Capítulo 6 — Nadie salió del comedor #2
—Qué consideración con la investigación.
—No sabía que iba a haber una investigación.
—Cierto. Solo un hombre muerto, una llave desaparecida y un panel manipulado. Muy difícil prever que alguien haría preguntas.
—La carta decía que Renaudin estaría aquí. Que quizá, por fin, podría obtener lo que me debía.
—¿Firmada?
—No.
—¿Escrita a mano?
—A máquina.
—¿La quemó cuándo?
—Antes de cenar.
—¿Dónde?
—En mi habitación.
—¿Por qué?
Varenne miró a Renaudin ausente en todos los ojos.
—Porque me avergonzaba haber venido.
Aquello sonó verdadero.
No inocente.
Verdadero.
A Delacroix siempre le molestaba que la verdad apareciera en bocas culpables. Complicaba el tablero de una manera admirable.
—¿Usted mató a Géraud Renaudin? —preguntó.
Victorine hizo un gesto.
—Monsieur Valcour...
Varenne respondió antes de que pudiera detenerlo.
—No.
—¿Lo deseó muerto?
—Sí.
—Gracias. Es una mejora.
—¿Mejora?
—La sinceridad parcial es como una lámpara pobre. No ilumina toda la habitación, pero ayuda a no tropezar con los muebles.
Oriane volvió a sonreír apenas.
Marchal no.
—Esto es absurdo —dijo el médico—. Un hombre ha muerto por una descarga. Monsieur Varenne tenía motivos para odiarlo, sí, pero no conocimientos para manipular un sistema eléctrico.
Félix carraspeó.
Todos lo miraron.
—No hace falta ser ingeniero —dijo—. No para hacer una barbaridad.
Delacroix se volvió hacia él.
—Hable.
Félix se arrepintió un poco, pero ya era tarde.
—El panel viejo alimenta parte de la galería. La instalación está anulada en teoría, pero algunos cables siguen ahí. Si alguien encuentra el cable correcto y lo conecta a una pieza metálica o a una superficie húmeda, puede provocar una descarga.
—¿El generador basta?
—Con una tormenta encima y la instalación inestable, sí. O al menos puede ayudar a crear una subida muy peligrosa.
—¿Quién sabe eso?
Félix tragó saliva.
—Yo.
—Madame Arbel.
—Sí.
—Blanche.
La muchacha alzó la cabeza, asustada.
—No, monsieur.
Félix intervino:
—Blanche sabe dónde están las llaves. No sabe de cables.
—¿Está seguro?
—Sí.
—La seguridad protectora es una seguridad de mala calidad, monsieur Noiret.
Félix apretó los puños.
—Ella no ha hecho nada.
—No he dicho que lo haya hecho.
—Pero la ha puesto en la frase.
—Las frases, cuando son útiles, deben tener sitio para todos.
Blanche tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no lloraba.
Delacroix suavizó apenas la voz.
—Blanche, ¿tomó usted la copia de la llave de la galería?
—No, monsieur.
—¿Vio a alguien cerca del armario de servicio?
La muchacha dudó.
Félix la miró.
Victorine también.
Blanche dijo:
—No.
Demasiado tarde.
Delacroix dejó pasar la mentira sin aplastarla.
Las mentiras pequeñas eran semillas. Si se las pisa antes de tiempo, no crecen lo suficiente para señalar la raíz.
—Monsieur Noiret —dijo—, ¿dónde estaba usted cuando Renaudin murió?
—En el sótano.
—Solo.
—Sí.
—Con el generador.
—Sí.
Varenne soltó una risa amarga.
—Qué conveniente.
Félix se volvió hacia él.
—¿Qué insinúa?
—Nada. Estoy aprendiendo de los demás.
—Cuidado.
—¿También me va a electrocutar?
Félix avanzó un paso.
Victorine alzó la voz.
—Basta.
Delacroix no se movió.
Félix se contuvo.
Pero su rostro había cambiado.
La acusación lo hería porque tocaba un lugar peligroso: él sabía cómo hacerlo. Eso no lo convertía en asesino. Solo lo convertía en el sospechoso que cualquier inspector mediocre habría elegido con alivio.
—¿Alguien lo vio en el sótano? —preguntó Delacroix.
—No.
—¿Cuánto tiempo estuvo allí?
—Desde que saltó el generador hasta que subí.
—¿Y antes?
—Fui a revisar el camino. Luego me cambié. Después bajé al generador porque la luz empezó a fallar.
—¿El sótano tiene otra salida?
—Una puerta de servicio al patio trasero. Pero con esta tormenta...
—No le he preguntado si era agradable. Solo si existe.
—Existe.
—¿Estaba cerrada?
Félix dudó.
—Sí.
—¿La revisó?
—No.
Victorine lo miró con severidad.
—Félix.
—Madame, estaba intentando que la casa no se quedara a oscuras.
—La casa se quedó a oscuras de todos modos —dijo Varenne.
Félix lo ignoró.
Delacroix anotó la puerta de servicio.
El sótano.
El generador.
El panel.
La llave.
Demasiadas rutas para una casa que todos fingían cerrada.
—Madame Arbel —dijo—, ¿dónde estaba usted?
—En el salón. Después en el vestíbulo. Después, cuando Félix avisó de la avería, junto a ustedes.
—¿Salió antes de que se encontrara el cuerpo?
—No.
—¿Tiene alguna razón para mentir sobre eso?
Victorine lo miró con frialdad.
—Soy propietaria de un hotel donde acaba de morir un huésped. Tengo muchas razones para desear una versión sencilla. Eso no significa que vaya a fabricarla.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Una respuesta excelente.
—No la he preparado para complacerlo.
—Por eso es excelente.
Bréval levantó una mano tímida.
Nadie le había pedido hacerlo.
Fue desagradablemente escolar.
—Yo puedo decir algo.
—Qué amenaza tan inesperada —dijo Oriane.
El escritor la ignoró con esfuerzo.
—Vi a monsieur Renaudin antes de que saliera del salón. Recibió otra nota.
La habitación entera se quedó quieta.
Delacroix lo miró.
—¿Otra?
—Creo que sí.
—¿Cree?
—Lo vi sacar un papel del bolsillo.
—Eso no es recibir una nota.
—No, pero luego Blanche pasó cerca.
Blanche retrocedió medio paso.
—Yo no le di nada.
—No digo que se la diera. Digo que pasó cerca y después él tenía un papel en la mano.
—Eso es muy distinto —dijo Delacroix.
—Pero puede ser importante.
—Naturalmente. Las confusiones suelen serlo.
Blanche habló con voz rota:
—No le di ninguna nota.
Delacroix se acercó a ella.
—¿Le dio la primera?
La muchacha miró a Victorine.
Victorine no pareció sorprendida.
Eso fue una respuesta.
—Sí —dijo Blanche.
—¿Quién se la entregó a usted?
Blanche se humedeció los labios.
—La encontré.
—¿Dónde?
—En la bandeja del pan.
—Qué sitio tan poco epistolar.
—Estaba doblada. Pensé que era para él.
—¿Por qué?
—Tenía su nombre.
—¿A mano?
—Sí.
—¿Reconoció la letra?
Blanche negó.
—¿Se la dio sin preguntar?
—Sí.
—¿Por qué?
La muchacha miró al suelo.
—Porque no quería problemas.
Delacroix sonrió con tristeza.
—Una frase que suele fabricarlos.
Victorine intervino:
—Blanche no tuvo nada que ver con esto.
—No lo sabemos.
—Yo sí.
—Madame, en una casa con una llave desaparecida, una nota anónima y un muerto junto a un panel eléctrico, la seguridad es un lujo que se ha ido con el teléfono.
Victorine no respondió.
Marchal volvió a tomar la palabra.
—Propongo que dejemos descansar a la muchacha. Está alterada.
—No más que los demás —dijo Oriane.
—Es joven.
—La juventud no impide llevar sobres.
Blanche se puso aún más pálida.
Delacroix giró hacia Oriane.
—Madame Fauvel, la crueldad es más eficaz cuando no presume de inteligencia.
Oriane recibió el golpe sin pestañear.
—Tiene razón.
Aquello sorprendió a Bréval más que a nadie.
Delacroix regresó al centro.
—La primera nota llegó durante la cena. Contenía, al menos, una palabra: Veyrac.
Monsieur Renaudin la leyó después, en el corredor.
Más tarde salió del salón y terminó en la galería.
La llave de la galería desapareció del armario de servicio.
El panel fue manipulado. Y, justo cuando todos estaban reunidos o fingían estarlo, monsieur Renaudin murió en una escena preparada para parecer un rayo.
—Preparada —repitió Marchal.
—Sí.
—Sigue sin demostrarlo.
—No estoy demostrando, doctor. Estoy ordenando. Es menos vistoso y más útil.
Varenne se sirvió más brandy.
—Y mientras usted ordena, el asesino se sienta con nosotros.
La frase hizo que Bréval se estremeciera.
Maud Vernet habló entonces.
—Quizá no hay asesino.
Todos la miraron.
—Quizá monsieur Renaudin fue a la galería por su cuenta —continuó—. Quizá tocó algo que no debía. Quizá esta casa vieja, esta tormenta, ese panel... quizá todo se juntó.
—Quizá —dijo Delacroix.
—Usted no lo cree.
—Creo que la palabra “quizá” es una habitación donde se esconden muchas cosas.
Maud sostuvo su mirada.
—Y usted parece disfrutar abriendo puertas.
—No siempre. Algunas huelen mal.
Varenne golpeó la mesa con la copa.
—¡Basta de frases! ¿Nos está acusando o no?
Delacroix lo miró.
—Todavía no.
—Entonces deje de jugar.
—No juego, monsieur Varenne. Si jugara, usted ya habría perdido por impaciencia.
El comerciante se quedó mudo.
Félix regresó desde la puerta, donde había permanecido escuchando con creciente inquietud.
—Hay algo más.
Victorine cerró los ojos.
—¿Más?
—La puerta del sótano.
Delacroix se volvió hacia él.
—¿Qué ocurre con la puerta del sótano?
—Está abierta.
—¿La de servicio al patio?
—No. La interior. La que conecta con el pasillo bajo la escalera secundaria. Yo la cerré después de subir.
—¿Con llave?
—Sí.
—¿Y ahora?
Félix tragó saliva.
—La llave está puesta por fuera.
El silencio fue inmediato.
Más intenso que antes.
—¿Quiere decir —dijo Marchal— que alguien abrió la puerta del sótano desde el pasillo?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Mientras estábamos aquí.
—Eso es imposible —dijo Varenne.
Oriane lo miró.
—Qué palabra tan imprudente.
Félix siguió:
—O mientras algunos estábamos aquí.
La corrección cayó como una piedra en agua quieta.
Delacroix miró la habitación.
Uno por uno.
Victorine, pálida y furiosa.
Marchal, preocupado por primera vez de verdad.
Varenne, atrapado entre su rabia y su miedo.
Oriane, cada vez más atenta.
Bréval, demasiado vivo para una noche de muerte.
Blanche, con la culpa de quien sabe algo pequeño y teme que parezca enorme.
Maud Vernet, inmóvil junto al ventanal.
Y Félix, el hombre que conocía la casa y acababa de encontrar una puerta abierta en el lugar exacto donde una explicación podía empezar a volverse peligrosa.
—Bien —dijo Delacroix.
Victorine lo miró casi con desesperación.
—Por favor, no vuelva a decir bien.
—Lo siento. Es una mala costumbre ante las malas noticias útiles.
—¿Útiles?
—Mucho.
—¿Por qué?
Delacroix escuchó el viento.
Después la lluvia.
Después el crujido bajo de la casa.
—Porque si la puerta del sótano se abrió mientras todos aseguraban estar aquí, entonces alguien miente sobre su sitio.
—Eso ya lo sabíamos —dijo Oriane.
Delacroix la miró.
—No. Lo sospechábamos.
Se acercó a la vela central y protegió la llama con dos dedos. No hacía falta. Pero algunas ideas se entendían mejor junto al fuego.
—Ahora sabemos algo más importante.
Bréval tragó saliva.
—¿Qué?
Delacroix levantó la vista.
—Que el asesino todavía no ha terminado con la casa.