Capítulo 11 — El registro chamuscado
El fragmento olía a papel muerto.
Delacroix lo sostuvo entre dos dedos, no por delicadeza, sino porque las cosas quemadas tienen una forma miserable de deshacerse justo cuando uno empieza a necesitarlas.
A. Val...
No era suficiente.
Era demasiado.
La diferencia entre ambas cosas, en una noche como aquella, podía ser un cadáver más.
Victorine Arbel miraba el pedazo de registro como si hubiera descubierto una grieta en los cimientos de la casa.
Félix Noiret permanecía junto a la papelera volcada, con la manta todavía en la mano.
Blanche tenía el rostro blanco, las pestañas húmedas.
Marchal observaba a Delacroix como se observa a un enfermo que no quiere admitir un síntoma.
Varenne, por supuesto, parecía encantado de tener a alguien más bajo sospecha.
Oriane Fauvel era la única que no miraba el papel.
Miraba a Delacroix.
—Ha dicho que el asesino empezó a hablar de usted —dijo.
—Sí.
—Y, sin embargo, no parece sorprendido.
—La sorpresa es una emoción muy cara. Procuro gastarla en ocasiones mejores.
—¿Como cuando aparece su nombre en un registro quemado?
—Ese todavía no es mi nombre.
Varenne soltó una risa.
—Qué conveniente.
Delacroix se volvió hacia él.
—Monsieur Varenne, si lo conveniente fuera prueba de culpabilidad, usted ya estaría condenado por su personalidad.
El comerciante enrojeció.
—No se burle de mí.
—Entonces ayúdeme.
—¿A qué?
—A encontrar algo más útil que su indignación.
Victorine se interpuso con una frialdad que no alcanzaba a disimular su miedo.
—Monsieur Valcour, basta. Usted llegó esta tarde. Nadie lo conocía. Nadie sabía que iba a alojarse aquí. Y ahora aparece un fragmento quemado con algo que parece su nombre. Si espera que aceptemos eso como una coincidencia, me temo que no podré complacerlo.
—No espero que lo acepte.
—Entonces explíquelo.
—No puedo.
La respuesta produjo más inquietud que cualquier explicación elaborada.
Delacroix lo supo en cuanto la dijo.
Las personas toleran mejor una mentira bien vestida que una ignorancia desnuda.
Victorine frunció el ceño.
—¿No puede?
—No todavía.
Marchal dio un paso hacia él.
—Quizá sería un buen momento para decirnos quién es realmente.
Delacroix miró los restos humeantes del registro.
—Sería un momento excelente. Por eso mismo desconfío.
—¿Desconfía de qué?
—De la teatralidad del momento.
Oriane ladeó apenas la cabeza.
—Alguien quema el registro justo cuando usted empieza a reconstruir las reservas. El fragmento que sobrevive contiene parte de su nombre. Todos le exigen explicaciones. Usted se ve obligado a revelar algo.
—Exacto.
—Entonces el incendio no era para borrar solamente.
—No.
—Era para obligarlo a hablar.
Delacroix le dedicó una inclinación mínima.
—Madame Fauvel, si sigue haciendo deducciones razonables, terminará arruinando mi descanso.
—Su descanso ya está bastante muerto.
—No tanto como monsieur Renaudin, pero casi.
Victorine no estaba para sutilezas.
—¿Por qué alguien querría obligarlo a hablar?
—Porque quizá sabe algo de mí.
—¿Quién?
—Esa es una de las cosas que preferiría averiguar antes de anunciarla en voz alta a la persona que lo sabe.
La propietaria apretó los labios.
No le gustaba.
Lo entendía.
Eso era peor para ella.
Félix se agachó junto a los papeles chamuscados.
—Hay más trozos.
—No los mueva sin orden —dijo Delacroix.
—No soy un niño.
—Lo sé. Los niños suelen obedecer mejor.
El encargado lo miró con fastidio, pero detuvo la mano.
Delacroix dejó el fragmento con A. Val..
. sobre el mostrador y se arrodilló junto a los restos.
El incendio había sido pequeño, pero inteligente.
No buscaba quemar todo el hotel. Buscaba destruir una zona concreta de papeles y crear el pánico suficiente para que muchas manos pisaran, recogieran, mezclaran y arruinaran lo que quedara.
No había funcionado del todo.
Los asesinos, pensó, también tienen noches malas.
—Félix —dijo—, necesito una bandeja metálica.
—En la cocina.
—Blanche.
La muchacha se sobresaltó.
—Sí, monsieur.
—Tráigala. Y unas pinzas, si las hay.
Victorine la miró.
—Ve.
Blanche obedeció con alivio evidente. Una tarea concreta era una forma de huida permitida.
Varenne señaló el mostrador.
—¿Y mientras tanto qué hacemos? ¿Lo miramos hacer de archivista?
—Podría mirar en silencio. Sería una novedad saludable.
—Usted cree que puede insultar a todo el mundo porque nadie sabe quién es.
Delacroix levantó la vista.
—No, monsieur Varenne. Insulto a todo el mundo porque cada uno está haciendo méritos muy parecidos.
Oriane soltó una breve exhalación.
Casi risa.
Casi.
Marchal no apartaba los ojos de Delacroix.
—Ese fragmento puede ser una falsificación.
—Desde luego.
—Puede haber sido escrito después.
—Sí.
—Incluso esta misma noche.
—También.
—Entonces podría haberlo escrito cualquiera.
—No.
Marchal frunció el ceño.
—¿No?
Delacroix señaló el registro quemado.
—Cualquiera podría escribir un nombre en una hoja suelta.
No cualquiera podría elegir la hoja exacta del registro que importaba, colocarla entre papeles incendiables, preparar una combustión lenta y conseguir que el fragmento que sobreviviera pareciera decir lo que convenía.
Eso requiere acceso, tiempo y una idea bastante precisa de lo que se quiere provocar.
Victorine miró a Blanche, que acababa de volver con una bandeja y unas pinzas de cocina.
—¿Acceso?
La muchacha palideció.
—Yo no, madame.
Delacroix tomó la bandeja.
—La señorita Blanche no preparó este fuego.
Victorine giró hacia él.
—Hace unos minutos dijo que no podía saberlo.
—Hace unos minutos hablábamos del nombre. Ahora hablamos del fuego.
—¿Y cómo sabe que no fue ella?
Delacroix señaló la papelera.
—Porque el aceite usado para iniciar la combustión no salió de una lámpara de servicio.
Félix se inclinó.
—¿Cómo lo sabe?
—Por el olor.
—¿El olor?
—Tiene perfume.
Oriane se acercó apenas.
—Aceite perfumado.
—Sí. Muy discreto. Almendra, quizá lavanda. Algo usado en habitaciones, no en pasillos.
Victorine cerró los ojos.
—Los frascos pequeños de aceite aromático.
—¿Dónde están?
—En algunas habitaciones. Para los difusores de porcelana. Los ofrecemos a ciertos huéspedes.
—¿Qué huéspedes?
Victorine dudó.
—Los de las habitaciones del valle, por lo general.
—Renaudin.
—Sí.
—Marchal.
—No. Él está en la primera planta, habitación interior.
—Maud Vernet.
—Sí.
—Oriane Fauvel.
—Sí.
Oriane alzó una ceja.
—Qué alegría. Al fin formo parte de algo.
—No se precipite —dijo Delacroix—. El privilegio de oler bien no condena a nadie.
Varenne murmuró:
—Todavía.
Delacroix tomó los restos de papel con las pinzas y fue colocándolos en la bandeja. No intentó ordenarlos de inmediato. Primero había que salvarlos de los dedos ajenos. Luego, de la impaciencia propia.
Había una hoja con bordes negros y centro amarillento.
Parte de una columna de fechas.
Otra con nombres incompletos.
Un recibo de reserva.
Una nota administrativa.
Un fragmento en el que se leía:
...Vernet — llegada confir...
Otro:
...habitación 5 — modificación solicitada...
Otro:
...Renaudin — valle, sin servicio de...
Delacroix se detuvo.
—Madame Arbel.
Victorine dio un paso.
—¿Sí?
—Necesito el libro principal.
—Es esto.
—No. Esto es el registro diario y las copias de reserva. ¿Tiene un libro mayor? Uno que no se mueva de recepción.
Victorine no respondió al principio.
—Sí.
—¿Dónde?
—Debajo del mostrador.
—¿Quemado?
—No lo sé.
Félix rodeó el mostrador, se agachó y abrió un compartimento inferior. Sacó un volumen grande, encuadernado en tela oscura, con esquinas de metal. Estaba intacto.
Victorine exhaló como si acabara de recuperar un órgano.
—Gracias a Dios.
—No se adelante —dijo Delacroix—. Los libros intactos también mienten, solo que con más elegancia.
Lo colocó sobre el mostrador.
—¿Puede abrirlo en la semana de las reservas?
Victorine obedeció.
Sus manos temblaban apenas.
Pasó páginas hasta llegar a la fecha indicada. La tinta negra aparecía ordenada, precisa, con columnas de nombres, días de entrada, habitaciones asignadas y observaciones.
Delacroix se inclinó.
Allí estaban.
Maud Vernet — habitación 6 — llegada prevista: martes.
Géraud Renaudin — habitación 9 — llegada prevista: jueves.
Théodore Marchal — habitación 3 — llegada prevista: lunes.
Oriane Fauvel — habitación 8 — llegada prevista: martes.
Anatole Bréval — habitación 4 — llegada prevista: miércoles.
Achille Varenne — habitación 2 — llegada prevista: miércoles.
Y más abajo, en una línea trazada con tinta diferente:
A. Valmont — habitación 7 — llegada prevista: jueves. Cancelada.
Delacroix no dijo nada.
Victorine leyó la línea.
—Valmont.
Oriane se acercó.
—No Valcour.
—No —dijo Delacroix.
Varenne resopló.
—Muy cómodo.
—Mucho. Casi tanto como acusarme antes de terminar de leer.
—¿Quién es A. Valmont? —preguntó Marchal.
Victorine frunció el ceño.
—No lo sé.
—Está en su registro.
—No he dicho que no esté. He dicho que no lo sé.
Félix miró la línea.
—Esa reserva no la anotó usted.
Victorine se volvió hacia él.
—¿Cómo dices?
—La letra no es suya.
—Claro que es mía.
—No en esa línea.
Delacroix observó la página.
Félix tenía razón.
La diferencia era sutil. Muy sutil. La V de Valmont estaba más abierta. El trazo de la habitación 7 era más fino. La palabra “Cancelada” tenía una inclinación distinta.
—¿Quién más escribe en el libro? —preguntó.
Victorine miró a Blanche.
Blanche se puso pálida otra vez.
—Yo no recuerdo esa reserva.
—No le he preguntado si la recuerda —dijo Delacroix—. Le he preguntado si pudo escribirla.
—No, monsieur. Esa no es mi letra.
—¿Está segura?
—Sí.
—Por fin una seguridad rápida que no me disgusta.
Blanche pareció no saber si aquello era un alivio.
Oriane cruzó los brazos.
—Entonces alguien introdujo una reserva falsa.
—Sí.
—Con un nombre parecido al suyo.
—Parecido a mi alias.
—¿Y su alias lo eligió usted cuándo?
—Esta tarde.
—¿Al llegar?