Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 4 — La galería del norte
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Capítulo 4 — La galería del norte

La oscuridad no duró mucho.

Eso fue lo peor.

Una oscuridad breve permite mentir mejor que una oscuridad larga. En una oscuridad larga, la gente grita, tropieza, se delata, busca paredes con las manos. En una oscuridad breve, en cambio, todos conservan la dignidad suficiente para fingir que no han hecho nada.

La vela de Victorine Arbel seguía ardiendo en el salón cuando Delacroix llegó al vestíbulo.

La llama temblaba con una violencia pequeña.

La casa, no.

La casa parecía haberse quedado escuchando.

—Félix —llamó Victorine.

Nadie respondió.

Desde arriba llegó el sonido de una puerta que se abría de golpe.

—¿Qué demonios pasa ahora? —rugió Achille Varenne.

Su voz bajó por la escalera antes que él.

Después apareció una mancha blanca: la camisa mal abrochada, el chaleco en una mano, el pelo revuelto con más cálculo que sueño.

Detrás salió Anatole Bréval, con una bata de dormir demasiado elegante para un hombre que aseguraba no ganar dinero con sus libros. Sujetaba una vela apagada.

—¿Ha sido un rayo? —preguntó, casi esperanzado.

—Ha sido oscuridad —dijo Delacroix—. Es menos literaria, pero más frecuente.

Oriane Fauvel apareció en el rellano con el libro cerrado contra el pecho. No parecía haberse acostado. Tampoco parecía especialmente sorprendida.

—La lámpara de mi cuarto explotó —dijo.

Victorine alzó la vela.

—¿Explotó?

—Se apagó con un ruido seco. No sé si eso cuenta como explosión. Monsieur Bréval sabrá exagerarlo mejor.

Bréval no respondió.

El trueno siguiente hizo vibrar los cristales del vestíbulo.

Théodore Marchal salió de su habitación de la primera planta con una lámpara propia. La llevaba bien, sin temblor. Era una de esas personas que en medio de una emergencia se vuelven útiles con demasiada rapidez.

—¿Alguien se ha herido? —preguntó.

—Todavía no —dijo Delacroix.

Marchal lo miró con desagrado.

—Su sentido del humor es inoportuno.

—Mi sentido del humor rara vez recibe invitación.

Victorine no escuchaba.

Miraba la escalera.

Contaba.

Delacroix también.

Varenne.

Bréval.

Oriane.

Marchal.

Maud no había aparecido.

Renaudin tampoco.

—Blanche —llamó Victorine, esta vez con menos autoridad y más urgencia.

La muchacha apareció por el pasillo del comedor con una lámpara de aceite entre las manos.

—Sí, madame.

—Busca a Félix.

—Creo que está abajo, con el generador.

—No creo. Averígualo.

Blanche asintió.

—Y no pases por la galería —añadió Victorine.

La muchacha volvió la cabeza hacia la propietaria con un sobresalto breve.

—No, madame.

Delacroix vio ese sobresalto.

Victorine también.

Pero ninguna de las dos mujeres dijo nada.

Achille Varenne bajó los últimos escalones.

—¿Cuánto va a durar esto?

—No tengo una relación epistolar con la tormenta —dijo Victorine—. Lo ignoro.

—Exijo que se arregle la luz.

Oriane lo miró desde el rellano.

—Qué alivio. Seguro que la electricidad estaba esperando una orden.

Varenne se volvió hacia ella.

—No estoy de humor.

—Se nota. Pero no se preocupe. Nadie lo habría confundido con alegría.

—Basta —dijo Marchal.

No lo dijo alto.

Lo dijo como un médico a punto de sujetar un brazo antes de una amputación.

Y, curiosamente, todos obedecieron un segundo.

La casa volvió a crujir.

Esta vez el sonido vino de la parte norte.

No fue madera.

No fue cristal.

Fue metal.

Una vibración larga, fina, ascendente, como si una varilla invisible hubiera sido golpeada y el sonido siguiera viajando por las paredes.

Delacroix levantó la cabeza.

—¿Qué es eso? —preguntó Bréval.

Victorine no contestó.

Félix Noiret apareció entonces al fondo del pasillo de servicio con una lámpara en una mano y una caja de herramientas en la otra. Venía mojado de sudor, no de lluvia.

—El generador saltó —dijo.

—¿Saltó? —preguntó Victorine.

—Se protegió. Algo hizo contacto donde no debía.

—¿La galería?

Félix miró a los huéspedes antes de responder.

—Puede ser.

Delacroix observó el cuidado del hombre.

El miedo técnico es distinto del miedo supersticioso. No mira al cielo. Mira las paredes.

—Le dije que cerrara la galería —dijo Victorine.

—La cerré.

—¿Con llave?

—Sí, madame.

—Entonces no puede ser.

Félix no discutió.

Pero su silencio fue una forma bastante clara de hacerlo.

En ese momento, Maud Vernet apareció en la segunda planta.

No salió de una habitación con torpeza.

No llegó apresurada.

Estaba allí.

De pie junto a la barandilla, con el chal oscuro sobre los hombros y el rostro pálido, mirando hacia abajo como si hubiera estado escuchando desde antes.

—¿Ocurre algo grave? —preguntó.

Su voz sonó tranquila.

Demasiado.

—Solo una avería —dijo Victorine.

Delacroix miró sus manos.

Maud las tenía juntas sobre el chal.

Sin guantes.

—¿Y monsieur Renaudin? —preguntó Marchal.

La pregunta hizo algo que ninguna otra había conseguido.

Ordenó la habitación.

Todos miraron hacia la escalera.

Maud no.

Maud miró hacia el pasillo norte.

Solo un instante.

Solo uno.

Pero Delacroix estaba precisamente para esos instantes.

—Estará en su habitación —dijo Varenne.

—Su habitación está en la segunda planta —repuso Victorine—. Debió de oírnos.

—Quizá duerme.

—Nadie duerme con esto —dijo Oriane.

—Un culpable, tal vez —murmuró Bréval.

Oriane se volvió hacia él.

—Si sigue haciendo literatura antes de los hechos, terminará estorbando incluso a sus propios libros.

—Yo solo...

—No.

Bréval cerró la boca.

Victorine subió unos peldaños.

—Monsieur Renaudin.

La voz se perdió hacia el corredor superior.

No hubo respuesta.

—Monsieur Renaudin —repitió.

Nada.

Un relámpago iluminó el ventanal del vestíbulo. Las caras quedaron blancas, planas, sin edad.

La luz se fue.

El trueno llegó casi de inmediato.

La casa pareció hundirse un poco más en la montaña.

Félix dejó la caja de herramientas en el suelo.

—Voy a revisar la galería.

—No irá solo —dijo Victorine.

—Esta vez sí conviene que alguien venga.

Delacroix tomó la vela que había dejado sobre el mostrador.

—Lo acompañaré.

Victorine lo miró.

—No.

—Qué respuesta tan breve.

—Es un huésped.

—Hasta ahora, sí.

Félix frunció el ceño.

—No sé si es buena idea.

—La mayoría de las ideas útiles no parecen buenas al principio —dijo Delacroix.

Marchal avanzó.

—Iré yo también. Si ha habido una descarga, puede haber alguien herido.

—¿Quién? —preguntó Varenne.

Nadie contestó.

Eso ya era una respuesta.

Victorine ordenó a los demás:

—Permanezcan en el salón.

—¿Y por qué? —preguntó Varenne.

—Porque es la única habitación donde todavía puedo verlos a todos.

La frase fue más sincera de lo que ella habría deseado.

Oriane bajó la escalera.

—Entonces iremos al salón.

—Yo también quiero ver —dijo Bréval.

—Precisamente por eso no irá —dijo Delacroix.

Bréval pareció ofendido.

—¿Quién lo ha puesto al mando?

—La ausencia temporal de alguien más prudente.

Victorine no protestó.

Eso fue significativo.

Félix tomó una lámpara de aceite. Marchal, la suya. Delacroix caminó con la vela.

Avanzaron por el pasillo hacia la galería del norte.

A cada paso, el aire se volvía más frío.

No era solo la tormenta. Era la orientación de la casa, el cristal, la humedad, el tipo de frío que se cuela por las articulaciones de la madera y se queda allí como un huésped antiguo.

Félix iba delante.

Delacroix detrás.

Marchal cerraba la marcha.

El pasillo estaba casi a oscuras. Las lámparas eléctricas no habían vuelto. Solo las llamas móviles deformaban las paredes, estiraban los cuadros y convertían cada puerta cerrada en una posibilidad desagradable.

Al llegar al recodo, Félix se detuvo.

—La llave no está.

Victorine no estaba allí para oírlo.

Delacroix sí.

—¿Qué llave?

Félix señaló la cerradura de la puerta que daba a la galería.

—La dejé puesta por dentro, como siempre cuando cierro esta zona. No está.

Marchal se acercó.

—Quizá cayó.

Félix iluminó el suelo.

No había nada.

—No cayó.

Delacroix miró la cerradura.

—¿Está cerrada?

Félix apoyó la mano en el picaporte.

La puerta cedió.

No chirrió.

No se resistió.

Se abrió hacia una oscuridad atravesada por agua y cristal.

—No —dijo Félix.

La galería del norte los recibió con un golpe de viento húmedo.

No venía de fuera del todo.

Venía de una ventana abierta, o rota, al fondo.

Las lámparas de la galería estaban apagadas. La única luz era la de las llamas que llevaban ellos y los relámpagos que, cada pocos segundos, convertían los cristales en muros blancos.

El suelo estaba mojado.

Más que antes.

El charco junto a la barandilla se había extendido en una lengua irregular. Había gotas cayendo desde algún punto del marco, pero no bastaban para explicar tanta agua.

Delacroix bajó la vela.

El reflejo tembló en el suelo.

—Cuidado —dijo Félix—. No pisen cerca del panel.

Marchal levantó la lámpara.

—¿Hay riesgo ahora?

—No lo sé.

—Esa respuesta no me tranquiliza.

—No era para tranquilizarlo.

Félix avanzó un paso.

Luego se quedó quieto.

Delacroix siguió su mirada.

Al fondo de la galería, junto a la barandilla metálica, había una forma oscura en el suelo.

No parecía un cuerpo al principio.

Los cuerpos, en la distancia y con poca luz, siempre tardan un instante en admitir lo que son.

Primero son un abrigo caído.

Una sombra.

Un bulto.

Una posibilidad que el pensamiento rechaza por educación.

Después, de golpe, la mano aparece donde no debería.

El zapato queda torcido.

La cabeza toma una posición que ninguna persona viva conservaría por voluntad propia.

Marchal fue el primero en decirlo.

—Dios santo.

Félix no se movió.

Delacroix sí.

—Despacio —advirtió el encargado.

—Lo sé.

—No toque la barandilla.

—No había pensado saludarla.

Marchal se adelantó con él.

Llegaron hasta el cuerpo.

Era Géraud Renaudin.

Estaba tendido de costado, con una mano crispada contra el pecho y la otra extendida hacia la barandilla. El rostro había quedado vuelto hacia los cristales, como si hubiera intentado mirar la tormenta en el último momento. La boca estaba apenas abierta. Los ojos, también.

En la sien derecha tenía una mancha oscura, irregular.