Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 2 — La cena de los desconocidos #2
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Capítulo 2 — La cena de los desconocidos #2

Anatole Bréval, por supuesto, abrió la libreta.

Delacroix se levantó.

—Creo que yo también escribiré una carta.

Victorine lo miró.

—¿También urgente?

—No. Las mías suelen llegar tarde incluso cuando las escribo pronto.

Salió al pasillo.

No siguió a Renaudin de inmediato. Habría sido grosero. Peor aún: evidente.

Se detuvo junto al mostrador del vestíbulo y examinó los cuadros de la pared con mucho interés fingido.

Había paisajes de la región, todos igual de sombríos, todos pintados por alguien que desconfiaba del sol.

En uno de ellos aparecía la casona vista desde el valle.

La torre lateral destacaba como un dedo levantado contra el cielo.

Desde el pasillo de la derecha llegó el sonido de una puerta.

Luego pasos.

Renaudin no caminaba como un hombre asustado.

Caminaba como un hombre que no quería parecerlo.

Delacroix aguardó un poco más y avanzó hacia el corredor.

La luz era más débil allí. Las lámparas temblaban con cada golpe de viento. Al fondo, una ventana estrecha dejaba ver la lluvia corriendo por el cristal como si alguien derramara cubos desde el tejado.

Renaudin estaba de espaldas, bajo una lámpara, leyendo la nota.

El sobre blanco había desaparecido.

El papel temblaba apenas entre sus dedos.

Delacroix solo alcanzó a ver una palabra antes de que Renaudin doblara la hoja.

Veyrac.

El nombre le llegó como llegan ciertas palabras en las investigaciones: sin explicación, pero con peso.

Renaudin guardó la nota en el bolsillo.

—¿Buscaba algo, monsieur Valcour?

No se había vuelto.

Delacroix sonrió.

—El despacho de escritura.

—Está al otro lado.

—Eso explica que no lo haya encontrado.

Renaudin giró lentamente.

Su rostro había recuperado la máscara, pero no del todo. Había una grieta fina en la frente. Algo mínimo. Algo humano.

—Las casas desconocidas son confusas —dijo.

—Sobre todo de noche.

—Sobre todo para quienes no saben qué puerta abrir.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Por suerte, yo no tengo prisa.

Renaudin lo estudió.

—¿Nunca?

—Solo cuando alguien intenta servirme sopa fría.

No hubo sonrisa.

Renaudin pasó junto a él en dirección a la escalera.

—Buenas noches, monsieur Valcour.

—Buenas noches, monsieur Renaudin.

El hombre subió sin mirar atrás.

Delacroix permaneció en el corredor.

Veyrac.

No conocía el nombre, o al menos no lo suficiente para ubicarlo de inmediato. Podía ser un pueblo, una familia, una fábrica, una finca, un apellido. Pero había visto demasiadas veces el efecto de una palabra antigua en un rostro culpable.

No era la palabra la que asustaba.

Era lo que traía consigo.

Delacroix volvió al vestíbulo.

Junto al mostrador, Victorine Arbel hablaba en voz baja con un hombre de unos cuarenta años, hombros fuertes, pelo oscuro pegado a la frente y botas manchadas de barro. Debía de ser Félix Noiret, el encargado de mantenimiento.

La dueña del hotel lo vio acercarse y cortó la conversación.

Demasiado tarde.

Delacroix había oído lo suficiente.

—...si el agua sube otro palmo, nadie cruza hasta mañana —decía Félix.

Victorine enderezó la espalda.

—Monsieur Valcour.

—Madame.

Félix se quitó la gorra con torpeza.

—Buenas noches.

—Buenas noches. Usted debe de ser quien mantiene esta casa en pie.

—Hago lo que puedo.

—Una frase prudente. Sirve para casas, matrimonios y gobiernos.

Félix no supo qué responder.

Victorine sí.

—Félix acaba de revisar el puente.

—¿Y el puente ha expresado alguna opinión?

—La de siempre —dijo Félix—. Que lo dejen en paz.

Delacroix empezó a apreciar al hombre.

—¿Está cortado?

Victorine respondió antes que él.

—No oficialmente.

—Qué alivio. Siempre es mejor quedar atrapado de manera extraoficial.

La dueña lo miró con severidad.

—No estamos atrapados, monsieur Valcour.

En ese momento, desde algún lugar del exterior llegó un estruendo profundo. No fue un trueno. Fue madera quebrándose. Un golpe sordo, largo, seguido de un crujido que pareció bajar por la ladera.

Félix se volvió hacia la puerta.

Victorine cerró los ojos un instante.

Delacroix suspiró.

—Me temo que la naturaleza no comparte su optimismo.

Félix tomó una lámpara.

—Voy a mirar.

—No irá solo —dijo Victorine.

—Madame, con todo respeto, si alguien más sale con este tiempo, tendré dos problemas.

La mujer dudó.

Delacroix intervino:

—Tiene razón.

Victorine lo miró.

—¿Sobre salir solo?

—Sobre tener dos problemas.

Félix abrió la puerta.

El viento entró como un animal.

La llama de la lámpara casi se apagó. La lluvia salpicó el suelo de piedra. Durante un instante, el vestíbulo dejó de pertenecer al hotel y pasó a pertenecer a la tormenta.

Félix salió.

Victorine cerró con esfuerzo.

La casa pareció encogerse.

Desde el salón llegó la voz de Bréval:

—¿Ha pasado algo?

Victorine se alisó el vestido.

—Nada que requiera su entusiasmo.

Pero sí había pasado algo.

Delacroix lo sintió en la quietud posterior.

Las casas, como las personas, cambian cuando comprenden que ya no pueden huir.

Minutos después, Félix volvió empapado, con barro hasta las rodillas y el rostro endurecido.

Victorine se adelantó.

—¿Y bien?

Félix dejó la lámpara sobre el mostrador.

—Un árbol cayó sobre el camino de subida. Grande. No se puede pasar con carruaje.

—¿Y el puente?

—El agua está por encima de las piedras.

—¿Se puede cruzar a pie?

Félix negó.

—No esta noche.

La frase atravesó el vestíbulo, llegó al salón y apagó incluso a Anatole Bréval.

Victorine no se movió.

—Gracias, Félix. Cámbiese antes de enfermar.

—Sí, madame.

El encargado se marchó por el pasillo de servicio.

Durante unos segundos, nadie habló.

Luego Achille Varenne apareció en la puerta del salón.

—¿Qué significa eso?

—Significa —dijo Victorine— que sería imprudente salir hasta que amaine.

—¿Imprudente o imposible?

—Imprudente.

Varenne soltó una risa amarga.

—A usted le gustan mucho las palabras cómodas.

Delacroix se volvió hacia él.

—Las incómodas no secan los caminos más deprisa.

Varenne lo miró con brusquedad.

—¿Y a usted quién le ha preguntado?

—Nadie. Por eso he sido breve.

El comerciante dio un paso hacia él.

Théodore Marchal apareció detrás y le puso una mano en el hombro.

—Achille.

No dijo más.

No hizo falta.

Varenne se apartó.

—Necesito beber.

—Eso tampoco arreglará el camino —dijo Oriane desde el salón.

—Pero mejora la espera.

—Solo para quien bebe.

Victorine alzó la voz.

—Señores, señoras. La situación no es grave. La casa es segura, hay comida suficiente, el generador funciona y la tormenta pasará.

Delacroix miró las lámparas.

Parpadearon justo entonces.

Una.

Dos veces.

Luego se estabilizaron.

—Muy teatral —murmuró Bréval.

—Muy antiguo —corrigió Félix desde el fondo del pasillo, antes de desaparecer.

Maud Vernet se había quedado junto a la puerta del salón. No miraba a Victorine, ni a Varenne, ni al corredor por donde había subido Renaudin.

Miraba la escalera.

Delacroix se acercó a ella con la lentitud cortés de Alban Valcour.

—Parece preocupada, madame Vernet.

Ella tardó en responder.

—No me gustan las tormentas.

—A pocas personas les gustan cuando se toman tantas molestias.

—Mi marido decía que el cielo solo hace ruido cuando los hombres no escuchan.

La frase era bonita.

Demasiado bonita para haber nacido en una conversación casual.

—Su marido debía de ser poeta.

Maud negó suavemente.

—No. Ingeniero.

Delacroix no dijo nada.

Ingeniero.

Veyrac.

La casa.

La tormenta.

Renaudin.

Una cadena todavía incompleta, pero ya visible en la mesa de su pensamiento.

Maud pareció advertir que había dicho demasiado.

—Buenas noches, monsieur Valcour.

—Buenas noches, madame Vernet.

Ella subió la escalera.

A medio camino se cruzó con Renaudin, que bajaba otra vez.

Ambos se detuvieron.

No hablaron.

No se tocaron.

No se saludaron.

Pero Delacroix vio el instante exacto en que el aire entre los dos se volvió más pesado que el resto de la casa.

Renaudin fue el primero en apartarse.

Maud siguió subiendo.

Él bajó hasta el vestíbulo con paso tranquilo.

Demasiado tranquilo.

—Parece que no podremos abandonar el hotel esta noche —dijo Delacroix.

Renaudin se ajustó el puño de la camisa.

—Hay noches que conviene atravesar bajo techo.

—Depende del techo.

—Y de la compañía.

—Eso ya es más difícil de reparar.

Renaudin lo miró.

—Tiene usted opiniones sobre todo, monsieur Valcour.

—No. Solo sobre lo que estorba.

Por un instante, Delacroix pensó que el otro iba a responder con dureza.

Pero Renaudin se limitó a sonreír.

—Entonces esta noche trabajará mucho.

Y regresó al salón.

Delacroix se quedó en el vestíbulo, oyendo la lluvia contra la puerta principal.

Había llegado a La Maison de l’Orage para desaparecer.

Alban Valcour.

Un nombre prestado.

Una habitación tranquila.

Tres días sin cadáveres, sin coartadas, sin personas que ocultaran una culpa detrás de una buena educación.

Pero la vida tenía un sentido del humor mediocre.

Arriba, en alguna habitación, una mujer que decía temer las tormentas acababa de hablar de un marido ingeniero.

En el bolsillo de Géraud Renaudin había una nota con el nombre de Veyrac.

En el salón, Achille Varenne bebía como un hombre que necesitaba valor para no hacer algo.

Y afuera, el mundo acababa de cerrarse.

Delacroix tomó una vela del mostrador y la encendió con calma.

No porque la necesitara todavía.

Por previsión.

La llama prendió pequeña, amarilla, obstinada.

Entonces las luces del vestíbulo parpadearon otra vez.

Esta vez no volvieron de inmediato.

Durante tres segundos, La Maison de l’Orage quedó suspendida en una oscuridad absoluta.

Alguien contuvo la respiración en el salón.

Alguien más dejó caer una copa.

Después la luz regresó.

Más débil.

Más cansada.

Delacroix miró la vela encendida entre sus dedos.

—Naturalmente —dijo.

Y en la planta alta, muy lejos o quizá demasiado cerca, una puerta se cerró con cuidado.