Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 8 — La habitación de Renaudin #2
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Capítulo 8 — La habitación de Renaudin #2

—No para preparar una reunión —dijo Delacroix—. La tormenta quizá fue una oportunidad. O quizá el asesino esperó a que el clima hiciera su parte.

Victorine volvió a mirar la nota.

—“Cuando la casa se quede a oscuras.”

—Esa frase sí estaba preparada —dijo Delacroix.

—Entonces el apagón fue provocado.

—Al menos esperado.

—Y monsieur Renaudin acudió.

—Sí.

—¿Por qué no pidió ayuda?

Delacroix miró la chimenea.

—Porque los hombres como Renaudin temen más a la exposición que a la muerte.

—Eso es absurdo.

—No. Es aristocrático de un modo muy vulgar.

Félix se agachó junto a la cama.

—Aquí hay algo.

Delacroix se acercó.

Bajo la cama, cerca de la pata derecha, había un pequeño fragmento de papel. Félix lo sacó con cuidado usando dos dedos. No estaba quemado. Estaba rasgado.

Delacroix lo tomó.

Apenas contenía unas palabras impresas, quizá de una copia mecanografiada:

...comisión reconoce la imposibilidad de atribuir responsabilidad directa...

Oriane murmuró:

—Veyrac.

—Sí.

Victorine miró el fragmento como si fuera una cucaracha elegante.

—Eso suena a documento oficial.

—Los documentos oficiales tienen una gran habilidad para escribir crueldades sin mancharse de emoción —dijo Delacroix.

—¿Qué significa?

—Que Renaudin llevaba consigo pruebas de lo que hizo, o de lo que sabía.

—¿Para defenderse?

—Quizá para vender su silencio por segunda vez.

Oriane se acercó a la chimenea.

—O para quemarlas antes de que otros las usaran.

Delacroix asintió.

—Eso también.

Félix abrió la caja de sombrero.

Vacía.

Luego revisó los zapatos.

En uno de ellos había barro seco en la suela.

No barro del camino.

Más claro.

Más arcilloso.

Delacroix lo observó.

—¿De dónde viene ese barro?

Félix lo miró.

—No de la entrada principal.

—¿Del patio trasero?

—Quizá. Allí la tierra es más clara.

—¿Renaudin salió al patio?

Victorine negó.

—No que yo sepa.

—La frase oficial de la noche.

Félix examinó el otro zapato.

—Este está limpio.

Delacroix miró hacia el suelo.

Los zapatos de Renaudin en la galería habían mostrado algo parecido: una suela húmeda, otra casi seca.

El barro claro en un zapato de la habitación era un detalle pequeño.

No sabía todavía si importante.

Pero los detalles pequeños, como ciertas personas, se vuelven peligrosos cuando nadie los invita.

—¿Podría alguien haber usado sus zapatos? —preguntó Oriane.

Victorine la miró.

—¿Para qué?

—Para salir sin dejar sus propias huellas.

Delacroix observó a Oriane.

—Esa es una imaginación muy práctica.

—No he dicho que me guste.

—Tampoco que la desapruebe.

La mujer sostuvo su mirada.

—¿Cree que alguien entró aquí antes de nosotros?

—Sí.

Victorine se volvió bruscamente.

—¿Qué?

—El cajón abierto. El bastón vacío. El papel bajo la cama. La chimenea con restos. La maleta cerrada. Demasiadas decisiones contradictorias para un hombre que salió con una nota y no volvió.

—Quizá Renaudin hizo todo eso antes de morir.

—Quizá.

—Otra vez esa palabra.

—Es contagiosa.

Delacroix se acercó a la puerta interior del armario y miró el suelo junto al marco. Allí, en la alfombra verde, había una línea casi invisible, una presión diferente en la fibra.

Algo pesado había sido arrastrado.

No mucho.

Tal vez una silla.

Tal vez una maleta.

Tal vez una persona apoyada en prisa.

—Félix, ilumine aquí.

El encargado obedeció.

Delacroix siguió la línea hasta el escritorio.

La silla estaba colocada de manera casi perfecta.

Casi.

Una pata no coincidía con las marcas más profundas de la alfombra.

—La silla fue movida —dijo.

—Eso no es extraño —respondió Victorine—. Uno mueve sillas para sentarse.

—Y las devuelve mal cuando tiene prisa.

Oriane miró el escritorio.

—¿Alguien registró los cajones después de que él saliera?

—O antes de que saliera.

—¿Y Renaudin no lo notó?

—Tal vez lo notó y por eso quemó papeles.

Victorine se llevó una mano a la frente.

—Esto no tiene fin.

—Al contrario. Tiene demasiados principios.

La propietaria lo miró con dureza.

—No necesito aforismos.

—No. Necesita saber quién entró en esta habitación.

—¿Cómo piensa averiguarlo?

Delacroix se acercó a la mesilla de noche.

Había un vaso de agua intacto, un reloj, una caja de pastillas para dormir y un pequeño libro encuadernado en azul. Lo abrió.

No era una novela.

Era una agenda.

Renaudin había escrito poco.

Fechas.

Iniciales.

Pagos.

Nombres abreviados.

Delacroix pasó las páginas con cuidado.

Una entrada de hacía tres semanas:

M.V. — confirmar llegada.

Otra, dos días después:

A.V. recibo pendiente.

Otra:

T.M. — no insistir salvo necesidad.

Oriane, que leía por encima de su hombro, murmuró:

—Maud Vernet. Achille Varenne. Théodore Marchal.

Victorine palideció.

—Los conocía.

—O sabía de ellos.

—Dijo que no conocía a nadie aquí.

—Los muertos suelen volverse más sinceros por escrito.

Delacroix pasó otra página.

Una entrada de la mañana.

O.F.?

Oriane no se movió.

Pero su rostro perdió una pequeña cantidad de color.

Delacroix cerró la agenda sobre el dedo, dejando marcada la página.

—Madame Fauvel.

—No sé qué significa eso.

—No he preguntado todavía.

—Pero lo hará.

—Sin duda.

—No conocía a Renaudin.

—Eso es una respuesta a una pregunta futura. Siempre me han parecido sospechosas.

Oriane mantuvo la compostura.

—No lo conocía.

—Entonces quizá él la conocía a usted.

—Eso no es lo mismo.

—Casi nunca lo es.

Victorine miró la agenda.

—¿Y mi nombre?

Delacroix volvió a abrir.

Pasó dos páginas.

No encontró V.A.

Sí encontró otra anotación, al margen de una fecha pasada:

La casa de la tormenta. Confirmar reparación norte.

Félix se acercó.

—¿Reparación norte?

—La galería —dijo Victorine.

—¿Cómo sabía Renaudin lo de la reparación?

La pregunta fue de Félix.

La respuesta no apareció.

Delacroix la dejó crecer.

Una pregunta sin respuesta inmediata suele hacer más daño que una acusación. Porque obliga a todos a buscar culpables en silencio.

—Renaudin investigó la casa antes de venir —dijo Oriane.

—O alguien le informó —añadió Delacroix.

—¿El asesino?

—Tal vez.

—¿Para asustarlo?

—O para atraerlo con algo que solo él entendería.

Victorine se acercó a la ventana.

El relámpago la iluminó de perfil, endureciendo sus rasgos.

—No entiendo por qué mi hotel.

Delacroix miró la agenda.

La respuesta podía ser técnica: la galería, el panel, la instalación, la tormenta.

Pero también podía ser simbólica.

La Maison de l’Orage.

Una casa llamada como aquello que todos acabarían culpando.

—Porque aquí la muerte podía parecer una casualidad —dijo.

Félix dejó la lámpara sobre el escritorio.

—Y porque aquí había una instalación capaz de matar.

—Sí.

—Eso vuelve a apuntar a mí.

Delacroix lo miró.

—Vuelve a apuntar a cualquiera que quisiera apuntar a usted.

Félix no respondió.

No parecía aliviado.

Las personas inocentes, cuando comprenden que alguien las ha usado como sombra, no se alivian.

Se enfurecen.

—Voy a encontrar ese cable —dijo.

—No solo.

—No necesito...

—Sí lo necesita. Porque si encuentra el cable solo, habrá encontrado también una acusación.

Félix cerró la boca.

Aceptó la lógica con rabia.

Oriane señaló la maleta.

—¿La abrimos?

Victorine dudó.

—Está cerrada.

—El propietario ha muerto —dijo Oriane—. Dudo que proteste.

—Los muertos protestan de otras maneras —murmuró Delacroix.

Félix se agachó.

—Puedo abrirla.

—¿Sin romperla?

—Depende de cuánto aprecie usted la cerradura.

—Esta noche aprecio más la información.

Félix sacó una herramienta fina de la caja que había traído y trabajó sobre el cierre. Tardó poco.

La maleta se abrió con un chasquido discreto.

Dentro había ropa perfectamente doblada.

Demasiado poco equipaje para un hombre que había reservado con tanta anticipación.

Bajo una camisa encontraron una carpeta de cuero negro.

Vacía.

No.

Casi vacía.

En uno de los bolsillos interiores quedaba una fotografía.

Antigua.

Descolorida.

Mostraba un puente de piedra y hierro sobre un río ancho. Había hombres trabajando en la estructura. Uno de ellos, joven, sonreía hacia la cámara con una mano apoyada en una viga.

Al dorso, escrito a lápiz:

Veyrac, abril. A. Vernet.

Maud.

El marido ingeniero.

Delacroix guardó silencio.

Victorine miró la fotografía.

—¿Vernet?

—El marido de Maud —dijo Oriane.

—¿Lo sabe?

—Ella lo dijo. Ingeniero de estructuras.

Félix tragó saliva.

—¿Trabajó en el puente?

Delacroix miró al joven de la fotografía.

Sonreía como sonríen las personas antes de que la historia les explique que no estaban posando para un recuerdo, sino para una prueba.

—Sí —dijo—. O estuvo allí.

Victorine se sentó en el borde de la cama sin pedir permiso a nadie.

Parecía de pronto agotada.

—Entonces madame Vernet mintió.

—Madame Vernet ha sido selectiva —corrigió Delacroix—. Mentir es más amplio y, en ocasiones, más honesto.

Oriane lo miró.

—Usted la protege.

—No. La estoy retrasando.

—¿La acusación?

—La conclusión.

—¿Por qué?

Delacroix guardó la fotografía dentro de la carpeta.

—Porque el dolor puede explicar un crimen, pero también puede servir para esconder el crimen de otro.

Oriane aceptó aquello con un silencio prudente.

En el pasillo, más allá de la puerta abierta, se oyó un crujido.

Todos se volvieron.

Félix tomó la lámpara.

—¿Quién está ahí?

Nadie respondió.

Delacroix cruzó la habitación con rapidez silenciosa y salió al corredor.

La luz alcanzó apenas el rellano.

No había nadie.

Pero al fondo, junto a la esquina que conducía a la escalera principal, algo blanco se movió en el suelo.

Un papel.

Delacroix se acercó.

No lo tocó al principio.

Estaba doblado una sola vez.

Había sido deslizado desde algún lugar y empujado quizá por la corriente de aire.

Lo abrió.

La letra era la misma que la nota de Renaudin.

O lo parecía.

Solo decía:

Busque en los que sobrevivieron. No en los que murieron.

Oriane leyó por encima de su hombro.

—Eso acaba de aparecer.

—Sí.

Victorine salió de la habitación.

—¿Quién lo dejó?

Delacroix miró el corredor vacío.

Las puertas cerradas.

La escalera.

Las sombras.

La casa entera, vieja y húmeda, sosteniendo secretos como si fueran vigas.

—Alguien que quiere dirigirnos —dijo.

Félix apretó la lámpara.

—¿Hacia dónde?

Delacroix volvió a mirar el papel.

Veyrac.

Los sobrevivientes.

Los muertos.

Renaudin.

Maud Vernet.

Achille Varenne.

Théodore Marchal.

Oriane Fauvel.

La tormenta golpeó los cristales del corredor con una furia casi alegre.

—Hacia el pasado —dijo Delacroix—. Lo cual significa que quizá deberíamos empezar a desconfiar del presente.

Victorine miró hacia la escalera.

—Los demás están en el salón.

—Eso dijeron.

—Yo ordené que nadie se moviera.

Delacroix dobló la nota.

—Las órdenes, madame, tienen una relación muy pobre con las puertas.

Félix avanzó hacia la escalera.

—Voy a ver.

—No —dijo Delacroix.

—Otra vez no.

—Sí. Otra vez. Si alguien dejó esto, quiere que corramos en la dirección equivocada.

—¿Y cuál es la correcta?

Delacroix regresó a la habitación de Renaudin, tomó la agenda y la carpeta vacía, y miró por última vez la chimenea.

Los papeles quemados.

El bastón hueco.

La maleta cerrada.

La fotografía de A. Vernet.

La nota de la galería.

La nueva nota en el pasillo.

Demasiadas voces hablando a la vez.

Pero debajo de todas empezaba a sonar una melodía sencilla.

Alguien había construido una escena para que Renaudin pareciera muerto por el cielo.

Alguien había convocado a varias personas para que todas parecieran capaces de matarlo.

Y alguien acababa de dejar una nota para que Delacroix mirara hacia Veyrac justo cuando debía mirar también hacia la mano que seguía escribiendo.

—La correcta —dijo al fin— es la habitación donde todos aseguran estar esperando.

Oriane frunció el ceño.

—¿El salón?

—Sí.

—¿Por qué?

Delacroix apagó con dos dedos una brasa mínima que había caído de la chimenea al suelo.

—Porque si una nota acaba de aparecer en este pasillo mientras los demás estaban en el salón, tenemos dos opciones.

Victorine lo miró.

—¿Cuáles?

—O alguien salió del salón sin que nadie lo admitiera.

—¿O?

Delacroix sostuvo la segunda nota entre los dedos.

—O alguien no estaba en el salón cuando todos empezaron a mentir sobre haber permanecido allí.

Nadie habló.

Desde abajo llegó una voz.

No una voz tranquila.

La de Blanche.

—¡Madame Arbel!

Victorine se volvió hacia la escalera.

—¡Blanche!

La respuesta subió rota por el miedo.

—¡Monsieur Varenne ha desaparecido!

Delacroix cerró los ojos un instante.

No de sorpresa.

De resignación.

Luego guardó la nota en el bolsillo.

—Naturalmente —murmuró—. El pasado acaba de levantarse a caminar.