la zona ya no tiene corriente.

Delacroix se volvió hacia él.

—No ha dicho “el cadáver”. Ha dicho “el cuerpo”.

—¿Y eso importa?

—A veces los médicos eligen palabras para no pensar en otras.

Marchal se tensó.

—No estoy de humor para juegos.

—Yo tampoco. Por eso lo observo con más cuidado.

Varenne soltó una risa seca.

—Ahora le toca a usted, Marchal.

—Cállese.

—Con gusto, cuando usted hable.

Marchal lo miró con una violencia contenida.

—¿Quiere que hable? Bien. Renaudin era un hombre despreciable.

Varenne lo odiaba. Maud tenía motivos más hondos que cualquiera.

Blanche descubrió que el apellido de su padre estaba unido al suyo.

Oriane vino por una niña muerta. Bréval vino por carroña.

Félix tenía los medios. Madame Arbel tiene una casa llena de llaves.

Y usted, monsieur Valcour, tiene un nombre que se quema en registros antes de que sepamos de dónde salió. ¿Le parece suficiente conversación?

El salón quedó en silencio.

Delacroix lo miró con interés.

—Casi.

Marchal respiraba con fuerza.

—Casi.

—Ha omitido algo.

—¿Qué?

—A usted mismo.

El médico no respondió.

Maud lo observaba.

Varenne también.

Oriane dejó de parecer divertida.

Delacroix se acercó un paso.

—La nota del segundo trueno apunta a quien cobró dos veces. Usted admitió haber cobrado dos veces.

—Quinientos francos.

—El precio no cambia el número.

—No maté a Renaudin.

—Todavía no le pregunté.

—Pues hágalo.

—No.

Marchal parpadeó.

—¿No?

—No me interesa la respuesta ahora.

—¿Entonces qué quiere de mí?

Delacroix miró hacia la galería.

—Quiero saber por qué vio tan poco cuando examinó a Renaudin.

Marchal se quedó inmóvil.

Aquello lo había tocado de manera distinta.

No en la culpa antigua.

En la presente.

—Lo examiné a oscuras, en una galería mojada, con una instalación peligrosa y un grupo de personas histéricas en el pasillo.

—Una excelente lista de excusas. Algunas incluso son ciertas.

—¿Qué insinúa?

—Que se apresuró a aceptar el rayo.

—Porque era probable.

—No. Porque era cómodo.

—¡Era una descarga!

—Sí.

—¡Había quemaduras!

—Sí.

—¡Olor a quemado, vidrio roto, metal, tormenta!

—Sí.

—Entonces...

Delacroix levantó una mano.

—Doctor, una descarga eléctrica explica la muerte. No explica la escena.

Marchal abrió la boca.

La cerró.

Félix lo miraba con atención.

Oriane también.

Varenne parecía no comprender del todo, pero disfrutaba la incomodidad ajena con una pobreza moral bastante visible.

Maud Vernet estaba inmóvil.

Blanche lloraba menos.

Delacroix señaló el aplique destruido.

—La segunda descarga nos acaba de mostrar algo útil. Una descarga preparada para ser vista deja huellas torpes: cobre, pinza, olor, daño visible. La muerte de Renaudin dejó una escena demasiado limpia en lo esencial y demasiado teatral en lo accesorio.

Félix murmuró:

—La ventana.

—La ventana. La marca del marco. El panel. El charco. La barandilla.

—La mano que no tocaba el metal —añadió Oriane.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Exacto.

Marchal tragó saliva.

—Pudo soltarla al caer.

—Pudo.

—La electricidad contrae los músculos.

—A veces.

—El cuerpo puede desplazarse.

—También.

—Entonces...

—Entonces mañana, cuando tengamos luz, usted y yo volveremos a examinar a Renaudin.

—No soy forense.

—No necesito que sea forense.

—¿Qué necesita?

Delacroix lo miró con una serenidad que volvió más frío el salón.

—Que mire lo que no quiso mirar.

Marchal palideció.

—No sé de qué habla.

—Creo que sí.

—No.

Delacroix se acercó a la mesa y tomó la nota del segundo trueno.

—La electricidad es muy buena para asustar a quienes no entienden de electricidad. Pero los cuerpos, doctor, son menos literarios. Tienen entradas, salidas, rigidez, quemaduras, caídas, resistencias. Y también tienen zapatos.

Félix levantó la cabeza.

Oriane frunció el ceño.

Marchal no se movió.

—¿Zapatos? —preguntó Victorine.

Delacroix recordó la galería.

Una suela húmeda.

Otra casi seca.

La mano extendida sin tocar la barandilla.

El charco irregular.

La línea limpia donde había descansado un cable.

—Mañana hablaremos de los zapatos —dijo—. Y de los pies.

Marchal parecía haber envejecido.

—Eso es absurdo.

—Ojalá. Las cosas absurdas suelen ser más fáciles de descartar que las personas culpables.

Afuera, el trueno llegó al fin.

Verdadero.

Lejano.

Menos teatral que los anteriores.

Tal vez porque esta vez nadie necesitaba que lo fuera.

El salón permaneció inmóvil.

Nadie miró hacia las ventanas.

Todos miraron a Marchal.

El médico bajó los ojos.

Y Delacroix supo entonces que el segundo trueno había servido, en efecto, para algo.

No para matar.

No para asustar.

No solo.

Había servido para que, entre el humo y la repetición, alguien vivo recordara demasiado bien lo que había fingido no ver en un muerto.