Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 4 — La galería del norte #2
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Capítulo 4 — La galería del norte #2

No era sangre.

O no solo sangre.

Había olor a quemado.

Débil.

Amargo.

Marchal se arrodilló con cuidado, evitando el charco. Acercó la lámpara al rostro de Renaudin y luego a su mano.

—No lo toque todavía —dijo Delacroix.

El médico lo miró.

—Debo comprobar si vive.

—Desde luego. Pero toque lo mínimo necesario.

—¿Es una sugerencia médica?

—Doméstica. Las manchas son muy difíciles de quitar cuando se pisan.

Marchal no sonrió.

Apoyó dos dedos en el cuello de Renaudin.

Esperó.

La tormenta golpeó los cristales.

Una gota cayó desde el marco roto y aterrizó en la manga del muerto.

Marchal retiró la mano.

—Está muerto.

Félix soltó el aire con un sonido áspero.

Delacroix no miraba el rostro de Renaudin.

Miraba el suelo.

El charco.

La posición de los zapatos.

La barandilla.

El panel de servicio.

La ventana del fondo.

Uno de los cristales estaba roto hacia dentro. Fragmentos pequeños brillaban sobre la galería. Otros habían caído en el alféizar. Había una marca negra cerca del marco, como una quemadura alargada.

Perfecto.

Demasiado perfecto.

—Un rayo —dijo Marchal.

Lo dijo rápido.

No como una conclusión.

Como una necesidad.

Delacroix levantó los ojos hacia él.

—¿Tan pronto?

—El olor, la quemadura, la tormenta, el metal. Estaba junto a la barandilla. Es evidente.

—La evidencia es una dama muy peligrosa cuando llega maquillada.

Marchal frunció el ceño.

—¿Qué pretende insinuar?

—Nada todavía. Es una de mis pocas virtudes.

Félix se acercó al panel sin tocarlo.

—Esto no debería haber pasado.

—¿Que un rayo entre? —preguntó Marchal.

—Que alguien esté aquí.

Delacroix miró al encargado.

Félix parecía sinceramente alterado. No horrorizado por el cadáver solamente. Horrorizado por la instalación, por el proceso, por el modo en que la casa había sido usada.

—¿La galería estaba cerrada? —preguntó Delacroix.

—Sí.

—¿Quién tenía llave?

—Madame Arbel. Yo. Y una copia en el armario de servicio.

—¿La copia?

—Tendría que revisarlo.

—Hágalo después. Ahora mire el panel.

Félix se agachó, pero no llegó a tocarlo.

La madera estaba apenas abierta.

Una rendija negra.

—Alguien lo movió otra vez —dijo.

—¿Después de que usted lo cerrara?

—Sí.

Marchal se levantó.

—Lo importante ahora es llevar el cuerpo fuera de aquí.

—No —dijo Delacroix.

El médico se volvió con brusquedad.

—¿Cómo dice?

—He dicho no.

—Monsieur Valcour, con todo respeto, no sé cuáles son sus costumbres ante un cadáver, pero...

—Pésimas, según algunos.

—...no podemos dejarlo sobre un charco en una zona posiblemente peligrosa.

—Precisamente por eso no conviene moverlo antes de entender qué zona es peligrosa y por qué.

Félix miró a Delacroix.

Algo cambió en su expresión.

No era todavía reconocimiento.

Era sospecha útil.

—Tiene razón —dijo.

Marchal lo miró.

—¿También usted?

—Si lo movemos y hay un cable suelto, podemos electrocutarnos nosotros.

La palabra se quedó en la galería.

Electrocutarnos.

Renaudin parecía escucharla con los ojos abiertos.

Delacroix se inclinó, sin apoyar la rodilla en el suelo. Observó la mano extendida del muerto. Los dedos no tocaban la barandilla. Estaban a unos centímetros.

Muy cerca.

No en contacto.

Curioso.

Luego miró los zapatos.

La suela del zapato izquierdo estaba húmeda. La del derecho, casi seca.

Más curioso.

La alfombra estrecha que recorría parte de la galería estaba arrugada junto al cuerpo. No mucho. Lo suficiente para mostrar una línea de suelo que debería haber estado cubierta.

Delacroix acercó la vela.

—¿Qué hace? —preguntó Marchal.

—Molestar lo menos posible.

—No lo parece.

—Es una especialidad difícil.

En el suelo, cerca del zócalo, había una marca fina. Una línea limpia en medio de la humedad, como si algo hubiera descansado allí y hubiera sido retirado después.

Delacroix no la tocó.

Solo la miró.

Luego miró el panel.

Luego la ventana.

Luego a Renaudin.

—Monsieur Valcour —dijo Marchal, con impaciencia—, esto ha sido un accidente terrible. La tormenta, la instalación vieja, la galería húmeda...

—La comodidad de las explicaciones rápidas siempre me ha parecido conmovedora.

—¿Insinúa que no fue un rayo?

Delacroix se incorporó.

—Insinúo que los rayos tienen muchos defectos, pero rara vez son tan corteses.

Marchal no entendió.

Félix sí pareció entender lo suficiente para inquietarse más.

Desde el pasillo llegó la voz de Victorine.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué tardan tanto?

Delacroix se volvió hacia Félix.

—No deje que nadie entre todavía.

—No soy policía.

—Eso no le impide cerrar una puerta.

Félix se dirigió a la entrada.

Marchal se quedó junto al cuerpo.

—¿Quién es usted? —preguntó en voz baja.

Delacroix miró a Renaudin.

—Esta noche, un huésped que ha dormido muy poco.

—No me tome por idiota.

—No suelo tomar a nadie por idiota antes de la medianoche. Después depende del comportamiento.

Marchal apretó la mandíbula.

—Usted sabía que algo ocurría.

—No. Sospechaba que algo ya había ocurrido y aún no sabía dónde mirar.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo por ahora.

Félix hablaba con Victorine en la entrada de la galería.

—No pase, madame.

—Esta es mi casa.

—Y ese es un muerto.

La frase no fue elegante.

Pero fue eficaz.

Victorine se quedó al otro lado.

—¿Quién?

Félix no respondió.

Delacroix se acercó.

Victorine lo vio y comprendió antes de que él hablara.

Hay rostros que no preguntan porque ya han recibido la respuesta de la habitación.

—Renaudin —dijo ella.

Delacroix inclinó apenas la cabeza.

—Me temo que sí.

Blanche apareció detrás de la propietaria y se llevó una mano a la boca.

Anatole Bréval intentó mirar por encima del hombro de ambas.

Oriane Fauvel lo apartó con una precisión admirable.

—No sea miserable.

—Soy escritor.

—Eso no lo absuelve. Solo lo explica.

Achille Varenne llegó último.

Al oír el nombre de Renaudin, se quedó quieto.

No preguntó si estaba muerto.

No preguntó cómo.

Miró hacia la galería con una expresión que mezclaba miedo, alivio y algo que Delacroix habría llamado cálculo si no estuviera ya cansado de encontrarlo en todas partes.

Maud Vernet no apareció.

Delacroix notó su ausencia antes que nadie.

—¿Madame Vernet? —preguntó.

Oriane respondió:

—Estaba arriba.

—¿En su habitación?

—Eso dijo.

—La exactitud es importante, madame Fauvel. ¿La vio entrar?

Oriane sostuvo su mirada.

—No.

Victorine se volvió hacia Blanche.

—Ve a buscarla.

—No —dijo Delacroix.

La palabra salió suave.

Pero detuvo a todos.

Victorine parpadeó.

—¿Perdón?

—Nadie se separa ahora.

—Monsieur Valcour, no está en posición de dar órdenes.

—Entonces considérelo una sugerencia formulada con exceso de confianza.

—Hay una mujer sola en la planta alta.

—Y un hombre muerto en la galería. Mi experiencia me dice que conviene no aumentar la variedad.

Victorine lo miró como si acabara de verlo bajo otra luz.

No era una luz amable.

Pero sí más precisa.

—¿Su experiencia?

Delacroix sonrió apenas.

—He visitado hoteles peores.

Desde arriba llegó una voz.

—Estoy aquí.

Maud Vernet estaba en el rellano.

Llevaba el chal más cerrado que antes y una vela en la mano. Su rostro parecía compuesto con cuidado, pero le faltaba color.

—¿Qué ha ocurrido?

Nadie respondió al principio.

Fue Marchal quien salió de la galería y se limpió los dedos con un pañuelo.

—Monsieur Renaudin ha muerto.

Maud no se movió.

Su rostro no cambió del modo en que las personas esperan que cambie un rostro ante la muerte.

No abrió la boca.

No llevó la mano al pecho.

No preguntó cómo.

Solo cerró los ojos.

Un instante.

No de sorpresa.

De llegada.

Como si una espera larga hubiera terminado y el cuerpo necesitara acostumbrarse al silencio posterior.

Luego preguntó:

—¿La tormenta?

Marchal asintió.

—Todo indica que fue una descarga. Probablemente un rayo.

Delacroix miró a Maud.

Maud miró a Delacroix.

Entre ambos pasó algo fino y rápido.

Una aguja de reconocimiento.

—Pobre hombre —dijo Anatole Bréval.

Oriane lo miró con desprecio.

—No sabe usted si lo era.

Bréval bajó la vista.

Victorine tomó aire.

—Todos al salón.

—¿Y Renaudin? —preguntó Varenne.

Era la primera vez que decía su nombre sin veneno.

—Se quedará donde está hasta que podamos moverlo con seguridad —dijo Félix.

—¿Con seguridad? —Varenne soltó una risa seca—. Está muerto.

—Los muertos también pueden causar problemas —dijo Delacroix.

Varenne lo miró.

—Usted habla como si esto fuera un juego.

Delacroix se acercó a él.

No mucho.

Lo justo.

—No, monsieur Varenne. Hablo así porque si hablara como corresponde, algunos de ustedes empezarían a temblar demasiado pronto.

El silencio que siguió fue más fuerte que la tormenta.

Por primera vez, todos entendieron que el huésped llamado Alban Valcour no era solamente un hombre con frases incómodas.

Delacroix lo lamentó un poco.

Su anonimato había sido agradable mientras duró.

Victorine recuperó el mando con esfuerzo.

—Al salón. Ahora.

Esta vez obedecieron.

No por respeto.

Por miedo a quedarse solos en el pasillo.

Félix cerró la puerta de la galería y apoyó la espalda contra ella un segundo, como si necesitara impedir que la muerte saliera caminando detrás de ellos.

Marchal fue el último en abandonar el corredor.

Delacroix permaneció junto a la puerta cerrada.

—¿Puede asegurar que fue un rayo? —preguntó en voz baja.

El médico se detuvo.

—No aseguro nada sin examinar mejor el cuerpo.

—Hace un momento parecía más seguro.

—Hace un momento había menos espectadores.

Delacroix asintió.

Aquello era honesto.

Parcialmente.

—¿Qué vio? —preguntó.

Marchal miró hacia el salón, donde los demás ya se reunían bajo las velas.

—Quemaduras. Rigidez inicial. Ausencia de pulso. Una posible marca de entrada.

—¿Posible?

—No soy forense.

—Pero fue médico.

—Los médicos también sabemos cuándo una noche necesita menos imaginación.

—A veces la imaginación es lo único que impide que la mentira se acueste cómoda.

Marchal guardó el pañuelo.

—No sé quién es usted, monsieur Valcour, pero le advierto algo: si convierte un accidente en una investigación, destruirá lo poco que queda de calma en esta casa.

Delacroix miró la puerta de la galería.

Detrás estaba Renaudin.

El hombre frío.

El hombre de la nota.

El hombre reconocido por el relámpago.

—La calma —dijo— no es una virtud cuando está sentada sobre un cadáver.

Marchal no respondió.

Regresó al salón.

Delacroix permaneció unos segundos más en el pasillo.

El viento golpeaba los cristales del fondo.

El metal volvió a vibrar, esta vez mucho más bajo, casi como un recuerdo.

Delacroix pensó en la mano de Renaudin, extendida pero sin tocar la barandilla.

Pensó en la suela seca.

Pensó en la línea limpia junto al zócalo.

Pensó en el panel abierto.

Pensó en la ventana rota hacia dentro, tan teatral, tan dispuesta a contar una historia completa antes de que nadie hiciera una pregunta.

Después sopló la vela.

No por necesidad.

Por costumbre.

A veces, para ver bien una mentira, convenía quitarle un poco de luz.

Regresó al salón.

Los demás estaban distribuidos como piezas mal colocadas en un tablero.

Victorine junto a la chimenea, rígida, sosteniendo la autoridad con ambas manos.

Félix cerca de la puerta, atento al pasillo.

Marchal al lado de la mesa, médico otra vez.

Oriane sentada, silenciosa, peligrosa por lo serena.

Bréval de pie, sin atreverse a escribir.

Varenne junto al aparador, pálido bajo el enrojecimiento del alcohol.

Maud Vernet cerca del ventanal, mirando la lluvia como si escuchara una voz que venía de muy lejos.

Blanche permanecía en un rincón, con los ojos brillantes.

Delacroix entró despacio.

Victorine lo miró.

—¿Y ahora?

Nadie habló.

Todos esperaban que él dijera algo.

Era prematuro.

Era molesto.

Y, por supuesto, inevitable.

Delacroix se acercó a la chimenea y extendió las manos hacia el fuego.

—Ahora —dijo— haremos algo muy difícil.

Bréval tragó saliva.

—¿Qué?

Delacroix miró a cada uno de ellos.

Uno por uno.

Sin prisa.

—No creeremos demasiado pronto en el cielo.

Afuera, como si se sintiera aludida, la tormenta respondió con un trueno brutal.

Pero esta vez nadie miró hacia las ventanas.

Todos miraron al hombre que decía llamarse Alban Valcour.

Y Delacroix comprendió, con una resignación casi afectuosa, que su descanso había terminado oficialmente.

Géraud Renaudin estaba muerto.

La casa estaba aislada.

El teléfono no funcionaba.

El camino había desaparecido bajo barro, ramas y agua.

Y alguien, en aquella habitación, acababa de descubrir que una tormenta podía hacer mucho ruido, sí, pero no el suficiente para tapar una mala mentira.