Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 12 — La viuda y el comerciante #2
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Capítulo 12 — La viuda y el comerciante #2

Oriane lo miró.

—Lo suficiente para que me irrite que me lo pregunte.

—Una buena medida.

—La mesa estaba despejada. La fotografía no estaba junto a la ventana.

Félix observó la alfombra.

—Entonces alguien movió la mesa o la fotografía.

—¿Para colocar el cable junto a la imagen del marido? —preguntó Victorine.

—Para que encontráramos una historia completa —dijo Delacroix.

Varenne dio un golpe contra la pared con la palma.

—¡O porque la historia es cierta!

—También.

—Siempre también. Siempre quizá. Siempre una puerta abierta.

—Las puertas cerradas han causado bastantes problemas esta noche, monsieur Varenne. No me tiente.

Maud se acercó al cable.

Félix levantó la mano.

—No lo toque.

Ella se detuvo.

No miraba el cable.

Miraba el pañuelo.

—He visto ese bordado.

Delacroix se inclinó.

En una esquina del pañuelo había dos iniciales bordadas en hilo oscuro.

No se veían bien.

La tela estaba arrugada.

Félix acercó la lámpara.

A. V.

Achille Varenne se quedó inmóvil.

Victorine giró hacia él.

—Monsieur Varenne.

—No es mío.

Oriane suspiró.

—La frase familiar de la noche.

Varenne dio un paso atrás.

—No es mío.

—Sus iniciales —dijo Maud.

—También las de su marido.

La frase salió antes de que nadie pudiera detenerla.

El aire cambió.

Maud se quedó quieta.

Muy quieta.

Varenne pareció comprender tarde la crueldad de lo que había dicho, pero ya era imposible recogerlo.

Delacroix lo miró con frialdad.

—Monsieur Varenne, incluso una defensa desesperada puede conservar algo de decencia.

El comerciante bajó la vista.

—Yo... no quise...

—Sí quiso. Solo lamenta que se notara.

Varenne no respondió.

Maud no se movió.

Pero la habitación pareció inclinarse hacia ella.

A. V.

Achille Varenne.

Adrien Vernet.

Un pañuelo con iniciales dobles.

Una acusación fabricada para servir en dos direcciones.

Delacroix sintió una satisfacción amarga.

El asesino no era torpe.

Era insistente.

No dejaba pruebas.

Dejaba posibilidades.

—¿Ese pañuelo perteneció a su marido? —preguntó con suavidad.

Maud tardó en responder.

—No.

—¿Segura?

—Adrien usaba pañuelos blancos. Siempre. Decía que los pañuelos oscuros eran para hombres que querían parecer menos asustados de lo que estaban.

Oriane miró a Varenne.

—Qué observación tan útil.

Varenne no respondió.

—¿Es suyo? —preguntó Delacroix al comerciante.

—No.

—¿Usa pañuelos con iniciales?

—No desde hace años.

—Qué respuesta interesante.

—¿Por qué?

—Porque no ha dicho nunca.

Varenne se pasó una mano por el rostro.

—Antes sí. Cuando tenía dinero para ridiculeces.

—¿Conserva alguno?

—No lo sé.

—Eso significa sí, pero no quiere recordarlo.

—Significa que mi equipaje no es un museo.

—Lo veremos.

—No.

—Sí.

—No tiene derecho.

Delacroix lo miró.

—Todavía no he usado derechos, monsieur Varenne. Créame, se notaría.

Victorine intervino:

—Revisaremos su habitación con testigos, como hemos hecho con esta.

—¡Esto es absurdo!

—No —dijo Maud—. Es justo.

Varenne se volvió hacia ella.

—¿Justo? ¿Ahora habla de justicia?

—Sí.

—A usted acaban de encontrarle el cable.

—Y a usted, el pañuelo.

—No es mío.

—Entonces no debería temer que lo busquen.

Varenne abrió la boca.

No encontró nada útil.

Delacroix observó el pañuelo.

El cable.

La ventana abierta.

El marco roto.

La habitación señalando demasiado.

A. V.

Dos hombres.

Uno muerto desde hacía años.

Otro vivo y furioso.

Una viuda.

Un comerciante.

Un asesino que conocía sus heridas con precisión de cirujano.

—El cable se queda aquí —dijo.

Félix lo miró.

—¿Aquí?

—Sí. Donde apareció. Pero cubierto y vigilado.

—¿Vigilado por quién?

—Por usted.

—Eso vuelve a dejarme lejos de todos.

—No. Madame Fauvel se quedará con usted.

Oriane alzó una ceja.

—Qué honor.

—No es honor. Es equilibrio. Usted desconfía de todos con bastante imparcialidad.

—Eso sí es casi un halago.

Victorine miró hacia la puerta.

—¿Y los demás?

—Bajamos. Revisamos la habitación de monsieur Varenne.

Varenne negó con la cabeza.

—No.

—Sí.

—No permitiré que entren en mi cuarto.

—La intimidad es un lujo maravilloso. Esta noche, como el teléfono, está fuera de servicio.

Varenne dio un paso hacia él.

Delacroix no se movió.

—Monsieur Varenne —dijo—, hace una hora apareció usted en el despacho con un golpe en la cabeza y un documento que probaba su vínculo con Renaudin.

Ahora encontramos en la habitación de madame Vernet un pañuelo con sus iniciales envolviendo el cable que pudo matar a Renaudin.

Si se niega a que revisemos su habitación, será la primera decisión coherente que tome como sospechoso.

El comerciante respiró con violencia.

Luego miró a Maud.

—Esto lo hizo usted.

Ella respondió sin levantar la voz:

—No. Pero entiendo que quiera creerlo.

—¿Qué significa eso?

—Que es más fácil odiar a una mujer viva que aceptar que un muerto nos sigue usando.

Varenne palideció.

Delacroix la miró.

Esa frase era demasiado buena.

Y demasiado cierta.

Maud Vernet tenía un don peligroso para convertir la acusación en elegía.

Bajaron.

Oriane y Félix quedaron en la habitación seis, junto al cable. La puerta permaneció abierta. Félix puso una silla en el umbral, no para impedir que alguien saliera, sino para impedir que alguien entrara sin ser visto.

Al llegar al salón, Marchal se levantó.

—¿Qué encontraron?

Varenne no contestó.

Maud tampoco.

Victorine miró a Delacroix.

Él respondió:

—Un cable envuelto en un pañuelo con iniciales.

Bréval abrió los ojos.

—¿Iniciales?

—A. V.

El escritor miró primero a Varenne.

Luego a Maud.

Después pareció recordar que el marido de Maud también se llamaba Adrien Vernet y se sintió encantado por la simetría antes de darse cuenta de que era indecente.

Marchal sí lo entendió al instante.

—Eso acusa a los dos.

—O a ninguno —dijo Delacroix.

—¿Cómo que a ninguno? —preguntó Victorine.

—Una prueba que puede señalar en dos direcciones no señala. Distrae.

Blanche, desde la chimenea, murmuró:

—O el asesino no sabía cuál de los dos nombres usar.

Delacroix la miró.

La muchacha se encogió.

—Perdón.

—No se disculpe. Acaba de decir algo sensato.

Félix no estaba allí para sentirse orgulloso, pero probablemente lo habría hecho.

—Ahora revisaremos la habitación de monsieur Varenne —dijo Victorine.

—No —repitió Varenne, aunque con menos fuerza.

Marchal lo miró.

—Achille.

—No me hable como si todavía pudiera salvarme de algo.

—No intento salvarlo.

—Entonces ¿qué?

—Intento que no se hunda solo.

Esa frase detuvo al comerciante.

No por ternura.

Por memoria.

Quizá hubo un tiempo, pensó Delacroix, en que Marchal y Varenne habían sido algo más que dos restos de Veyrac. No amigos. No exactamente. Pero sí hombres que se habían encontrado en la misma ruina antes de elegir culpas distintas.

Varenne cerró los ojos.

—Está bien.

Subieron de nuevo.

La habitación dos estaba en la primera planta, más cerca de Marchal que de los demás. Era una estancia más modesta, con una cama estrecha, un escritorio pequeño y una maleta abierta junto al armario.

A diferencia de Renaudin, Varenne no ordenaba.

A diferencia de Maud, no cuidaba.

Su cuarto parecía una discusión interrumpida: ropa en una silla, botas junto a la cama, papeles arrugados, una botella casi vacía dentro de la maleta, un cepillo de ropa caído en el suelo.

—No toquen mis cosas —dijo.

Delacroix miró alrededor.

—Sus cosas parecen haber empezado sin nosotros.

Victorine se dirigió al escritorio.

—¿Dónde guarda sus pañuelos?

—No lo sé.

—En la maleta —dijo Marchal.

Todos lo miraron.

El médico se quedó incómodo.

—Vi uno cuando subí a atenderlo después de que se golpeara.

Varenne giró hacia él.

—¿Revisó mi maleta?

—Estaba abierta.

—Eso no le daba derecho.

—Buscaba un paño limpio.

—Mentira.

—No.

Delacroix intervino:

—La maleta.

Varenne no se movió.

Victorine fue quien la abrió del todo.

Dentro había camisas, una chaqueta doblada, papeles, una navaja, un frasco de alcohol y varios pañuelos.

Blancos.

Lisos.

Sin iniciales.

Delacroix los revisó con cuidado.

Nada.

—¿Ve? —dijo Varenne.

—Veo que tiene pañuelos blancos.

—No hay ninguno con iniciales.

—Eso también lo veo. No conviene narrarme la evidencia; suelo estar presente.

Marchal miró hacia el escritorio.

—Hay una caja.

Varenne dio un paso rápido.

—Eso no.

Félix no estaba allí para detenerlo, pero Delacroix sí.

Le bastó ponerse delante.

—Qué caja tan interesante acaba de volverse.

—Es privada.

—La privacidad ha tenido una noche terrible, monsieur Varenne. No la haga sufrir sola.

Victorine tomó la caja.

Era de madera oscura, pequeña, con cierre de latón. No estaba cerrada con llave.

Dentro había documentos viejos.

Recibos.

Cartas.

Una fotografía de dos hombres jóvenes junto a un almacén.

Un pañuelo oscuro doblado en el fondo.

Con iniciales.

A. V.

Varenne se quedó sin color.

Maud, en la puerta, cerró los ojos.

Marchal bajó la cabeza.

Delacroix tomó el pañuelo con la pinza.

Estaba limpio.

Muy bien doblado.

Y tenía una pequeña esquina rasgada.

No faltaba un trozo grande.

Solo una fibra.

Delacroix pensó en la fibra oscura atrapada en el marco de la ventana rota de la galería.

Todavía allí.

Esperando.

—¿Suyo? —preguntó.

Varenne no respondió.

—Monsieur Varenne.

—Sí.

La palabra salió rota.

No por culpa.

Por humillación.

—¿Cuántos tenía?

—Tres.

—¿Dónde están los otros?

—No lo sé.

—Otra respuesta que se está cansando.

—Los perdí. Vendí algunos objetos. Regalé ropa. No sé. Hace años.

—¿Cuándo usaba estos pañuelos?

Varenne miró la caja.

—Antes de Veyrac.

—¿Por qué conservó este?

El comerciante apretó la mandíbula.

—Porque era de mi hermano.

La habitación se quedó inmóvil.

Marchal levantó la vista.

—¿De su hermano?

—Sí.

—Pero sus iniciales...

—También se llama Achille. Achille Varenne padre tuvo la brillante idea de llamar a sus dos hijos igual, con segundos nombres distintos, para no complicar la herencia de una familia que luego no heredó nada.

Delacroix miró el pañuelo.

Otro muerto en vida.

Otro nombre doble.

Otra dirección posible.

—¿Su hermano llevaba esos pañuelos cuando trabajaba en Veyrac?

Varenne asintió.

—Sí.

—¿Y perdió alguno allí?

—No lo sé.

—Piénselo.

—¡No lo sé!

La voz se quebró.

No de rabia.

De una cosa peor.

Cansancio viejo.

—Después del derrumbe recogí lo que pude. Ropa, papeles, herramientas. Mi hermano no podía hablar bien. Yo no sabía qué era suyo, qué era mío, qué era basura. Guardé esto porque... porque era lo único que todavía parecía de antes.

Nadie dijo nada.

Ni siquiera Oriane habría dicho algo.

De haber estado allí.

Delacroix dejó el pañuelo en la caja.

—Entonces alguien pudo conseguir uno de esos pañuelos en Veyrac.

Varenne lo miró.

—¿Hace años?

—Los resentimientos son muy buenos archivistas.

Victorine apoyó una mano en el escritorio.

—Pero el pañuelo encontrado en la habitación de Maud puede ser de monsieur Varenne.

—Sí.

—O de su hermano.

—Sí.

—O de alguien que lo obtuvo para incriminarlo.

—Sí.

—Esto no aclara nada.

—Aclara mucho, madame. Solo no condena.

Ella cerró los ojos con desesperación.

—Empiezo a odiar la diferencia.

—La justicia suele depender de ella.

Maud habló desde la puerta:

—Yo no puse ese pañuelo en mi habitación.

Varenne no la miró.

—Yo tampoco puse el cable.

—Lo sé —dijo ella.

Él alzó la vista.

—¿Lo sabe?

—Creo que sí.

—Hace un momento pensaba que yo la acusaba.

—Me acusaba porque tiene miedo.

—No tengo miedo.

—Todos tenemos miedo, monsieur Varenne. Algunos solo lo decoran peor.

Aquello, por alguna razón, no encendió su rabia.

La apagó un poco.

Delacroix observó a ambos.

La viuda y el comerciante.

Dos sospechosos que se necesitaban como enemigos porque, sin enemigo, solo quedaba el pasado. Y el pasado era más difícil de golpear.

En el pasillo, desde arriba, llegó la voz de Oriane.

—Monsieur Valcour.

No gritaba.

Eso lo alarmó más.

Delacroix salió de la habitación.

Oriane estaba en el rellano, con Félix detrás. El encargado llevaba el rostro endurecido.

—¿Qué ocurre?

Oriane levantó una mano.

Entre los dedos sostenía un pedazo de papel.

—Lo encontramos en el umbral de la habitación de madame Vernet. No estaba ahí cuando ustedes bajaron.

Delacroix tomó el papel.

La letra era la misma.

Otra vez.

Solo una línea:

El segundo trueno será para quien haya cobrado dos veces.

Varenne apareció detrás de Delacroix.

Marchal también.

Maud se quedó en la puerta, pálida.

Victorine murmuró:

—¿Qué significa?

Delacroix miró la frase.

Cobrado dos veces.

Renaudin había cobrado por callar.

Varenne buscaba un pago.

Marchal había cobrado por dictámenes.

La casa había cobrado habitaciones.

El asesino seguía escribiendo.

Y cada nota reducía menos la sospecha.

La multiplicaba.

Delacroix dobló el papel.

—Significa —dijo— que alguien quiere que empecemos a contar deudas.

Afuera, un trueno lejano respondió con un gruñido bajo.

No era el segundo.

Todavía.

Pero todos lo pensaron.

Y eso, comprendió Delacroix, era exactamente lo que el asesino quería.