Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 13 — Una segunda nota #2
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Capítulo 13 — Una segunda nota #2

—Renaudin tenía documentos de todos.

—Sí —dijo Delacroix.

—Quizá planeaba vendérnoslos.

—Quizá.

—Quizá convocó él mismo a la gente.

Oriane alzó una ceja.

—¿Y después se electrocutó por entusiasmo comercial?

—No digo que se matara. Digo que quizá el juego empezó con él.

Delacroix no rechazó la idea.

La sostuvo.

Era una idea útil.

No necesariamente verdadera.

Pero útil.

—Renaudin anotó iniciales en su agenda —dijo—. Sabía quiénes estaban aquí. Llevaba documentos. Tenía un bastón hueco. Quemó papeles. O alguien los quemó en su habitación. Si vino aquí a negociar, chantajear o protegerse, el asesino pudo utilizar su propio plan contra él.

Marchal se pasó una mano por el rostro.

—Entonces la persona que lo mató conocía ese plan.

—Sí.

—Uno de nosotros.

—Casi con seguridad.

Bréval dijo, con voz débil:

—O alguien más en la casa.

Todos miraron a Blanche y a Félix.

Félix se tensó.

—Cuidado.

—No he acusado —dijo Bréval.

—Lo ha disfrutado un poco.

El escritor se ruborizó.

Delacroix intervino antes de que Félix avanzara.

—Monsieur Bréval tiene razón en que no debemos olvidar a la casa.

Victorine levantó la cabeza.

—¿La casa?

—El personal. Las llaves. Los registros. Las reparaciones. La disposición de las habitaciones. Las llamadas. La falsa reserva de Valmont. El incendio del registro. Nada de esto puede hacerse solo desde una silla de huésped.

Blanche comenzó a temblar.

Félix lo vio.

—Blanche no.

Delacroix no lo miró.

—Blanche, cuando salió a buscar leña antes de que Varenne desapareciera, ¿vio a alguien?

La muchacha negó.

—Blanche.

—No.

—Le pregunté antes y mintió peor que ahora. Eso significa que algo ha cambiado.

Victorine habló con voz dura:

—Contesta.

Blanche miró a Félix.

Luego a Maud.

Luego a Delacroix.

—Vi una sombra.

Bréval soltó un sonido.

Oriane cerró los ojos.

—Qué palabra tan generosa para no decir nada.

—No pude ver quién era —dijo Blanche, apresurada—. Iba hacia el despacho. O salía de allí. No sé. Yo llevaba la leña y la lámpara se apagó un momento.

—¿Altura?

—No sé.

—¿Hombre? ¿Mujer?

—No sé.

Delacroix esperó.

—Llevaba algo claro en la mano.

—¿Un papel?

—Quizá.

—¿Una vela?

—Quizá.

—¿Un pañuelo?

Blanche se quedó quieta.

Félix la miró.

—Blanche.

Ella tragó saliva.

—Sí. Quizá un pañuelo.

Varenne se puso de pie.

—¡Eso no prueba nada!

—No —dijo Delacroix—. Pero vuelve más viajero al pañuelo de lo que nos gustaría.

—Pudo verlo en mi habitación.

—Pudo.

—Pudo tomarlo de mi caja.

—Pudo.

—¿Quién?

Delacroix no respondió.

El pañuelo encontrado en la habitación de Maud llevaba A.

V. El pañuelo conservado por Varenne también.

Una fibra tal vez coincidía con la ventana rota de la galería.

Si alguien había tomado un pañuelo de Varenne, lo había hecho antes o durante la noche.

Si lo había conservado desde Veyrac, entonces el crimen venía preparado de mucho más lejos.

Ambas opciones eran feas.

Una era íntima.

La otra, paciente.

La paciencia siempre le preocupaba más.

—¿Cuándo abrió su caja por última vez? —preguntó a Varenne.

—No lo recuerdo.

—Naturalmente.

—No reviso recuerdos viejos todos los días.

—Los recuerdos viejos son lo único que parece haber traído en cantidad.

Varenne miró al suelo.

—Antes de viajar. Busqué documentos.

—¿Faltaba algún pañuelo?

—No me fijé.

—Qué lástima.

—¿Quién se fija en eso?

—Un hombre que va a encontrarse con un antiguo corrupto en un hotel aislado después de recibir una carta anónima.

Varenne no respondió.

Delacroix volvió a las notas.

—El asesino conoce objetos íntimos. Documentos de Veyrac. La caja de Varenne. La fotografía de Maud. Los honorarios de Marchal. La niña de Oriane. La vanidad de Bréval. El mantenimiento de Félix. Los registros de Victorine. Las tareas de Blanche.

—Eso parece imposible —dijo Victorine.

—No. Solo desagradable.

—¿Cómo puede saber tanto alguien?

—Porque investigó.

—¿Durante años?

—O porque estuvo allí cuando todo empezó.

El salón se volvió hacia los supervivientes de Veyrac.

Maud.

Varenne.

Marchal.

Oriane.

Y, en cierta forma, Renaudin.

Delacroix tomó la fotografía de Adrien Vernet que habían encontrado en la carpeta de Renaudin y la dejó sobre la mesa.

El puente de Veyrac.

Los hombres trabajando.

Adrien sonriendo.

Un momento detenido antes de convertirse en expediente.

Maud cerró los ojos un instante.

—¿Reconoce a alguien más? —preguntó Delacroix.

Ella no quería mirar.

Lo hizo.

Se inclinó sobre la fotografía.

La luz de las velas bailó sobre el papel viejo.

—Adrien —dijo—. Allí.

—Sí.

—El capataz Durand.

—¿Vive?

—Murió poco después. Pulmones.

—¿Quién más?

Maud señaló otro rostro, casi en el borde.

—Paul Ménard. El padre de Clara.

Oriane se acercó.

Su mano tembló apenas.

—Sí.

El rostro del padre de la niña muerta estaba medio borroso, pero se distinguía una sonrisa amplia, confiada.

Veyrac había sido una fábrica de futuros cancelados.

—¿Y este? —preguntó Delacroix.

Señaló una figura detrás de los demás, parcialmente oculta por una viga.

Maud frunció el ceño.

—No lo sé.

Varenne se acercó, irritado por necesitar mirar.

—Ese hombre trabajaba para mi empresa.

—¿Nombre?

—No lo recuerdo.

—Esfuércese.

—Había muchos.

—Las tragedias también tienen esa mala costumbre.

Varenne apretó los ojos.

—Léon. Creo que se llamaba Léon. Léon... no sé.

Marchal, que miraba desde atrás, dijo de pronto:

—Léon Servan.

Blanche dejó caer la leña.

El sonido hizo que todos se volvieran.

La muchacha estaba blanca.

Más que antes.

Félix dio un paso hacia ella.

—Blanche.

Delacroix miró a Marchal.

—Repita el nombre.

El médico parecía haber entendido demasiado tarde lo que había dicho.

—Léon Servan.

Delacroix volvió hacia Blanche.

—Su apellido es Servan.

La muchacha no habló.

Victorine la miró como si no la hubiera visto nunca.

—Blanche.

Blanche empezó a negar con la cabeza.

—No.

—¿Léon Servan era pariente suyo? —preguntó Delacroix.

—No.

La mentira salió como un plato roto.

Félix se acercó a ella.

—Blanche, dime la verdad.

Ella lo miró con desesperación.

—No quería que lo supieran.

—¿Quién era? —preguntó Delacroix.

Blanche cerró los ojos.

—Mi padre.

La habitación se quedó sin aire.

La tormenta, afuera, pareció alejarse de pronto.

Como si incluso ella hubiera querido escuchar.

—Mi padre trabajó en Veyrac —dijo Blanche—. No murió en el derrumbe. Volvió a casa con una pierna mal y los pulmones llenos de polvo. Después no pudo trabajar. Después bebió. Después... después ya no fue mi padre.

Victorine dio un paso hacia ella.

—Blanche, ¿por qué nunca dijiste...?

—Porque usted no me preguntó si mi familia había sido destruida por algún puente.

La frase hirió a Victorine más que una insolencia.

Porque no era insolencia.

Era verdad.

Félix habló en voz baja:

—¿Por eso estabas tan asustada?

Blanche lo miró.

—No maté a nadie.

—No he dicho...

—¡No maté a nadie!

El grito la descompuso. Las lágrimas llegaron por fin, violentas, infantiles, demasiado humanas para una habitación llena de estrategias.

Delacroix no se acercó.

Hay dolores que retroceden si se les acerca una mano.

—¿Recibió una carta? —preguntó.

Blanche negó.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Esta vez la seguridad le pareció verdadera.

—¿Sabía que Renaudin vendría?

—No hasta que llegó.

—¿Lo reconoció?

—No.

—¿Su apellido?

—Lo había oído en casa. Muchas veces. Pero yo era pequeña. No sabía su cara.

—Cuando escuchó Veyrac en la cena, entendió.

Blanche asintió.

—Sí.

—¿Por eso le dio la nota sin preguntar?

La muchacha se quedó quieta.

Delacroix continuó:

—Encontró un sobre con el nombre de Renaudin. Tal vez en la bandeja del pan, como dijo. Tal vez en otro sitio. Al leer el apellido, o al verlo escrito, algo en usted obedeció.

—No sabía qué era.

—Pero quiso que lo recibiera.

Blanche lloraba en silencio.

—Sí.

Félix se volvió hacia Delacroix.

—Eso no la hace culpable.

—No.

—Entonces déjela.

—La estoy dejando donde está: en la verdad. Es un lugar incómodo, pero más seguro que la mentira.

Félix no respondió.

Delacroix miró la fotografía.

Léon Servan.

Blanche.

Otro vínculo.

La casa de extraños ya no tenía extraños.

Solo personas que habían llegado por caminos distintos al mismo derrumbe.

Victorine se sentó despacio.

—Blanche también.

—Sí —dijo Oriane.

—Todos.

—Casi todos.

La mirada de Oriane fue hacia Delacroix.

Él no la esquivó.

El alias.

Valmont.

Valcour.

La habitación siete.

Una pieza que todavía no encajaba.

Y quizá, precisamente por eso, una de las más importantes.

Bréval habló muy bajo:

—Esto es extraordinario.

Oriane se volvió hacia él con una furia helada.

—Una niña acaba de decir que su padre quedó destruido por Veyrac y usted piensa en su libro.

Bréval palideció.

—No quise...

—Sí. Siempre quiere.

Delacroix intervino antes de que la crueldad cambiara de dueño.

—Monsieur Bréval, ¿había oído el nombre Léon Servan antes?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Y Veyrac?

—Solo por la carta.

—¿Nunca investigó el caso?

—No antes de venir.

—¿Después?

—No he tenido ocasión.

—Ha tenido demasiada ocasión para querer hacerlo.

Bréval bajó la cabeza.

Delacroix lo dejó.

Por ahora.

La nota del segundo trueno seguía sobre la mesa.

Quien haya cobrado dos veces.

Ahora podía señalar a Marchal.

A Varenne.

A Renaudin.

Tal vez a cualquier superviviente que hubiera recibido una compensación y luego otra cosa a cambio de callar.

O tal vez no señalaba a una persona.

Tal vez señalaba una escena futura.

La frase no decía: “quien cobró dos veces morirá”.

Decía: “será para quien haya cobrado dos veces”.

El segundo trueno.

Una descarga.

Una repetición.

El asesino no hablaba solo en metáforas.

Hablaba en instrucciones.

Delacroix se acercó a Félix.

—Necesito saber si otra parte de la casa puede provocar una descarga como la de la galería.

El encargado se tensó.

—¿Ahora?

—Sí.

—Varias, si alguien manipula lo suficiente. Pero no igual.

—¿Dónde?