Capítulo 14 — El casi accidente
El casi accidente fue recibido con más miedo que el accidente.
Eso no sorprendió a Delacroix.
Las personas suelen temer más aquello que casi les ocurre que aquello que ya le ocurrió a otro. La desgracia ajena permite cierta distancia moral. El casi propio, en cambio, se instala en la garganta y se queda allí, respirando por uno.
Anatole Bréval seguía en el suelo, aunque ya no tenía ningún motivo físico para seguir allí.
Théodore Marchal le sostenía la muñeca con dos dedos y una expresión cada vez menos paciente.
—Su pulso está acelerado, pero regular.
—Creí que me moría —susurró Bréval.
Oriane Fauvel lo miró desde arriba.
—A todos nos pareció prematuro.
—No tiene corazón.
—Tampoco lo pongo en peligro cada vez que se apaga una lámpara.
Bréval cerró los ojos.
—Vi una luz azul.
—Todos vimos una luz azul.
—Oí el trueno.
—Todos oímos el trueno.
—Sentí que algo me atravesaba.
Marchal soltó su muñeca.
—Eso fue miedo.
—¿El miedo atraviesa?
Delacroix, que observaba el aplique reventado desde el umbral de la biblioteca, respondió sin volverse:
—Cuando encuentra poco obstáculo, sí.
Bréval no replicó.
Quizá por debilidad.
Quizá porque, por una vez, había entendido la frase.
El salón olía a humo, metal caliente y cera.
Una de las velas había caído durante el sobresalto, pero Victorine Arbel la había levantado antes de que prendiera la alfombra.
La propietaria estaba pálida, con una gota de cera endureciéndose sobre el dorso de la mano. No parecía haber notado la quemadura.
Félix Noiret examinaba el aplique destruido del pasillo sin tocarlo. Se había arrodillado frente a la pared, lámpara en una mano, mandíbula apretada, ojos de hombre que odiaba que la casa hablara en un idioma técnico delante de desconocidos.
—Esto no saltó solo —dijo.
Victorine cerró los ojos.
—Por supuesto que no.
—No lo digo por decir.
—Lo sé, Félix.
—Alguien preparó una derivación.
—¿Una qué? —preguntó Varenne.
Félix ni siquiera se volvió.
—Una manera rápida de hacer que la electricidad vaya por donde no debe.
—¿Y eso podía matarnos?
—Sí.
Varenne se apartó un poco más de la pared.
Oriane lo vio.
—La prudencia le sienta mejor que el brandy.
—Cállese.
—También le sienta mejor que hablar.
Delacroix levantó la vela hacia el aplique. El cristal había estallado contra la pared y el suelo. Algunos fragmentos estaban junto al zócalo. Otros habían saltado hacia la entrada de la biblioteca. En la madera oscura había una marca negra, alargada, que recordaba demasiado a la de la galería.
Demasiado.
Esa era la palabra desagradable de la noche.
Todo se parecía demasiado a otra cosa.
—¿Puede tocarse? —preguntó.
Félix lo miró.
—No.
—Una respuesta clara. Qué alivio.
—Hasta cortar desde el sótano, no.
—Entonces cortaremos.
—Esta vez voy solo.
—Esa respuesta ya no está disponible.
Félix se puso de pie.
—Monsieur Valcour, si sigo bajando con compañía, tardaré el doble.
—Si baja solo y muere, tardaremos mucho más.
El encargado sostuvo su mirada.
—Usted siempre gana las discusiones diciendo lo más desagradable.
—No siempre. A veces basta con lo evidente.
Victorine intervino:
—Félix, irá con monsieur Valcour. Y volverá de inmediato.
—Madame, si alguien tocó el cuadro del sótano...
—Volverá de inmediato —repitió ella.
Félix aceptó con una inclinación seca.
Delacroix no se movió todavía.
Miraba el suelo.
Había un detalle junto a la alfombra del pasillo. Algo minúsculo, casi invisible entre las sombras y los cristales rotos. Un brillo fino. No de vidrio. El vidrio brillaba de otra manera, más limpia, más orgullosa.
Aquello brillaba como algo que había sido doblado.
Delacroix se agachó.
—Lámpara.
Félix acercó la luz.
Entre dos fibras de la alfombra había un hilo de cobre.
Muy pequeño.
No más largo que una uña.
Enrollado en una curva delicada.
—No lo toque —dijo Félix.
Delacroix alzó la vista.
—Empieza usted a disfrutarlo.
—Un poco.
—Me alegra haber contribuido a su educación.
Félix se inclinó.
—Eso no debería estar ahí.
—Me habría decepcionado que dijera lo contrario.
—Es cobre.
—Eso parece.
—De un cable fino.
Delacroix miró hacia el salón.
Maud Vernet estaba de pie junto a la mesa central, las manos juntas, el rostro quieto.
Varenne, más alejado de las paredes, observaba a Félix con la sospecha de un hombre que había descubierto que incluso la arquitectura podía señalarlo.
Marchal seguía junto a Bréval. Blanche lloraba en silencio.
Oriane miraba el hilo de cobre como si acabara de leer una coma interesante.
—¿Del mismo tipo que el cable encontrado en la habitación de madame Vernet? —preguntó ella.
Félix respondió:
—Podría ser.
—Podría —repitió Delacroix— es una palabra muy humilde para una noche tan ambiciosa.
—No puedo asegurarlo sin compararlo.
—Luego lo hará.
—Necesito cortarlo.
—No.
—Entonces no puedo compararlo.
—Primero necesitamos saber por qué está aquí.
Félix frunció el ceño.
—Porque alguien preparó la descarga.
—Sí. Pero eso ya lo sabíamos antes de encontrarlo.
—¿Entonces?
Delacroix señaló la alfombra.
—Está demasiado visible para quien sabe mirar, demasiado invisible para quien no. Una posición muy conveniente.
Oriane habló desde el umbral:
—Otra prueba que quiere ser encontrada.
—Exacto.
Victorine se acercó.
—¿Está diciendo que también esto fue colocado para dirigirnos?
—Estoy diciendo que este asesino parece tener una opinión muy alta de nuestra necesidad de ayuda.
—¿Y eso qué significa?
—Que quizá no está huyendo de la investigación. La está conduciendo.
Nadie habló.
El viento golpeó una ventana del vestíbulo. No hubo trueno. Solo lluvia. Una lluvia constante, casi metódica, como dedos sobre una mesa.
Félix se irguió.
—Tengo que cortar la corriente.
—Sí —dijo Delacroix—. Esta vez vaya con madame Arbel.
Victorine se sorprendió.
—¿Conmigo?
—Usted conoce la casa. Félix conoce los cables. Y yo necesito quedarme aquí.
—¿Por qué?
Delacroix miró el aplique reventado.
—Porque esta descarga no quería llevarnos al sótano.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque ya nos llevó demasiadas veces.
Félix comprendió antes que Victorine.
—Quiere decir que, si bajamos todos, alguien hace otra cosa arriba.
—Eso sería mi temor menos imaginativo.
Victorine se volvió hacia Félix.
—Vamos.
El encargado dudó.
—Madame...
—Vamos.
Se marcharon por el pasillo con una lámpara. Delacroix los vio desaparecer hacia la escalera de servicio y luego volvió al salón.
Bréval había logrado sentarse en un sillón. Tenía el rostro blanco y una mano en el pecho, pero ya empezaba a recuperar esa mirada de quien considera su miedo una experiencia literaria. Era una recuperación lamentable, pero rápida.
—¿Pudo haber sido para mí? —preguntó.
Oriane suspiró.
—Por favor, no convierta también esto en vanidad.
—Estaba cerca de la mesa.
—Todos estábamos cerca de la mesa.
—Pero yo caí.
—Porque su relación con la gravedad es más dramática.
Marchal habló con tono seco:
—No recibió descarga alguna. Se desmayó por el susto.
—No me desmayé.
—Entonces perdió el conocimiento por decisión estética. El resultado médico es el mismo.
Delacroix miró al médico.
Aquella brusquedad era nueva. Marchal estaba perdiendo paciencia con el escritor, sí, pero también consigo mismo. La nota del segundo trueno lo había tocado demasiado.
—Doctor.
Marchal alzó la vista.
—Ya sabe lo que pienso de ese título.
—Sí. Por eso lo uso con moderación ofensiva.
—¿Qué quiere?
—¿Pudo la descarga alcanzar a alguien en el centro del salón?
—No lo sé.
—Suponga.
—Suponer es peligroso.
—También lo es tocar lámparas esta noche, y todos parecen haber sobrevivido con entusiasmo.
Marchal miró el aplique destruido.
—Si el arco saltó en el pasillo, cerca de la biblioteca, el riesgo mayor estaba allí. Quien estuviera pegado a la pared o tocando metal pudo recibir una descarga. En el centro, probablemente no.
—Entonces todos obedecieron a tiempo.
—Parece.
—O alguien sabía que obedecerían.
Marchal frunció el ceño.
—¿Insinúa que la descarga no pretendía matar?
Delacroix no respondió enseguida.
Se acercó a la mesa central, donde seguían las notas. Las dispuso otra vez bajo la luz de las velas.
La de Renaudin.
La del pasillo.
La del segundo trueno.
Todas breves.
Todas teatrales.
Todas exactas en su efecto.
—Cuando un asesino mata, a veces necesita silencio —dijo—. Cuando no mata, necesita público.
Maud Vernet levantó los ojos.
—Esto fue para nosotros.
—Sí.
—Para que creyéramos en la electricidad.
—En la electricidad ya creíamos, madame Vernet. Monsieur Renaudin está en la galería.
—Entonces ¿en qué?
Delacroix tocó la última nota.
—En la repetición.
Oriane se acercó a la mesa.
—El primer trueno mató. El segundo casi mata.
—O casi parece matar.
—Y eso refuerza la idea de que la casa es peligrosa.
—Exacto.
Varenne habló desde el centro del salón:
—Pero la casa es peligrosa.
—Sí.
—El aplique explotó.
—Sí.
—El panel de la galería fue manipulado.
—Sí.
—El generador fue tocado.
—Sí.
—Entonces ¿qué demonios quiere decir?
Delacroix lo miró.
—Que una verdad puede ser usada para proteger una mentira.
Varenne se quedó sin respuesta.
Era una de las pocas formas de silencio que empezaba a quedarle bien.
Bréval, sin aprender, murmuró:
—La casa como asesina.
Oriane giró hacia él.
—No.
—Era solo...
—No.
El escritor se hundió de nuevo.
Blanche, que había permanecido callada desde su confesión sobre su padre, habló con voz pequeña:
—Mi padre decía que en Veyrac también culparon primero a la lluvia.
Todos la miraron.
Ella se encogió, pero continuó:
—La crecida. El barro. El río. Decían que nadie podía preverlo. Que había sido demasiada agua. Demasiado rápido. Demasiado... natural.
Maud cerró los ojos.
Varenne bajó la cabeza.
Marchal se quedó muy quieto.
Blanche tragó saliva.
—Después supimos que sí se podía prever.
La frase no necesitó adornos.
Delacroix la guardó en silencio.
La casa como asesina.
El río como asesino.