Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 13 — Una segunda nota #3
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Capítulo 13 — Una segunda nota #3

—El salón tiene cableado viejo en las lámparas de pared. El comedor también. La escalera norte. La biblioteca cerrada. Algunas habitaciones.

—¿El salón?

Victorine se puso de pie.

—¿Está diciendo que podríamos estar en peligro aquí?

Félix miró las lámparas de pared.

La electricidad seguía débil, pero algunas luces habían vuelto en forma intermitente. La mayoría de la estancia dependía de velas, aunque dos apliques antiguos mantenían una luz amarillenta, casi enferma.

—Si alguien tocó el circuito, sí.

Varenne se apartó de la pared de inmediato.

Oriane lo vio.

—Por fin una coreografía sensata.

Delacroix miró los apliques.

—¿Puede cortarse la electricidad de esta habitación?

—Desde el sótano.

—No.

—Entonces desde el cuadro secundario del pasillo.

—¿Dónde?

—Junto a la biblioteca.

Todos miraron la biblioteca cerrada.

Hasta entonces había sido un mueble, un fondo elegante para el miedo.

Ahora se volvió una puerta.

La nota había dicho segundo trueno.

La casa tenía lámparas viejas.

El asesino ya había usado electricidad una vez.

Delacroix empezó a caminar hacia el aplique más cercano.

Félix lo detuvo con una mano en el brazo.

—No toque.

—No pensaba abrazarlo.

—Habla demasiado para alguien a punto de electrocutarse.

—La muerte suele agradecer conversación.

Félix se acercó al aplique con precaución, sin tocar el metal. Observó el cableado, la pared, la pantalla de cristal.

—Parece normal.

—Parece.

—Sí.

Delacroix miró hacia la biblioteca cerrada.

—La llave.

Victorine respondió:

—La tengo yo.

—¿Siempre?

—Sí.

—¿Puede asegurarlo?

La propietaria se llevó la mano al bolsillo.

El gesto duró un segundo más de lo que debía.

Luego sacó una llave pequeña.

—Sí.

Delacroix la observó.

—Ábrala.

—¿Ahora?

—La casa acaba de mencionar un segundo trueno. Me gustaría comprobar que no lo guarda entre libros.

Victorine obedeció.

Cruzó el salón hacia la biblioteca cerrada. Félix fue con ella. Delacroix también.

La llave entró.

Giró.

La cerradura hizo un chasquido limpio.

Victorine abrió.

El olor a papel viejo y cuero salió como un suspiro.

La biblioteca era estrecha, más gabinete que sala. Estanterías hasta el techo, una mesa de lectura, una lámpara de pantalla verde y un cuadro eléctrico secundario detrás de una puerta de madera, tal como había dicho Félix.

El cuadro estaba cerrado.

Félix se acercó.

—La tapa está caliente.

—¿Mucho? —preguntó Delacroix.

—Más de lo normal.

Un trueno sonó afuera.

No fuerte.

No todavía.

Pero suficiente para que todos en el salón contuvieran el aire.

Félix miró a Delacroix.

—Necesito cortar desde abajo.

—No irá solo.

—No pienso discutir.

—Qué noche tan fértil.

Félix salió de la biblioteca y llamó a Victorine.

—Necesito que todos se alejen de las paredes y de los apliques.

Victorine repitió la orden con voz firme.

—Todos al centro del salón. Ahora.

Esta vez nadie discutió.

Ni Varenne.

Ni Bréval.

Ni Oriane.

Ni Marchal.

Ni Maud.

Ni Blanche.

Todos se agruparon cerca de la mesa central, bajo la luz de las velas, como si la habitación hubiera encogido de golpe.

Félix tomó la lámpara y se dirigió al pasillo.

Delacroix lo acompañó.

—Le dije que no iría solo —dijo Félix.

—Y yo tengo una gran debilidad por los hombres que aprenden tarde.

Llegaron al pasillo.

El sonido empezó entonces.

Un zumbido.

Bajo.

Fino.

Dentro de las paredes.

Félix se detuvo.

—Atrás.

Delacroix no retrocedió mucho.

Lo justo para no parecer suicida ni obediente.

El zumbido creció.

Desde el salón llegó la voz de Victorine:

—¿Félix?

La lámpara de pared junto a la biblioteca parpadeó.

Una vez.

Dos.

La pantalla de cristal vibró.

Félix giró hacia Delacroix.

—¡Al suelo!

La descarga llegó con el trueno.

O el trueno llegó con la descarga.

Durante un segundo, La Maison de l’Orage se convirtió en luz.

Un chasquido brutal recorrió el aplique del pasillo, saltó hacia la moldura metálica de la biblioteca y estalló en una lluvia de chispas azules. El cristal de la pantalla reventó contra la pared. El olor a quemado invadió el aire.

Delacroix sintió el golpe de calor en la cara.

Félix lo empujó contra el suelo.

En el salón alguien gritó.

Una vela cayó.

El trueno, verdadero o falso, sacudió la casa desde fuera.

Y luego todo quedó otra vez en una oscuridad imperfecta, llena de humo, respiraciones y miedo.

Félix se incorporó primero.

—¿Está herido?

Delacroix se palpó el brazo, el cuello, el orgullo.

—Solo de gratitud, que es una lesión humillante.

—Levántese.

Desde el salón, Victorine gritó:

—¡Todos quietos!

Otro sonido.

Un golpe seco.

Delacroix entró con Félix.

La escena se iluminaba apenas con las velas que aún seguían en pie.

Todos estaban en el centro.

Casi todos.

Anatole Bréval yacía en el suelo junto a la mesa, con el rostro blanco y una mano apretada contra el pecho.

Marchal ya se arrodillaba a su lado.

—No lo toquen —dijo Delacroix.

El médico levantó la cabeza.

—Está vivo.

Bréval abrió los ojos.

—Mi corazón...

Oriane, pálida pero entera, lo miró desde arriba.

—Sería una novedad.

Marchal lo examinó con rapidez.

—No ha recibido descarga. Se desmayó.

—No me desmayé —susurró Bréval.

—Entonces cayó al suelo por ambición.

Blanche estaba llorando.

Victorine sostenía una vela con tanta fuerza que la cera le caía sobre los dedos.

Maud miraba el aplique destruido del pasillo.

Varenne temblaba.

No de rabia.

De miedo puro.

Y Félix, junto a Delacroix, miraba el humo que salía de la biblioteca.

—Alguien tocó el cuadro —dijo.

Delacroix observó el aplique reventado.

Luego la nota sobre la mesa.

El segundo trueno será para quien haya cobrado dos veces.

El segundo trueno había llegado.

Pero no había elegido bien a su víctima.

O quizá no había venido a matar.

Quizá había venido a confirmar que podía hacerlo.

Delacroix se acercó despacio al centro de la sala.

—Bien —dijo.

Victorine lo miró con desesperación.

—No.

—Lo siento, madame. Esta vez es inevitable.

—¿Qué puede tener de bueno esto?

Delacroix miró hacia la biblioteca, donde el humo se mezclaba con la penumbra.

—Que el asesino acaba de cometer un error.

Oriane alzó la vista.

—¿Cuál?

Delacroix tomó la nota de la mesa.

La sostuvo junto a la llama.

—Ha repetido el trueno.

Miró a Félix.

—Y las repeticiones, cuando se hacen deprisa, suelen dejar más huellas que los originales.