Capítulo 2 — La cena de los desconocidos
Después del trueno, nadie volvió del todo a la conversación.
Eso era algo que Delacroix había aprendido con los años: una mesa podía seguir haciendo ruido mucho después de haberse callado.
Los cubiertos contra la porcelana. La leña en la chimenea.
La lluvia contra los cristales. Una tos.
Un sorbo. El roce de una servilleta. Todos esos sonidos fingían normalidad, pero en realidad solo servían para subrayar lo que nadie se atrevía a decir.
Había una nota en el bolsillo de Géraud Renaudin.
Y todos habían visto que había una nota.
Incluso quienes fingían no haberla visto.
Renaudin, por su parte, parecía haber recuperado una serenidad casi ofensiva. Cortaba la trucha con precisión, bebía agua en pequeños sorbos y mantenía los hombros relajados. Era una calma construida, no natural. Una de esas calmas que no nacen de la tranquilidad, sino de la práctica.
Delacroix conocía esa clase de hombres.
No se dominaban porque tuvieran la conciencia limpia.
Se dominaban porque llevaban años evitando que se les notara la suciedad.
—Decía usted, monsieur Bréval —comentó Victorine Arbel—, que había venido a escribir.
El escritor alzó la cabeza con una sonrisa inmediata, agradecido de que alguien volviera a poner palabras sobre la mesa.
—A intentarlo, madame. Escribir es una ocupación que rara vez se deja hacer.
—Qué tragedia tan cómoda —dijo Oriane Fauvel, sin apartar la vista del plato.
Bréval parpadeó.
—Perdón.
—Nada. Pensaba en voz alta.
—No parecía un pensamiento particularmente amable.
—No todos lo son.
Delacroix bebió un poco de vino.
Oriane Fauvel era, por el momento, la persona más interesante de la sala. No porque hablara mucho, sino porque hablaba como quien recorta. Sus frases no se extendían: caían.
Anatole Bréval decidió reír.
—Veo que esta casa no favorece la indulgencia.
—Esta casa favorece la humedad —dijo Achille Varenne—. Lo demás lo pone cada uno.
Victorine Arbel le dirigió una mirada fría.
—Lamento que su estancia no esté siendo satisfactoria, monsieur Varenne.
—No he dicho eso.
—Lo dice desde que llegó.
Varenne abrió la boca, pero se contuvo.
No era cobardía.
Era cálculo.
Delacroix lo anotó mentalmente. Los hombres verdaderamente impulsivos no se frenan a tiempo. Achille Varenne quería parecer más descontrolado de lo que era. Eso no lo hacía inocente, desde luego. Solo lo hacía menos simple.
—A mí me parece una casa magnífica —intervino Théodore Marchal, con esa voz pausada que algunos médicos conservaban incluso después de jubilarse, como si el mundo siguiera esperando su diagnóstico—. Antigua, sí. Incómoda por momentos, quizá. Pero magnífica.
—Las casas antiguas siempre guardan algo —dijo Maud Vernet.
Fue la primera frase que pronunció sin que alguien se dirigiera a ella.
Todos la miraron.
Ella pareció arrepentirse de inmediato. Bajó los ojos hacia sus manos.
—Disculpen. No pretendía sonar melodramática.
—No se disculpe —dijo Renaudin—. La frase es bastante exacta.
Maud no lo miró.
Delacroix sí.
Renaudin sonreía con cortesía, pero había una tensión mínima en la mandíbula. Una cuerda invisible. Algo en la voz de Maud Vernet le había tocado un nervio.
Interesante.
—¿Conocía usted la casa, monsieur Renaudin? —preguntó Delacroix.
Renaudin giró hacia él con una lentitud medida.
—No.
—Lo parecía.
—¿De veras?
—Habló como quien confirma una sospecha antigua.
Anatole Bréval volvió a sacar su libreta.
—Eso es bueno.
—No para usted, monsieur Bréval —dijo Delacroix.
—¿Por qué?
—Porque acaba de perder naturalidad.
Bréval miró la libreta, luego a Delacroix.
—Tiene usted una forma muy agresiva de ser educado, monsieur Valcour.
—Es un defecto de familia.
—¿Familia antigua?
—No. Defecto antiguo.
Oriane Fauvel dejó escapar algo parecido a una risa.
Muy breve.
Casi imperceptible.
Pero Delacroix la oyó.
Renaudin también.
La cena avanzó con una lentitud engañosa.
La tormenta no. La tormenta se movía con prisa.
A cada minuto caía más agua. El viento golpeaba los postigos de la planta superior y hacía gemir alguna parte del tejado.
De vez en cuando, la luz eléctrica se debilitaba y las lámparas quedaban suspendidas en un amarillo enfermo antes de recuperar fuerza.
Victorine Arbel lo toleraba todo con una dignidad rígida.
Pero no estaba tranquila.
Miraba demasiado a menudo hacia la puerta del pasillo.
Esperaba a alguien.
O temía que alguien entrara.
A los postres, Blanche apareció con una tarta de manzana y el rostro aún más pálido que antes. Se movía con cuidado, como si la bandeja pesara menos que sus propios pensamientos.
Cuando sirvió a Maud Vernet, esta le tocó apenas la muñeca.
—Gracias.
Blanche se sobresaltó.
La reacción fue pequeña, pero absurda. Nadie se sobresalta porque le den las gracias.
Delacroix siguió comiendo.
La tarta estaba mejor de lo que esperaba.
Eso, en una noche así, también podía considerarse una pista a favor de la humanidad.
—Blanche —dijo Victorine—, ¿ha vuelto Félix?
La muchacha asintió.
—Sí, madame. Está abajo.
—¿Y?
Blanche miró a los huéspedes. Dudó.
Victorine apretó los labios.
—Puede hablar.
—Dice que el camino del puente está muy mal. El arroyo creció demasiado.
—¿Cortado?
—Todavía no lo sabe.
—Entonces que lo sepa.
Blanche inclinó la cabeza y salió.
El silencio quedó sobre la mesa como una servilleta sucia.
—¿Puente? —preguntó Bréval, con entusiasmo mal disimulado.
Victorine Arbel dejó la cuchara.
—Hay un puente pequeño al pie de la ladera. Si el arroyo crece, el paso puede volverse peligroso.
—¿Peligroso o imposible?
—Peligroso ya lo es, monsieur Bréval. Imposible es una palabra que prefiero reservar para momentos más dramáticos.
—Como escritora de hotel, madame, habría tenido usted éxito —dijo Delacroix.
—Como huésped, monsieur Valcour, empieza a preocuparme su necesidad de convertir todo en una frase.
—Es mi manera de no convertirlo en una queja.
Victorine pareció aceptar aquello como una tregua.
Achille Varenne empujó la silla hacia atrás.
—Necesito aire.
—No le aconsejo salir —dijo Marchal—. Con este viento podría caerse una rama.
—He sobrevivido a cosas peores que una rama.
Renaudin habló sin alzar la voz:
—Eso dicen siempre los hombres que aún no han recibido el golpe.
Varenne se quedó inmóvil.
Fue apenas un segundo.
Pero la mesa entera lo sintió.
—¿Qué ha querido decir? —preguntó Varenne.
Renaudin se limpió los labios con la servilleta.
—Nada en particular.
—No. Usted nunca dice nada en particular.
—Y usted, monsieur Varenne, siempre oye demasiado.
La mano de Varenne se cerró sobre el respaldo de la silla.
Théodore Marchal intervino con suavidad:
—Caballeros, no creo que la noche necesite ayuda para volverse desagradable.
—Naturalmente —dijo Renaudin.
Varenne soltó la silla.
—Voy al salón.
—El café se servirá allí —dijo Victorine.
—Entonces me adelanto al café.
Salió sin mirar a nadie.
Delacroix observó el movimiento de las miradas después de la salida.
Marchal miró a Renaudin.
Oriane miró a Maud.
Maud miró sus manos.
Renaudin no miró a nadie.
Eso también era una manera de mirar.
La cena terminó poco después.
No por acuerdo.
Por agotamiento.
Victorine condujo a los huéspedes al salón contiguo, una estancia más recogida, con sillones de terciopelo oscuro, una mesa baja, una biblioteca cerrada con llave y un ventanal que daba al jardín trasero.
El fuego ardía mejor allí. Quizá porque la habitación era más pequeña.
Quizá porque las personas, cuando se sienten atrapadas, agradecen cualquier ilusión de refugio.
Delacroix escogió un sillón desde el que podía ver la puerta, el ventanal y el perfil de Renaudin reflejado en el cristal.
Vieja costumbre.
No siempre útil.
Jamás lamentada.
Blanche sirvió café.
Afuera, el cielo volvió a desgarrarse con un relámpago. Durante un instante, el jardín apareció blanco y furioso: árboles inclinados, grava inundada, un banco de piedra, una estatua sin cabeza junto a un seto.
Luego volvió la oscuridad.
—Encantador —dijo Bréval—. Absolutamente encantador.
—Tiene usted una idea muy generosa del encanto —dijo Oriane.
—Soy escritor. Vivo de exagerar.
—Eso explica la libreta, no la sonrisa.
Bréval cerró la libreta.
—Madame Fauvel, empiezo a sospechar que le desagrado.
—Qué alivio. Pensé que tendría que esforzarme más.
Maud Vernet sonrió.
Esta vez Delacroix lo vio con claridad. Una sonrisa pequeña, involuntaria, casi joven.
Después miró hacia Renaudin.
Y la sonrisa desapareció.
Delacroix dejó la taza sobre el plato.
—¿Hace mucho que están todos alojados aquí? —preguntó, con el tono casual de un hombre que no tiene nada mejor que hacer.
Victorine respondió primero.
—Monsieur Marchal llegó hace una semana. Madame Fauvel, hace cuatro días. Madame Vernet, hace tres. Monsieur Bréval, anteayer. Monsieur Varenne, ayer. Monsieur Renaudin, esta mañana. Usted, esta tarde.
—Una casa en plena temporada.
—No estamos en plena temporada.
—Entonces una casa con mucho magnetismo.
—O con malos caminos —dijo Marchal.
—Los malos caminos explican que uno no se marche. No que llegue.
Marchal lo miró con interés.
—¿Es usted filósofo, monsieur Valcour?
—No. Solo soy un hombre que ha tomado demasiados carruajes incómodos.
Renaudin se puso de pie.
—Si me disculpan, me retiraré un momento.
Victorine alzó la vista.
—¿Necesita algo?
—No, madame. Solo enviar una carta que debí escribir antes de la cena.
—Me temo que con este tiempo no saldrá correo hasta mañana.
—Eso no impide escribirla.
—Desde luego.
Renaudin hizo una inclinación mínima y abandonó el salón.
Delacroix no se movió.
No todavía.
Contó hasta ocho.
Achille Varenne, que había vuelto y permanecía de pie junto a la chimenea, miró hacia la puerta con rabia mal disimulada.
Maud Vernet apretó los dedos contra la taza.
Théodore Marchal cerró los ojos un instante, como si acabaran de anunciar un síntoma esperado.
Oriane Fauvel pasó otra página sin leerla.