Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 10 — El hombre más odiado de la casa
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Capítulo 10 — El hombre más odiado de la casa

A nadie le gustó la frase.

Eso, para Delacroix, era una señal razonablemente buena.

Las frases útiles rara vez agradan. Si una frase tranquiliza demasiado, suele estar escondiendo un sofá cómodo encima de una tumba.

El asesino quizá no sea la única persona que vino esta noche a matar.

La idea quedó en el salón como otra presencia. No caminaba. No respiraba. No hacía ruido. Pero ocupaba una silla.

Victorine Arbel se puso de pie con lentitud.

—No permitiré que esto se convierta en una acusación general.

Delacroix la miró.

—Ya lo era antes de que yo llegara, madame. La diferencia es que ahora tiene mejor iluminación.

—Esto es mi hotel.

—Sí.

—Mi responsabilidad.

—También.

—Entonces necesito orden.

—El orden es excelente para doblar manteles. Para descubrir crímenes, a veces conviene permitir que el desorden hable un poco.

Victorine no respondió.

No porque no tuviera respuesta.

Porque empezaba a entender que cada respuesta podía abrir una puerta.

Y aquella noche las puertas estaban demostrando un entusiasmo alarmante.

Achille Varenne seguía sentado, con un vendaje improvisado sobre la ceja.

El golpe le había quitado parte de la arrogancia, pero no el resentimiento.

El resentimiento era lo último que abandonaba a los hombres como él.

Antes entregaban la dignidad, el dinero, la cortesía, incluso la compostura.

Pero la ofensa la guardaban como un documento notarial.

Théodore Marchal permanecía junto a la mesa, con las manos cruzadas. Parecía un hombre que había pasado media vida examinando cuerpos ajenos y acababa de notar, con bastante incomodidad, que alguien observaba el suyo.

Oriane Fauvel estaba sentada cerca del fuego. No fingía leer. Eso, en ella, equivalía a una confesión de interés.

Anatole Bréval no escribía. Se le notaba el esfuerzo en los dedos.

Maud Vernet continuaba muy quieta.

Demasiado quieta.

La quietud de Maud era distinta de la de Oriane. Oriane se quedaba quieta para ver mejor. Maud, para no derrumbarse o para no avanzar. Delacroix aún no sabía cuál de las dos cosas.

Blanche, junto al aparador, miraba la puerta cada pocos segundos.

Félix Noiret se había situado cerca del pasillo, como un perro guardián que no sabe exactamente a quién debe morder.

—Hablemos de Géraud Renaudin —dijo Delacroix.

Varenne soltó una risa sin humor.

—Por fin.

—No se entusiasme. Los muertos suelen decepcionar incluso cuando se los acusa.

—Renaudin no decepcionaba. Cumplía. Siempre cumplía lo peor.

Marchal lo miró.

—No convierta su odio en biografía.

Varenne volvió hacia él la cabeza.

—¿Y usted qué convertía sus informes? ¿En medicina?

Marchal palideció.

—Ya he dicho que no falsifiqué nada.

—No hacía falta falsificar. Bastaba con escribir de manera útil.

—¡Basta!

La voz de Victorine golpeó la sala.

No fue un grito.

Fue una orden cansada.

Y, por eso, más eficaz.

—Si van a destrozarse entre ustedes —continuó—, háganlo con información, no con frases.

Oriane alzó una ceja.

—Madame Arbel, empieza a contagiarse.

—¿De qué?

—De monsieur Valcour.

Victorine no pareció complacida.

Delacroix sí, aunque tuvo la cortesía de ocultarlo.

—Monsieur Varenne —dijo—, usted afirmó que Renaudin cerró indemnizaciones, ocultó pagos y permitió que muchos quedaran arruinados.

—No lo afirmé. Lo sé.

—La diferencia suele ser cara ante un juez.

—Tengo pruebas.

—Una de ellas apareció convenientemente en el despacho donde alguien lo golpeó.

—Eso no la vuelve falsa.

—No. Pero la vuelve oportuna. Y las pruebas demasiado oportunas merecen una silla aparte.

Varenne apretó los dientes.

—Ese documento existía. Renaudin lo negó durante años. Se me debía dinero.

—¿Cuánto?

—Más de lo que tengo.

—Eso no responde.

—Lo suficiente para salvar mi negocio.

—Tampoco.

—Doce mil francos.

Bréval levantó la cabeza.

No escribió.

Pero Delacroix vio cómo la cifra se le alojaba en la imaginación.

—Doce mil francos —repitió Oriane—. Una cantidad respetable para un hombre arruinado.

—Una cantidad ridícula para un hombre como Renaudin —dijo Varenne.

Marchal se removió.

—Renaudin no era tan rico.

Varenne lo miró.

—Defiéndalo otra vez. Vamos.

—No lo defiendo. Solo corrijo.

—Siempre corrigiendo lo que no lo mancha.

Delacroix intervino antes de que el hilo volviera a romperse.

—Renaudin no necesitaba ser rico para tener poder.

Maud habló por primera vez:

—No. Solo necesitaba firmar.

Todos se volvieron hacia ella.

La frase había salido sin violencia.

Tal vez por eso sonó definitiva.

—¿Qué firmó exactamente? —preguntó Delacroix.

Maud lo miró.

—Usted ha leído papeles.

—Fragmentos.

—Entonces sabe cómo escriben esa clase de hombres.

—Prefiero escucharlo de usted.

Ella bajó la vista hacia sus manos.

—Firmó que la comisión no encontraba responsabilidad directa suficiente para ampliar las indemnizaciones.

Firmó que las advertencias técnicas previas al derrumbe no constituían prueba concluyente.

Firmó que las secuelas posteriores de algunos heridos podían deberse a condiciones anteriores.

Firmó que la empresa proveedora no había demostrado perjuicio atribuible a la decisión administrativa.

Firmó que mi marido había participado en decisiones técnicas cuya trazabilidad no permitía excluir negligencia compartida.

La voz no se le quebró.

Ni una vez.

Eso hizo que la enumeración pareciera peor.

—Qué hermosa manera de matar a un hombre después de que ya ha sobrevivido —dijo Oriane.

Maud la miró.

No con gratitud.

Con reconocimiento.

Marchal se levantó.

—Eso no fue solo Renaudin.

—No —dijo Maud—. Nadie lo hace todo solo cuando se trata de destruir a los débiles. Siempre hay comisiones.

La frase dejó a Marchal sin respuesta.

Delacroix miró al médico.

—¿Qué firmó usted?

Marchal respiró por la nariz.

—Dictámenes.

—Eso es una categoría, no una confesión.

—Examiné expedientes médicos. No a todas las personas. Algunos casos llegaron por escrito.

—¿Y concluyó?

—Que ciertas lesiones no podían vincularse de manera directa al derrumbe.

Varenne golpeó el brazo del sillón.

—Ahí está.

—¡Porque era cierto en algunos casos!

—¿En el de mi hermano?

Marchal no respondió.

Varenne se puso de pie.

Félix avanzó medio paso.

Delacroix levantó apenas la mano.

—Monsieur Varenne.

El comerciante no se sentó, pero se detuvo.

—¿Su hermano murió?

—No.

—¿Dónde está?

—En ninguna parte.

—Sea menos poético. Es una amenaza para todos.

Varenne tragó saliva.

—En un hospicio, cerca de Lyon. No camina bien. No trabaja. No recuerda algunos días. Y según monsieur Marchal, o según alguien como monsieur Marchal, no todo eso se debía al puente.

Marchal cerró los ojos.

—No recuerdo ese expediente.

—Qué suerte.

—Había decenas.

—Para usted. Para mí había uno.

El silencio cayó con una precisión cruel.

Delacroix no lo rompió de inmediato.

A veces, la verdad necesitaba ser incómoda unos segundos más para que alguien dejara de adornarla.

Bréval habló con cautela:

—Entonces todos tenían motivo.

Oriane lo miró.

—Gracias por alcanzar la puerta después de que todos la atravesamos.

—Solo intentaba ordenar.

—No. Usted intenta participar.

—¿Y eso qué tiene de malo?

—Que confunde presencia con utilidad.

Bréval se hundió otra vez en su sillón.

Delacroix se volvió hacia él.

—No obstante, monsieur Bréval tiene razón en algo.

El escritor se enderezó, casi con gratitud.

Un error.

Delacroix añadió:

—Por accidente.

Oriane bajó la mirada para no sonreír.

—Casi todos tenían motivo —continuó Delacroix—. Eso convierte el motivo en una pista menos valiosa.

Victorine frunció el ceño.

—¿Menos?

—Cuando solo una persona desea la muerte de otra, el deseo señala. Cuando la desean seis, el deseo se vuelve niebla.

—Aquí no todos deseaban su muerte —dijo Marchal.

Maud lo miró.

—¿No?

—Yo no.

—¿Y qué deseaba?

Marchal tardó.

—No lo sé.

—Los hombres que no saben qué desean suelen desear ser absueltos sin pedir perdón.

Marchal se volvió hacia Delacroix.

—¿Va a permitir esto?

—De momento, sí. Tiene buen ritmo.

—Esto no es un teatro.

—No. En el teatro suelen ensayar mejor las entradas y salidas.

Victorine soltó aire por la nariz.

Casi una risa.

Muy breve.

La situación se lo recriminó de inmediato.

Delacroix tomó la agenda de Renaudin y la dejó sobre la mesa.

Todos la miraron.

—Monsieur Renaudin anotó iniciales —dijo—. M.V. A.V. T.M. O.F. Sabía que varios de ustedes estarían aquí, o al menos esperaba encontrarlos.

Oriane alzó la vista.

—¿Mi inicial estaba en la agenda?

—Sí.

—No lo conocía.

—Ya lo dijo.

—Lo repito porque es cierto.

—Las verdades repetidas con demasiada fuerza suelen pedir ayuda, pero la suya puede esperar.

—Qué consideración.

Delacroix abrió la agenda.

—Junto a sus iniciales, monsieur Renaudin puso un signo de interrogación.

Oriane no cambió de expresión.

—Entonces no estaba seguro de mí.

—O no sabía si usted acudiría.

—Acudí por una carta.

—Sí.

—Como todos.

—No como todos. Usted recibió una carta sobre Clara Ménard.

Monsieur Varenne recibió una sobre un recibo.

Monsieur Marchal recibió una sobre su conciencia.

Monsieur Bréval recibió una promesa de historia.

Monsieur Renaudin recibió una cita en la galería.

Cada carta usó la debilidad exacta de su destinatario.

Bréval bajó la vista.

Era la primera vez que parecía avergonzado de verdad.

No mucho.

Pero algo.

—Eso requiere conocerlos —dijo Victorine.

—O investigarlos.

—¿Durante semanas?

—Durante años, quizá.

Maud cerró los dedos.

Delacroix la vio.

También la vio Oriane.

—Madame Vernet —dijo Victorine—, ¿usted recibió carta?

La viuda no respondió de inmediato.

Cuando lo hizo, su voz fue baja:

—Sí.

El salón se endureció.

—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó Marchal.

Maud lo miró.

—Porque usted tampoco lo dijo hasta que no tuvo salida.

El médico aceptó el golpe.

Delacroix habló con suavidad:

—¿Qué decía?

Maud miró hacia la ventana.

Un relámpago la recortó contra el cristal.