Capítulo 11 — El registro chamuscado #2
—Antes. En el carruaje.
—¿Alguien pudo oírlo?
—El cochero.
—¿Dónde está?
—Con suerte, lejos de esta casa y vivo.
Victorine miró la línea.
—A. Valmont canceló. Por eso la habitación siete quedó libre.
—Y por eso me la asignó a mí.
—Sí.
Delacroix tocó apenas el borde de la página.
—¿Cuándo se canceló?
Victorine leyó la observación.
—No hay fecha.
—Eso ya es una fecha moral.
Marchal se acercó.
—¿Qué significa?
—Que alguien quiso crear un hueco.
—¿Para usted?
—No necesariamente.
—Pero lo ocupó usted.
—Sí.
Oriane lo miró.
—¿Y eso fue casualidad?
Delacroix contempló la línea.
A. Valmont.
Alban Valcour.
Demasiado parecido para ser cómodo.
No lo bastante idéntico para ser definitivo.
El asesino jugaba con medias certezas. Con nombres incompletos. Con notas breves. Con papeles quemados. Con fragmentos que obligaban a los demás a completar la frase con sus propios miedos.
Era un estilo.
Y los estilos, en el crimen, a veces delatan más que las huellas.
—Fue aprovechado —dijo al fin.
—No ha dicho casualidad.
—No.
—Tampoco planeado.
—Tampoco.
Victorine cerró el libro con cuidado.
—Alguien manipuló mis registros.
—Sí.
—Alguien entró aquí antes de esta noche.
—O trabaja aquí.
Blanche negó con la cabeza.
—No.
Félix se volvió hacia Delacroix.
—Cuidado.
—Siempre.
—No acuse a la gente de la casa para proteger a huéspedes con cartas bonitas.
Delacroix miró al encargado.
—¿Le preocupa la gente de la casa o una persona concreta?
Félix se quedó callado.
Blanche bajó la vista.
Victorine vio el gesto entre ambos y pareció envejecer un poco más.
La noche estaba empeñada en quitarle no solo seguridad, sino ignorancias cómodas.
—Volvamos a los registros —dijo Delacroix.
Abrió el libro mayor otra vez.
—Madame Vernet debía llegar el martes.
Maud, que hasta entonces había permanecido en silencio junto a la puerta del salón, alzó la mirada.
—Sí.
—Pero llegó el lunes.
La frase no pareció sorprenderla.
Eso fue peor.
Victorine se inclinó sobre la página.
—No. Aquí dice martes.
—Mire el fragmento quemado.
Delacroix tomó uno de los trozos de la bandeja. La escritura estaba dañada, pero se leía:
...Vernet — llegada confir... lunes noche...
Victorine lo observó.
—Eso no está en el libro mayor.
—No.
—Entonces...
—Entonces el registro diario decía algo que el libro mayor no dice.
Oriane miró a Maud.
—Llegó antes.
Maud no respondió.
Varenne murmuró:
—Por supuesto.
Marchal cerró los ojos.
Bréval, incapaz de evitarlo, susurró:
—La viuda llegó antes que la tormenta.
Oriane giró hacia él.
—Una frase más y lo arrojo a la chimenea.
Bréval calló.
Delacroix no apartó la vista de Maud.
—Madame Vernet.
Ella sostuvo su mirada.
—Llegué el lunes por la noche.
Victorine abrió la boca.
—Eso es imposible. Yo...
—No estaba usted en recepción cuando llegué.
La propietaria se quedó inmóvil.
—¿Quién la recibió?
Maud miró a Blanche.
Blanche empezó a llorar otra vez.
Félix dio un paso hacia ella.
—Blanche.
La muchacha habló antes de que la protegieran de nuevo.
—Yo la recibí, madame.
Victorine se volvió hacia ella.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Madame Vernet pidió discreción.
Victorine se quedó helada.
—¿Pidió discreción?
Maud intervino:
—No quería encontrarme con nadie.
—En un hotel —dijo Oriane—, eso suele requerir una tumba.
—Llegué tarde, empapada, agotada. Dije que podía esperar hasta la mañana para formalizar la entrada.
—¿Y la habitación? —preguntó Victorine.
Blanche respondió con un hilo de voz:
—La puse en la seis, como decía la reserva.
—¿Y luego modificaste el registro?
—Solo lo anoté en el diario.
—No en el libro mayor.
—Pensé que lo haría por la mañana. Después... después se me olvidó.
Victorine parecía más herida por la falta que por el crimen.
—En esta casa no se olvidan las entradas.
—Lo siento, madame.
Delacroix habló con suavidad:
—Blanche, ¿madame Vernet salió de su habitación esa noche?
La muchacha miró a Maud.
—No lo sé.
—¿La vio después?
—Sí.
—¿Dónde?
Blanche tragó saliva.
—En el pasillo norte.
Félix susurró algo que pudo ser una maldición.
Victorine se llevó una mano a la sien.
—¿La galería?
—Cerca —dijo Blanche—. No dentro.
Delacroix miró a Maud.
—¿Qué hacía allí?
La viuda respiró despacio.
—Buscaba la galería.
—Eso tiene la virtud de la claridad.
—Quería verla.
—¿Por qué?
—Porque la carta decía que Renaudin traería documentos. Pensé que quizá los escondería en algún lugar de la casa. Cuando llegué, no sabía aún qué habitación ocuparía él. Solo sabía el nombre del hotel.
—¿Y decidió inspeccionar la galería de noche?
—No pude dormir.
—Una epidemia muy activa.
Maud lo miró con firmeza.
—No maté a Renaudin.
—Esa respuesta empieza a llegar a conversaciones donde todavía no la he pedido.
—Todos la esperan.
—No todos. Algunos esperan que otro la diga por ellos.
Varenne apretó los dientes.
—¿Y si la mató ella?
Delacroix giró hacia él.
—Entonces tendremos que demostrarlo mejor que usted.
—Llegó antes. Mintió. Buscó la galería. Su marido murió por culpa de Renaudin. ¿Qué más quiere?
—Una explicación que no parezca escrita por el asesino para usted.
Varenne se quedó callado.
Oriane observó a Maud.
—Si llegó el lunes, pudo estudiar la casa.
—Sí —dijo Maud.
La respuesta fue tan directa que todos se sorprendieron.
Ella continuó:
—Pude. No significa que lo hiciera.
—Pero buscó la galería.
—Sí.
—¿Vio el panel?
—No.
Félix intervino:
—Está disimulado. Si no sabe dónde mirar...
—Lo habría visto alguien que buscara con calma —dijo Oriane.
Maud la miró.
—¿Usted lo vio antes de que Félix lo señalara?
Oriane no respondió.
Delacroix casi sonrió.
No por diversión.
Por equilibrio.
Maud Vernet estaba acorralada, pero no vencida. Y los inocentes acorralados a veces se defienden igual que los culpables. Esa era una de las indecencias más persistentes de la verdad.
Marchal habló con voz grave:
—La llegada anticipada es importante.
—Sí —dijo Delacroix.
—Pero no basta.
Maud lo miró, sorprendida.
Marchal no la miró a ella.
Miraba sus propias manos.
—No basta —repitió—. Muchos vinimos por cartas. Muchos mentimos. Muchos teníamos motivos. Si la acusamos solo por haber sufrido más que nosotros, estaremos repitiendo Veyrac.
La frase fue inesperada.
Y, precisamente por eso, tuvo peso.
Maud no dijo nada.
Varenne soltó una risa seca.
—Qué hermoso. Ahora tiene conciencia.
Marchal lo miró.
—Tarde, sí. Pero no tan tarde como otros.
Varenne se levantó.
—¿Qué quiere decir?
—Que usted habría matado a Renaudin si hubiera sabido cómo.
Félix se interpuso antes de que el comerciante avanzara.
—Basta.
Varenne respiraba con dificultad.
Delacroix no intervino.
Los enfrentamientos, cuando no llegaban a los puños, a menudo agitaban el fondo de la botella.
Bréval murmuró:
—Todo Veyrac encerrado en una sala.
Oriane lo miró.
—Y usted, como siempre, mirando por la cerradura.
El escritor se puso rojo.
Victorine retomó el libro mayor y lo abrió de nuevo, con obstinación.
—Aquí hay algo más.
Delacroix se acercó.
La propietaria señaló una columna de observaciones junto a la reserva de Maud Vernet. Había una marca pequeña, casi una cruz, hecha con lápiz.
No tinta.
Lápiz.
—Yo no hago estas marcas —dijo.
Félix se inclinó.
—Parece una señal de limpieza.
—¿De limpieza?
—Blanche marca a veces las habitaciones preparadas con una raya.
Blanche negó.
—No así.
Delacroix observó la cruz.
Luego la reserva de Renaudin.
También tenía una marca.
La de Marchal, otra.
La de Varenne, otra.
La de Oriane, otra.
La de Bréval, otra.
La de A. Valmont, no.
—Interesante —dijo.
Victorine lo miró.
—¿Qué?
—Todos los huéspedes convocados están marcados.
Oriane se acercó.
—Salvo Valmont.
—Salvo Valmont.
—Entonces Valmont quizá no era convocado.
—O era una casilla vacía.
—¿Para quién?
Delacroix miró la habitación siete en la columna.
—Para alguien que aún no tenía nombre.
Un silencio breve.
Félix frunció el ceño.
—Pero usted terminó en esa habitación.
—Sí.
Varenne resopló.
—Qué misterio tan cómodo.
—Monsieur Varenne, la comodidad y yo estamos teniendo una relación muy hostil esta noche.
Blanche habló de pronto:
—Hubo una llamada.
Todos se volvieron hacia ella.
Victorine frunció el ceño.
—¿Qué llamada?
—La semana pasada. Por el teléfono. Preguntaron si la habitación siete seguía disponible.
—¿Quién?
—Un hombre.
—¿Nombre?
—No lo dijo.
—¿Y no me informaste?
—Sí, madame. Se lo dije mientras revisaba las cuentas. Usted dijo que, si Valmont cancelaba, podíamos ofrecerla.
Victorine abrió la boca.
Luego la cerró.
Recordaba.
Eso se vio en su rostro.
—Pensé que era una consulta normal.
Delacroix miró el libro.
—¿Y Valmont canceló después de esa llamada?
Blanche asintió.
—Al día siguiente llegó una carta.
—¿De Valmont?
—Sí.
—¿La conserva?
Victorine respondió:
—Las cartas de cancelación se archivan.
Félix miró hacia el despacho.
—En recepción.
Todos miraron los papeles quemados.
Victorine palideció.
—No.
Delacroix removió con las pinzas los restos de la bandeja.
Encontró un pedazo de sobre, chamuscado en los bordes. Apenas se veía una parte del remitente.
...lmont
Y debajo, una dirección incompleta:
Rue des...
No suficiente.
Nunca suficiente.
La noche tenía una habilidad desagradable para dejar media palabra donde hacía falta una confesión.
Oriane cruzó los brazos.
—Entonces Valmont quizá existía.
—Quizá.
—O alguien inventó a Valmont para reservar la habitación siete.
—También.
—Y luego canceló para que quedara libre.
—Sí.
—¿Para usted?
Delacroix sostuvo su mirada.
—Eso aún no lo sabemos.
—Pero usted llegó y la ocupó.
—Sí.
—Con un alias parecido.
—Sí.
—Eso es bastante incómodo.
—Madame Fauvel, si lo incómodo bastara para condenar, esta casa estaría vacía y todos estaríamos presos.
Ella aceptó la respuesta con una inclinación mínima.
Delacroix volvió a la cruz de lápiz.
Marcados.
Todos los vinculados a Veyrac.
No Valmont.
Valmont era otra cosa.
Una reserva señuelo.
Un hueco.
Una puerta preparada.
Pero para quién, todavía no.
Y ahí estaba la parte que lo irritaba.
No el peligro.
La intención de hacerlo mirar hacia sí mismo.
Un asesino que intenta interesar a un detective por su propia sombra comete, por lo general, uno de dos errores: o lo subestima, o lo conoce demasiado.
Delacroix aún no sabía cuál prefería.
—Guardaremos el libro mayor —dijo.
Victorine cerró la tapa de inmediato.
—Yo lo guardaré.
—No. Lo guardaremos a la vista.
—¿A la vista?
—En el salón. Sobre la mesa. Con todos delante. Esta noche lo oculto arde demasiado.
Félix asintió.
—Tiene razón.
Victorine no discutió.
Eso demostró lo cansada que estaba.
Tomaron la bandeja con los fragmentos, el libro mayor y los restos del sobre. Regresaron al salón en grupo, como una procesión absurda: un hotel protegiendo sus papeles después de no haber podido proteger a sus huéspedes.
Al entrar, la chimenea lanzó una chispa.
Bréval dio un respingo.
Oriane lo miró.
—No se preocupe. El fuego ya tuvo su escena.
Delacroix colocó el libro mayor en la mesa central.
—Nadie lo tocará sin que todos lo vean.
Varenne se dejó caer en un sillón.
—¿Y ahora?
Delacroix miró a Maud Vernet.
Ella estaba de pie, más pálida que antes, pero con la barbilla alzada.
—Ahora —dijo— sabemos que madame Vernet llegó antes de lo declarado.
Maud no apartó la mirada.
—Sí.
—Sabemos que buscó la galería.
—Sí.
—Sabemos que habló con Renaudin antes de la cena y lo negó.
—Sí.
—Sabemos que su marido fue una de las víctimas morales de Veyrac.
—No morales —dijo ella—. Reales.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Reales.
La corrección quedó aceptada.
—Y sabemos —continuó— que alguien quiso quemar el registro justo cuando esos datos podían aparecer.
Marchal frunció el ceño.
—¿Está sugiriendo que el incendio no buscaba acusarla, sino ocultarla?
—Sugiero que, cuando un fuego parece señalar a alguien, conviene preguntarse qué estaba borrando detrás del dedo.
Oriane miró a Maud.
—Eso no la absuelve.
—No —dijo Delacroix—. Solo la vuelve interesante de una manera menos vulgar.
Maud dejó escapar una risa breve.
Sin alegría.
—Qué alivio.
—No lo es.
—Lo sé.
Félix se acercó a la puerta del salón.
—Oí algo.
Todos callaron.
La tormenta seguía rugiendo afuera, pero Félix no miraba hacia las ventanas.
Miraba hacia el pasillo.
Delacroix tomó una vela.
—¿Qué oyó?
—Un golpe.
—¿Dónde?
—Arriba.
Victorine cerró los ojos.
—Por favor.
El golpe se repitió.
Más claro.
Madera contra madera.
O una puerta mal cerrada empujada por corriente.
O alguien.
Siempre esa tercera posibilidad, tan trabajadora.
Delacroix miró el libro mayor sobre la mesa.
Luego a Victorine.
—¿Qué habitación hay sobre este salón?
La propietaria respondió muy bajo:
—La seis.
Maud Vernet se quedó inmóvil.
Su habitación.
El golpe volvió a sonar.
Esta vez seguido de un arrastre lento.
Como si algo pesado hubiera sido movido sobre el suelo.
Nadie respiró durante un segundo.
Delacroix tomó la vela.
—Madame Vernet —dijo—, creo que su habitación acaba de incorporarse a la conversación.
Maud cerró los ojos.
No de sorpresa.
De agotamiento.
Y eso, para Delacroix, fue casi peor.
Porque la sorpresa podía fingirse.
El agotamiento, cuando era verdadero, solía significar que la noche todavía tenía muchas cosas que devolver.