Capítulo 5 — El rayo perfecto #2
Bréval se mordía la punta del dedo, como si las frases le estuvieran haciendo daño por no salir.
Maud Vernet permanecía sentada cerca del ventanal.
Inmóvil.
No miraba hacia la galería.
Miraba la vela más próxima.
Como si quisiera ver cuánto tardaba la cera en deformarse.
La puerta de la galería seguía cerrada.
Félix la abrió con cuidado.
El olor a quemado seguía allí.
Más débil.
Mezclado con humedad, madera vieja y el aliento frío de la ventana rota.
La escena no había cambiado.
Eso era bueno.
También era raro.
Los muertos modifican una habitación incluso cuando nadie los toca. No por moverse, naturalmente, sino porque la mirada de los vivos la recuerda distinta cada vez. Sin embargo, aquella escena mantenía una quietud casi ofensiva.
Renaudin seguía de costado.
La mano extendida.
La boca apenas abierta.
Los ojos fijos en la tormenta.
Victorine se detuvo en la entrada.
—Dios mío.
No era una mujer religiosa.
Lo dijo como quien acepta, por un segundo, que la administración humana no alcanza.
Marchal se arrodilló otra vez, esta vez con más método.
Delacroix levantó una mano.
—Antes de tocarlo, doctor.
—No soy doctor desde hace años.
—Las jubilaciones no convencen a las manos.
Marchal lo miró.
—¿Qué quiere?
—Que me diga, sin tocarlo todavía, qué espera encontrar.
—Una marca de entrada, quizá otra de salida, quemaduras, posible rigidez muscular, signos compatibles con electrocución.
—¿Y con un rayo?
—Un rayo es una electrocución.
—No todas las bebidas son vino por estar en una copa.
Marchal cerró los ojos con irritación.
—Simplifique.
—Con gusto. ¿Hay algo en la posición del cuerpo que le parezca inevitable?
El médico miró a Renaudin.
—Cayó hacia un lado.
—Eso lo habría notado monsieur Bréval, y solo después de añadir tres adjetivos.
—Fue alcanzado junto a la barandilla.
—No la está tocando.
—Pudo soltarla al caer.
—Pudo.
—¿Tiene otra explicación?
—Tengo una resistencia infantil a enamorarme de la primera.
Félix se había acercado al panel.
No lo tocó.
—Esto está mal.
Victorine se volvió hacia él.
—Sea más específico.
—El panel está abierto de nuevo. Pero no como antes.
—¿Qué significa?
—Que alguien no solo lo abrió. Alguien trabajó aquí.
Delacroix se acercó.
Dentro del pequeño hueco, los cables parecían una maraña de venas viejas. Uno de ellos, más nuevo, mostraba una zona sin polvo. Otro tenía el extremo pelado. Había una mancha oscura en el borde de la madera.
—¿Eso estaba así cuando lo revisó? —preguntó.
—No.
—¿Seguro?
Félix lo miró con una ofensa casi noble.
—Monsieur, si una conexión vieja está mal hecha, puedo dudar de mi memoria. Si alguien deja un cable pelado donde antes no estaba, no.
—Acepto la distinción.
Victorine llevó una mano a la garganta.
—¿Está diciendo que alguien manipuló la instalación esta noche?
Félix tardó en responder.
—Sí.
La palabra golpeó mucho menos que un trueno.
Pero duró más.
Marchal se levantó.
—Eso no prueba un asesinato. Una manipulación imprudente pudo provocar el accidente.
—Desde luego —dijo Delacroix—. La estupidez también mata. A veces con más entusiasmo que la maldad.
—Entonces podría haber sido cualquiera.
—No. Para ser cualquiera, primero cualquiera tendría que saber que el panel existía.
Victorine miró a Félix.
Félix bajó la vista.
—La copia de la llave —dijo Delacroix—. ¿Dónde se guarda?
—En el armario de servicio.
—¿Está cerrado?
—Sí.
—¿Quién tiene llave del armario?
Félix no respondió enseguida.
Victorine lo hizo por él.
—Blanche, Félix y yo.
—Una casa de puertas cerradas y llaves compartidas —murmuró Delacroix—. Siempre una arquitectura generosa para la tragedia.
Marchal se agachó junto al cadáver.
—¿Puedo examinarlo ya?
Delacroix asintió.
—Con cuidado.
—Gracias por permitirme ejercer una profesión que tuve durante cuarenta años.
—No hay de qué.
Marchal levantó la mano derecha de Renaudin.
Los dedos estaban algo crispados. En la palma había una marca rojiza, irregular. El médico acercó la lámpara.
—Quemadura.
Delacroix se inclinó.
—¿De contacto?
—Probablemente.
—¿Con la barandilla?
Marchal miró la distancia entre la mano y el metal.
—Pudo tocarla antes de caer.
—Otra vez pudo.
—La medicina está llena de “pudo”, monsieur Valcour. Solo los malos médicos hablan como profetas.
—Los malos detectives también.
Marchal lo miró.
Delacroix sonrió apenas.
—Por fortuna, no soy ninguna de las dos cosas.
El médico volvió al cuerpo. Revisó el cuello, la sien, el pecho. Desabrochó con cuidado parte del chaleco. Victorine apartó la vista. Félix no. Delacroix tampoco.
En la camisa de Renaudin, bajo la chaqueta, había una marca oscura cerca del costado.
—Aquí —dijo Marchal.
—¿Salida?
—Podría ser.
—¿Está en línea con la mano?
Marchal no respondió.
No porque no quisiera.
Porque estaba calculando.
Al final dijo:
—No exactamente.
—Qué fastidio.
—El cuerpo cayó.
—El cuerpo siempre cae después de muerto. Rara vez mejora la geometría.
Marchal respiró hondo.
—La electricidad no siempre sigue caminos limpios.
—Las personas tampoco. Y aun así, con frecuencia dejan huellas.
Delacroix se desplazó hacia la ventana rota.
Había fragmentos de cristal en el suelo, brillando entre gotas de agua. Algunos estaban cerca del cadáver. Otros, más próximos al marco. Delacroix levantó la vela, se agachó y observó.
No tocó.
Uno de los fragmentos tenía polvo en el borde.
Otro no.
La marca negra del marco era llamativa. Demasiado. Parecía una firma hecha para lectores apresurados.
—Félix.
—¿Sí?
—¿Esta ventana cierra bien?
—Cerraba.
—Una respuesta prudente.
El encargado se acercó.
—El cierre estaba reparado. No era perfecto, pero aguantaba.
—¿Podría abrirse con el viento?
—Con este viento, quizá.
—¿Y romperse hacia dentro?
Félix miró los cristales.
—Si algo golpeó desde fuera, sí.
—¿Hay ramas cerca?
—No tan cerca.
—¿Piedras?
—A esta altura, no.
Delacroix señaló el suelo.
—¿Y si se rompió desde dentro?
Félix entendió antes que Marchal.
—Habría más cristal fuera.
—¿Puede comprobarlo?
—Con este tiempo, abrir más la ventana sería una estupidez.
—Entonces no lo haga. Solo respóndame como hombre que conoce ventanas.
Félix observó el marco, el suelo, el ángulo de los fragmentos.
—Podría haberse roto desde dentro.
Victorine se llevó una mano al pecho.
—¿Para qué?
Delacroix miró la marca negra.
—Para que el cielo tuviera por dónde entrar en la historia.
Nadie respondió.
La frase quedó allí, pequeña y desagradable.
Marchal se puso de pie.
—Está forzando los detalles.
—Es posible.
—Una tormenta violenta. Un panel manipulado. Una ventana rota. Un hombre muerto por descarga. No necesitamos inventar un asesino.
—No. Necesitarlo, no.
—Entonces...
—Pero los asesinos tienen la mala costumbre de existir aunque sean inconvenientes.
Félix se agachó junto al suelo, a unos pasos del cadáver.
—Monsieur Valcour.
Delacroix se acercó.
El encargado señalaba la alfombra estrecha. Estaba arrugada, como había visto antes. Bajo el borde levantado, el suelo estaba seco en una línea fina.
Demasiado recta.
—Esto no es natural —dijo Félix.
Delacroix asintió.
—No.
—Algo estuvo aquí.
—Sí.
—Un cable.
—Probablemente.
Marchal se acercó también.
—¿Un cable?
—Una hipótesis —dijo Delacroix.
—Empieza a tener demasiadas.
—Qué agradable. Temía que me faltaran.
Victorine estaba cada vez más pálida.
—¿Un cable desde el panel hasta la barandilla?
Félix negó.
—O hasta algo que tocó monsieur Renaudin.
Delacroix miró la mano del muerto.
Cerca de los dedos, casi oculto bajo una sombra, había un pequeño círculo más oscuro sobre el suelo húmedo. No parecía nada. Una gota más. Una imperfección de la madera.
Se agachó.
—Lámpara.
Marchal acercó la suya.
El círculo era una quemadura mínima.
No en el cuerpo.
En el suelo.
—Aquí hubo contacto —dijo Félix.
—¿Con qué?
—No lo sé.
Delacroix miró la mano de Renaudin, luego el costado quemado, luego la alfombra, luego el panel.
La escena comenzaba a hablar.
Todavía en voz baja.
Pero ya sin la impostura del rayo perfecto.
—¿Pudo alguien preparar esto antes? —preguntó Victorine.
Félix se pasó una mano por el pelo.
—Si conocía la instalación, sí. Pero tendría que haber venido a la galería. Tendría que haber abierto el panel. Tendría que haber probado algo.
—¿Cuánto tiempo?
—Depende.
—De qué.
—De si sabía lo que hacía.
Delacroix murmuró:
—O de si solo sabía lo suficiente para matar.
Marchal lo oyó.
—Esa frase no ayuda.
—Al contrario, doctor. Ayuda demasiado.
Victorine se volvió hacia Delacroix.
—¿Qué hacemos ahora?
La pregunta era nueva.
No por su contenido.
Por el lugar desde donde venía.
Ya no hablaba a un huésped entrometido. Todavía no sabía quién era él, pero acababa de aceptar, a regañadientes, que tal vez necesitaba su mirada.
Delacroix no disfrutó la victoria.
Las victorias sobre una mujer asustada en una casa con un cadáver son de muy baja categoría.
—Ahora cerramos la galería —dijo—. Nadie entra.
Nadie toca el cuerpo hasta que sea imprescindible moverlo.
Félix revisa, sin alterar nada, si hay riesgo eléctrico inmediato.
Monsieur Marchal anota lo que ha visto antes de que la memoria empiece a mejorar la realidad.
Usted, madame, reúne a todos en el salón.
—¿Y usted?
—Yo haré preguntas discretas.
—¿Discretas?
—Trataré de no asustar a los culpables antes de tiempo.
Marchal dejó escapar una exhalación dura.
—Sigue hablando en plural.
—Es una forma de cortesía. A veces hay más de un culpable. Uno mata, otro calla, otro teme, otro se beneficia. El singular suele ser cómodo para los tribunales, no para la verdad.
Victorine bajó la vista hacia Renaudin.
—¿Cree que alguien de la casa lo mató?
Delacroix miró el cadáver.
Géraud Renaudin, el hombre que había cenado con una nota en el bolsillo, yacía ahora dentro de una escena que se esforzaba demasiado en parecer escrita por el cielo.
—Creo —dijo— que monsieur Renaudin fue invitado a morir.
Félix cerró los ojos.
Marchal se quedó quieto.
Victorine pareció envejecer un poco bajo la luz de la lámpara.
Afuera, el viento empujó la lluvia contra la ventana rota y algunas gotas entraron hasta caer sobre la manga del cadáver.
Delacroix volvió a mirar el cristal.
Había algo más.
En el marco inferior, atrapado entre dos astillas, había una fibra oscura.
Un hilo.
No de tela gruesa.
Más fino.
Quizá de un guante.
Quizá de un cordón.
Quizá de nada.
Delacroix lo dejó donde estaba.
Una pista tocada demasiado pronto es una confesión maltratada.
—Félix —dijo—, cierre la puerta de la galería y quédese con la llave.
—La llave no apareció.
—Entonces cierre con lo que tenga.
—Puedo trabarla desde fuera.
—Hágalo.
Victorine asintió.
—Y después revise el armario de servicio.
Félix la miró.
—La copia.
—Sí.
—Si falta...
—Si falta —dijo Delacroix—, tendremos una ausencia muy trabajadora.
Abandonaron la galería.
Victorine fue la primera en salir. Marchal la siguió, guardando el pañuelo en el bolsillo con un gesto demasiado cuidadoso. Félix quedó atrás, trabando la puerta con una cuña de madera y una barra de hierro.
Delacroix fue el último.
Antes de cerrar, miró una vez más la escena.
La ventana rota.
El charco.
El panel.
La alfombra.
La mano de Renaudin a centímetros de la barandilla.
Aquello no era una muerte natural.
Las muertes naturales, incluso las violentas, suelen tener cierta grosería espontánea. Tropiezan. Ensucian. Se contradicen porque no saben que alguien las mirará después.
Aquella muerte, en cambio, había posado.
Un rayo perfecto.
Eso era exactamente lo que la volvía sospechosa.
Cuando regresaron al salón, los demás alzaron la vista.
En una habitación llena de culpables posibles, todos esperan noticias como inocentes.
Es una de las grandes comedias del crimen.
—¿Fue un rayo? —preguntó Bréval.
Nadie contestó enseguida.
Marchal miró a Delacroix.
Victorine también.
Félix cerró la puerta detrás de ellos.
Delacroix se acercó a la chimenea, tomó el atizador y movió un tronco con calma. Las chispas subieron por la garganta oscura.
—Monsieur Valcour —dijo Varenne—. Le han hecho una pregunta.
—Lo sé.
—Entonces responda.
Delacroix dejó el atizador en su sitio.
—Sería una descortesía.
—¿Con quién?
—Con el rayo. No me gusta acusar a nadie sin escucharlo.
Oriane Fauvel bajó la mirada.
Sonreía apenas.
Maud Vernet no.
Maud Vernet estaba muy quieta.
Demasiado quieta.
Victorine habló con voz clara:
—Hasta que lleguen las autoridades, monsieur Renaudin permanecerá en la galería. Nadie se acercará allí. Nadie abandonará el salón sin avisar. Y todos colaborarán para reconstruir lo ocurrido.
—¿Reconstruir? —repitió Varenne—. Pero si ha sido un accidente.
—Entonces reconstruirlo será sencillo —dijo Delacroix.
El comerciante lo miró con odio.
—Usted disfruta complicando las cosas.
—No. Solo detesto las cosas que se simplifican solas.
Bréval volvió a intentar alcanzar la libreta.
Esta vez Delacroix ni siquiera lo miró.
—No escriba.
—Pero...
—Todavía no sabe qué historia está robando.
El escritor se quedó inmóvil.
La frase le dolió.
Bien.
A veces la vanidad era el único órgano sensible.
Marchal se sirvió un vaso de agua.
—Propongo que empecemos por las coartadas.
Delacroix alzó una ceja.
—Qué palabra tan temprana, doctor.
—Si usted insinúa un crimen, entonces necesitaremos saber dónde estaba cada uno.
—No he insinuado un crimen.
—Por favor.
—He insinuado que el accidente tiene demasiada educación.
Oriane cerró el libro.
—Eso, traducido, significa crimen.
—No necesariamente. A veces significa incompetencia con vocación teatral.
Félix volvió desde el pasillo.
Su rostro anunció la noticia antes que su boca.
Victorine se adelantó.
—¿El armario?
—Abierto.
—¿La copia?
Félix negó despacio.
—No está.
La sala entera pareció inclinarse hacia esa ausencia.
Una llave perdida es un objeto pequeño.
Hasta que abre la puerta equivocada.
—¿Quién pudo tomarla? —preguntó Victorine.
Nadie respondió.
Bréval miró a Varenne.
Varenne miró a Félix.
Félix miró a Blanche.
Blanche miró al suelo.
Marchal miró a Maud.
Maud miró la vela.
Oriane miró a Delacroix.
Delacroix miró a todos.
—Bien —dijo al fin.
Victorine giró hacia él, incrédula.
—¿Bien?
—Sí. Ya tenemos una cosa que el rayo no pudo hacer.
El silencio volvió.
Afuera, la tormenta seguía golpeando La Maison de l’Orage con una furia espléndida, inútil, casi inocente.
Delacroix se sentó por primera vez desde la muerte de Renaudin.
Lo hizo despacio, con la cortesía de un hombre que acepta una mala cena porque aún no ha llegado el peor plato.
—Empecemos —dijo— por lo más sencillo.
Varenne apretó la copa.
—¿Qué es lo más sencillo?
Delacroix lo miró.
—Que todos ustedes van a mentir.
Nadie protestó de inmediato.
Y eso, pensó Delacroix, era un gesto de una sinceridad conmovedora.