Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 9 — Veyrac #2
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Capítulo 9 — Veyrac #2

—Mi empresa suministró material para la obra de Veyrac —dijo—.

Material bueno. Caro. Pagado a medias. Cuando el puente cayó, culparon a todos menos a quienes decidieron ahorrar donde no debían.

Los informes se contradijeron. Las comisiones se reunieron.

Los periódicos olvidaron. Y Renaudin... Renaudin cerró el reparto de indemnizaciones como quien cierra una ventana porque entra frío.

Delacroix no lo interrumpió.

Hay hombres que mienten mejor cuando se les pregunta.

Y dicen más verdad cuando se les deja hablar.

—Había un pago pendiente —continuó Varenne—. Lo firmaron. Luego desapareció. Me dijeron que no existía. Que no había documento. Que el expediente no reconocía responsabilidad directa. Esa frase... esa maldita frase...

—“Imposibilidad de atribuir responsabilidad directa” —dijo Delacroix.

Varenne lo miró.

—¿Dónde oyó eso?

—En la habitación de Renaudin.

El comerciante pareció recibir una bofetada.

—Tenía papeles.

—Tenía algunos. Otros fueron quemados.

—Hijo de...

Félix lo sostuvo antes de que avanzara hacia ninguna parte.

—Está muerto —dijo.

—Eso no lo vuelve menos ladrón.

—No —dijo Delacroix—. Solo lo vuelve menos disponible para la discusión.

Oriane miraba la carpeta de reparaciones.

—¿Y esta carpeta? ¿Por qué mezclarla con un documento de Veyrac?

—Para que quien encontrara una cosa encontrara la otra —respondió Delacroix.

—O para que pareciera que Varenne buscaba información sobre la galería.

—Exacto.

Félix palideció.

—Lo están colocando a él encima de mí.

—Y a usted debajo de él —dijo Delacroix.

—¿Qué significa eso?

—Que el asesino está construyendo una escalera de sospechas. Varenne tenía motivo. Usted tenía medios. Marchal tenía pasado. Maud tenía dolor. Blanche tenía acceso. Madame Arbel tenía la casa. Bréval tenía hambre de historia. Madame Fauvel...

Oriane alzó una ceja.

—¿Yo?

—Usted tenía silencio.

—Qué acusación tan elegante.

—No era una acusación. Todavía.

Varenne tocó la herida de la ceja y miró la sangre en sus dedos.

—Alguien me golpeó por detrás.

—¿Cuándo?

—Cuando abrí el cajón.

—¿Vio a alguien?

—No.

—¿Oyó algo?

—Pasos.

—¿De hombre? ¿Mujer?

Varenne soltó una risa sin humor.

—No sé. A estas alturas, monsieur Valcour, hasta las paredes caminan mejor que yo.

Delacroix observó el suelo.

Había un trozo de cerámica rota junto al escritorio: parte de un pisapapeles decorativo que antes quizá había estado sobre la mesa. Lo levantó con un pañuelo. Tenía una mancha oscura en el borde.

Sangre.

No mucha.

—Lo golpearon con esto.

Félix miró el objeto.

—Estaba sobre el escritorio.

—¿Puede asegurarlo?

—Sí. Madame Arbel lo odia porque dice que no combina con nada. Por eso sé que estaba aquí.

Oriane se acercó al cajón abierto.

—¿El agresor buscaba impedir que Varenne encontrara el documento?

—Quizá.

—Pero lo dejó aquí.

—Quizá no tuvo tiempo de llevarlo.

Varenne miró hacia la puerta.

—O quería que lo encontraran conmigo.

Delacroix lo observó con una leve aprobación.

—La cabeza se le aclara cuando sangra.

—No me hace gracia.

—No pretendía alegrarlo. Solo animar el proceso.

Félix ayudó a Varenne a sentarse en una silla.

Delacroix revisó el escritorio sin tocar más de lo necesario. No encontró otro sobre. Sí encontró una pluma húmeda, como recién usada, y una hoja del registro del hotel arrancada a medias.

La fecha correspondía a tres semanas atrás.

Varias reservas.

Nombres.

Iniciales.

Tachaduras.

Victorine iba a odiar ver aquello.

—¿Esto estaba así? —preguntó a Félix.

El encargado negó.

—No.

—¿Quién lleva los registros?

—Madame Arbel. A veces Blanche.

—¿Usted?

—Nunca.

—Renaudin reservó hace tres semanas.

—Eso dijo madame.

—Maud Vernet también.

—Creo que sí.

—Y quizá otros.

Oriane miró la hoja arrancada.

—Alguien quiere borrar quién llegó por azar y quién fue convocado.

—O quién convocó.

Varenne cerró los ojos.

—Yo recibí la carta hace cuatro días.

—¿Dónde?

—En mi pensión de Lyon.

—¿Conocía La Maison de l’Orage?

—No.

—¿Y vino sin saber quién le escribía?

—Decía que Renaudin estaría aquí.

—Eso bastó.

—Para mí, sí.

—¿Trajo un arma?

Varenne abrió los ojos.

—No.

—¿Cuchillo?

—Todos los hombres llevan navaja.

—Todos los hombres inseguros, quizá.

—Tengo una navaja. No la usé.

—¿Dónde está?

—En mi habitación.

—Luego la veremos.

—¿Cree que apuñalé a un hombre electrocutándolo?

—Creo que los hombres desesperados a veces llevan demasiadas soluciones encima.

Oriane miró hacia el pasillo.

—Debemos volver. Si alguien golpeó a Varenne y huyó, pudo regresar al salón antes de que nosotros llegáramos.

—Sí —dijo Delacroix.

Félix tomó la carpeta.

—¿Me llevo esto?

—No.

—Pero...

—La carpeta queda aquí, como la encontramos. El documento de Veyrac, no.

Delacroix dobló el papel de compensación y lo guardó con la nota que había traído del pasillo.

Varenne extendió la mano.

—Eso me pertenece.

—Todavía no.

—Es mi prueba.

—Y la prueba de alguien más.

—¿De quién?

Delacroix miró el papel.

—De quien sabía que usted vendría a buscarla.

Regresaron al salón con Varenne entre Félix y Oriane. El comerciante intentó apartarse al cruzar la puerta, como si ser ayudado delante de los demás fuera peor que ser hallado en el suelo. No lo consiguió.

Victorine se adelantó al verlo.

—¿Está herido?

—No gracias a usted.

—Achille —dijo Marchal.

—No empiece.

El médico se acercó de todos modos.

—Déjeme ver.

—He dicho que no.

—Y yo he decidido ignorarlo.

Marchal tomó su rostro con una firmeza profesional y examinó el corte de la ceja. Varenne protestó, pero no se apartó. Había una intimidad extraña en ese gesto: dos hombres que se despreciaban y, sin embargo, conocían demasiado bien el lenguaje de las heridas.

Delacroix dejó que la escena se desarrollara.

Maud Vernet observaba desde su silla.

Blanche miraba a Varenne con alivio sincero.

Bréval miraba el corte con desesperación narrativa.

Victorine miraba la carpeta que Félix había vuelto a dejar en el despacho.

Oriane miraba a Delacroix.

Cada uno elegido por su propio miedo.

—Alguien lo golpeó en el despacho pequeño —dijo Delacroix.

Victorine cerró los ojos.

—Mi despacho.

—La geografía es importante, sí.

—¿Qué hacía allí?

—Buscaba un recibo relacionado con Veyrac.

El nombre produjo una reacción distinta esta vez.

Ya no era una palabra misteriosa.

Era una enfermedad reconocida.

Marchal terminó de limpiar el corte de Varenne.

—Necesitará un vendaje.

—Sobreviviré.

—Lo dice como si fuera mérito suyo.

Varenne lo miró con odio.

—¿Quiere hablar de supervivencia, Marchal?

El médico se quedó quieto.

Delacroix intervino:

—Sí. Hablemos de supervivencia.

Nadie pareció agradecer la propuesta.

Él continuó:

—Hasta ahora hemos hablado de Veyrac como si fuera un lugar. Un puente. Un expediente. Un accidente antiguo. Me temo que esta noche no basta con eso.

Maud bajó la vista.

Victorine se sentó lentamente.

—¿Qué fue Veyrac? —preguntó.

Oriane respondió antes que nadie:

—Una crecida.

Varenne dijo:

—Una estafa.

Marchal añadió, muy bajo:

—Una tragedia.

Maud habló última.

—Una tumba mal cerrada.

El silencio que siguió fue casi perfecto.

Delacroix miró a Maud.

—Su marido trabajó allí.

Ella no preguntó cómo lo sabía.

No preguntó quién se lo había dicho.

Solo cerró los dedos sobre el chal.

—Sí.

—A. Vernet.

—Adrien Vernet.

El nombre no tembló en su boca.

Eso lo volvió más doloroso.

—Era ingeniero de estructuras —dijo Delacroix.

—Era un hombre honrado.

—No he dicho lo contrario.

—Pero otros sí.

Marchal apartó la mirada.

Varenne murmuró algo que no llegó a palabra.

Maud continuó:

—Adrien advirtió que el puente no estaba listo. Que los anclajes no resistirían otra crecida. Que se habían usado materiales de menor calidad en zonas que no admitían ahorro. Lo escribió. Lo dijo. Discutió con supervisores. Pidió una suspensión. Nadie quiso retrasar la inauguración.

Victorine escuchaba con el rostro duro.

No por falta de emoción.

Por exceso de información.

—El puente cayó durante una tormenta —dijo Maud.

Afuera, como si la frase la hubiera llamado, la lluvia golpeó con más fuerza.

—Murieron catorce personas —continuó—. Tres trabajadores. Cinco vecinos. Dos mujeres que cruzaban con cestas. Un niño. Otros quedaron heridos. Mi marido sobrevivió al derrumbe, pero no al expediente.

Delacroix no la interrumpió.

La habitación tampoco.

—Lo culparon parcialmente. No de manera directa, claro.

Nunca de manera directa. Las personas como Renaudin no acusan de frente cuando pueden insinuar desde un documento.

Dijeron que Adrien no había insistido lo suficiente.

Que sus advertencias eran ambiguas. Que sus informes no demostraban riesgo inminente.

Que sus propias decisiones técnicas habían contribuido a la confusión.

Marchal cerró los ojos.

Maud lo vio.

—Y algunos médicos firmaron que ciertas lesiones no podían atribuirse del todo al accidente. Y algunos proveedores fueron acusados de entregar materiales dudosos. Y algunas familias recibieron nada. O casi nada. Y algunos hombres conservaron cargos, casas, apellidos limpios.

Su voz no subió.

Ni una vez.

Por eso dolía más.

—Adrien murió un año después —dijo—. Oficialmente de fiebre. Extraoficialmente de vergüenza.

Varenne dejó de mirar al suelo.

—Yo no sabía lo de su marido.

Maud lo miró.

—Nadie sabía nada de nadie. Esa fue la especialidad de Veyrac.

Delacroix pensó que aquella frase merecía sobrevivir.

No como literatura.

Como prueba moral.

Bréval, por desgracia, pensó lo mismo y bajó la mano hacia la libreta.

Oriane le pisó el zapato.

Él ahogó un quejido.

—Gracias —dijo Delacroix.

—No ha sido por usted —respondió ella.

—También acepto coincidencias.

Marchal se levantó.

—Yo no falsifiqué nada.

Maud giró hacia él.

—No he dicho que lo hiciera.

—Pero lo piensa.

—Pienso muchas cosas, monsieur Marchal. Algunas no son culpa mía.

El médico respiró con dificultad.