Capítulo 6 — Nadie salió del comedor
Nadie protestó.
Eso fue lo primero que Delacroix encontró interesante.
Había dicho que todos iban a mentir y, en una habitación llena de personas supuestamente honradas, nadie se apresuró a defender su sinceridad.
No por modestia.
Por prudencia.
La prudencia, en una noche con un cadáver en la galería, era casi siempre una forma menor de culpa.
Victorine Arbel permanecía de pie junto a la chimenea, con las manos enlazadas delante del vestido negro. Si temblaba, lo hacía hacia dentro. La dueña de La Maison de l’Orage tenía esa clase de orgullo que no impide el miedo, pero le prohíbe expresarse con mala postura.
Félix Noiret se había situado cerca de la puerta, como si esperara que alguien intentara huir.
Nadie podía huir.
Eso no volvía inútil la espera.
Théodore Marchal ocupaba un sillón con una rigidez casi profesional.
Achille Varenne seguía de pie, copa en mano, rostro enrojecido y mirada turbia.
Oriane Fauvel había dejado el libro sobre una mesa, por fin vencida por una historia más incómoda que la que traía impresa.
Anatole Bréval se encontraba junto a la biblioteca cerrada, con los dedos nerviosos rozando la libreta que Delacroix le había prohibido abrir.
Maud Vernet estaba cerca del ventanal.
No de espaldas a todos.
No de frente.
De lado.
Como quien ofrece solo la mitad de sí misma.
Blanche permanecía en un rincón, pequeña bajo la luz de las velas.
Afuera, la tormenta continuaba.
Dentro, empezaba otra.
—No interrogaré a nadie —dijo Delacroix.
Varenne soltó una risa.
—Menos mal.
—Todavía.
La risa se apagó.
—Lo que haremos ahora —continuó Delacroix— es más sencillo. Cada uno dirá dónde estaba desde que monsieur Renaudin abandonó el salón hasta que encontramos el cuerpo.
—Eso es un interrogatorio —dijo Bréval.
—No. Un interrogatorio requiere método, autoridad y cierta esperanza en la respuesta. Esto será una conversación con mala iluminación.
Oriane Fauvel miró a Bréval.
—Lo ve. Hasta usted puede participar.
El escritor se ofendió en silencio.
Victorine tomó aire.
—Monsieur Renaudin subió a su habitación después de la cena. Luego volvió al salón. Después...
Se detuvo.
—Después salió otra vez —dijo Delacroix.
—Sí.
—¿Alguien lo vio salir?
Todos se miraron.
Las primeras miradas después de una pregunta son más valiosas que las respuestas. Las respuestas se preparan. Las miradas no siempre llegan a tiempo.
Varenne miró su copa.
Marchal miró a Varenne.
Maud miró la vela.
Oriane miró a Maud.
Bréval miró a Delacroix, esperando que alguien le permitiera escribir.
Blanche miró la puerta.
—Yo lo vi —dijo Victorine.
—¿A qué hora?
—No lo sé con exactitud. Las luces habían vuelto, pero seguían débiles. Tal vez unos minutos antes del apagón definitivo.
—¿Salió solo?
—Sí.
—¿Hacia dónde?
—Al vestíbulo.
—¿Dijo algo?
Victorine dudó.
—Que necesitaba aire.
Varenne soltó un sonido áspero.
—Aire. Claro.
Delacroix lo miró.
—¿Le divierte?
—Me divierte que un hombre vaya a buscar aire a una galería cerrada durante una tormenta.
—Quizá no buscaba aire.
—¿Y qué buscaba?
—Eso esperaba que me dijera usted.
Varenne apretó la copa.
—Yo no sé nada.
—Una frase cómoda. La usaremos como punto de partida, no como conclusión.
El comerciante dio un paso, pero Marchal volvió a pronunciar su nombre con esa autoridad baja.
—Achille.
Otra vez.
La misma palabra.
El mismo freno.
Delacroix giró apenas hacia el médico.
—Usted y monsieur Varenne se conocen.
Marchal se quedó quieto.
—Nos hemos visto aquí.
—No he preguntado si se han visto. He dicho que se conocen.
—Eso es una afirmación.
—Las preguntas aburridas obtienen mentiras aburridas. Prefiero ahorrar tiempo.
Varenne bebió.
Marchal cruzó las manos.
—Conocí a monsieur Varenne hace años. Superficialmente.
—Qué palabra tan útil.
—No éramos amigos.
—¿Y ahora?
—Tampoco.
—Sin embargo, lo calma con una sola palabra.
—Los hombres alterados agradecen que alguien pronuncie su nombre.
—No siempre. Algunos prefieren que no se lo recuerden.
Oriane Fauvel murmuró:
—Excelente.
Delacroix la ignoró por educación.
—Volvamos al recorrido de monsieur Renaudin —dijo—. Sale del salón. Dice que necesita aire. Nadie lo sigue.
—Yo no —dijo Victorine.
—Yo tampoco —añadió Marchal.
—Ni yo —dijo Bréval, demasiado rápido.
Delacroix giró hacia él.
—Qué velocidad.
—Estaba en el salón.
—¿Haciendo qué?
—Nada. Esperando. Observando.
—Es una forma educada de decir espiando.
—Soy escritor.
—Ya lo había usado como defensa. No conviene abusar de una coartada tan frágil.
Bréval se puso colorado.
—Yo estaba sentado cerca de la biblioteca. Madame Fauvel puede confirmarlo.
Oriane alzó una ceja.
—Puedo confirmar que estaba cerca de la biblioteca. No puedo confirmar que no deseara estar en otra parte.
—¿Me vio salir?
—No.
Bréval abrió las manos.
—Ahí lo tiene.
—También la vi mirar su libreta cada vez que alguien decía algo doloroso —añadió Oriane—. Eso no lo convierte en asesino, pero sí en algo desagradable.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿Y usted, madame Fauvel?
—En el salón.
—¿Todo el tiempo?
—No.
Aquello sí fue interesante.
No por la ausencia.
Por la honestidad inmediata.
—¿Cuándo salió?
—Antes del apagón. Al pasillo lateral.
—¿Por qué?
—Para alejarme de monsieur Bréval.
—Una razón comprensible, aunque insuficiente.
Bréval murmuró:
—Gracias.
Oriane continuó:
—Oí hablar a monsieur Varenne. Después usted apareció y oyó parte de la conversación.
—Cierto.
—Luego volvimos hacia la galería cuando llamó Félix.
—Cierto también.
Varenne levantó la cabeza.
—¿Entonces va a decir que yo estaba con ella?
—No —dijo Oriane—. Voy a decir que usted estaba hablando con alguien. Yo llegué cuando ya hablaba.
—¿Con quién? —preguntó Victorine.
Varenne se pasó la lengua por los labios.
—No lo recuerdo.
—Qué pronto envejece la memoria en esta casa —dijo Delacroix.
—No vi a la persona.
—Pero respondió a esa persona.
—Estaba oscuro.
—No tanto.
—No lo sé.
—¿Era hombre o mujer?
Varenne calló.
Delacroix esperó.
—Mujer —dijo al fin.
El silencio que siguió tuvo forma de Maud.
Todos intentaron no mirarla.
Casi todos fracasaron.
Maud Vernet siguió con los ojos en la vela.
—No fui yo —dijo.
No sonó indignada.
Sonó cansada.
—Nadie la ha acusado —dijo Marchal.
—Me han mirado.
—A veces es peor acusar con los ojos —murmuró Oriane.
Delacroix se acercó un poco al centro de la habitación.
—Madame Vernet, ¿dónde estaba cuando monsieur Renaudin salió del salón?
—Arriba.
—¿En su habitación?
—Sí.
—¿Quién puede confirmarlo?
—Nadie.
La respuesta fue limpia.
Demasiado limpia para ayudarla.
—¿Subió antes de que saliera monsieur Renaudin?
—Sí.
—¿Lo vio salir?
—No.
—¿Oyó algo?
—La tormenta.
—La tormenta es una coartada generosa. Sirve para todos.
—No es una coartada. Es lo que oí.
—¿Y no bajó hasta después de la muerte?
—Bajé cuando escuché voces.
—¿Qué voces?
Maud lo miró.
—No sé. Varias. La casa estaba llena de gente hablando a la vez.
—Antes preguntó si había sido la tormenta.
—Porque todos hablaban de una descarga.
—Usted no estaba en la galería.
—No.
—No había visto el cuerpo.
—No.
—Pero preguntó por la tormenta, no por una caída, ni por un golpe, ni por una enfermedad.
Maud tardó un instante.
—Estamos en una tormenta, monsieur Valcour.
—En efecto. Y un hombre con miedo ve amenazas en todas partes. Una mujer serena suele escoger mejor las palabras.
—¿Le parece que estoy serena?
—Me parece que le conviene parecerlo.
Por primera vez, Maud dejó de mirar la vela.
—No me conoce.
—Esta noche nadie se está esforzando mucho por dejarse conocer.
Maud bajó los ojos.
—Subí a mi cuarto. Cerré la puerta. Me senté junto a la cama. Oí el apagón. Oí pasos. Después voces. Entonces bajé.
—¿Pasos?
Marchal se inclinó hacia delante.
Maud pareció arrepentirse de haber añadido el detalle.
—Sí.
—¿En el pasillo?
—Tal vez.
—¿De quién?
—No lo sé.
—¿Hacia dónde iban?
—No lo sé.
—Qué cantidad de ignorancia útil —dijo Varenne.
Maud giró hacia él.
—Usted no está en posición de despreciar la ignorancia ajena.
Varenne palideció bajo el alcohol.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Todos dicen nada aquí.
—Porque todo lo demás sería demasiado.
Delacroix dejó que esa frase respirara.
Luego miró a Varenne.
—Monsieur Varenne, su turno.
—Estaba en el salón.
—No todo el tiempo.
—Salí un momento.
—Al pasillo lateral.
—Sí.
—Y dijo: “Los muertos no firman recibos”.
Varenne se quedó inmóvil.
Victorine giró hacia él.
—¿Qué?
—Una frase desafortunada —dijo Varenne.
—No. Derramar vino es desafortunado. Esa frase tiene un trabajo detrás.
El comerciante apretó la mandíbula.
—Renaudin me debía dinero.
—¿Los muertos también?
—Me robó.
—No es lo mismo.
—Cuando un hombre firma un informe que destruye tu negocio y luego te ofrece una compensación que nunca llega, la diferencia se vuelve decorativa.
—Veyrac —dijo Delacroix.
La palabra volvió a hacer su efecto.
No en todos igual.
En Varenne produjo rabia.
En Marchal, rigidez.
En Maud, quietud.
En Victorine, desconcierto real.
En Oriane, atención.
En Bréval, hambre.
Blanche bajó la cabeza.
Félix miró al suelo.
—Sí —dijo Varenne—. Veyrac.
—¿Qué perdió usted allí?
—Contratos. Material. Dinero. Reputación.
—No ha dicho familia.
—Porque no la perdí.
—Eso suele disminuir el dolor y aumentar la vergüenza.
Varenne lo miró con odio.
—Usted no sabe nada.
—Estoy empezando.
—Renaudin sabía que se habían falsificado informes. Sabía que las obras del puente se habían hecho con materiales de segunda. Sabía que algunos avisamos antes de la crecida. Y aun así firmó. Cerró expedientes. Repartió migajas. Nos dejó a todos peleándonos por recibos que ya no valían nada.
—¿Por eso vino al hotel?
—Vine porque me dijeron que estaría aquí.
—¿Quién?
Varenne calló.
—Monsieur Varenne.
—No lo sé.
—Otra epidemia.
—Recibí una carta.
El salón se tensó.
—¿Dónde está?
—La quemé.
Delacroix suspiró.