Capítulo 9 — Veyrac #3
—Me pidieron revisar expedientes médicos. Lesiones. Incapacidades. Secuelas. Yo no decidí indemnizaciones.
—No. Solo les dio palabras para reducirlas.
Marchal se quedó pálido.
—Eso no es justo.
—Tampoco lo fue Veyrac.
Varenne soltó una risa amarga.
—Por fin estamos de acuerdo en algo.
Delacroix intervino antes de que el resentimiento devorara la habitación entera.
—Monsieur Marchal, ¿conocía a Renaudin antes de llegar aquí?
El médico tardó.
—Sí.
—En la cena no lo dijo.
—Él tampoco.
—Los muertos son pésimos modelos de conducta.
—Lo conocía de Veyrac. No éramos amigos.
—Esta noche nadie parece haber tenido amigos. Solo expedientes.
—Lo vi dos veces en mi vida.
—¿Y por qué vino a La Maison de l’Orage?
Marchal tragó saliva.
—Recibí una carta.
Victorine dejó caer la cabeza hacia atrás, agotada.
—Otra.
Delacroix no mostró sorpresa.
La sorpresa también podía ser una cortesía, pero él no quería malgastarla.
—¿Qué decía?
Marchal cerró los ojos, recitando de memoria:
—“Si aún conserva conciencia, acuda a La Maison de l’Orage. Habrá una oportunidad de reparar una firma antigua.”
Maud lo miró con una mezcla de desprecio y dolor.
—¿Y vino?
—Sí.
—Qué noble.
—Vine porque estoy viejo —dijo Marchal de pronto—. Y porque hay noches en las que algunos nombres vuelven aunque uno no los pronuncie.
Eso fue verdad.
Parcial, tardía, insuficiente.
Pero verdad.
Delacroix la dejó en su sitio.
Luego miró a Oriane.
—¿Y usted, madame Fauvel?
Ella sostuvo su mirada sin parpadear.
—También recibí una carta.
Bréval abrió la boca.
Oriane lo miró.
—No haga ese gesto de pez iluminado.
Él la cerró.
—¿Qué decía su carta? —preguntó Delacroix.
—Que una alumna mía había muerto en Veyrac sin que nadie hubiera recordado su nombre.
—¿Era cierto?
Oriane bajó la mirada hacia sus manos.
Por primera vez, perdió algo de filo.
—Sí.
—¿Quién?
—Clara Ménard. Tenía doce años. Fui su institutriz durante seis meses. Después su familia se trasladó cerca de Veyrac. Murió cruzando el puente con su madre.
Maud la miró.
Algo se suavizó entre ambas.
No mucho.
Lo justo para que el dolor reconociera otro idioma.
—¿Por qué no lo dijo? —preguntó Victorine.
Oriane recuperó su dureza.
—Porque las desgracias antiguas no son tarjetas de presentación.
Delacroix asintió.
—Entonces casi todos fueron convocados.
Bréval levantó un dedo.
—Yo también, como ya dije.
—Usted fue invitado por vanidad, monsieur Bréval. Es un matiz importante.
—No veo por qué eso me hace menos relevante.
—No lo hace menos relevante. Lo hace más previsible.
El escritor se hundió en el sillón.
Victorine se volvió hacia Delacroix.
—Yo no recibí ninguna carta.
—No lo dudo.
Ella pareció sorprendida.
—¿No?
—Usted no necesitaba ser convocada. Usted ya tenía la casa.
Félix habló desde la puerta:
—Yo tampoco recibí nada.
Delacroix lo miró.
—No. A usted lo necesitaban como herramienta.
Félix no respondió.
No porque no entendiera.
Porque entendió demasiado.
Blanche se había sentado por fin, muy cerca de la chimenea. Lloraba en silencio. Delacroix no la presionó. Su pequeño secreto seguía allí, temblando, pero aún no era el momento de arrancarlo de la sombra.
Maud Vernet habló sin mirar a nadie:
—Entonces alguien nos reunió.
—Sí —dijo Delacroix.
—Alguien quería que Renaudin muriera delante de todos los restos de Veyrac.
—O que todos los restos de Veyrac parecieran capaces de matarlo.
—¿No es lo mismo?
Delacroix la miró.
—Para un juez mediocre, tal vez.
—¿Y para usted?
—Para mí, nunca.
La casa crujió.
No fue la tormenta.
Fue la madera, cediendo en algún punto, acomodándose bajo el peso de demasiados secretos.
Victorine se levantó.
—Necesito ver las reservas.
—Sí —dijo Delacroix.
—Ahora.
—No.
Ella lo miró con furia.
—¿Otra vez no?
—Otra vez. Pero esta vez con gratitud. Si alguien ha convocado a casi todos, ya sabe que estamos llegando a las cartas. En cuanto abandonemos el salón en masa, perderemos otra cosa. Un papel. Una llave. Una persona. Quizá una vida.
—¿Entonces qué propone?
Delacroix miró el fuego.
Luego a los huéspedes.
Maud, la viuda del ingeniero hundido por el expediente.
Varenne, el proveedor arruinado.
Marchal, el médico que había firmado palabras demasiado limpias.
Oriane, la institutriz de una niña muerta.
Bréval, el escritor atraído por la promesa de carroña.
Félix, el hombre usado como sospechoso técnico.
Blanche, la muchacha que había visto algo y aún no lo decía.
Victorine, la dueña de una casa convertida en trampa.
Y Renaudin, arriba y al norte, muerto bajo una versión demasiado conveniente del cielo.
—Propongo —dijo— que dejemos de hablar de un accidente.
Nadie protestó.
Eso fue lo segundo interesante de la noche.
La primera vez, nadie había defendido su sinceridad.
Ahora nadie defendía al rayo.
Maud Vernet cerró los ojos.
Varenne apretó el documento rescatado del despacho.
Marchal se sentó como si acabara de perder diez años.
Oriane miró la tormenta.
Bréval, por fin, parecía entender que la historia podía no necesitarlo.
Victorine habló muy bajo:
—Entonces es asesinato.
Delacroix observó la vela más cercana.
La llama se inclinaba hacia la puerta.
Había corriente en la casa.
Una corriente real.
Física.
Quizá desde la galería.
Quizá desde el pasillo de servicio.
Quizá desde una puerta que alguien había vuelto a dejar mal cerrada.
—Sí —dijo al fin—. Pero esa es solo la parte sencilla.
Victorine alzó la vista.
—¿Qué puede haber más complicado que un asesinato?
Delacroix miró a todos los supervivientes de Veyrac.
—Que el asesino quizá no sea la única persona que vino esta noche a matar.