Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 12 — La viuda y el comerciante
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Capítulo 12 — La viuda y el comerciante

El golpe volvió a sonar.

Esta vez no fue una duda.

Fue un sonido claro, seco, de madera empujada contra madera.

Maud Vernet no se movió.

Eso hizo que todos la miraran más.

A veces, el miedo se delata por el temblor. Otras, por la ausencia absoluta de temblor.

—La habitación seis —repitió Victorine Arbel.

No era una pregunta.

Tampoco una acusación.

Todavía.

Maud abrió los ojos.

—Mi habitación está cerrada.

Achille Varenne soltó una risa breve.

—Eso parece ser una condición muy relativa en esta casa.

Félix Noiret tomó una lámpara.

—Voy.

—No solo —dijo Delacroix.

—Ya lo sé.

—Qué agradable. La repetición empieza a dar frutos.

Varenne se levantó con esfuerzo.

—Yo también voy.

Marchal lo sujetó del brazo.

—Usted no.

—¿Por qué?

—Porque tiene un golpe en la cabeza y una rabia que ocupa demasiado espacio.

—No necesito permiso de un perito viejo.

Marchal se tensó.

Maud habló desde el centro del salón:

—Déjelo venir.

Todos se volvieron hacia ella.

—¿Por qué? —preguntó Victorine.

La viuda miró a Varenne.

—Porque si encuentran algo en mi habitación, monsieur Varenne será el primero en decir que lo puse yo. Prefiero que lo vea desde el principio.

—Qué noble —dijo Varenne.

—No. Práctico.

Delacroix observó el intercambio.

La viuda y el comerciante.

Dolores distintos alrededor de la misma ruina.

Maud tenía el dolor quieto, concentrado, casi elegante.

Varenne tenía el dolor ruidoso, sucio de alcohol y humillación.

Los dos podían matar.

Los dos podían ser usados.

La diferencia, pensó Delacroix, estaba en quién se dejaba leer peor.

—Subiremos cinco —decidió—. Madame Arbel, monsieur Noiret, madame Vernet, monsieur Varenne y yo.

Oriane Fauvel alzó una ceja.

—¿Me deja fuera?

—Por una vez.

—Qué descortés.

—Estoy ensayando.

—No lo hace mal.

Anatole Bréval abrió la boca.

Oriane se volvió hacia él.

—Ni lo intente.

El escritor la cerró.

Théodore Marchal no parecía satisfecho.

—No conviene dejar a los demás aquí sin vigilancia.

—Por eso usted se queda —dijo Delacroix.

—¿Como vigilante?

—Como médico. Si alguien se desmaya, lo atiende. Si alguien huye, grita. Si alguien confiesa, escucha con claridad.

—Y si alguien intenta matarme.

—Procure no colaborar.

Marchal suspiró.

—Su sentido del humor va a terminar muy mal una noche de estas.

—Todos mis conocidos dicen lo mismo. Algunos desde hace años. Lo cual demuestra que exageran.

Victorine tomó otra vela.

—Vamos.

Subieron por la escalera principal.

La casa parecía distinta en la planta alta.

Abajo, el salón, el fuego y las voces daban cierta ilusión de comunidad.

Arriba, en cambio, cada puerta parecía una decisión tomada a oscuras.

El pasillo se extendía bajo una luz pobre, con alfombras estrechas, cuadros inclinados y el viento golpeando los cristales del fondo.

La habitación seis estaba a mitad del corredor.

La puerta se movía apenas.

No estaba abierta.

No del todo.

Golpeaba contra el marco con cada corriente de aire.

Tac.

Tac.

Tac.

Ese había sido el sonido.

Victorine se detuvo.

—¿La dejó así?

Maud negó.

—Cerré con llave.

—¿La llave?

—La tengo.

Se llevó una mano al bolsillo del vestido y sacó una pequeña llave de latón.

Victorine la miró.

—Entonces alguien abrió con otra.

Varenne murmuró:

—O alguien cerró mal.

Maud no se dignó mirarlo.

Félix se acercó a la puerta, empujó con dos dedos y la abrió.

No entró.

Delacroix agradeció esa inteligencia práctica.

La habitación estaba oscura, salvo por un destello intermitente de la tormenta que entraba por la ventana. Las cortinas se movían. Una de las hojas estaba abierta.

De ahí venía la corriente.

—No toque nada —dijo Delacroix.

Félix levantó la lámpara.

La habitación de Maud Vernet era más pequeña que la de Renaudin, pero más habitada. Había un chal sobre el respaldo de una silla, un libro cerrado boca abajo, un baúl a los pies de la cama, un peine de plata sobre la cómoda y una flor seca dentro de un vaso sin agua.

Una habitación ordenada.

Pero no fría.

Eso la hacía más triste.

La ventana estaba abierta hacia dentro.

El viento había empujado una cortina contra la mesa, tirando al suelo un marco de madera. El golpe repetido no era la puerta, comprendió Delacroix de inmediato, sino la contraventana mal asegurada que empujaba el marco del interior.

Félix avanzó hasta la ventana y la cerró con dificultad.

—El pestillo está forzado.

Victorine se acercó.

—¿Desde fuera?

Félix examinó la madera.

—No. Desde dentro.

Varenne soltó una exclamación.

—Desde dentro. Qué sorpresa.

Maud lo miró por fin.

—Si hubiera querido ocultar algo, monsieur Varenne, habría elegido un método menos infantil que abrir mi propia ventana durante una tormenta.

—O demasiado infantil para parecer culpable.

—Esa idea casi parece inteligente.

—No se burle de mí.

—Entonces no me ayude tanto.

Delacroix se volvió hacia ambos.

—Si pudieran no asesinarse verbalmente antes de que terminemos de examinar la habitación, se lo agradecería mucho. Me gustan los crímenes de uno en uno.

Victorine miró alrededor.

—¿Falta algo?

Maud tardó en responder.

No porque necesitara comprobarlo.

Porque no quería descubrirlo.

—No lo sé.

Delacroix se acercó a la mesa.

El marco caído contenía una fotografía.

Un hombre joven, de rostro abierto, ojos claros, sonrisa cansada. La misma cara que había visto en la imagen de Veyrac, aunque aquí no aparecía junto al puente, sino sentado en un jardín, con una taza de café en la mano.

Adrien Vernet.

Antes de ser expediente.

Antes de ser culpa.

Antes de ser una frase en boca de su viuda.

Delacroix levantó el marco con cuidado.

El cristal se había quebrado.

No por la caída solamente. Había una marca en el borde, como si algo duro lo hubiera golpeado.

—Su marido —dijo.

Maud asintió.

—Sí.

Varenne apartó la mirada.

Aquello, curiosamente, lo humanizó más que cualquier confesión.

—La fotografía fue golpeada —dijo Delacroix.

—Cayó —respondió Victorine.

—Cayó después de ser golpeada.

Félix se acercó.

—¿Con qué?

Delacroix señaló el suelo.

Había algo bajo la mesa.

Un objeto alargado, envuelto en un pañuelo oscuro.

Maud lo vio.

Su rostro cambió.

Por primera vez en la noche, perdió toda compostura.

—Eso no es mío.

Varenne dio un paso.

—Ni siquiera sabe qué es.

—No es mío.

Delacroix no tocó el envoltorio con las manos. Se inclinó, tomó el pañuelo por una esquina con ayuda de la pinza que aún llevaba en el bolsillo y lo abrió sobre la alfombra.

Dentro había un tramo de cable fino.

Oscuro.

Enrollado con torpeza.

Uno de los extremos estaba pelado.

El otro, chamuscado.

El silencio fue inmediato.

Incluso la tormenta pareció esperar a que alguien respirara.

Félix se arrodilló.

—Es del rollo que falta.

Victorine se llevó una mano a la boca.

Varenne señaló a Maud.

—Ahí está.

—No —dijo Delacroix.

El comerciante se volvió hacia él.

—¿Cómo que no?

—He dicho no. No “imposible”. No “inocente”. No. Una palabra muy útil cuando alguien intenta llegar a una conclusión con demasiada prisa.

—¡Está en su habitación!

—Sí.

—¡Es el cable!

—Probablemente.

—¿Qué más quiere?

—Que el asesino se esfuerce un poco más o que usted se esfuerce un poco menos.

Varenne avanzó hacia Maud.

Félix se interpuso.

—Atrás.

—¿También va a protegerla?

—Protejo que no haga una estupidez encima de otra.

—Ella mató a Renaudin.

Maud habló muy bajo:

—No.

—¡Claro que sí! Llegó antes. Buscó la galería. Habló con él. Tenía el motivo más limpio. Y ahora encontramos el cable bajo la mesa donde guarda la foto de su marido.

Maud cerró los ojos.

—Justamente.

La palabra fue pequeña.

Pero Delacroix la oyó.

—Justamente —repitió él.

Varenne los miró a ambos.

—¿Qué significa eso?

Delacroix se agachó junto al cable.

—Significa que esta escena tiene demasiada opinión.

—¿Ahora una escena opina?

—Constantemente. Las peores no se callan jamás.

Félix, todavía de rodillas, observó el pañuelo.

—Esto está seco.

Delacroix lo miró.

—Continúe.

—El cable está chamuscado, pero el pañuelo está seco. La ventana estaba abierta. Entró lluvia. La alfombra junto a la ventana está húmeda. La mesa también. Pero este pañuelo no.

Victorine se inclinó.

—Entonces lo pusieron después de abrir la ventana.

—O antes, pero protegido —dijo Varenne.

Félix lo miró.

—¿Bajo una mesa, junto a una ventana abierta, durante una tormenta?

Varenne apretó la mandíbula.

—No soy electricista.

—Se nota.

Delacroix casi sonrió.

Félix empezaba a defender la lógica incluso cuando la lógica podía hundir a otros. Eso le gustaba.

—El pañuelo —dijo Delacroix—. ¿Es suyo, madame Vernet?

Maud lo miró.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿De hombre? —preguntó Victorine.

—Los pañuelos no tienen moral —dijo Oriane desde la puerta.

Todos se volvieron.

La mujer estaba en el umbral.

Muy tranquila.

Demasiado tranquila.

—Le dije que se quedara abajo —dijo Delacroix.

—Lo sé.

—¿Y?

—Me pareció una sugerencia formulada con exceso de confianza.

Félix soltó una risa breve antes de poder impedirlo.

Victorine no.

—Madame Fauvel, esto no es momento para...

—Lo sé —dijo Oriane—. Precisamente por eso subí. Monsieur Bréval estaba a punto de intentarlo y preferí sacrificarme por la calidad general de la observación.

—¿Los demás están solos? —preguntó Delacroix.

—Marchal está con ellos. Blanche también. Bréval está ofendido. Todo en orden.

—Esa frase nunca ha significado nada bueno.

Oriane entró sin esperar permiso y miró el cable.

—Muy delicado.

—¿El cable?

—La acusación.

Delacroix asintió.

—Eso estaba pensando.

Maud la miró.

—No necesito su compasión.

—No la he traído.

—Entonces ¿qué ha traído?

—Memoria.

Oriane se acercó a la mesa y señaló el marco roto.

—Vi esa fotografía en su habitación ayer.

Maud frunció el ceño.

—¿Cómo?

—La puerta estaba abierta cuando Blanche subió agua caliente. Pasé por el pasillo. Vi la fotografía sobre la mesa.

—¿Y?

—El marco estaba más cerca de la cama.

Delacroix levantó la vista.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Cómo de segura?