Capítulo 7 — El sótano y los fusibles #2
Félix se volvió hacia él.
—¿Instrucciones?
—O con una memoria prestada. Alguien pudo haber visto antes cómo trabajaba usted.
—Yo no dejo que los huéspedes entren aquí.
—Las personas no siempre piden permiso para aprender.
Félix dejó el fusible sobre la mesa.
—Esto me está apuntando a mí.
—Sí.
—Lo dice con mucha tranquilidad.
—Estar acusado por las cosas no es tan grave como estar acusado por las personas. Las cosas escuchan mejor las rectificaciones.
—¿Y las personas?
—Las personas prefieren tener razón.
Félix pasó una mano por el rostro.
Por primera vez pareció cansado de verdad.
No solo asustado.
Cansado.
—Yo llevo quince años manteniendo esta casa en pie.
Quince. Con techos podridos, tuberías viejas, cables que deberían haberse arrancado antes de que yo naciera y huéspedes que creen que una lámpara se enciende por educación.
Si hubiera querido matar a alguien, monsieur Valcour, no habría usado una chapuza.
Delacroix lo miró.
—Eso sí me convence más.
—¿Que no lo hice?
—No. Que le ofende el método.
Félix soltó una risa amarga.
—Es una porquería.
—¿El método?
—La conexión. El fusible. La idea. Todo. Peligrosa, sí. Pero torpe. Alguien leyó algo, vio algo o escuchó algo y creyó que bastaba.
—Y bastó.
—Porque la tormenta ayudó.
Delacroix asintió.
Ahí estaba.
La tormenta no como asesina.
Como cómplice involuntaria.
—¿Podía el asesino saber que habría tormenta? —preguntó.
—Todo el mundo lo sabía desde la mañana. El cielo llevaba anunciándolo horas.
—Pero no su fuerza.
—No.
—Entonces el plan necesitaba una tormenta fuerte, pero no podía garantizarla.
—O esperaba lo suficiente.
Delacroix pensó en Renaudin llegando esa mañana. En Maud ya instalada. En Varenne atraído por una carta. En la nota de Veyrac. En la galería. En el panel viejo.
No era un crimen nacido en un impulso.
Era una espera que había encontrado su clima.
—¿Dónde está la puerta de servicio al patio? —preguntó.
Félix tomó la lámpara.
—Por allí.
Salieron del cuarto del generador y cruzaron el sótano hasta un corredor más bajo. La humedad era más intensa allí. El suelo estaba cubierto de losas irregulares, algunas con charcos pequeños. Al fondo, una puerta de madera reforzada daba al exterior.
Félix probó el picaporte.
Cerrada.
—Dijo que no la había revisado.
—No la revisé arriba. Ahora sí.
—¿Con llave?
Félix tanteó el cerrojo.
—Sí.
Delacroix se acercó al suelo.
Había barro junto a la puerta.
Más que en el cuarto del generador.
Eso era normal, si la puerta daba al patio.
Lo anormal era una marca fina en el barro, como un arrastre delgado.
—¿Qué se guarda aquí? —preguntó.
—Herramientas grandes, carbón viejo, algunos trastos.
—¿Cables?
Félix lo miró.
—Antes sí. Ahora casi nada.
—Casi.
El encargado señaló una estantería.
Había cuerdas, alambres, un carrete vacío, clavos, viejos soportes de metal y un trozo de manguera enrollada. Delacroix se acercó.
En el polvo de la estantería había un círculo limpio.
Algo había estado allí.
Algo redondo.
—¿Qué falta? —preguntó.
Félix levantó la lámpara.
Tardó poco.
—Un rollo de cable fino.
—¿Para qué se usaba?
—Reparaciones menores. Lámparas. Campanillas. Cosas así.
—¿Podría servir para llevar una descarga hasta la galería?
Félix no respondió de inmediato.
Esa demora era respuesta suficiente.
—Sí —dijo al fin—. Si se hace mal y se tiene suerte. O mala suerte.
—Esta noche parece haber bastante de ambas.
Félix miró la estantería vacía.
—Ese rollo estaba aquí hace dos días.
—¿Seguro?
—Lo usé para reparar una lámpara de la segunda planta.
—¿Quién lo vio?
—Blanche, quizá. Madame Arbel. No sé.
—¿Algún huésped?
—No.
—Qué palabra tan optimista.
Félix apretó la lámpara.
—Usted cree que alguien bajó, tomó el cable, manipuló el generador y subió a la galería.
—Creo que alguien quiso que pareciera que usted pudo hacerlo.
—También pude hacerlo.
—Sí.
Félix lo miró con una mezcla de rabia y respeto.
—No suaviza nada, ¿verdad?
—Solo las almohadas. Y no siempre.
Desde arriba llegó un golpe.
Los dos se quedaron quietos.
No fue un trueno.
No vino de la tormenta.
Fue dentro de la casa.
Un golpe seco, seguido de pasos rápidos sobre madera.
Félix levantó la cabeza.
—El salón.
Delacroix ya caminaba hacia la escalera.
Subieron deprisa.
No corriendo.
En una casa vieja, correr suele ayudar más a la tragedia que a la solución.
Al llegar al pasillo, vieron la puerta del salón abierta.
Victorine estaba de pie junto a la mesa central.
Marchal sostenía a Bréval por un brazo.
Oriane observaba desde su sillón con expresión de profundo fastidio.
Varenne estaba en el suelo.
No inconsciente.
Sentado.
Con una mano en la mandíbula y la copa rota junto a él.
Maud Vernet seguía junto al ventanal, inmóvil.
Blanche lloraba en silencio.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Félix.
Varenne señaló a Bréval.
—Ese gusano...
—Me atacó —dijo Bréval, indignado.
Oriane cerró los ojos.
—Qué palabra tan generosa para un empujón mal dado.
Marchal soltó el brazo de Bréval.
—Monsieur Varenne lo golpeó.
—Porque estaba escribiendo —dijo Varenne.
—No le escribí a usted.
—¡Estaba escribiendo sobre Renaudin!
Bréval apretó la libreta contra el pecho.
—Soy escritor. Es lo que hago.
—No —dijo Delacroix desde la puerta—. Los escritores escriben. Usted saquea.
Bréval palideció.
—No tiene derecho a decir eso.
—Probablemente no. Pero tengo buen oído para las pequeñas miserias.
Victorine se volvió hacia Delacroix.
—¿Encontraron algo?
—Sí.
Todos callaron.
Hasta Varenne.
—El generador fue manipulado —dijo Delacroix—. Hay un fusible modificado y falta un rollo de cable del sótano.
Blanche soltó un pequeño sonido.
Félix la miró.
Delacroix también.
—¿Blanche? —dijo Victorine.
La muchacha negó con la cabeza.
—No fui yo.
—Nadie ha dicho que fuera usted —dijo Delacroix.
—Pero todos lo piensan.
—Eso no es cierto. Algunos todavía estamos distribuyendo sospechas con más elegancia.
Oriane murmuró:
—Poca, pero más.
Delacroix se acercó a Blanche.
—Usted vio algo cerca del armario de servicio.
La muchacha se quedó helada.
Félix dio un paso.
—Déjela.
—No la estoy tocando.
—La está acorralando.
—La mentira ya lo hizo antes que yo.
Blanche empezó a llorar de verdad.
Victorine suavizó apenas la voz.
—Blanche, si sabes algo, dilo.
—No quería meter a nadie en problemas.
Varenne soltó una risa amarga desde el suelo.
—Llegó tarde.
Blanche miró a Maud.
Fue apenas un reflejo.
Apenas.
Pero la habitación lo vio.
Maud también.
Su rostro no cambió.
Eso fue lo peor.
—Continúe —dijo Delacroix.
Blanche tragó saliva.
—Vi a madame Vernet cerca del pasillo de servicio.
La sala entera se volvió hacia Maud.
Ella no se movió.
—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.
—Antes de la cena.
—¿Haciendo qué?
—Nada.
—Blanche.
—Estaba... estaba mirando el armario.
Victorine abrió los ojos.
—¿El armario de las llaves?
—Sí, madame.
Maud habló por fin.
—Me había perdido.
La frase fue sencilla.
Demasiado sencilla.
—¿Antes de la cena? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—¿Y no lo mencionó?
—No pensé que perderse en un hotel fuera un delito.
—Depende de lo que se encuentre mientras una se pierde.
Maud sostuvo su mirada.
—No tomé ninguna llave.
—¿Abrió el armario?
—No.
Blanche bajó la cabeza.
Delacroix la miró.
—¿Lo abrió?
La muchacha apenas susurró:
—Sí.
Félix cerró los ojos.
Victorine pareció recibir un golpe que venía de dos direcciones: de Maud y de su propia empleada.
—No tomé nada —dijo Maud.
—¿Entonces por qué abrió el armario? —preguntó Oriane.
Maud giró hacia ella.
—Ya dije que me había perdido.
—Una respuesta puede repetirse muchas veces sin volverse mejor.
—¿Y usted qué hacía en el pasillo lateral cuando monsieur Varenne hablaba de muertos y recibos?
Oriane sonrió apenas.
—Defenderme del tedio. Es menos incriminatorio que abrir armarios.
—Basta —dijo Marchal.
La voz del médico sonó más dura que antes.
Delacroix lo miró.
—Doctor.
—No soy doctor.
—Esta noche lo es cuando le conviene. ¿Por qué basta?
Marchal parecía molesto consigo mismo.
—Porque están asustando a una mujer que acaba de ver morir a un hombre.
—Madame Vernet no vio morir a nadie.
Maud no parpadeó.
—No.
—Y, sin embargo —añadió Delacroix—, parece haber llegado muy cerca del centro de todo sin moverse nunca del todo.
Varenne se levantó con dificultad.
—Fue ella.
Marchal se volvió.
—Achille.
—No me diga Achille como si fuera un perro nervioso.
—Entonces no ladre.
El golpe verbal sorprendió a todos.
Marchal también tenía grietas.
Varenne lo señaló con un dedo.
—Usted la defiende.
—Defiendo la razón.
—No. Usted defendió a Renaudin en Veyrac. También con razones.
El silencio cayó de golpe.
Más pesado que todos los anteriores.
Marchal se quedó inmóvil.
Oriane Fauvel dejó de sonreír.
Maud cerró los dedos sobre el chal.
Delacroix miró al médico.
—Eso es nuevo.
Marchal tardó en responder.
—Yo no defendí a Renaudin.
—¿Qué hizo?
—Fui consultado como perito médico en un expediente secundario.
—Qué frase tan lavada.
—Es la verdad.
—La verdad también puede bañarse demasiado.
Varenne escupió las palabras:
—Firmó que algunas heridas no podían vincularse al derrumbe. Que ciertas incapacidades no procedían directamente del accidente. Gracias a informes como el suyo, las indemnizaciones se redujeron.
Marchal se puso pálido.
—Usted no sabe de qué habla.
—Sé que mi hermano quedó medio inútil y recibió una miseria porque hombres como usted pusieron palabras elegantes donde había huesos rotos.
Marchal dio un paso atrás.
No por miedo a Varenne.
Por memoria.
Delacroix observó a Maud.
Ella miraba a Marchal ahora.
No con odio.
Con una especie de reconocimiento frío.
Otra pieza.
Otra víctima del pasado sentada entre ellos.
Victorine habló muy bajo:
—¿Todos ustedes vinieron por Renaudin?
Nadie respondió.
Eso fue casi una confesión colectiva.
Anatole Bréval fue el primero en romper el silencio.
—Yo no.
Oriane lo miró.
—Por favor.
—No, de verdad. Yo vine porque me dijeron que habría una historia.
Delacroix giró hacia él.
—¿Quién se lo dijo?
Bréval tragó saliva.
—Recibí una carta.
Victorine cerró los ojos.
—Otra carta.
—Decía que si venía a La Maison de l’Orage esta semana encontraría material para mi mejor libro.
—Y usted vino —dijo Oriane.
—Soy escritor.
—No. Es peor. Es obediente cuando le prometen carroña.
Bréval bajó la vista.
Delacroix sintió que la casa acababa de ensancharse por dentro.
Cartas.
Varenne había recibido una.
Bréval también.
Renaudin una nota.
Quizá otros.
Alguien había convocado a personas alrededor de un pasado común. Alguien había usado el hotel como escenario. O como trampa.
Y, sin embargo, Maud Vernet era demasiado visible ahora.
Demasiado.
La culpabilidad real rara vez se ofrecía tan pronto sin una razón.
—Madame Arbel —dijo Delacroix—, ¿usted recibió alguna carta?
Victorine alzó la cabeza.
—No.
—¿Segura?
—Si quiere acusarme de mentir, hágalo sin decorar.
—¿Recibió alguna petición extraña de reserva?
La propietaria dudó.
—Todas las reservas de esta semana fueron normales.
—¿Quién recomendó el hotel a monsieur Renaudin?
—No lo sé.
—¿Vino por iniciativa propia?
—Eso dijo.
—Lo cual, en esta casa, empieza a tener un valor sentimental muy bajo.
Félix intervino:
—Hay registros.
—Los veremos.
—Están en recepción.
—También veremos el sótano otra vez.
Varenne se llevó una mano a la mandíbula.
—¿Para qué?
—Porque falta un cable, monsieur Varenne. Y cuando algo falta, conviene preguntarse no solo quién lo tomó, sino dónde lo puso después.
Blanche susurró:
—Quizá sigue en la galería.
—Quizá.
—Entonces está con... con monsieur Renaudin.
—No necesariamente.
Delacroix miró a todos.
—El asesino pudo retirar el cable después de la descarga. O intentarlo. En la galería hay una línea seca bajo la alfombra. Algo estuvo allí y luego desapareció. Si ese cable está oculto en la casa, nos dirá mucho.
Bréval pareció revivir.
—¿Una búsqueda?
Oriane cerró los ojos.
—Dios nos asista.
Victorine se enderezó.
—Nadie registrará mi hotel como si fuera una feria.
—No —dijo Delacroix—. Lo haremos por zonas. Con orden. Con testigos. Y sin entusiasmo.
Miró a Bréval.
—Especialmente sin entusiasmo.
El escritor se hundió un poco.
Marchal se acercó a la mesa y apoyó ambas manos sobre la madera.
—Esto se está descontrolando.
—No —dijo Delacroix—. Se estaba descontrolando antes. Ahora empieza a mostrar su forma.
—¿Y cuál es?
Delacroix miró hacia la puerta que conducía al pasillo.
En alguna parte, bajo ellos, el generador seguía zumbando con su tos eléctrica. En la galería, un cadáver esperaba junto a una barandilla que quizá nunca había llegado a tocar. En el salón, varias personas descubrían que sus secretos habían viajado más rápido que ellas.
—Alguien trajo a monsieur Renaudin aquí —dijo—.
Alguien trajo también a monsieur Varenne.
Y a monsieur Bréval. Tal vez a otros. Alguien sabía que la tormenta podía aislar la casa.
Alguien sabía que la galería tenía una instalación vieja.
Alguien sabía que Veyrac seguía vivo debajo de muchas conversaciones muertas.
Maud Vernet lo miró.
Por primera vez, algo en su rostro se quebró apenas.
No miedo.
Dolor.
—Y alguien —continuó Delacroix— cometió un error muy humano.
Victorine preguntó:
—¿Cuál?
Delacroix tomó la vela de la mesa.
La levantó lo justo para que la llama iluminara los rostros.
—Confundió el ruido con el silencio.
Nadie habló.
Afuera, la tormenta golpeó otra vez, furiosa, inmensa, teatral.
Pero dentro de La Maison de l’Orage ya nadie parecía dispuesto a creer que el cielo fuera el único que hablaba.
Félix fue hacia la puerta.
—¿Dónde empezamos?
Delacroix miró hacia el pasillo del sótano.
—Por lo que falta.
—¿El cable?
—No.
—¿Entonces?
Delacroix se volvió hacia Blanche.
La muchacha lo miró con los ojos húmedos.
—Por la segunda llave.
Blanche palideció.
Victorine frunció el ceño.
—¿Segunda?
Delacroix asintió.
—La copia de la galería desapareció. Pero la puerta del sótano se abrió con la llave de Félix. Eso significa que esta noche alguien no solo tomó una llave. Tomó la correcta en el momento correcto. Y para eso no basta con perderse.
Maud Vernet bajó los ojos.
Varenne dejó de beber.
Marchal se quedó muy quieto.
Oriane miró a Delacroix con una atención casi divertida.
Bréval, por una vez, no escribió nada.
Delacroix dejó la vela sobre la mesa.
—Ahora sí —dijo—, la casa empieza a hablar.