Muerte en la tormenta (Los misterios de Armand Delacroix 17) Capítulo 21 — La reconstrucción #2
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Capítulo 21 — La reconstrucción #2

—Porque usted habría escrito una nota mejor y habría destruido las demás por vergüenza literaria.

Por primera vez en toda la noche, Oriane sonrió de verdad.

—Touché.

—Además, su dolor por Clara Ménard mira hacia una niña muerta, no hacia la teatralidad de castigar a un hombre con una tormenta. Usted quería recordar un nombre. El asesino quería construir un símbolo.

La sonrisa de Oriane desapareció.

—Sí.

Delacroix miró entonces a Marchal.

—Usted cobró dos veces.

El médico asintió.

—Sí.

—Y la nota lo señalaba.

—Sí.

—Pero la nota apareció demasiado tarde, cuando el asesino necesitaba desviar la atención de Maud, de la casa y del cable verdadero.

Marchal levantó la vista.

—¿Desviar la atención de Maud?

Maud no se movió.

Delacroix no respondió enseguida.

Tomó el recibo de los quinientos francos.

—Este recibo era real. Pero fue colocado en el libro mayor durante nuestra ausencia. Eso no prueba que usted sea culpable. Prueba que alguien tenía acceso a documentos guardados por Renaudin y sabía exactamente cuándo usarlos para mover la sospecha.

Varenne dijo:

—O él lo puso.

—No. Si Marchal hubiera querido destruirlo, no lo habría colocado donde todos pudieran verlo. Si hubiera querido confesar, no habría esperado a que usted gritara. Si hubiera querido acusarse a sí mismo, habría elegido una frase menos literaria que “cobró dos veces”.

Oriane añadió:

—Esa frase pertenece a la primera voz.

—Sí.

Delacroix tomó las amenazas torpes.

—Estas, en cambio, pertenecen a la segunda. La amenaza contra mí. La fotografía usada después. La frase de la puerta. Son movimientos hechos con prisa, con miedo, quizá por la misma persona cuando empezó a sentirse acorralada.

Victorine frunció el ceño.

—¿Entonces no hay dos asesinos?

—No lo creo.

—¿Solo dos tonos?

—Una voz para juzgar y otra para defenderse. El asesino escribió como juez mientras controlaba la escena. Escribió como cobarde cuando la escena empezó a controlarlo.

Maud Vernet cerró los ojos un instante.

Mínimo.

Pero Delacroix lo vio.

—Y Valmont —dijo Oriane.

—Valmont no existía. O, si existió, fue usado como máscara.

Una reserva falsa para la habitación siete.

Un nombre parecido a Valmer. Una sombra de Veyrac.

El asesino no necesitaba que yo, Armand Delacroix, viniera.

Necesitaba que alguien ocupara la habitación preparada para un testigo.

Yo llegué por azar y ocupé el hueco. Después, cuando empecé a mirar demasiado, el hueco se adaptó a mí.

—Eso significa que el asesino no lo esperaba —dijo Victorine.

—No al principio.

—Pero lo aprovechó.

—Sí.

Varenne se pasó una mano por el vendaje.

—Entonces todo esto... ¿no fue para usted?

—No.

—Qué decepción para Bréval —murmuró Oriane.

El escritor no protestó.

Delacroix colocó las notas en orden.

—Primera etapa: convocatoria. Cartas anónimas a todos los vinculados a Veyrac.

Cada una toca la herida exacta de su destinatario.

Segunda etapa: llegada anticipada de algunos huéspedes, preparación de la casa, reconocimiento de la galería, manipulación del panel.

Tercera etapa: asesinato de Renaudin durante el apagón.

Cuarta etapa: distribución de pruebas y notas para multiplicar sospechas.

Quinta etapa: amenaza contra mí y retirada desesperada del cable verdadero.

Félix miró el cable cubierto.

—Y falló.

—Sí.

—Porque lo encontramos.

—Porque intentó retirarlo tarde.

Maud habló por fin:

—¿Por qué tarde?

Todos la miraron.

Ella siguió:

—Si el cable era tan peligroso, debió retirarlo antes. Después de matar a Renaudin. Antes de que usted reconstruyera la casa. Antes del amanecer.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Buena pregunta.

—¿Y la respuesta?

—No pudo.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba que la escena de la galería siguiera pareciendo accidente durante las primeras horas.

Si retiraba demasiado, el panel quedaría sin explicación.

Si dejaba demasiado, Félix lo encontraría.

Eligió dejar una parte oculta. Y luego, cuando supo que habíamos entendido el mecanismo, intentó recuperarla.

—Eso no responde del todo.

—No.

—¿Qué falta?

Delacroix se acercó un paso.

—La persona que intentó retirar el cable durante el último apagón no buscaba solo destruir una prueba técnica.

Maud no parpadeó.

—¿Qué buscaba?

—Una prueba personal.

El salón se tensó.

Victorine preguntó:

—¿Cuál?

Delacroix sacó del bolsillo el pequeño hilo negro encontrado junto a la conducción del sótano. Lo colocó sobre una servilleta blanca.

—Esto.

Maud miró el hilo.

No dijo nada.

Varenne se inclinó.

—¿Qué es?

—Un hilo de tela negra. Encontrado junto al cable, en el sótano, donde alguien tiraba de él desde la conducción. Podría pertenecer a un guante. A un vestido. A un chal. A muchas cosas.

—Otra prueba ambigua —dijo Marchal.

—Sí. Y por eso no la uso para condenar.

Maud levantó la vista.

—Pero la coloca sobre la mesa.

—Porque las pruebas ambiguas no condenan. Hacen preguntas.

—¿Y cuál me hace esa?

Delacroix la miró con calma.

—No se la he asignado a usted.

—Todavía.

—Todavía.

La palabra quedó entre ambos.

Oriane observó a Maud, luego a Delacroix.

—Entonces la acusación aún no está completa.

—No.

Varenne perdió la paciencia.

—¿Qué más necesita? ¡Llegó antes, mintió, tenía documentos, guantes marcados, el cable apareció en su habitación, su padre y su marido fueron víctimas de Renaudin!

Maud no lo miró.

Delacroix sí.

—Esa es la lista que el asesino quería que usted recitara.

Varenne se quedó mudo.

—Y la ha recitado admirablemente, con la respiración de quien se siente útil por primera vez en horas.

Oriane cerró los ojos.

—Doloroso, pero justo.

Varenne se sentó otra vez.

Delacroix tomó la fotografía recortada de Maud.

—Madame Vernet tenía motivo. Más que cualquiera. Tenía también acceso temprano a la casa. Tocó una pieza tibia el lunes por la noche. Vio el panel. Mintió sobre su llegada y sobre su identidad. Todo eso la convierte en sospechosa.

Maud aceptó la frase sin moverse.

—Pero el asesino no solo necesitaba motivo y acceso. Necesitaba una relación íntima con la idea de devolver. De hacer regresar objetos a sus dueños. De convertir cada prueba en un ajuste simbólico.

Maud bajó la mirada.

—Los objetos vuelven —dijo Delacroix—. La arandela vuelve a la caja.

El recibo vuelve a Marchal. El pañuelo vuelve hacia Varenne o hacia Adrien.

La fotografía de Veyrac vuelve a quienes sobrevivieron.

El nombre Valmer vuelve como Valmont. Incluso yo soy devuelto a mi nombre verdadero.

Todo en este crimen regresa. Nada aparece simplemente: regresa.

Blanche susurró:

—Como Veyrac.

—Sí.

Delacroix miró a Maud.

—Como Veyrac.

Maud cerró los ojos.

No fue confesión.

Todavía no.

Pero fue una fatiga distinta.

—¿Y Renaudin? —preguntó Oriane.

—Renaudin también volvió.

—¿A qué?

Delacroix tomó la nota inicial.

—Al lugar de su primer pecado: un espacio donde agua, metal y una decisión humana podían matarlo todo mientras alguien llamaba accidente al resultado.

Nadie habló.

Maud abrió los ojos.

Estaban secos.

Eso los hacía peores.

—Usted cree que yo escribí esas notas.

—Creo que pudo escribir la primera voz.

—¿Y la segunda?

—También pudo. Pero no me interesa tanto.

—¿Por qué?

—Porque la segunda voz tiene miedo. La primera tiene convicción. Y los crímenes no se entienden por el miedo que los cubre, sino por la convicción que los funda.

La sala parecía respirar alrededor de la frase.

Maud sostuvo su mirada.

—¿Y si la convicción era justa?

Delacroix respondió sin alzar la voz:

—Entonces será una pena descubrir que también mató.

La viuda no bajó la mirada.

—¿Tiene prueba?

—Tengo un camino.

—No es lo mismo.

—No. Pero lleva mejor.

Victorine habló:

—¿Qué camino?

Delacroix señaló la puerta.

—La galería.

Félix se enderezó.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Todos?

Delacroix miró la sala.

—Todos.

Bréval se puso pálido.

—¿A la galería?

—Sí.

—¿Con el cadáver?

—El cadáver no se ofenderá. Ha tenido una noche peor que usted.

Oriane se levantó.

—¿Quiere reconstruir allí?

—Sí.

Varenne soltó un bufido.

—Otra escena.

—No. La misma escena. Esta vez sin la cortesía del trueno.

Victorine tomó las llaves.

Félix tomó la lámpara.

Marchal tomó el zapato izquierdo de Renaudin.

Blanche dudó.

Félix se acercó a ella.

—No tienes que venir.

Delacroix habló antes de que ella respondiera:

—Sí tiene.

Félix lo miró con furia.

—No.

Blanche puso una mano sobre el brazo de Félix.

—Voy.

—Blanche...

—Mi padre estuvo en Veyrac. Yo puedo estar en una galería.

Félix cerró la boca.

Delacroix no dijo nada.

Algunas valentías no debían ser felicitadas porque ya les costaba bastante existir.

Fueron hacia la galería del norte en una procesión silenciosa.

La tormenta se había debilitado, pero la lluvia seguía entrando por la ventana rota en forma de polvo frío. El cadáver de Renaudin estaba cubierto, apartado de la zona húmeda. La barandilla, el panel, la alfombra levantada, la marca del marco, el suelo manchado: todo seguía allí.

Menos la ilusión.

Delacroix se colocó junto al punto donde Renaudin había caído.

—Renaudin llegó aquí creyendo que venía a recuperar, negociar o destruir un documento. Se detuvo aquí.

Félix iluminó el suelo.

—El punto de contacto.

—Sí.

Delacroix miró a todos.

—El asesino no necesitaba fuerza. No necesitaba dominarlo. Solo necesitaba que obedeciera una expectativa. Renaudin esperaba encontrar algo sobre Veyrac. Y lo encontró, o creyó encontrarlo, justo aquí.

Maud miraba el suelo.

No a Delacroix.

Al suelo.

—Luego —continuó él—, la descarga. La caída. El trueno. El apagón. Después, el arreglo de la escena. La ventana. El marco. El cable retirado. La pieza escondida en el cesto.

Varenne preguntó:

—¿Y quién pudo hacer todo eso sin ser visto?

Delacroix no respondió.

Fue hacia el velador pequeño junto a la ventana rota.

Encima no había nada.

Pero en la madera, bajo la humedad, se veía una marca rectangular.

Leve.

Como la huella de un sobre que había estado allí mientras el polvo y el agua marcaban alrededor.

—Aquí —dijo.

Félix acercó la lámpara.

—Algo estuvo aquí.

—Sí.

—Un sobre.

—Probablemente.

Delacroix tocó la marca con la punta de la pinza.

—El objeto que atrajo a Renaudin.

Maud respiró despacio.

Muy despacio.

—La orden de apertura —dijo Varenne.

—Quizá.

—¿Dónde está?

Delacroix miró a Maud.

—Regresó a su dueño.

La frase golpeó más fuerte que un trueno.

Maud no se movió.

Pero algo en ella dejó de fingir inmovilidad y empezó a sostenerla por pura voluntad.

Victorine entendió.

—¿La tiene ella?

Delacroix no respondió.

Maud sí.

—No.

—Madame Vernet —dijo Delacroix.

—No.

La segunda vez sonó distinta.

No era negación de un hecho.

Era rechazo de un final.

Delacroix se acercó un paso.

—El asesino devolvía objetos. La arandela a su caja. El recibo a Marchal. El pañuelo a Varenne. La fotografía a nosotros. Pero el documento que atrajo a Renaudin no apareció. Si existía, era demasiado importante para dejarlo circular como las demás piezas. No fue usado para acusar. Fue guardado.

—Por quien lo quería desde el principio —dijo Oriane.

Maud cerró los ojos.

Varenne susurró:

—Ella.

Delacroix no lo miró.

—Madame Vernet vino a La Maison de l’Orage porque una carta le prometió el documento que limpiaría a Adrien.

Llegó antes. Revisó la galería. Tocó una pieza tibia.

Vio que alguien ya había empezado a preparar algo.

Pudo haber avisado. No lo hizo. Luego Renaudin murió justo donde esa preparación podía matarlo.

Y después, entre todas las pruebas que regresaron, solo una no volvió a la mesa.

Maud abrió los ojos.

—No tiene prueba de que exista.

—No.

—No tiene prueba de que yo la tenga.

—No.

—Entonces no tiene nada.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Tengo una pregunta.

Ella casi sonrió.

Casi.

—Monsieur Valcour hace una pregunta.

—Delacroix, ahora.

—Delacroix —repitió ella.

—Si usted no mató a Renaudin, madame Vernet, ¿por qué el asesino le entregó exactamente lo único por lo que usted vino?

La galería quedó inmóvil.

No hubo trueno.

No hubo apagón.

No hubo segundo ruido.

Solo lluvia.

Maud Vernet no respondió.

Y esa ausencia, por primera vez, pareció más cerca de la verdad que todas sus palabras anteriores.