Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 3 — El hotel se queda sin mundo
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Capítulo 3 — El hotel se queda sin mundo

La puerta que se había cerrado en la planta alta no volvió a abrirse.

Delacroix esperó unos segundos, con la vela en la mano, mirando hacia la escalera.

Nada.

Solo la lluvia.

Solo el viento.

Solo esa respiración vieja de la casa cuando la madera trabaja en la oscuridad y las paredes parecen recordar inviernos anteriores.

—¿Ha oído eso? —preguntó Anatole Bréval desde la puerta del salón.

Delacroix se volvió.

El escritor sostenía su libreta contra el pecho como si fuera un salvavidas pequeño y ridículo. La emoción le brillaba en los ojos, pero empezaba a mezclarse con algo más útil: miedo.

—Una puerta —respondió Delacroix.

—Sí, claro. Pero ¿qué puerta?

—Una que alguien prefirió cerrar.

Bréval sonrió, encantado a medias.

—Tiene usted un talento natural para sonar inquietante.

—No es talento. Es falta de azúcar.

Victorine Arbel apareció detrás de Bréval, más rígida que antes.

—¿Ocurre algo?

—Nada —dijo Delacroix—. Su hotel acaba de emitir una opinión.

—Mi hotel tiene demasiadas.

La propietaria miró hacia la escalera, pero no subió. Eso interesó a Delacroix. Una dueña verdaderamente preocupada por los ruidos investiga. Una dueña preocupada por lo que podría encontrar se queda abajo.

—¿Quién ocupa las habitaciones de esa planta? —preguntó él.

Victorine tardó apenas medio segundo en responder.

—Todos, salvo monsieur Marchal, que está en la primera. La casa no tiene tantos huéspedes como para hacer misterios con las habitaciones.

—Toda casa tiene tantos misterios como huéspedes, madame.

—Entonces esta noche estamos sobreocupados.

A Delacroix le gustó la respuesta.

No la creyó tranquila.

Pero le gustó.

Desde el salón llegó el golpe seco de una copa contra una mesa.

—¡Maldita sea! —exclamó Varenne.

Victorine cerró los ojos con resignación.

—Si me disculpa.

Volvió al salón.

Delacroix permaneció en el vestíbulo.

No tenía intención de subir todavía. Las casas desconocidas hablaban mejor cuando uno no les hacía demasiadas preguntas al principio.

En el pasillo de servicio apareció Blanche. Llevaba un cesto de leña entre los brazos y caminaba con ese tipo de prisa que no nace del trabajo, sino de las ganas de terminar de estar en un sitio.

Al verlo, se detuvo.

—Monsieur.

—Blanche.

La muchacha miró la vela.

—¿Quiere que le traiga un candelabro?

—Esta se defiende bastante bien.

—Madame Arbel prefiere que no se usen velas sueltas por la casa.

—Madame Arbel parece una mujer con preferencias firmes.

—Sí, monsieur.

—¿Y usted?

Blanche no entendió.

—¿Yo?

—¿Tiene preferencias firmes?

La muchacha bajó la mirada hacia el cesto.

—Prefiero que no haya tormenta.

—Una preferencia sensata, aunque poco influyente.

Blanche hizo una sonrisa pequeña. Murió enseguida.

—Será mejor que lleve esto al salón.

Delacroix se apartó para dejarla pasar.

Cuando Blanche avanzó, algo cayó del cesto y rodó por el suelo de piedra. No era un trozo de leña. Era una pieza metálica pequeña, oscura, como una arandela o una tuerca chamuscada.

La muchacha se puso pálida.

Delacroix se inclinó antes que ella.

Recogió la pieza.

Estaba tibia.

No caliente.

Tibia.

—Parece que la leña de esta casa viene muy trabajada —dijo.

Blanche extendió la mano.

—Se habrá mezclado abajo.

—¿En el sótano?

—Sí.

—¿Donde está el generador?

La muchacha tragó saliva.

—También se guarda leña.

Delacroix dejó la pieza en su palma.

—Qué sitio tan versátil.

Blanche cerró la mano con demasiada fuerza.

—Buenas noches, monsieur.

—Buenas noches.

La vio entrar al salón.

Luego miró el pasillo por el que ella había venido.

Sótano.

Generador.

Piezas metálicas tibias.

Nada de aquello era todavía una pista.

Pero a Delacroix siempre le habían interesado las cosas que no tenían derecho a parecer importantes y, sin embargo, se empeñaban.

Volvió al salón.

Achille Varenne estaba de pie junto a la chimenea, con el rostro más rojo que antes y una mancha de café sobre la manga.

Anatole Bréval lo miraba con la fascinación de un hombre que ya estaba redactando mentalmente una escena.

Oriane Fauvel, sentada en un sillón de respaldo alto, parecía rezar por la aparición inmediata de una biblioteca más silenciosa.

Théodore Marchal había tomado asiento cerca de Maud Vernet. No hablaban.

Renaudin, en cambio, estaba junto al ventanal.

De espaldas a todos.

Mirando la tormenta.

—Monsieur Renaudin —dijo Victorine—, le ruego que no se acerque tanto al cristal. Con este viento, no es prudente.

—No sabía que la prudencia también se administraba por distancia.

—En esta casa, esta noche, sí.

Renaudin obedeció, aunque tarde. Se apartó del ventanal y regresó hacia el grupo.

Delacroix notó que llevaba una mano en el bolsillo interior de la chaqueta.

La nota seguía allí.

O algo que deseaba comprobar a cada pocos minutos.

—No entiendo por qué no se puede despejar el camino —dijo Varenne.

Félix Noiret, que acababa de entrar por la puerta de servicio con ropa seca y gesto cansado, lo miró como se mira a un niño con un cuchillo.

—Porque el árbol no es una silla, monsieur.

—Hay hachas, supongo.

—Sí.

—Entonces se corta.

—Con este viento, de noche, bajo una tormenta, en una curva sin luz y con el barro cediendo bajo los pies.

Varenne abrió la boca.

Félix añadió:

—También hay formas más lentas de suicidarse, pero no muchas.

Oriane Fauvel cerró el libro.

—Por fin alguien sensato.

Victorine no parecía apreciar tanto la sensatez cuando venía envuelta en brusquedad.

—Félix, bastará con decir que no es posible hasta mañana.

—No es posible hasta mañana —dijo Félix, sin mirar a Varenne.

—¿Y el teléfono? —preguntó Marchal.

—Muerto.

La palabra cayó con una torpeza involuntaria.

Todos la sintieron.

Félix se aclaró la garganta.

—La línea está caída. Quizá por el árbol. Quizá antes.

—¿No hay otro modo de avisar al pueblo? —preguntó Bréval.

—Una paloma con mucha fe —dijo Oriane.

Nadie rió.

Ni siquiera Bréval.

Victorine apretó las manos.

—Señores, señoras, insisto. La situación es incómoda, no peligrosa. Pasaremos la noche aquí, esperaremos a que amaine y mañana Félix revisará el camino con luz.

—¿Y si alguien necesita marcharse antes? —preguntó Renaudin.

La pregunta fue suave.

Demasiado suave.

Victorine lo miró.

—¿Necesita usted marcharse, monsieur?

—He preguntado “si alguien”.

—Nadie necesita marcharse esta noche.

—Qué tranquilizador debe de ser decidir las necesidades ajenas.

Maud Vernet alzó los ojos hacia él.

—Hay decisiones ajenas que arruinan vidas enteras.

El salón se quedó inmóvil.

La frase había sido clara.

No fuerte.

No teatral.

Clara.

Renaudin volvió la cabeza hacia ella.

—¿Decía, madame?

Maud parpadeó, como si acabara de despertarse.

—Nada. Hablaba de manera general.

—Las generalidades son una forma cobarde de la precisión.

—Y la precisión, a veces, una forma elegante de crueldad.

Delacroix apoyó la vela sobre una mesita.

La conversación acababa de dejar de fingir que era conversación.

Marchal se inclinó hacia Maud.

—Madame Vernet, quizá debería descansar.

—Estoy perfectamente.

—No lo parece.

—Usted no es mi médico.

—No he dicho que lo sea.

—Entonces no diagnostique.

Marchal se echó hacia atrás.

Victorine intervino con la rapidez de quien teme que las grietas lleguen a la pared principal.

—Blanche, más café.

—No —dijo Varenne—. Brandy.

—Café —repitió Victorine.

Blanche obedeció.

Mientras la muchacha servía, la casa emitió un crujido largo, seguido de un golpe en algún punto del piso superior. Esta vez no fue una puerta. Fue algo que caía.

Todos miraron hacia el techo.

—Una rama —dijo Félix.

—¿Dentro de la casa? —preguntó Bréval.

—Sobre el tejado.

—Ah.

El escritor no parecía decepcionado por la explicación.

Parecía decepcionado por no haberla pensado él.

Victorine se volvió hacia Félix.

—Revise la galería del norte. Si hay filtraciones, quiero saberlo ahora.

Félix asintió.

—Voy.

—Lleve una lámpara.

—Ya lo pensaba hacer.

La propietaria lo miró.

Félix corrigió el tono.

—Sí, madame.

Salió.

Delacroix dejó pasar unos segundos y se levantó.

—Estiraré un poco las piernas.

—La casa no es grande —dijo Victorine.

—Mis piernas tampoco tienen grandes ambiciones.

—Le ruego que no suba a la galería. Félix está trabajando.

—Jamás me interpondría entre un hombre y una gotera.

Victorine no pudo impedir que se marchara.

Eso también le molestó.

El pasillo exterior estaba más frío que el salón. La tormenta se escuchaba distinta allí, menos protegida por las conversaciones. Cada relámpago hacía vibrar los marcos de los cuadros. Cada trueno parecía encontrar un hueco nuevo por donde entrar.

Delacroix caminó sin prisa.

No fue hacia la galería del norte.

Todavía.

Primero pasó junto al comedor vacío, donde las copas recogían destellos de las lámparas como pequeños ojos. Después avanzó hacia el corredor lateral que llevaba al despacho de escritura y a la escalera secundaria.

Allí oyó voces.

Se detuvo.

No hizo nada tan vulgar como pegarse a la pared.

Simplemente dejó de avanzar.

La voz de Varenne llegó primero.

—No pienso esperar eternamente.

La otra voz era más baja.

Femenina.

—Esta noche no puede hacer nada.

—Usted no sabe lo que puedo hacer.

—Sé lo que hizo antes. Fue suficiente.

Silencio.

Delacroix no movió un músculo.

Varenne habló otra vez, más áspero:

—Los muertos no firman recibos.

La frase quedó suspendida en el pasillo.

Pesada.

Exacta.

Luego la voz femenina respondió:

—No todos los muertos están muertos del todo.

Pasos.

Delacroix retrocedió apenas, lo justo para quedar frente a un cuadro oscuro donde se veía un molino bajo un cielo insoportable. Adoptó la expresión de un hombre que contempla arte malo por cortesía hacia los muebles.

Achille Varenne apareció desde el recodo.

Al verlo, se detuvo.

—¿Otra vez perdido, monsieur Valcour?

—Empiezo a creer que esta casa cambia de sitio cuando uno no la mira.

Varenne lo observó con desconfianza.

—¿Ha oído algo?

Delacroix giró hacia él.

—El viento.

—Pregunto si ha oído voces.