Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17)
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Capítulo 1 — Un nombre prestado
La primera gota cayó sobre el cristal de la ventanilla cuando Armand Delacroix vio el cartel del hotel.
No era una gota tímida.
No era una advertencia.
Era una declaración de guerra.
Golpeó el cristal con un sonido seco, casi insolente, y luego otras la siguieron de inmediato, gruesas, oscuras, furiosas, como si el cielo hubiera estado esperando a que el camino se estrechara para empezar a derrumbarse.
Delacroix levantó la vista.
A unos cien metros, entre cipreses doblados por el viento, apareció la silueta de la casona.
La Maison de l’Orage.
El nombre estaba escrito en letras negras sobre una placa de hierro, junto a una verja entreabierta que chirriaba con cada embate del aire.
Delacroix observó la placa durante unos segundos.
—Modesto —murmuró.
El cochero no lo oyó, o fingió no oírlo.
Era un hombre corto de palabras, ancho de cuello y muy dispuesto a dejar a su pasajero cuanto antes.
Habían subido durante casi media hora por un camino cada vez más estrecho, bordeado por árboles desnudos, piedras húmedas y curvas que parecían diseñadas por alguien con una idea muy pobre de la misericordia.
—Ya hemos llegado, monsieur —dijo el cochero, deteniendo el carruaje frente a la entrada principal—. Y menos mal.
Delacroix miró el edificio.
La casona tenía tres plantas, una torre lateral y una galería acristalada que se asomaba al valle como si quisiera vigilarlo. Las ventanas estaban iluminadas por dentro, pero la luz no conseguía hacerla acogedora. Al contrario. La hacía parecer despierta.
Una casa demasiado antigua para dormir bien.
—¿Siempre llueve así por aquí? —preguntó Delacroix.
El cochero soltó una risa breve.
—No, monsieur.
Delacroix esperó.
El hombre añadió:
—A veces empeora.
Aquello bastó.
Delacroix bajó del carruaje con su maleta en una mano y el sombrero bien sujeto con la otra. El viento le golpeó el abrigo, le empujó la bufanda hacia atrás y le dejó en la cara esa humedad fría que no termina de ser lluvia hasta que ya es demasiado tarde.
El cochero descargó el equipaje restante, recibió su pago con la gratitud de quien acaba de sobrevivir a una mala idea y volvió a subir al pescante.
—¿No se queda? —preguntó Delacroix.
—Ni muerto.
El caballo protestó antes de arrancar.
Delacroix lo vio alejarse por el camino, cada vez más borroso entre la lluvia.
Luego se volvió hacia la casona.
La puerta se abrió antes de que llamara.
Una mujer alta, delgada, vestida de negro con una sobriedad casi militar, apareció bajo el marco. Tenía el cabello gris recogido en un moño perfecto y unos ojos que parecían haber aprendido a sonreír sin ayuda de la boca.
—Monsieur Valcour, supongo.
Delacroix inclinó apenas la cabeza.
—Alban Valcour.
El nombre salió con naturalidad.
No le gustaban las mentiras innecesarias, pero aquella no era exactamente una mentira. Era un descanso.
Durante los últimos tres días, en Saint-Auban, había tenido que soportar demasiadas palmadas en la espalda, demasiadas cenas de agradecimiento y demasiadas personas empeñadas en contarle que siempre habían sabido quién era el culpable.
No lo habían sabido.
Nunca lo sabían.
Pero eso no les impedía decirlo después.
Así que, cuando decidió quedarse un par de noches en aquella casona recomendada por el comisario local, había hecho algo impropio de él y, precisamente por eso, delicioso: se había registrado con un nombre prestado.
Alban Valcour.
Un hombre sin pasado.
Un huésped más.
Nadie.
La mujer le tendió una mano seca.
—Victorine Arbel. Propietaria de La Maison de l’Orage.
—Un nombre audaz para un hotel.
—Un nombre honesto, monsieur.
Delacroix miró el cielo, que en ese momento lanzó un trueno lejano.
—La honestidad suele ser menos ruidosa.
Por primera vez, la mujer sonrió de verdad.
—Entre, por favor. Va a caer una buena.
Delacroix cruzó el umbral.
El vestíbulo olía a madera encerada, piedra mojada y chimenea antigua. Había un mostrador pequeño a la izquierda, un perchero de hierro, varios cuadros de paisajes sombríos y una escalera central que subía hacia las habitaciones con una dignidad un poco teatral.
Todo estaba limpio.
Todo estaba cuidado.
Y, aun así, algo en la casa daba la impresión de haber sido reparado muchas veces sin haber sido curado nunca.
Victorine Arbel tomó una campanilla y la agitó una sola vez.
El sonido se perdió hacia el fondo.
—Su habitación está preparada. Segunda planta, número siete. Da al bosque.
—Qué consideración.
—Las habitaciones que dan al valle son más solicitadas.
—Entonces ha tenido usted la bondad de no tentarme con la vanidad.
—He tenido la prudencia de no darle una habitación donde el viento golpea los cristales toda la noche.
—Eso también es una forma de bondad.
Una muchacha apareció por el pasillo lateral.
Era joven, de mejillas pálidas y manos rápidas. Llevaba un delantal blanco y una expresión de quien había sido interrumpida en medio de tres tareas distintas.
—Blanche, acompaña al señor Valcour a la habitación siete.
—Sí, madame.
Blanche tomó la maleta de Delacroix, pero él no la soltó.
—No pesa demasiado.
—En esta casa todo pesa más cuando llueve, monsieur.
Victorine Arbel la miró.
La muchacha bajó los ojos.
Delacroix sonrió apenas.
—Entonces la llevaré yo. No quisiera agravar la meteorología.
Blanche pareció no saber si aquello era una broma, una cortesía o una rareza. Optó por subir las escaleras.
Delacroix la siguió.
En la primera planta, una puerta se abrió al paso de ambos. Del interior salió un hombre grueso, de bigote bien recortado y chaleco demasiado ajustado. Tenía el rostro colorado, los ojos inquietos y una copa vacía en la mano.
—¿Ha llegado alguien más? —preguntó.
Blanche se detuvo.
—Un huésped, monsieur Varenne.
El hombre miró a Delacroix con una mezcla de curiosidad y fastidio.
—Mal día para llegar.
—Los días buenos tienen demasiada competencia —respondió Delacroix.
El hombre no pareció encontrarle gracia.
—Achille Varenne —dijo, sin ofrecer la mano.
—Alban Valcour.
—¿Viene de lejos?
—Lo suficiente.
—Todos venimos de lo suficiente —masculló Varenne.
Y cerró la puerta.
Blanche volvió a caminar.
—Monsieur Varenne está nervioso —dijo, casi en un susurro.
—Eso he notado.
—Por la tormenta.
—Naturalmente.
La muchacha no añadió nada.
Delacroix tampoco.
La habitación siete era pequeña, sobria y agradable. Una cama de madera oscura, una mesa junto a la ventana, un armario, una jofaina de porcelana y una lámpara con pantalla color crema. Desde la ventana se veía el bosque agitado por el viento, aunque la lluvia empezaba a borrar los troncos.
Blanche dejó una vela sobre la mesa.
—Por si se va la luz.
—¿Suele irse?
La muchacha dudó un instante.
—Cuando la tormenta se pone así, sí.
—Comprendo.
—La cena será a las ocho, en el comedor principal.
—Allí estaré.
Blanche se dirigió a la puerta, pero antes de salir miró la ventana.
No la miró como quien mira la lluvia.
La miró como quien escucha algo detrás de ella.
—¿Ocurre algo? —preguntó Delacroix.
—No, monsieur.
Demasiado rápido.
La muchacha salió.
Delacroix dejó la maleta sobre la cama, se quitó los guantes y se acercó al cristal. El bosque se inclinaba y se enderezaba con una violencia casi humana. Más allá, en alguna parte que la lluvia escondía, debía de estar el valle.
La Maison de l’Orage.
La casa de la tormenta.
Delacroix había conocido hoteles con nombres más alegres y propietarios mucho menos honestos.
Se lavó las manos, se cambió de cuello y bajó al comedor a las ocho menos cinco.
Le gustaba llegar un poco antes.
No por educación.
Por ventaja.
El comedor principal era una sala larga, iluminada por lámparas de pared y presidida por una chimenea donde ardían troncos húmedos. La lluvia golpeaba los ventanales con una insistencia ya plena, y el viento se colaba por algún punto mal sellado con un silbido fino.
Había siete personas reunidas.
Victorine Arbel ocupaba un extremo de la sala, vigilando a los criados como una reina de un reino con goteras.
Achille Varenne estaba junto a la chimenea, bebiendo demasiado rápido.
Un hombre de barba blanca y manos limpias observaba el fuego con expresión médica, aunque Delacroix todavía no sabía su nombre.
Una mujer joven, vestida de gris oscuro, permanecía sentada cerca de la ventana, con las manos juntas sobre el regazo. No era hermosa de una manera llamativa. Era algo más peligroso para una habitación llena de desconocidos: parecía triste.
Otra mujer, más seca y angulosa, leía un libro sin pasar página.
Un hombre delgado, con nariz afilada y mirada de escritor hambriento, tomaba notas en una libreta.
Y junto al aparador, de espaldas al fuego, estaba Géraud Renaudin.
Delacroix lo reconoció como se reconoce a cierta clase de hombres: no por haberlos visto antes, sino por haber visto muchas veces lo que dejan a su paso.
Renaudin tendría algo más de sesenta años. Vestía con sobriedad cara. No llevaba joyas, salvo un reloj de bolsillo con cadena fina. Su rostro era estrecho, pálido, de una corrección que rozaba la ausencia. Parecía un hombre que jamás había levantado la voz porque nunca le había hecho falta.
Victorine Arbel dio dos pasos hacia Delacroix.
—Permítame presentarle a los demás huéspedes, monsieur Valcour.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Será un placer.
No lo fue, desde luego.
Pero fue útil.
El médico retirado se llamaba Théodore Marchal.
La joven viuda, Maud Vernet.
La lectora inmóvil, Oriane Fauvel.
El escritor de mirada ansiosa, Anatole Bréval.
Y el hombre junto al aparador, Géraud Renaudin.
Cuando Victorine pronunció ese último nombre, algo cambió en la habitación.
No mucho.
No lo suficiente para que cualquiera lo notara.
Achille Varenne apretó la copa.
Maud Vernet bajó un instante los ojos.
Théodore Marchal miró hacia la ventana, como si un relámpago hubiera anunciado su llegada antes de tiempo.
Oriane Fauvel pasó por fin una página del libro.
Y Renaudin sonrió.
Una sonrisa mínima, educada, muerta.
—Monsieur Valcour —dijo.
—Monsieur Renaudin.
Se dieron la mano.
La de Renaudin estaba fría.
No húmeda.
Fría.
—Ha escogido una noche complicada para llegar —comentó Renaudin.
—No la escogí. Solo la encontré al final del camino.
—A veces es lo mismo.
Delacroix lo miró con leve interés.
—Solo para quienes creen demasiado en el destino.
Renaudin sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
—¿Y usted no cree?
—Creo en los horarios ferroviarios, en los cuchillos afilados y en las personas que mienten mal. El destino suele ser una explicación posterior.
Anatole Bréval soltó una risita.
—Excelente. ¿Puedo anotarlo?
—Preferiría que no.
—Soy escritor.
—Todos tenemos alguna desgracia privada.
Bréval rió con más ganas.
Nadie más lo hizo.
La cena comenzó con una sopa caliente, trucha del río y una conversación que fingía ser normal. Afuera, la tormenta crecía. Cada trueno parecía acercarse un poco más a la casa. Cada relámpago blanqueaba los cristales y dejaba las caras suspendidas durante un instante, como retratos mal iluminados.
Delacroix comió despacio.
Escuchó.
Eso era lo mejor de ser Alban Valcour.
Nadie esperaba nada de él.
Nadie se cuidaba demasiado.
Varenne habló del camino cortado antes de saber que estaba cortado.
Marchal corrigió a Victorine sobre los síntomas de la hipotermia con una precisión desagradable.
Oriane Fauvel dijo tres frases en media hora, y las tres fueron mejores que todo lo que Anatole Bréval había dicho hasta entonces.
Maud Vernet apenas probó la comida.
Renaudin, en cambio, comió con apetito tranquilo.
Como si no tuviera enemigos en la mesa.
O como si los tuviera tan controlados que ya no le importaran.
A mitad de la cena, Blanche entró con una bandeja de pan. Al acercarse a Renaudin, dejó caer algo junto a su plato.
Un sobre.
Pequeño.
Blanco.
Sin sello.
El gesto fue tan rápido que casi habría podido parecer un accidente.
Casi.
Renaudin puso la mano encima del sobre.
No lo abrió.
Primero miró a Blanche.
La muchacha se retiró con la bandeja apretada contra el pecho.
Luego Renaudin miró alrededor.
Nadie dijo nada.
Delacroix partió un trozo de pan.
Renaudin guardó el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta.
Maud Vernet se llevó la servilleta a los labios.
Achille Varenne bebió.
Théodore Marchal fingió interesarse por la sopa.
La tormenta golpeó la casa con un trueno tan fuerte que las lámparas parpadearon.
Durante un segundo, el comedor entero se quedó inmóvil.
Después, la luz volvió a estabilizarse.
Victorine Arbel alzó la voz con una serenidad muy practicada.
—No se preocupen. La instalación es antigua, pero resistente.
Desde algún lugar del techo llegó un crujido largo.
Delacroix miró hacia arriba.
—Las casas antiguas —dijo Renaudin— siempre protestan cuando se las obliga a recordar.
Nadie respondió.
La cena continuó.
Pero ya no fue una cena.
Fue una espera.
Y Delacroix, que había llegado a La Maison de l’Orage para descansar bajo un nombre ajeno, comprendió con una pequeña fatiga interior que aquel lugar acababa de ofrecerle exactamente aquello de lo que había intentado escapar.
Una habitación llena de secretos.
Una tormenta dispuesta a cubrirlos.
Y un hombre que acababa de recibir una nota como quien recibe una sentencia.
Al otro lado de los ventanales, el cielo volvió a iluminarse.
Esta vez el trueno no llegó desde lejos.
Cayó encima de la casa.
Los cristales temblaron.
La llama de la chimenea se inclinó.
Y, durante un instante brevísimo, Delacroix vio el rostro de Géraud Renaudin iluminado por una luz blanca, brutal, casi quirúrgica.
No parecía asustado.
Eso fue lo curioso.
Parecía reconocido.