Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 3 — El hotel se queda sin mundo #2
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Capítulo 3 — El hotel se queda sin mundo #2

—También. La casa está llena de personas. Sería alarmante lo contrario.

Varenne se acercó un paso.

Olía a brandy, aunque Victorine hubiera pedido café.

—Le conviene no interesarse demasiado por lo que no entiende.

Delacroix suspiró con suavidad.

—Monsieur Varenne, a mi edad casi todo lo que no entiendo me interesa. Es una desgracia, pero también un entretenimiento.

—No haga bromas conmigo.

—Entonces no me dé frases tan generosas.

Durante un instante, Varenne pareció dispuesto a empujarlo.

No lo hizo.

Otra vez el cálculo.

Otra vez la rabia puesta al servicio de una imagen.

—Buenas noches —dijo al fin.

—Todavía es temprano para tantas despedidas.

Varenne pasó junto a él y volvió hacia el salón.

Delacroix esperó.

La voz femenina no salió.

Eso significaba una de dos cosas: o había tomado otro camino, o seguía en el recodo.

Ambas opciones eran interesantes.

—Puede salir —dijo Delacroix, sin alzar la voz—. Monsieur Varenne ya ha tenido su momento dramático.

No hubo respuesta.

Luego Oriane Fauvel apareció desde la sombra, con el libro en una mano.

—Tiene usted una manera muy incómoda de estar en todas partes.

—No en todas. Solo en las que tienen mejor acústica.

Oriane se acercó.

No parecía nerviosa.

Eso la distinguía de casi todos.

—¿Ha oído la conversación?

—Oí una frase sobre recibos firmados por muertos.

—Una frase desagradable.

—Y bastante específica.

—Monsieur Varenne estaba alterado.

—Monsieur Varenne parece dedicarse profesionalmente a estar alterado.

Oriane lo miró con una atención nueva.

—No es usted lo que parece, monsieur Valcour.

Delacroix sonrió.

—A esta hora, madame Fauvel, nadie tiene fuerzas para ser lo que parece.

—Algunos lo intentan con mucho empeño.

—Eso también es una pista.

—¿Una pista de qué?

—De falta de imaginación.

Oriane estudió su rostro.

—¿Es usted policía?

—Dios me libre.

—¿Abogado?

—Peor aún.

—¿Entonces?

—Un huésped que no sabe dormir con viento.

Oriane no creyó una sola palabra.

Pero tuvo la elegancia de no insistir.

—La frase de Varenne —dijo— no iba dirigida a mí.

—Curioso. Yo habría jurado que era usted quien respondía.

—Respondí porque lo oí. No porque supiera de qué hablaba.

—¿Y no lo sabe?

—Sé que Renaudin tuvo negocios con él hace años. O más bien, que Varenne cree que Renaudin le debe dinero.

—¿Dinero?

—A veces es solo otra forma de decir humillación.

Delacroix asintió despacio.

—¿Y Veyrac?

La pregunta fue seca.

Oriane no cambió de expresión, pero el silencio le duró un poco más.

—¿Qué sabe usted de Veyrac?

—Por ahora, que ese nombre hace que la gente tarde más en responder.

—Fue un desastre.

—Eso es una palabra amplia.

—Un puente cedió durante una crecida. Murieron trabajadores, vecinos, un niño, creo. Hubo una investigación. Responsables técnicos. Informes contradictorios. Familias arruinadas. Indemnizaciones que no llegaron. Todo muy legal, por supuesto.

—Lo legal suele tener buena caligrafía.

—Y mala memoria.

—¿Renaudin?

Oriane bajó la voz.

—Presidió una comisión de arbitraje, según se dijo. O firmó algo. No lo sé con exactitud.

Delacroix sí sabía algo con exactitud.

La nota había contenido la palabra Veyrac.

Maud había tenido un marido ingeniero.

Varenne hablaba de muertos y recibos.

Renaudin quería marcharse.

Y Oriane Fauvel fingía saber menos de lo que sabía, aunque quizá no mucho menos.

—¿Por qué está usted aquí, madame Fauvel?

—Por descanso.

—Qué epidemia tan poco convincente.

—¿Y usted?

—Por falta de criterio.

—Eso sí parece verdad.

Desde la galería del norte llegó una voz.

—¡Madame Arbel!

Era Félix.

No gritaba con miedo.

Gritaba con urgencia.

Delacroix y Oriane se miraron.

Luego caminaron hacia allí.

El salón se vació detrás de ellos. Victorine llegó primero, seguida por Marchal, Bréval, Varenne, Maud y Renaudin. Blanche apareció desde el comedor con las manos húmedas y el rostro tenso.

La galería del norte era un corredor acristalado que se extendía hacia un lateral de la casa. De día debía de ofrecer una vista magnífica del valle. De noche, con la tormenta encima, parecía una jaula transparente colgada sobre la oscuridad.

Félix estaba junto a una de las ventanas.

Había agua en el suelo.

No mucha.

Un charco irregular cerca de la barandilla metálica interior.

—¿Qué ocurre? —preguntó Victorine.

—La filtración —dijo Félix—. Viene por el marco. Pero no es eso.

—Entonces hable.

El encargado señaló la pared, junto a uno de los soportes de hierro.

—Alguien abrió el panel de servicio.

Victorine palideció.

—¿Qué panel?

—El de la toma vieja. El que mandé clausurar el año pasado.

Marchal se acercó.

—¿Es peligroso?

—Si no se toca, no.

—¿Y si se toca?

Félix lo miró.

—Entonces sí.

Delacroix observó el panel.

Era pequeño, rectangular, disimulado en la madera oscura. Estaba ligeramente desencajado. No lo suficiente para llamar la atención de un huésped. Sí lo suficiente para molestar a un hombre que conociera la casa.

—¿Quién tiene acceso a esto? —preguntó Delacroix.

Victorine respondió de inmediato:

—Nadie.

Félix la miró.

—Madame.

La propietaria corrigió:

—Félix. Yo. Y quizá algún antiguo empleado, si recuerda la instalación.

—¿La instalación tiene memoria familiar? —preguntó Bréval, demasiado encantado.

Oriane le dedicó una mirada.

—No hable.

Bréval cerró la boca.

Renaudin se había quedado en la entrada de la galería. No avanzaba. Miraba el panel con una expresión que no era ignorancia.

Era reconocimiento.

Delacroix lo vio.

También vio que Maud Vernet miraba a Renaudin y no al panel.

Félix se agachó, tocó el borde de madera y retiró la mano.

—Está reciente.

—¿Qué significa reciente? —preguntó Marchal.

—Que no lo abrió el viento.

Un trueno estalló sobre la casa.

Las lámparas de la galería parpadearon.

Una se apagó.

Luego otra.

La tercera quedó viva, temblorosa, dando una luz pobre sobre el charco, el panel y los rostros reunidos.

Victorine se volvió hacia todos.

—Nadie volverá a esta galería esta noche.

—Una orden sensata —dijo Delacroix.

—Me alegra que la apruebe.

—No la apruebo. Solo la entiendo.

Varenne soltó una risa seca.

—¿Y qué propone usted, monsieur Valcour? ¿Que nos encerremos en nuestras habitaciones y esperemos a que la casa decida matarnos por turnos?

—No dramatice.

—¿No?

—Si la casa hubiera querido matarlo, monsieur Varenne, habría escogido un método menos conversador.

Félix soltó una tos que quizá ocultaba una risa.

Victorine no estaba para bromas.

—Regresen todos al salón. Félix cerrará la galería.

Renaudin habló entonces:

—No creo que sea necesario hacer tanto escándalo por un panel suelto.

Delacroix volvió hacia él la cabeza.

—Curioso.

—¿Qué cosa?

—Nadie había hablado de escándalo.

Renaudin sostuvo su mirada.

—No hacía falta. Se respiraba.

—Hay habitaciones que respiran cosas peores.

Maud Vernet se estremeció.

Marchal lo notó.

Delacroix también.

Victorine dio una palmada seca.

—Al salón. Todos.

La orden funcionó a medias. Los huéspedes regresaron en grupo, pero ya no eran un grupo. Eran individuos obligados a caminar en la misma dirección.

Eso siempre era más peligroso.

Delacroix se quedó un segundo más en la galería, junto a Félix.

—¿Puedo? —preguntó, señalando el panel.

—Madame dijo que nadie.

—Madame dijo que regresáramos al salón. Yo todavía estoy obedeciendo con lentitud.

Félix dudó.

Luego abrió apenas el panel.

Dentro había cables viejos, aislantes gastados, una pequeña placa metálica y una conexión más nueva que las demás.

Delacroix no tocó nada.

—¿Esa conexión es suya?

Félix siguió su mirada.

—No.

—¿Está seguro?

—Si fuera mía estaría mejor hecha.

—La vanidad profesional es una virtud muy útil.

Félix cerró el panel.

—Esto no me gusta.

—Eso demuestra buen gusto.

—No es una broma, monsieur.

—No he dicho que lo fuera.

El encargado lo miró con una mezcla de irritación y respeto involuntario.

—Usted no es un huésped normal.

—La normalidad está muy sobrevalorada.

—¿Quién es?

Delacroix sonrió apenas.

—Alban Valcour, por esta noche.

—¿Y mañana?

—Dependerá de la tormenta.

Félix no pareció satisfecho.

Pero tampoco insistió.

Regresaron al salón.

Allí los esperaba una escena distinta. Ya nadie hablaba de café ni de brandy. Victorine había mandado encender más velas. Las llamas multiplicaban las sombras en las paredes. El viento golpeaba los ventanales con tanta fuerza que parecía haber alguien afuera intentando entrar con los hombros.

Renaudin estaba sentado.

Varenne caminaba de un lado a otro.

Marchal observaba a Maud.

Oriane miraba a Delacroix.

Bréval miraba a todos.

Blanche no miraba a nadie.

Era una distribución muy elocuente.

—Propongo que todos nos retiremos —dijo Marchal—. La tensión no ayudará.

—La tensión rara vez necesita ayuda —respondió Delacroix.

—¿Y usted qué propone?

—Dormir, si alguien puede. Mentir con moderación, si alguien no puede. Y evitar los paneles eléctricos por puro afecto a la vida.

Varenne se detuvo.

—Está disfrutando esto.

Delacroix lo miró.

—No.

—Lo parece.

—Entonces debería mejorar mi rostro.

Renaudin se puso de pie.

—Yo sí me retiraré.

Victorine asintió.

—Buenas noches, monsieur Renaudin.

—Buenas noches.

El hombre cruzó el salón.

Al pasar junto a Maud Vernet, esta dijo algo apenas audible.

—No duerma demasiado tranquilo.

Renaudin se detuvo.

Todos lo vieron.

Delacroix también.

—¿Perdón? —dijo Renaudin.

Maud alzó la vista.

Su rostro era sereno.

Demasiado sereno.

—He dicho que no duerma demasiado cerca del frío. La galería está húmeda.

La corrección fue rápida.

Casi perfecta.

Pero la primera frase ya había existido.

Renaudin inclinó la cabeza.

—Gracias por su preocupación.

—No era preocupación.

Él no respondió.

Salió.

Esta vez Delacroix no lo siguió.

No hacía falta perseguir a un hombre que ya caminaba hacia algo.

La noche continuó durante media hora más, aunque nadie pudo haber dicho qué hicieron exactamente con ese tiempo. Algunos bebieron. Otros fingieron leer. Victorine revisó dos veces las puertas. Félix fue y vino desde el pasillo de servicio. Blanche retiró tazas que nadie había terminado.

Finalmente, los huéspedes empezaron a subir.

Primero Oriane.

Después Marchal.

Luego Bréval, murmurando que no podría dormir aunque le pagaran, lo cual a Delacroix le pareció una observación peligrosa en un escritor sin éxito.

Achille Varenne subió el último de ellos, con paso torpe, pero no tanto como quería aparentar.

Maud Vernet permaneció junto a la chimenea.

Delacroix se acercó.

—Madame.

—Monsieur Valcour.

—Su marido era ingeniero.

Ella no se sobresaltó.

Eso habría sido menos revelador.

Se quedó quieta.

—Sí.

—¿De puentes?

Por primera vez, Maud lo miró con algo que se parecía al miedo.

No miedo a él.

Miedo a que una puerta antigua acabara de abrirse.

—De estructuras —dijo.

—Una palabra amplia.

—Las palabras amplias permiten respirar.

—A veces también permiten esconder cadáveres.

Maud se puso de pie.

—No sé quién es usted, monsieur Valcour.

—Esta noche, casi nadie parece saber quién es nadie.

—Pero usted hace preguntas como si tuviera derecho.

—Es un vicio detestable.

—Debería corregirlo.

—A mi edad, las correcciones profundas son optimistas.

Maud tomó su chal del respaldo del sillón.

—Buenas noches.

—Buenas noches, madame Vernet.

Ella se marchó.

Delacroix quedó solo en el salón.

O creyó quedar solo.

—No debería provocarla.

La voz de Victorine Arbel llegó desde la puerta.

Delacroix no se volvió enseguida.

—¿A madame Vernet?

—A ninguno.

—Una recomendación ambiciosa.

—No conoce a estas personas.

—Empiezo a conocerlas.

—Eso es peor.

Delacroix giró hacia ella.

Victorine estaba junto a la puerta, con una vela en la mano y el rostro más cansado que severo.

—¿Por qué aceptó a tantos huéspedes en una noche así? —preguntó él.

—Cuando llegaron, no era una noche así.

—Las tormentas rara vez piden reserva.

—La casa necesita huéspedes.

—Todas las casas necesitan algo. Algunas, silencio.

Victorine apretó la vela.

—Monsieur Valcour, le agradezco su ingenio, pero no su intromisión.

—Una lástima. Suelo ofrecer ambos juntos.

—No sé quién es usted.

—Eso parece estar volviéndose contagioso.

—Pero si ha venido aquí por algo más que descanso, le advierto que esta casa no necesita problemas.

Delacroix la miró con cierta compasión.

—Madame Arbel, con todo respeto: su casa ya tiene problemas. Yo solo llegué tarde.

La propietaria no respondió.

En ese momento, todas las luces del salón se apagaron.

No parpadearon.

No dudaron.

Se apagaron.

La oscuridad cayó de golpe.

Completa.

Espesa.

La vela de Victorine quedó como un único ojo amarillo frente a Delacroix.

Desde la planta alta llegó un golpe.

Luego otro.

Después una voz.

No un grito todavía.

Una voz masculina, breve, ahogada, imposible de identificar.

Victorine dio un paso hacia la puerta.

—¿Qué ha sido eso?

Delacroix ya caminaba hacia el vestíbulo.

—El final del descanso, me temo.

Otro trueno cayó sobre La Maison de l’Orage.

Esta vez tan cerca que el suelo pareció responder.

Y en algún punto de la casa, quizá en la galería del norte, quizá más arriba, algo metálico vibró durante varios segundos, como si la tormenta acabara de pasar los dedos por una cuerda oculta.