Capítulo 8 — La habitación de Renaudin
La habitación de un muerto siempre dice dos cosas.
La primera, quién intentó ser.
La segunda, quién no pudo dejar de ser.
Delacroix lo había comprobado demasiadas veces como para esperar delicadeza de una mesilla de noche, una maleta abierta o un abrigo dejado sobre una silla.
Las personas mentían con la voz, con la ropa, con el apellido, con los silencios.
Pero sus habitaciones, si uno sabía esperar, acababan murmurando alguna falta de pudor.
La de Géraud Renaudin estaba en la segunda planta.
Número nueve.
Daba al valle.
Victorine Arbel abrió la puerta con una llave maestra y se apartó de inmediato, como si la estancia pudiera reprocharle algo.
—No quiero que se toque nada innecesario —dijo.
—Una aspiración muy noble —respondió Delacroix—. Procuraremos fracasar poco.
Félix Noiret sostenía una lámpara a su derecha.
Blanche, por orden de Victorine, había quedado en el salón.
Marchal también, aunque no le había gustado.
Oriane Fauvel se había ofrecido a acompañarlos con una frase seca —“alguien debería recordar lo que vean sin necesidad de adornarlo”—, y Victorine, quizá por cansancio o por cálculo, lo había permitido.
Así que eran cuatro.
Victorine, como dueña.
Félix, como hombre de la casa.
Oriane, como testigo incómoda.
Y Delacroix, como aquello que todavía fingía no ser.
La habitación olía a colonia discreta, papel húmedo y humo muy leve.
No de chimenea.
De papel quemado.
Delacroix lo notó antes de cruzar del todo el umbral.
—Aquí se ha quemado algo —dijo Oriane.
—Qué alivio —murmuró Delacroix—. Temía haber empezado a imaginar olores.
Victorine entró con el rostro tenso.
La estancia era más amplia que la de Delacroix.
Cama grande, escritorio junto a la ventana, un armario de madera clara, dos sillones, cortinas pesadas y una alfombra verde oscuro que parecía absorber la luz.
Sobre la cama había un abrigo doblado con demasiado cuidado.
La maleta estaba cerrada. Un bastón descansaba junto al escritorio.
Todo transmitía orden.
Un orden frío.
Un orden de hombre que no soportaba dejar pruebas ni siquiera de su comodidad.
—¿El fuego? —preguntó Félix.
Delacroix señaló la chimenea pequeña.
No estaba encendida.
Pero en el hogar había restos de ceniza reciente. Muy poca. Papeles quemados con prisa, no leña. Algunas esquinas habían sobrevivido al fuego, rizadas, negras por los bordes, todavía reconocibles como fragmentos de documentos.
Victorine se adelantó.
—No los toque.
Delacroix la miró.
—Empieza a conocerme.
Se agachó junto a la chimenea sin meter la mano. Félix acercó la lámpara.
La ceniza reveló pedazos mínimos.
Una esquina con una fecha incompleta.
Un trozo de membrete.
Dos letras mayúsculas.
Una palabra partida.
Delacroix leyó en voz baja:
—“...yrac”.
Oriane se inclinó.
—Veyrac.
—El fuego, por una vez, ha tenido mala caligrafía.
Victorine cerró los ojos.
—Otra vez ese nombre.
—Ese nombre estaba aquí antes que nosotros, madame.
—¿Qué era Veyrac exactamente?
Delacroix no respondió.
Miró a Oriane.
Ella comprendió que le estaba entregando la palabra, no por cortesía, sino para medir qué sabía.
—Una obra pública mal hecha —dijo—. Un puente que cedió durante una crecida. Hubo muertos. Hubo informes. Hubo responsables que no respondieron lo suficiente.
—Eso es una descripción prudente —dijo Delacroix.
—Es la única que puedo dar sin inventar.
—Una virtud poco frecuente.
Oriane no sonrió.
—No la practico por bondad.
—Nadie ha cometido ese error al juzgarla.
Félix seguía mirando las cenizas.
—¿Por qué quemaría papeles después de recibir una nota?
—Quizá no quería que alguien los encontrara —dijo Victorine.
—O quizá quería que alguien encontrara solo lo que el fuego no terminó —añadió Delacroix.
Victorine se volvió hacia él.
—¿Insinúa que quemó los papeles a medias adrede?
—Insinúo que un hombre como Renaudin no habría dejado una chimenea llena de restos por descuido, salvo que estuviera muy asustado.
—¿Y lo estaba?
Delacroix miró la habitación.
El abrigo doblado.
La maleta cerrada.
El bastón alineado con la pata del escritorio.
El vaso de agua intacto.
El tintero limpio.
La silla desplazada apenas hacia atrás.
—No al principio.
—¿Y después?
—Después alguien le recordó que el pasado no siempre acepta quedarse archivado.
Oriane se acercó al escritorio.
—Hay un cajón abierto.
Delacroix fue hacia allí.
El escritorio era sobrio, de buena madera, con un tapete de cuero verde y varios compartimentos. El cajón superior estaba apenas entornado. Dentro había sobres vacíos, una pluma, lacre, un pequeño cortaplumas y un estuche para documentos.
Vacío.
Demasiado vacío.
Félix iluminó el interior.
—¿Falta algo?
—En los cajones abiertos siempre falta algo —dijo Delacroix—. A veces solo discreción.
Metió dos dedos con cuidado y levantó un sobre sin cerrar.
Estaba dirigido a Renaudin.
La letra era clara, firme, femenina quizá, aunque Delacroix desconfiaba de esas clasificaciones. Había hombres capaces de escribir con delicadeza y mujeres capaces de apuñalar el papel.
En el sobre solo figuraba:
Monsieur Géraud Renaudin
La Maison de l’Orage
Sin sello.
Sin remitente.
—Otra nota —dijo Oriane.
—O la misma, desvestida.
Delacroix extrajo el papel.
Victorine se acercó.
—¿Puede leerlo?
—Puedo. La pregunta es si debo hacerlo en voz alta.
—Este hombre ha muerto en mi hotel.
—Eso inclina la respuesta.
Desdobló la hoja.
El mensaje era breve.
Solo una línea.
Venga a la galería cuando la casa se quede a oscuras. Veyrac aún no ha terminado.
Nadie habló.
Félix bajó la lámpara, como si la frase pesara físicamente.
Victorine se llevó una mano a la boca, pero la retiró enseguida. No quería parecer débil ni siquiera ante un papel.
Oriane leyó la frase dos veces.
—Eso no parece una invitación a tomar aire.
—No —dijo Delacroix—. Aunque Renaudin la presentó con bastante elegancia.
—¿Por qué obedeció?
—Porque el pasado no pide permiso. Ordena desde dentro.
Victorine miró hacia la puerta abierta.
—Entonces alguien sabía que habría un apagón.
Félix negó despacio.
—O alguien podía provocarlo.
La frase se quedó en el centro de la habitación.
Allí donde no había cadáver, pero empezaba a haber crimen.
Delacroix dobló la nota de nuevo y la dejó sobre el escritorio.
No en el cajón.
A la vista.
—¿La letra? —preguntó Oriane.
—Habrá que compararla.
—¿Con quién?
—Con todos los que todavía tengan manos.
—Eso incluye a muchas personas.
—Una ventaja sobre los cadáveres.
Victorine respiró hondo.
—¿Renaudin pudo haber escrito esto él mismo?
Delacroix la miró con aprobación.
—Buena pregunta.
—No suene tan sorprendido.
—No era sorpresa. Era alivio.
—¿Y bien?
—Podría haberlo hecho. Pero no veo por qué un hombre se invitaría a una galería durante una tormenta para morir de manera tan inconveniente, salvo que sufriera una vocación teatral que no había mostrado en la cena.
Oriane señaló la chimenea.
—Quizá quemó los papeles después de leer la nota. Quiso destruir algo antes de acudir.
—Sí.
—Entonces pensó que quien lo citaba podía estar interesado en esos documentos.
—O temió que, si no volvía, esos documentos hablaran por él.
Félix se acercó al armario.
—¿Reviso?
Victorine respondió antes que Delacroix.
—Con cuidado.
El encargado abrió el armario.
Dentro había ropa colgada, dos pares de zapatos, una caja de sombrero, una bolsa de aseo y una manta doblada. Todo impecable. Todo calculado para no revelar nada que un criado no pudiera ver.
Delacroix se acercó a la maleta.
—¿Estaba cerrada cuando entramos?
—Sí —dijo Victorine.
—¿Llave?
—No la veo.
Delacroix probó el cierre.
No cedió.
—Cerrada de verdad.
Oriane observó el bastón.
—Ese bastón parece nuevo.
Delacroix lo tomó, pesó la madera en la mano y miró la empuñadura.
—Demasiado nuevo para un hombre que no cojea.
Victorine frunció el ceño.
—Monsieur Renaudin cojeaba un poco.
—No durante la cena.
—Quizá se esforzaba.
—Los hombres orgullosos se esfuerzan por no cojear delante de iguales. Pero en una casa ajena, de noche, con tormenta, suelen usar el bastón si lo necesitan.
Félix se acercó.
—¿Tiene algo?
Delacroix desenroscó la empuñadura.
Oriane alzó las cejas.
—Qué bastón tan literario.
—Los objetos con compartimentos secretos suelen disculparse diciendo que son prácticos.
Dentro había un cilindro hueco.
Vacío.
Delacroix miró el interior.
—Aquí hubo papeles.
Victorine se volvió hacia la maleta.
—¿Los quemó?
—Quizá.
—¿O alguien los tomó?
—También.
Félix dejó escapar un gruñido bajo.
—Esta casa tiene demasiadas cosas que faltan.
—Las casas no pierden cosas —dijo Delacroix—. Las personas las trasladan.
Oriane miró la chimenea.
—Si Renaudin escondía documentos en el bastón, no viajó por descanso.
—No.
—Vino preparado para algo.
—O para negociar algo.
Victorine se endureció.
—¿Con quién?
Delacroix se acercó a la ventana.
Desde allí se veía el valle, o se habría visto si la tormenta no lo hubiera convertido en una masa negra, atravesada de vez en cuando por relámpagos.
La galería del norte quedaba un nivel más abajo y hacia el lateral.
Desde esa ventana no podía verse el cadáver, pero sí el techo de cristal y una parte de la barandilla exterior.
Renaudin había pedido una habitación con vista al valle.
No al bosque.
Una habitación desde la que podía mirar la galería.
O recordar que estaba allí.
—Madame Arbel —dijo—, ¿eligió monsieur Renaudin esta habitación?
—Pidió una habitación al valle.
—¿Por escrito?
—Sí. En su reserva.
—¿Con mucha anticipación?
—Tres semanas.
Félix levantó la cabeza.
—La misma semana en que madame Vernet reservó.
Victorine lo miró.
—¿Estás seguro?
—Creo que sí.
—Cree.
—Puedo comprobarlo en el registro.
Delacroix se apartó de la ventana.
—Lo haremos.
Oriane cruzó los brazos.
—Tres semanas para preparar una tormenta parece demasiado optimista.