Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 10 — El hombre más odiado de la casa #2
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Capítulo 10 — El hombre más odiado de la casa #2

—Que Renaudin estaría aquí. Que traería documentos. Que, si quería limpiar el nombre de Adrien, debía venir.

Varenne se inclinó hacia delante.

—¿Quién la firmaba?

—Nadie.

—¿La conserva? —preguntó Delacroix.

Maud tardó un segundo.

—No.

—¿La quemó?

—Sí.

—Qué costumbre tan extendida esta noche.

—No quería traer esa vergüenza conmigo.

—Sin embargo, vino.

—La vergüenza no pesa tanto como la injusticia.

Delacroix aceptó la frase en silencio.

Maud Vernet podía ser asesina.

Pero, si lo era, tenía una peligrosa habilidad: decía la verdad de forma que parecía imposible acusarla sin ensuciarse uno mismo.

—¿Esperaba encontrar documentos en poder de Renaudin? —preguntó.

—Sí.

—¿Lo habló con él?

—No.

—¿Ni durante la cena?

—No.

—¿Ni antes?

—No.

—¿Lo vio antes de la cena?

—No.

Blanche se movió apenas.

Casi nada.

Pero Delacroix lo vio.

Félix también.

Victorine, no.

—Blanche —dijo Delacroix.

La muchacha alzó la cabeza, aterrada por haber sido descubierta antes de saber qué había hecho.

—Sí, monsieur.

—Madame Vernet acaba de decir que no vio a monsieur Renaudin antes de la cena.

—Sí.

—¿Eso es cierto?

Maud volvió hacia Blanche una mirada muy lenta.

No amenazante.

Peor.

Suplicante.

Blanche se quedó atrapada entre ambas fuerzas: la mirada de Maud y la paciencia de Delacroix.

—Yo... no lo sé.

—Sí lo sabe.

—No vi bien.

—Entonces cuente lo que vio mal. A veces es más útil.

Victorine se acercó.

—Blanche.

La muchacha empezó a llorar otra vez.

—Los vi en el pasillo de la primera planta.

Maud cerró los ojos.

Varenne murmuró algo.

Marchal bajó la cabeza.

Oriane no se movió.

—¿A quiénes? —preguntó Delacroix.

—A madame Vernet y a monsieur Renaudin.

—¿Cuándo?

—Antes de la cena. Cuando yo subía toallas.

—¿Hablaban?

—Sí.

—¿Discutían?

—No sé.

—Blanche.

—Él le dijo que no tenía nada para ella. Y ella le dijo...

Blanche calló.

Maud abrió los ojos.

Su rostro estaba blanco.

—Siga —dijo Delacroix.

—Ella le dijo que los muertos no desaparecen porque uno cierre el expediente.

La frase cayó limpia.

Terrible.

Familiar.

Delacroix miró a Varenne.

—Interesante.

—¿Qué? —preguntó el comerciante.

—Usted habló después de muertos y recibos. Madame Vernet habló antes de muertos y expedientes. Esta casa tiene un vocabulario muy limitado.

Varenne se removió.

—Yo no sabía que ella había dicho eso.

—No he dicho que lo supiera.

Maud habló sin levantar la voz:

—Renaudin me negó los documentos.

—¿Y eso la sorprendió? —preguntó Oriane.

—No.

—Entonces ¿por qué hablar con él?

—Porque una espera de años puede hacer que incluso lo inútil parezca necesario.

Delacroix la miró.

—¿Lo amenazó?

—No.

Blanche bajó la vista.

Delacroix no necesitó preguntar.

Maud lo vio.

—Le dije que, si no me daba los documentos, algún día alguien sabría lo que había hecho.

—Eso es una amenaza.

—No. Es una esperanza mal formulada.

—Las esperanzas mal formuladas llenan muchas cárceles, madame.

Ella no respondió.

Victorine apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.

—Esto es peor de lo que pensaba.

—Eso suele significar que se empieza a pensar correctamente —dijo Delacroix.

La propietaria no tuvo fuerzas para molestarse.

Félix, desde la puerta, habló de pronto:

—Si madame Vernet habló con Renaudin antes de la cena, pudo haberle dado la nota.

Maud lo miró.

—No lo hice.

—Pudo tomar la llave del armario.

—No lo hice.

—Pudo bajar al sótano.

—No bajé.

—Blanche la vio cerca del armario.

—Ya lo expliqué.

—Mal —dijo Oriane.

Maud se volvió hacia ella.

—¿Usted también quiere acusarme?

—No especialmente. Pero su explicación fue mala.

—Qué consuelo.

—No pretendía consolarla.

Delacroix levantó la mano.

—La acusación contra madame Vernet es cómoda.

Maud lo miró.

No con gratitud.

Con cautela.

—Demasiado cómoda —añadió él.

Varenne se enfadó.

—¿Cómo demasiado cómoda? Tenía motivo, habló con él, mintió, estuvo cerca de las llaves y su marido murió por culpa de Renaudin.

—Exacto.

—¡Entonces!

—Entonces parece un retrato encargado por un policía con prisa.

—No entiendo.

—No lo dudo.

Varenne se puso de pie.

—No me provoque.

—Si quisiera provocarlo, monsieur Varenne, le preguntaría por qué desapareció justo cuando empezábamos a hablar de Veyrac y apareció con un documento que lo presenta como víctima, no como asesino.

El comerciante se quedó quieto.

—Me golpearon.

—Sí.

—¿Cree que me golpeé solo?

—No sería el acto más inteligente de la noche, pero la competencia es dura.

Varenne enrojeció.

Marchal intervino con voz cansada:

—¿Y si el asesino no quiso matar solo a Renaudin?

Todos lo miraron.

El médico parecía haber hablado antes de decidir hacerlo.

Delacroix se interesó.

—Continúe.

—Ha dicho que quizá alguien más vino a matar. Pero también puede ser que alguien más estuviera destinado a morir.

—¿Por qué lo dice?

Marchal miró a Varenne.

—La carta lo atrajo al despacho. Allí lo golpearon. Podrían haberlo matado.

—Pero no lo hicieron.

—Quizá los interrumpieron.

—¿O quizá solo necesitaban que pareciera atacado?

Marchal no respondió.

Oriane habló:

—O que pareciera víctima de la misma persona que mató a Renaudin.

—Muy bien —dijo Delacroix.

—No necesito aprobación.

—La mía casi nunca alimenta.

Bréval, incapaz de contenerse, murmuró:

—Un asesino que reparte sospechas.

Delacroix lo miró.

—No lo anote.

—No lo hice.

—Lo pensó con letra.

Bréval apartó los ojos.

Victorine se acercó a la mesa y tomó la agenda de Renaudin. No la abrió.

Solo la miró como si fuera un animal muerto.

—¿Qué clase de hombre guarda todos esos nombres?

—Un hombre que no ha terminado con ellos —dijo Delacroix.

—¿Quería chantajearlos?

—Quizá.

—¿A todos?

—No necesariamente con dinero. A veces basta con conservar el poder de nombrar una culpa antigua.

Maud murmuró:

—Sí.

Delacroix la oyó.

—¿Renaudin la chantajeó?

—No.

—¿A su marido?

—Mi marido ya estaba muerto cuando Renaudin pudo haber tenido esa elegancia.

—¿A alguien más de Veyrac?

Maud dudó.

—Se decía que algunos pagaron por no aparecer en los informes finales.

—¿Quiénes?

—Contratistas. Supervisores. Funcionarios. No sé nombres.

—¿Renaudin recibía dinero?

—Renaudin recibía silencio. Imagino que el dinero venía envuelto dentro.

Marchal bajó la cabeza.

Varenne apretó el documento de compensación.

Oriane miró hacia el fuego.

El hombre más odiado de la casa ya no podía defenderse.

Y, sin embargo, su ausencia trabajaba mucho mejor que su voz.

Delacroix había conocido a muchos muertos así. Personas que, al caer, no dejaban un hueco, sino una máquina encendida. El crimen no empezaba con su muerte. Su muerte solo permitía oír el mecanismo que llevaban años alimentando.

—Monsieur Bréval —dijo de pronto.

El escritor se sobresaltó.

—¿Sí?

—Usted recibió una carta que le prometía una historia.

—Sí.

—¿La conserva?

—No.

—No me diga que también la quemó.

Bréval se sonrojó.

—La rompí.

Oriane cerró los ojos.

—Por supuesto.

—Me pareció ridícula después de leerla.

—Pero vino.

—La ridiculez no siempre impide viajar.

—Una frase casi buena —dijo Delacroix—. Lástima que la haya pronunciado usted.

Bréval abrió la boca y la cerró.

—¿Qué decía exactamente? —preguntó Delacroix.

—Que en La Maison de l’Orage se reunirían varias personas vinculadas a una vieja tragedia. Que una de ellas había ocultado la verdad durante años. Que si yo quería escribir algo importante, debía estar aquí antes de que el cielo hablara.

El silencio fue profundo.

—Antes de que el cielo hablara —repitió Victorine.

Félix murmuró:

—La tormenta.

—No —dijo Delacroix—. El rayo.

Maud Vernet bajó la mirada.

Oriane fue la primera en entender.

—La muerte por rayo estaba anunciada antes de ocurrir.

—Sí.

—Entonces no fue una oportunidad.

—No del todo.

—El asesino no improvisó con la tormenta.

—La esperó, la necesitó o la imitó. Pero la frase de la carta demuestra que la idea ya existía.

Félix se pasó una mano por la nuca.

—Eso significa que alguien planeó usar la galería desde antes.

—Sí.

—Alguien sabía lo del panel.

—Sí.

Victorine se volvió hacia él.

—¿Quién pudo saberlo, Félix?

El encargado parecía atrapado.

—Gente de la casa. Antiguos empleados. Reparadores. Cualquiera que hubiera visto los planos.

—Los planos estaban en el sótano.

—Y ahora en su despacho —dijo Delacroix.

Victorine palideció.

—Alguien los movió.

—O alguien los copió antes.

Félix señaló hacia la puerta.

—Necesito revisar el armario de mantenimiento.

—Después —dijo Delacroix.

—Siempre después.

—En las investigaciones, monsieur Noiret, el orden no consiste en ir despacio. Consiste en no regalarle al asesino nuestra prisa.

Félix aceptó con una rabia muda.

Blanche habló muy bajo:

—Madame.

Victorine se volvió.

—¿Qué ocurre?

—Huele a humo.

Todos se quedaron inmóviles.

Al principio, nadie lo notó.

Luego sí.

No era la chimenea.

No era la vela.

Era humo de papel.

Delacroix se movió antes que los demás.

—¿Dónde están los registros del hotel?

Victorine abrió mucho los ojos.

—En recepción.

Félix ya corría hacia la puerta.

Delacroix lo siguió.

Esta vez sí corrieron.

La casa pareció alegrarse de permitirlo.

El vestíbulo estaba casi a oscuras. Una lámpara temblaba sobre el mostrador. Detrás, la pequeña zona de recepción mostraba cajones abiertos y sombras mal colocadas.

Y humo.

Un humo fino, gris, saliendo de una papelera metálica junto al escritorio.

Félix llegó primero y volcó la papelera de una patada. Del interior cayeron papeles encendidos. Delacroix tomó una manta del perchero y la arrojó encima. Félix pisó los bordes. El fuego murió con un suspiro sucio.

Victorine llegó detrás, seguida por Oriane, Marchal, Varenne, Bréval, Maud y Blanche.

Todos.

Demasiados.

Demasiado tarde.

—¡Mis registros! —exclamó Victorine.

Se arrodilló junto a los papeles chamuscados.

Delacroix levantó una mano.

—No los toque.

—¡Son mis registros!

—Y por eso alguien quiso que fueran ceniza.

La frase la detuvo.

Félix apartó la manta con cuidado.

El fuego había dañado varios papeles, pero no todos. Había hojas de reservas, copias de correspondencia, recibos de habitaciones, notas de llegada.

Delacroix se agachó.

El humo le irritó los ojos.

No le importó.

Entre los restos, una hoja estaba más quemada que las demás.

La fecha era visible a medias.

Tres semanas atrás.

La semana de las reservas.

Victorine la reconoció.

—El registro de entradas futuras.

—¿Quién tenía acceso? —preguntó Delacroix.

—Yo. Blanche.

—Y cualquiera que llegara hasta aquí mientras todos estaban ocupados —dijo Oriane.

Blanche se llevó una mano al pecho.

—Yo no lo hice.

Delacroix la miró.

—Lo sé.

La muchacha pareció más asustada por la certeza que por la sospecha.

Victorine se volvió hacia él.

—¿Cómo puede saberlo?

—Porque usted gritó desde el salón cuando olió el humo, Blanche estaba detrás de usted y este fuego no empezó hace dos minutos.

Félix examinó la papelera.

—Alguien lo preparó para que ardiera lento.

—¿Cómo?

—Papel doblado, vela pequeña quizá, aceite de lámpara.

Delacroix tomó un fragmento con el pañuelo.

Olía a aceite.

—El asesino quiere borrar la secuencia de reservas —dijo Oriane.

—Sí.

—Entonces ahí había algo que no quería que viéramos.

Victorine se quedó muy quieta.

—Las reservas de Maud, Renaudin y los demás.

—Tal vez.

Delacroix separó otro papel chamuscado. Parte del borde se deshizo entre sus dedos, pero el centro sobrevivía.

Había tres nombres visibles.

Maud Vernet.

Géraud Renaudin.

Théodore Marchal.

Más abajo, casi perdido por el fuego, una línea.

No era un nombre de huésped.

Era una nota administrativa.

Habitación 7 reservada originalmente para...

El resto estaba quemado.

Victorine se inclinó.

—La siete.

Delacroix la miró.

—Mi habitación.

La propietaria palideció.

—No. Usted llegó esta tarde. Se le asignó la siete porque estaba libre.

—Pero antes no lo estaba.

Félix encontró otro fragmento, más pequeño, casi negro en los bordes.

Solo se leía una inicial y un apellido incompleto:

A. Val...

Oriane giró despacio hacia Delacroix.

—Valcour.

El silencio fue inmediato.

Varenne apretó los puños.

Marchal frunció el ceño.

Maud levantó los ojos.

Victorine parecía no entender todavía.

—Eso no puede ser —dijo—. Usted no reservó con tres semanas de anticipación.

—No —respondió Delacroix.

Bréval tragó saliva.

—Pero su nombre estaba en el registro.

Delacroix miró el fragmento chamuscado.

A. Val...

No necesariamente Valcour.

Pero sí lo bastante parecido.

Lo bastante útil.

Alguien había escrito su alias antes de que él decidiera usarlo.

O alguien quería que pareciera así.

Por primera vez en toda la noche, Delacroix sintió algo parecido a una molestia personal.

No miedo.

No sorpresa.

Molestia.

La clase de molestia que produce encontrar una mano ajena dentro del propio bolsillo.

Victorine habló muy despacio:

—Monsieur Valcour... ¿quién es usted?

La pregunta llegó al fin.

Todos la esperaban desde hacía horas.

Delacroix miró el papel quemado.

Luego miró a los huéspedes.

No contestó.

Todavía.

Afuera, la tormenta volvió a golpear la casa con una ráfaga tan fuerte que la puerta principal vibró sobre sus goznes.

Delacroix dejó el fragmento sobre el mostrador.

—Eso —dijo— es una pregunta excelente.

Varenne dio un paso hacia él.

—Entonces respóndala.

Delacroix levantó la vista.

—No.

—¿No?

—No mientras alguien acaba de intentar quemar precisamente el papel que podría explicarla.

Oriane lo miró con una atención nueva.

Ya no divertida.

Afilada.

—¿Está diciendo que también fue convocado?

Delacroix sonrió apenas.

—Estoy diciendo, madame Fauvel, que esta casa acaba de volverse mucho más descortés.

Victorine parecía furiosa.

—No puede esperar que aceptemos eso.

—No espero aceptación. Solo silencio.

—¿Silencio?

Delacroix miró los restos humeantes del registro.

—Sí. Porque, por primera vez esta noche, el asesino ha dejado de hablar de Veyrac.

Alzó el fragmento con las letras medio quemadas.

A. Val...

—Y ha empezado a hablar de mí.