Capítulo 13 — Una segunda nota
El trueno no cayó enseguida.
Eso fue lo peor.
Si hubiera estallado en aquel mismo instante, brutal, inmediato, todos habrían podido sobresaltarse, maldecir, mirar las ventanas y culpar al cielo. El miedo, cuando recibe un ruido concreto, se vuelve menos inteligente.
Pero el trueno se quedó lejos.
Prometido.
Aguardando.
Como una deuda.
Delacroix sostuvo la nueva nota entre los dedos.
El segundo trueno será para quien haya cobrado dos veces.
La frase era breve, teatral y eficaz. Tres defectos que, en conjunto, podían resultar muy peligrosos.
Victorine Arbel la leyó en voz alta una sola vez. Después pareció arrepentirse de haberle prestado su voz.
—¿Quién la dejó? —preguntó.
Nadie respondió.
La pregunta se había vuelto casi decorativa en La Maison de l’Orage. ¿Quién dejó la nota? ¿Quién tomó la llave? ¿Quién abrió el panel? ¿Quién quemó el registro? ¿Quién empujó cada pieza hasta hacerla parecer caída por azar?
Las respuestas estaban en la casa.
Pero la casa era vieja, orgullosa y muy poco inclinada a colaborar.
Félix Noiret volvió a revisar el rellano, el pasillo y la puerta de la habitación de Maud Vernet.
Oriane Fauvel permaneció junto a él, con una vela en la mano y una expresión de mujer que no se fiaba ni de la vela.
Achille Varenne, pálido todavía por el golpe y por el pañuelo encontrado, miraba la nota como si pudiera morderlo.
Théodore Marchal había bajado un escalón y se había quedado allí, suspendido entre subir y no subir, como si la frase le hubiera alcanzado alguna parte íntima.
Maud Vernet no le quitaba los ojos a Delacroix.
No a la nota.
A Delacroix.
Eso le interesó.
—Volvamos al salón —dijo él.
Varenne reaccionó con brusquedad.
—¿Eso es todo?
—No. Eso es el principio de algo menos estúpido que hablar en una escalera.
—Alguien acaba de amenazar a otra persona.
—Sí.
—¿Y vamos a sentarnos?
—El crimen, monsieur Varenne, rara vez se resuelve mejor porque uno lo persiga de pie.
—No me dé lecciones.
—Entonces no me dé oportunidades.
Bajaron juntos.
La casa parecía escucharlos desde las paredes.
Cada peldaño crujía con un retraso mínimo, como si la madera repitiera sus pasos después de ellos.
Afuera, la lluvia seguía golpeando con insistencia.
No había disminuido. Se había vuelto más regular, más pesada, más decidida. Ya no parecía caer. Parecía trabajar.
Al entrar en el salón, Blanche se levantó de inmediato.
—¿Qué ha ocurrido?
—Otra nota —dijo Victorine.
La muchacha se llevó una mano a la garganta.
Anatole Bréval se irguió con esa mezcla de miedo y apetito que ya empezaba a resultar indecente.
—¿Qué dice?
Oriane le dedicó una mirada.
—Nada que mejore su carácter.
Delacroix colocó la nota sobre la mesa central, junto al libro mayor, los fragmentos chamuscados del registro, la nota encontrada en el pasillo y el mensaje que había atraído a Renaudin a la galería.
Las notas parecieron formar una pequeña familia desagradable.
Victorine acercó un candelabro.
La luz amarilla tembló sobre el papel.
—Todas tienen la misma letra —dijo Marchal.
Delacroix lo miró.
—¿Está seguro?
—Parecen iguales.
—Parecer es una forma muy modesta de ser.
Marchal se contuvo.
—¿Usted cree que no lo son?
—Creo que alguien quiere que lo creamos.
Oriane se inclinó sobre la mesa.
—La inclinación es parecida. Las mayúsculas también. Pero esta última parece escrita con más prisa.
—O con prisa fingida —dijo Delacroix.
—¿Se puede fingir la prisa?
—La mitad de la sociedad vive de eso.
Bréval, incapaz de contenerse, se acercó un paso.
—La frase es muy buena.
Todos lo miraron.
El escritor comprendió tarde que había hablado en voz alta.
—Quiero decir... eficaz. Amenazadora.
—No siga —dijo Oriane.
—No iba a...
—Sí iba.
Bréval retrocedió.
Delacroix tomó la nota del segundo trueno.
—“Quien haya cobrado dos veces.” Una formulación curiosa.
Varenne apretó la mandíbula.
—No mire hacia mí.
—Todavía no he mirado.
—Todos piensan en mí.
—Monsieur Varenne, todos han pensado en usted desde que se levantó de la mesa con ganas de pelearse con un muerto. No es un mérito nuevo.
—Yo no cobré dos veces.
—¿Cobró una?
La pregunta lo golpeó.
Varenne tardó.
—Recibí una compensación miserable.
—¿Por Veyrac?
—Sí.
—Y buscaba otra.
—Buscaba lo que se me debía.
—Eso, desde ciertos puntos de vista, puede llamarse cobrar dos veces.
—¡No!
El grito fue más desesperado que furioso.
Marchal lo observó con algo parecido a la compasión. Varenne lo vio.
—No me mire así.
—No he dicho nada.
—Peor.
Delacroix dejó la frase sobre la mesa.
—La nota puede señalar a monsieur Varenne.
—Gracias —dijo Varenne, con veneno.
—No me agradezca. Señalar no es acusar. Un perro también señala con el hocico y casi nunca entiende la ley.
Oriane bajó la vista.
Esta vez sí sonrió.
Poco.
—También puede señalar a monsieur Marchal —continuó Delacroix.
El médico se enderezó.
—¿Por qué?
—Usted cobró por sus dictámenes.
—Era mi trabajo.
—Y quizá cobró de nuevo por orientar esos dictámenes en la dirección conveniente.
Marchal palideció.
—Eso es falso.
Maud lo miró.
—¿Lo es?
—Sí.
—¿Del todo?
La pregunta no fue agresiva.
Fue peor.
Fue cansada.
Marchal abrió la boca y la cerró.
Delacroix observó el gesto.
—Doctor.
—No soy doctor.
—En este momento, esa insistencia parece menos humildad que escapatoria. Responda a madame Vernet.
Marchal miró al fuego.
—Me pagaron.
Varenne soltó una risa dura.
—Ahí está.
—Me pagaron como consultor.
—Qué palabra tan limpia.
—No acepté sobornos.
—¿Y cómo los llama?
Marchal golpeó la mesa con la palma abierta.
—¡No acepté sobornos!
El salón se quedó quieto.
La violencia de aquella negación no demostraba inocencia.
Pero sí una herida.
Marchal respiró con dificultad y bajó la voz.
—La comisión me pidió informes. Los hice. Me pagaron por ellos. Tiempo después, Renaudin me envió una suma adicional.
—¿Por qué? —preguntó Delacroix.
—Dijo que era un ajuste administrativo. Honorarios pendientes.
—¿Y usted la aceptó?
Marchal cerró los ojos.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Quinientos francos.
Varenne se puso de pie.
—¡Quinientos francos por reducir vidas enteras a notas al pie!
—No sabía...
—¡Siempre no sabían! ¡Nadie sabía nada en Veyrac!
Félix avanzó por si hacía falta sujetarlo, pero Varenne se quedó donde estaba. Temblaba. No de alcohol. No solo.
Marchal habló con la vista fija en la mesa.
—Lo acepté. Después entendí que no era un ajuste.
—¿Qué era? —preguntó Maud.
—Silencio.
Esa palabra no hizo ruido.
Pero dejó la habitación más fría.
Delacroix la dejó estar un momento.
Silencio.
La moneda favorita de Renaudin.
—Entonces usted cobró dos veces —dijo Oriane.
Marchal no se defendió enseguida.
—Sí.
—Y la nota podría ser para usted.
—Sí.
Blanche se estremeció.
Bréval tragó saliva.
Varenne parecía dividido entre la satisfacción de ver a Marchal manchado y el terror de que eso no lo limpiara a él.
Delacroix tomó otra nota.
La de Renaudin.
Venga a la galería cuando la casa se quede a oscuras. Veyrac aún no ha terminado.
—Renaudin recibió una frase diseñada para él —dijo—. No prometía dinero. No prometía perdón. Prometía Veyrac. Lo atrajo con aquello que no podía dejar sin controlar.
Luego tomó la nota del pasillo.
Busque en los que sobrevivieron. No en los que murieron.
—Esta nos empuja hacia los supervivientes.
Después, la última.
El segundo trueno será para quien haya cobrado dos veces.
—Y esta nos empuja hacia una culpa económica.
Oriane completó:
—Varenne o Marchal.
—O cualquiera que el asesino quiera que imaginemos cobrando.
Victorine se dejó caer en un sillón.
El cansancio empezaba a vencer la compostura.
—¿Y si realmente hay una segunda víctima?
Nadie respondió.
Afuera, el trueno volvió a acercarse, todavía lejano, pero más claro.
La frase hizo que todos lo escucharan de otra manera.
El segundo trueno.
El lenguaje también puede ser una trampa física: una vez nombrado el peligro, todo ruido parece obedecerle.
—No habrá segunda víctima si no le damos al asesino una habitación vacía —dijo Delacroix.
Félix miró hacia la puerta.
—Entonces nadie se mueve.
—Exacto.
—Pero hay que revisar la casa.
—No ahora.
—¿Y si preparó algo?
—Ya preparó muchas cosas. No vamos a correr detrás de todas como criados de su imaginación.
Victorine alzó la cabeza.
—¿Qué haremos?
Delacroix señaló las notas.
—Leerlas mejor.
Bréval murmuró:
—Eso suena poco urgente.
Delacroix lo miró.
—Monsieur Bréval, hay personas que mueren por cuchillos, venenos, disparos, caídas, rayos falsos y pésimas decisiones. Pero muchísimas investigaciones mueren por no leer una frase hasta el final.
El escritor no respondió.
Quizá porque, por una vez, la frase le gustó más de lo que le convenía admitir.
Delacroix puso las notas una debajo de otra.
—Todas son breves. Todas usan una promesa o amenaza. Todas parecen escritas para que la persona que las lea haga exactamente una cosa.
—Renaudin fue a la galería —dijo Oriane.
—Varenne fue al despacho.
—Marchal... —empezó Victorine.
Marchal levantó la mirada.
—¿Yo qué?
Delacroix tocó la última nota.
—Tal vez aún no ha ido a ninguna parte.
El médico se quedó inmóvil.
Varenne sonrió con amargura.
—Entonces esperaremos a que vaya.
—No —dijo Delacroix—. Esperaremos a ver quién quiere que vaya.
Maud habló desde el ventanal:
—¿Y si no es Marchal?
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿En quién piensa?
—En Renaudin.
—Renaudin está muerto.
—Y aun así sigue cobrando.
La frase produjo un silencio incómodo.
Maud no apartó la mirada de la lluvia.
—Cobró cuando cerró Veyrac. Cobró cuando calló. Cobró cuando guardó documentos. Quizá cobró de nosotros incluso esta noche.
—¿Cómo? —preguntó Victorine.
—Con el miedo. Algunos hombres no necesitan estar vivos para seguir cobrando.
Delacroix la miró con atención.
—Hermosa frase.
Maud giró hacia él.
—No era una frase.
—Lo sé. Por eso lo he dicho con pena.
Varenne se dejó caer en el sillón.