Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 5 — El rayo perfecto
16%

Capítulo 5 — El rayo perfecto

El trueno se alejó despacio.

No mucho.

Lo suficiente para que la casa pudiera volver a fingir que seguía en pie por decisión propia.

En el salón, nadie se sentó al principio.

Eso también era habitual.

Después de una muerte, las personas tardan un poco en recordar qué se hace con las rodillas. Permanecen de pie, torpes, demasiado conscientes de sus manos, como si el cadáver hubiera desordenado no solo la habitación, sino el cuerpo de los vivos.

Victorine Arbel fue la primera en recuperar una función.

No la calma.

La función.

—Blanche, trae más velas.

La muchacha asintió, aunque no se movió.

—Blanche.

—Sí, madame.

Entonces sí obedeció.

Caminó hacia el aparador, tomó un candelabro, dejó caer una cerilla, recogió otra, intentó encenderla con dedos inútiles.

Félix Noiret se acercó y le quitó la caja con una delicadeza inesperada.

—Yo lo hago.

Blanche bajó la cabeza.

—Gracias.

Él encendió tres velas y las distribuyó por la sala sin preguntar. Una junto a la chimenea. Otra sobre la mesa central. La tercera cerca del ventanal, donde Maud Vernet permanecía de pie, envuelta en su chal oscuro.

La luz de esa vela le subió al rostro desde abajo.

La hizo parecer más frágil.

O más peligrosa.

A veces la diferencia dependía solo del ángulo.

Théodore Marchal se limpió otra vez los dedos con el pañuelo. Ya estaban limpios, pero los médicos retirados, como los viejos criminales, conservaban ciertos gestos cuando ya no los necesitaban.

—Debemos mantener la serenidad —dijo.

Achille Varenne soltó una risa seca.

—Qué idea tan original.

—Es una recomendación médica.

—Entonces la pagaré cuando me cure.

—Monsieur Varenne —dijo Victorine.

—¿Qué? ¿También debo fingir que esto es normal?

—Nadie ha dicho que sea normal.

—Un hombre acaba de morir a diez metros de nosotros.

—Lo sabemos.

—No, madame. Usted lo administra. No es lo mismo.

Victorine se quedó inmóvil.

Durante un segundo, pareció que iba a responder con dureza. Después recordó que una dueña de hotel no podía permitirse demasiada verdad delante de sus huéspedes.

—Siéntese, monsieur Varenne.

—No quiero sentarme.

Oriane Fauvel, que sí se había sentado, lo miró con cansancio.

—Entonces al menos deje de ocupar el centro de la tragedia. No le pertenece.

Varenne se volvió hacia ella.

—¿Y a quién le pertenece? ¿A Renaudin?

—De momento, al cadáver.

Anatole Bréval hizo un movimiento instintivo hacia la libreta.

Oriane ni siquiera tuvo que mirarlo.

—No.

El escritor dejó la mano quieta.

Delacroix seguía junto a la chimenea.

Había elegido ese lugar porque permitía verlos a todos sin parecer que los vigilaba. En realidad, los vigilaba. No con ansiedad. Con paciencia.

La ansiedad busca respuestas.

La paciencia espera errores.

—Monsieur Marchal —dijo Victorine—, ¿puede decirnos con seguridad qué ocurrió?

Marchal levantó la vista.

—Con seguridad absoluta, no.

—Pero ha dicho que fue una descarga.

—Sí.

—¿Un rayo?

Marchal tardó demasiado poco.

—Es lo más probable.

Delacroix miró el fuego.

La leña crujió.

Era admirable la rapidez con que las personas se abrazaban a una explicación cómoda cuando la alternativa exigía pensar en una mano humana.

—La galería tiene una barandilla metálica —continuó Marchal—. La ventana estaba rota. Hay señales de quemadura. La tormenta está justo encima de nosotros. La instalación eléctrica es vieja. Si monsieur Renaudin se encontraba allí en el momento de la descarga, pudo morir al instante.

—¿Sufrió? —preguntó Maud Vernet.

Todos la miraron.

Ella no apartó los ojos de Marchal.

La pregunta había sonado suave.

Casi compasiva.

Pero había algo extraño en ella. No era la pregunta de quien se horroriza ante el dolor. Era la de quien necesita saber si una frase final fue escuchada.

Marchal adoptó su voz más profesional.

—Probablemente no. La muerte por descarga intensa puede ser inmediata.

Maud cerró los dedos sobre el chal.

—Qué misericordioso.

Varenne se volvió hacia ella.

—¿Misericordioso?

—No he querido decir eso.

—Lo ha dicho.

—Quise decir que al menos no agonizó.

—¿Y eso la consuela?

Maud lo miró por primera vez con firmeza.

—No me consuela nada, monsieur Varenne.

Delacroix observó el intercambio.

Varenne estaba demasiado furioso para ser claro.

Maud estaba demasiado clara para ser inocente.

O quizá solo para ser simple.

—Tenemos que avisar a las autoridades —dijo Bréval.

—Qué idea tan revolucionaria —murmuró Oriane.

Bréval la ignoró.

—No podemos quedarnos aquí con un muerto.

Félix respondió desde la puerta:

—No hay teléfono.

—Entonces alguien debe ir.

—No hay camino.

—A pie.

Félix lo miró.

—Con este viento, de noche, cruzando el arroyo crecido, para llegar a un pueblo que está a más de una hora bajando por la ladera.

—Podría hacerse.

—También podría tirarse por la ventana y confiar en caer con elegancia. No lo recomendaría.

Oriane bajó la vista hacia su libro cerrado.

—Cada vez aprecio más a este hombre.

Victorine no estaba tan agradecida.

—Mañana, en cuanto haya luz, Félix intentará llegar al pueblo o despejar el camino.

—Si el arroyo baja —dijo Félix.

Victorine le dirigió una mirada.

—En cuanto sea posible.

—Eso sí.

Delacroix se apartó de la chimenea.

—Hasta entonces, conviene hacer tres cosas.

Todos lo miraron.

Incluso Maud.

Incluso Renaudin, desde la galería, habría parecido menos presente.

Victorine alzó la barbilla.

—¿Y cuáles serían, monsieur Valcour?

—Primero, nadie debe entrar en la galería.

—Eso ya lo he ordenado.

—Magnífico. Me complace llegar tarde a una buena idea.

—Segundo.

—Nadie debe abandonar el salón sin que los demás lo sepan.

Varenne resopló.

—¿Somos prisioneros ahora?

—No. Los prisioneros suelen tener una vigilancia más organizada.

—No acepto que usted...

—No le he pedido que acepte nada. Solo que no complique una noche que ya se está esforzando bastante.

Varenne dio un paso hacia él.

Marchal intervino otra vez.

—Achille.

Varenne se detuvo.

Delacroix anotó el gesto.

Otra vez Marchal podía frenarlo con una sola palabra.

No “monsieur Varenne”.

Achille.

Había familiaridad allí.

O historia.

—¿Y lo tercero? —preguntó Oriane.

Delacroix miró hacia el pasillo.

—Necesito ver la galería otra vez.

—No —dijo Victorine.

Fue inmediato.

—Qué afición tiene usted por esa palabra, madame.

—Es mi casa.

—Lo recuerdo. La muerte también parece haberlo recordado.

—No permitirá que un huésped curiosee alrededor de un cadáver.

—Curiosear es una palabra ofensiva.

—¿Y qué palabra prefiere?

Delacroix pensó un segundo.

—Examinar.

—¿Es médico?

—No.

—¿Policía?

—Tampoco.

—Entonces no.

La negativa fue razonable.

Eso era lo molesto.

Delacroix podía imponerse revelando su nombre.

Bastaba con una frase. Bastaba con dejar morir a Alban Valcour y permitir que Armand Delacroix entrara en la sala con todos sus fantasmas, sus casos, sus reputaciones y esa reverencia incómoda que la gente concede a los hombres que han descubierto demasiadas cosas.

No quiso.

Todavía no.

Su anonimato era una herramienta.

Y una herramienta no se abandona solo porque se vuelve incómoda.

—Madame Arbel —dijo con suavidad—, comprendo su preocupación.

Ha muerto un huésped en su hotel. Mañana llegarán las autoridades.

Harán preguntas, pisarán el suelo, moverán el cuerpo, tocarán paredes, escucharán versiones contradictorias y quizá decidan, con la velocidad habitual de los hombres cansados, que un rayo hizo lo que los rayos hacen.

Entonces su hotel quedará asociado a una muerte accidental causada por una tormenta y una instalación vieja.

Victorine apretó la mandíbula.

—¿Eso pretende tranquilizarme?

—No he terminado.

—Lo imaginaba.

—Si en cambio resulta que el rayo no tuvo la delicadeza de actuar solo, la primera persona interesada en que se sepa la verdad debería ser usted.

El silencio cambió de peso.

Victorine lo miró.

—¿Está diciendo que no fue un accidente?

Marchal se adelantó.

—No tiene pruebas de eso.

—Por eso he usado el condicional.

—No juegue con palabras.

—Juego con palabras cuando no tengo cadáveres cerca. Esta noche me temo que estoy trabajando.

Varenne frunció el ceño.

—¿Trabajando?

Delacroix sonrió.

—Metafóricamente. No se alarme. No pienso enviar factura.

Oriane lo observaba con una atención cada vez más aguda.

—Usted sabe mirar una habitación, monsieur Valcour.

—Cualquiera puede mirar una habitación.

—No. La mayoría solo la ocupa.

Aquello le gustó.

No lo suficiente para confiar en ella.

Pero sí para lamentarlo un poco.

Victorine respiró hondo.

—Félix irá con usted. Monsieur Marchal también. Nada se tocará sin necesidad.

—Por supuesto.

—Y yo iré.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Como dueña de la casa, tiene todo el derecho.

—No necesito que me lo conceda.

—Entonces considérelo una coincidencia.

Bréval se levantó.

—Yo también debería...

—No —dijeron Oriane, Victorine y Delacroix al mismo tiempo.

El escritor se quedó a medio camino.

—Entiendo.

—Lo dudo —dijo Oriane—, pero agradezco el resultado.

Victorine ordenó a Blanche que trajera otra lámpara.

La muchacha obedeció con movimientos más seguros ahora que tenía una tarea concreta. Entregó la lámpara a Félix, pero antes de soltarla le susurró algo.

Delacroix no oyó las palabras.

Vio la reacción.

Félix negó apenas con la cabeza.

Blanche insistió.

Él le tocó el hombro con dos dedos.

No era un gesto amoroso.

Era protector.

Interesante.

—¿Vamos? —preguntó Marchal, impaciente.

Delacroix tomó su vela.

—Vamos.

La procesión hacia la galería fue más lenta que antes.

Victorine abría la marcha con una lámpara alta. Félix caminaba a su lado, caja de herramientas en mano, aunque Delacroix sospechaba que el hombre habría preferido llevar un crucifijo o una escopeta. Marchal seguía con rostro profesional. Delacroix iba último.

No por cortesía.

Por perspectiva.

Al pasar junto al vestíbulo, vio a los demás en el salón.

Varenne había vuelto al brandy.

Oriane lo observaba sin disimulo.