Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 9 — Veyrac
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Capítulo 9 — Veyrac

El grito de Blanche subió por la escalera como una vela arrojada al viento.

No iluminó nada.

Solo mostró, por un segundo, que la oscuridad era más grande.

Victorine Arbel fue la primera en reaccionar.

Bajó los escalones con una rapidez incompatible con su rigidez habitual, una mano recogiendo el vestido, la otra aferrada a la barandilla.

Félix la siguió con la lámpara en alto. Oriane Fauvel caminó detrás, sin apresurarse, lo cual en ella no parecía calma sino desprecio por el pánico mal organizado.

Delacroix cerró la puerta de la habitación de Renaudin antes de bajar.

No con llave.

Todavía no.

Pero la cerró.

Las habitaciones abiertas atraen demasiadas casualidades.

En el salón, Blanche estaba de pie junto a la chimenea, con una mano en la boca y la otra señalando hacia el aparador, como si Achille Varenne hubiera desaparecido exactamente allí, entre una botella de brandy y una bandeja de copas.

Anatole Bréval estaba pálido.

Théodore Marchal, más pálido aún.

Maud Vernet permanecía sentada, las manos sobre el regazo, el rostro vuelto hacia la puerta.

No hacia Blanche.

Hacia la puerta.

Eso le interesó a Delacroix.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Victorine.

Blanche habló con dificultad.

—Monsieur Varenne... estaba aquí.

—Eso ya lo sabemos.

—Y después no.

Oriane cerró los ojos.

—Una reconstrucción admirable.

Blanche se ruborizó de angustia.

—Lo siento, madame, yo...

Delacroix levantó una mano.

—Despacio. ¿Cuándo lo vio por última vez?

La muchacha lo miró como si le hubieran ofrecido una cuerda.

—Cuando ustedes subieron. Estaba junto al aparador. Bebiendo.

—Eso no es una ocupación —dijo Oriane—. Es una descripción de monsieur Varenne.

—Luego monsieur Bréval se levantó —continuó Blanche—, y monsieur Marchal le dijo que se sentara. Madame Vernet estaba allí. Yo fui a traer más leña. Solo salí un momento.

—¿Del salón?

—Sí.

Victorine se volvió hacia ella.

—Ordené que nadie se moviera.

—Era leña, madame.

—La chimenea no estaba muriendo.

—No, madame.

Delacroix observó el rostro de Blanche.

Había miedo, sí.

Pero no solo miedo.

Había una culpa pequeña, escondida detrás de una culpa mayor que todavía no se atrevía a salir.

—¿Cuánto tardó? —preguntó.

—No sé. Dos minutos. Quizá tres.

—¿Por dónde fue?

—Al pasillo de servicio.

—¿Vio a alguien?

Blanche negó.

Demasiado rápido otra vez.

Delacroix no la corrigió.

Todavía.

—Cuando volvió —dijo—, monsieur Varenne ya no estaba.

—Sí.

—¿Alguien más salió?

Bréval levantó las manos.

—Yo no.

Marchal dijo:

—Tampoco yo.

Maud Vernet habló sin emoción:

—Yo no me moví.

Oriane Fauvel se apoyó en el marco de la puerta.

—Curioso. En esta casa nadie se mueve y, sin embargo, todo desaparece.

Félix dejó la lámpara sobre la mesa central.

—Voy a buscarlo.

—No solo —dijo Delacroix.

El encargado lo miró con fastidio.

—No empiece.

—No he terminado desde que llegué.

Victorine se llevó una mano a la frente.

—Monsieur Valcour, necesito saber si hay otro huésped muerto en mi hotel.

—Lo comprendo. Pero si todos salimos a buscarlo, cualquiera podrá volver con una mentira nueva. Si nadie sale, Varenne podrá estar herido. Si sale uno solo, quizá el próximo grito sea suyo. La solución menos estúpida suele ser la menos cómoda.

—¿Cuál propone?

—Dos grupos. Uno se queda aquí. Otro revisa las zonas inmediatas. Nada de habitaciones privadas, por ahora. Nada de galería. Nada de sótano.

Félix frunció el ceño.

—Entonces ¿dónde?

Delacroix miró la puerta del pasillo lateral.

—Donde alguien pueda esconderse sin alejarse demasiado.

Oriane tomó una vela.

—Voy con ustedes.

—No —dijo Delacroix.

—No era una petición.

—Qué coincidencia. Lo mío tampoco era una invitación.

Ella lo miró con frialdad.

—Recuerda usted que todavía no sabemos quién es.

—Lo recuerdo con nostalgia.

—Entonces no dé órdenes como si lo supiéramos.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Tiene razón.

El reconocimiento fue tan inesperado que hasta Bréval parpadeó.

Delacroix añadió:

—Venga, si lo desea. Pero no toque nada, no abra nada y no diga nada que monsieur Bréval pueda confundir con literatura.

—Haré lo posible.

—Eso es menos de lo que esperaba, pero más de lo habitual.

Victorine decidió:

—Félix, monsieur Valcour y madame Fauvel buscarán a monsieur Varenne. Yo me quedaré aquí con los demás.

—Yo debería ir —dijo Marchal.

—Usted debería quedarse donde pueda atender a alguien si hace falta —respondió Victorine.

—No soy...

—Sí —dijo ella—. Esta noche sí.

Marchal cerró la boca.

Delacroix miró a Maud.

—Madame Vernet.

Ella alzó la vista.

—¿Sí?

—¿Tiene alguna idea de adónde pudo ir monsieur Varenne?

—No.

—¿No lo oyó levantarse?

—No.

—Estaba usted cerca de la puerta.

—La tormenta hace ruido.

—También los hombres furiosos.

Maud sostuvo su mirada.

—Quizá monsieur Varenne no se marchó furioso.

—¿Cómo se marchó entonces?

—Atraído.

La palabra fue precisa.

Demasiado.

Delacroix esperó.

Maud no añadió nada.

—Qué verbo tan interesante —dijo Oriane.

Maud no la miró.

—Es el verbo de esta noche.

Delacroix aceptó aquello en silencio.

Atraído.

Renaudin había sido atraído a la galería.

Varenne, quizá, a otra parte.

La casa no solo encerraba.

Llamaba.

Salieron al pasillo lateral.

Félix caminaba delante con la lámpara. Delacroix llevaba la vela. Oriane iba detrás, ligera, casi silenciosa. La tormenta seguía golpeando las ventanas con una violencia sostenida. Ya no había grandes estallidos constantes, sino una presión continua, un asedio de agua y viento.

—¿Dónde puede haber ido? —preguntó Oriane.

—Al despacho pequeño —dijo Delacroix.

Félix se volvió.

—¿Cómo lo sabe?

—No lo sé. Por eso vamos.

—Eso no es una explicación.

—Es una economía de error.

El despacho pequeño estaba junto al comedor, en una zona menos transitada de la planta baja.

Victorine lo había usado antes para hablar con Félix, para registrar huéspedes y quizá para ocultar preocupaciones detrás de puertas cerradas.

Era una habitación discreta, con estanterías, un escritorio, varios archivadores y una caja de correspondencia.

La puerta estaba entornada.

Félix levantó la lámpara.

—La dejé cerrada.

—Con llave —dijo Delacroix.

—No.

—Entonces la frase pierde dramatismo.

Félix empujó la puerta.

El despacho estaba vacío.

O eso pareció durante el primer segundo.

Luego oyeron una respiración.

Pesada.

Irregular.

Venía de detrás del escritorio.

Félix dio un paso rápido.

—Varenne.

Achille Varenne estaba en el suelo, sentado contra la pared, con una mano apretada contra la frente. No había perdido el conocimiento. Tampoco estaba sobrio. Tenía un corte pequeño junto a la ceja y un sobre arrugado en la otra mano.

—Al fin —murmuró—. Pensé que iban a dejarme aquí hasta que la casa decidiera tragarme.

—Una tentación comprensible —dijo Oriane.

Félix se agachó.

—¿Quién le hizo esto?

—No lo sé.

—Naturalmente —dijo Delacroix.

Varenne intentó levantarse, pero se mareó. Félix lo sujetó por el hombro.

—Quédese quieto.

—No me toque.

—Entonces cáigase con dignidad.

Delacroix se acercó al sobre.

—¿Eso es suyo?

Varenne lo cerró en el puño.

—No.

—Magnífico. Me lo llevo.

—No.

—Entonces sí es suyo.

El comerciante lo miró con rabia, pero no tenía fuerza para acompañarla.

Delacroix esperó.

La espera suele ser una herramienta más limpia que el forcejeo.

Al final, Varenne aflojó los dedos.

Delacroix tomó el sobre.

No tenía sello.

No tenía remitente.

En el frente se leía:

Monsieur Achille Varenne

La letra parecía la misma que la nota de Renaudin y la que había aparecido en el pasillo.

Oriane se inclinó.

—Otra vez.

Delacroix abrió el papel.

La frase era breve:

Si quiere el recibo que Renaudin le negó, búsquelo donde la casa guarda sus deudas.

Félix miró alrededor.

—El despacho.

—O eso quiso que pensara —dijo Delacroix.

Varenne soltó una risa amarga.

—No lo pensé. Lo entendí.

—La diferencia entre ambas cosas ha arruinado muchas vidas.

—No está en posición de burlarse.

—Estoy en posición de aburrirme. Procure no obligarme.

Oriane observó el escritorio.

Uno de los cajones inferiores estaba abierto. Había papeles desordenados, libros de cuentas, sobres viejos y varios registros del hotel. En el suelo, junto a Varenne, había una carpeta caída.

Delacroix la recogió.

En la cubierta, escrita con una caligrafía antigua, figuraba una palabra:

Reparaciones

Debajo:

Ala norte. Galería. Instalación.

Félix se acercó enseguida.

—Eso no debería estar aquí.

—Qué frase tan activa esta noche.

—Esa carpeta estaba en el armario de mantenimiento.

—¿En el sótano?

—Sí.

—¿Quién la trajo?

Félix miró a Varenne.

Varenne negó.

—Yo no.

—¿Qué buscaba entonces? —preguntó Oriane.

—Ya lo han leído.

—Un recibo.

—Sí.

—¿Y creyó que iba a encontrarlo en el despacho de un hotel?

Varenne cerró los ojos.

—No era un recibo de hotel.

Delacroix abrió la carpeta.

Los primeros papeles eran facturas antiguas de reparaciones. Cristales, pintura, herrería, revisión eléctrica. Más abajo, planos sencillos de la galería. Un croquis del panel de servicio. Notas de Félix o de algún empleado anterior. Algunas fechas.

Un documento destacaba entre los demás.

No pertenecía a la carpeta.

Era una copia doblada, de papel más fino, mecanografiada.

Delacroix la desplegó.

Compensación parcial concedida a proveedores afectados por la suspensión de obras tras el incidente de Veyrac.

Al margen, con tinta azul:

A. Varenne — pendiente de firma.

El comerciante extendió la mano.

—Démelo.

Delacroix no lo hizo.

—¿Esto buscaba?

Varenne tragó saliva.

—Durante años.

—¿Por qué?

—Porque demuestra que Renaudin sabía que se me debía dinero.

—¿Cuánto?

—Lo bastante para no haber terminado como terminé.

—Esa es una unidad de medida muy común entre los hombres arruinados.

Varenne se levantó con ayuda de Félix. Esta vez no apartó la mano del encargado. El golpe, el miedo o la vergüenza le habían quitado parte del teatro.