Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 7 — El sótano y los fusibles
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Capítulo 7 — El sótano y los fusibles

La frase quedó en el salón como una vela mal apagada.

El asesino todavía no ha terminado con la casa.

Nadie quiso repetirla.

Eso también era una forma de creerla.

Victorine Arbel fue la primera en moverse. No avanzó hacia la puerta ni hacia Delacroix. Avanzó hacia la mesa central, tomó una de las velas y la levantó con una calma que no llegaba a ser calma, sino disciplina.

—Félix —dijo—, cierre todas las puertas de servicio.

—Eso estaba haciendo.

—Hágalo otra vez.

El encargado asintió.

—Sí, madame.

—Y nadie irá solo.

Achille Varenne soltó una risa breve.

—Ahora sí estamos prisioneros.

Oriane Fauvel lo miró con agotamiento.

—Si va a repetir la misma idea cada cinco minutos, al menos tenga la cortesía de encontrarle un vocabulario nuevo.

Varenne se volvió hacia ella.

—¿A usted no le preocupa?

—Mucho.

—No lo parece.

—He aprendido que parecer preocupada rara vez resuelve el problema que me preocupa.

Delacroix observó a la mujer con interés. Oriane Fauvel era útil, pero no inocente por ello. La inteligencia, en una casa con un muerto, podía ser una lámpara o un cuchillo. A veces ambas cosas.

Théodore Marchal se puso de pie.

—Bajaré con Félix.

—No —dijo Delacroix.

El médico alzó la vista.

—¿Perdón?

—Bajaré yo.

Marchal apretó los labios.

—Monsieur Valcour, empieza a abusar de una autoridad que nadie le ha concedido.

—No abuso. La tomo prestada, como mi nombre.

El silencio fue mínimo.

Pero existió.

Victorine lo miró con más atención.

—¿Como su nombre?

Delacroix sonrió apenas.

—Una frase desafortunada.

—Usted no dice frases desafortunadas.

—Eso es generoso e inexacto.

Maud Vernet, desde su sitio junto al ventanal, habló sin moverse:

—¿Por qué quiere bajar usted?

Delacroix se volvió hacia ella.

—Porque el sótano acaba de convertirse en una habitación muy conversadora.

—¿Y entiende usted de generadores?

—No.

—Entonces estorbará.

—Casi con seguridad. Pero estorbar bien es un talento poco reconocido.

Félix Noiret, que había permanecido cerca de la puerta con el rostro cerrado, dijo:

—No quiero curiosos abajo.

—Excelente —respondió Delacroix—. Yo tampoco.

—Estoy hablando de usted.

—Yo también.

La tensión entre ambos no era hostil todavía. Era algo más interesante: una medición. Félix no sabía si desconfiar de Delacroix, obedecerlo o pedirle ayuda. Como no había decidido, hacía lo único que podía hacer un hombre práctico en una casa impráctica: se enfadaba.

Victorine intervino.

—Félix bajará. Monsieur Valcour irá con él. Monsieur Marchal esperará aquí.

—¿Por qué? —preguntó Marchal.

—Porque si alguien se desmaya, se hiere o decide volverse idiota, necesitaré un médico en el salón.

—No soy médico desde hace años.

—Esta noche todos estamos recuperando antiguas profesiones.

Marchal no respondió.

Delacroix inclinó levemente la cabeza.

Victorine Arbel acababa de demostrar por qué una casa como aquella seguía abierta pese a goteras, tormentas, huéspedes peligrosos y una reputación probablemente irregular. Era una mujer que podía tener miedo sin dejar de repartir órdenes. Eso la volvía peligrosa. También útil.

—Nadie se mueve del salón —dijo ella—. Nadie sube a las habitaciones. Nadie va a la galería. Nadie entra en la cocina ni en el pasillo de servicio.

—¿Y si alguien necesita hacer algo vulgarmente humano? —preguntó Bréval.

Oriane se adelantó:

—Entonces pedirá permiso y tratará de no convertirlo en literatura.

Bréval pareció a punto de replicar, pero desistió.

Blanche permanecía en el rincón.

Demasiado quieta.

Delacroix se acercó a ella antes de salir.

—Blanche.

La muchacha levantó la vista.

—Sí, monsieur.

—¿La puerta del sótano se abre con facilidad?

—No siempre.

—¿Hace ruido?

Blanche miró a Félix.

—A veces.

—No le he preguntado a Félix.

Ella tragó saliva.

—Sí. Hace ruido.

—¿La oyó abrirse esta noche?

—No.

La respuesta salió rápida.

No tan rápida como antes.

Iba aprendiendo a mentir mejor. Eso era una lástima.

—¿Y el armario de servicio?

Blanche parpadeó.

—¿Qué?

—El armario donde se guardaba la copia de la llave de la galería. ¿Hace ruido al abrirse?

—Un poco. La bisagra roza.

—¿La oyó?

—No, monsieur.

—Gracias.

Blanche bajó los ojos.

Delacroix no insistió.

Todavía.

Félix tomó una lámpara de aceite y la levantó.

—Por aquí.

Salieron del salón.

El pasillo parecía más largo que antes.

No lo era, desde luego. Las casas no cambian de tamaño por una muerte. Solo cambian de intención. Lo que antes era una distancia entre habitaciones se convertía de pronto en un trayecto entre peligros posibles.

Félix caminaba delante con pasos secos.

Delacroix lo seguía sin prisa.

Al pasar junto a la puerta de la galería del norte, ambos se detuvieron un segundo. La barra de hierro seguía en su sitio. La cuña también.

Detrás de aquella puerta estaba Géraud Renaudin, enfriándose junto a una mentira eléctrica.

—No me gusta dejarlo ahí —dijo Félix.

—¿Al muerto?

—A nadie le gusta dejar un muerto.

—Se sorprendería.

Félix lo miró.

Delacroix añadió:

—Hay personas que encuentran muy cómoda la inmovilidad ajena.

—No tengo paciencia para frases ahora.

—Entonces estamos progresando. La impaciencia suele ser más sincera.

Félix continuó.

La escalera hacia el sótano nacía junto a un pasillo estrecho, bajo la escalera secundaria. La puerta estaba abierta, tal como había dicho. Una llave permanecía puesta por fuera, inclinada en la cerradura, como si alguien la hubiera abandonado con prisa o con una teatralidad torpe.

Delacroix se agachó para mirarla.

—¿Esa llave es suya?

—Sí.

—¿La dejó ahí?

—No.

—¿Dónde debía estar?

—En mi bolsillo.

—¿Está seguro?

Félix metió la mano en el bolsillo del chaleco. La retiró vacía.

—Bastante.

—Curioso.

—A mí no me parece curioso.

—Naturalmente. A usted le parece acusatorio.

Félix apretó la mandíbula.

—Yo no maté a ese hombre.

—No se lo he preguntado.

—Pero lo piensa.

—Pienso muchas cosas. La mayoría no resisten la luz.

—Pues piense menos en mí.

—Eso depende de usted, monsieur Noiret.

El encargado bajó un peldaño.

—¿Qué quiere decir?

Delacroix señaló la llave.

—Que en esta casa todo lo que debería estar en su bolsillo aparece en cerraduras equivocadas.

Félix abrió la boca.

No dijo nada.

Era inteligente. Lo bastante para saber que una defensa excesiva suele parecer una confesión con mala gramática.

Bajaron.

El aire del sótano era frío y terroso. Olía a humedad antigua, carbón, aceite y madera guardada durante demasiadas estaciones. La escalera descendía entre paredes de piedra, estrecha, con escalones gastados en el centro. Cada paso producía un sonido breve que la casa parecía tragarse enseguida.

Abajo, la lámpara de Félix reveló un espacio amplio, irregular, dividido por arcos bajos. A un lado había pilas de leña, sacos, cajas de vino, herramientas colgadas y un armario metálico. Al fondo, tras una puerta entreabierta, se escuchaba el zumbido inestable del generador.

No era un sonido fuerte.

Era peor.

Era un sonido enfermo.

—¿Siempre suena así? —preguntó Delacroix.

—No.

—Qué noche tan poco amiga de las excepciones.

Félix dejó la lámpara sobre una mesa de trabajo y abrió la puerta del cuarto del generador.

El aparato ocupaba casi todo el espacio.

Era viejo, grande, remendado con piezas de distintas épocas y unido a la pared por tubos y cables que subían hacia un panel principal.

Varias herramientas yacían sobre el suelo: una llave inglesa, un destornillador, un rollo de cinta aislante, una caja de fusibles y unos guantes gruesos.

Delacroix no entró de inmediato.

Miró el umbral.

—¿Por qué se detiene? —preguntó Félix.

—Porque los umbrales son sinceros. Todos los pisan, pero pocos recuerdan cómo.

Bajó la vela hacia el suelo.

Había barro.

No mucho.

Tres marcas parciales, una superpuesta a otra, cerca de la entrada. Las botas de Félix habían dejado huellas recientes, más grandes, con barro todavía húmedo. Pero bajo ellas había otra marca, más estrecha.

Un zapato.

No una bota de trabajo.

—¿Alguien más bajó aquí? —preguntó Delacroix.

Félix siguió su mirada.

—No.

—Reformulemos. ¿Alguien más pudo bajar aquí?

—Cualquiera pudo, si tenía llave.

—La puerta estaba abierta.

—Entonces cualquiera pudo.

—Eso ya es una respuesta menos cómoda.

Félix se inclinó hacia las huellas.

—Esas no son mías.

—No.

—Tampoco de Blanche.

—¿Conoce usted las suelas de Blanche?

El encargado se enrojeció apenas.

—Usa zapatos de servicio. Lisos. Esas marcas tienen dibujo.

—Muy observador.

—No soy idiota.

—Lo estoy descubriendo.

Félix no supo si agradecerlo.

Delacroix entró en el cuarto del generador.

La máquina vibraba con un ritmo irregular. Junto al panel principal había una tapa abierta. Dentro, varios fusibles se alineaban como dientes gastados. Uno estaba quemado. Otro parecía haber sido retirado y colocado de nuevo con prisa.

Félix lo vio enseguida.

—Maldita sea.

—Una descripción técnica impecable.

El encargado tomó la lámpara y la acercó.

—Alguien tocó esto.

—¿Durante el apagón?

—O antes.

—¿Puede saberlo?

—No con exactitud.

—Qué desagradable.

—Este fusible no es de aquí.

Delacroix miró la pequeña pieza.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque yo no uso esta marca. Y porque está limado.

—¿Limado?

Félix lo extrajo con cuidado, usando un paño.

El fusible era pequeño, oscuro en un extremo. En la parte metálica se veía una raspadura limpia, deliberada.

—Lo han modificado —dijo Félix—. Para que encaje.

—¿Y eso qué produciría?

—Una conexión inestable. Un salto. Una sobrecarga. Depende de cómo se haya combinado con lo de arriba.

—Con la galería.

—Sí.

Delacroix se inclinó hacia el panel.

No sabía de electricidad, pero sabía de intenciones. Y aquello tenía una muy clara: no improvisar del todo. Alguien había preparado una posibilidad y luego la había empujado hasta convertirla en muerte.

—¿Esto requiere conocimientos? —preguntó.

Félix hizo una mueca.

—Requiere saber dónde tocar.

—No necesariamente saber por qué.

—Exacto.

—Un asesino con instrucciones.