Muerte en la Plaza Mayor Capítulo 11 — Lo que Migas vio #3
90%

Capítulo 11 — Lo que Migas vio #3

—Estaba en la papelería de mi padre. Lo usaban cuando el Ayuntamiento instaló una mesa provisional durante la reforma. Mi padre lo guardó después. Como prueba de que les prometieron reubicación.

Elena giró el sello.

La goma estaba manchada de tinta fresca.

—Alguien lo usó hoy.

Clara sintió un clic.

No el clic final.

Pero cerca.

—Las notas —dijo.

Elena la miró.

—¿Qué?

—Las notas parecían escritas a mano, pero los papeles, las manchas, los objetos... Alguien no solo dejó frases. Dejó marcas. Cosas antiguas mezcladas con evidencias nuevas. Como si quisiera hacer hablar a la galería vieja.

Lucía negó con la cabeza.

—Yo no usé ese sello.

—¿Quién sabía que existía?

Lucía tardó en responder.

—Víctor. Se lo conté ayer. Cuando me dijo que había encontrado los archivos, le hablé de las cosas de mi padre. De la cucharilla. Del sello. De las cartas.

—¿Y dónde estaban esas cosas? —preguntó Elena.

Lucía miró la puerta trasera del almacén.

—En una caja mía. En Cultura. Preparaba la lectura de crónicas. Quería mostrar algunos objetos de la galería.

Clara cerró los ojos un segundo.

La caja de Lucía.

La caja de Inés.

La taza de Teresa.

La carpeta de Julián.

El zapato de Tomás.

Todos tenían algo suyo dentro de la escena.

No como suspeitos escolhidos ao acaso.

Como materiais disponíveis.

—Alguien saqueó tus recuerdos —dijo Clara.

Lucía la miró.

Y esta vez sí lloró.

No mucho.

Solo lo suficiente para que a Clara le doliera creerle.

Elena tomó la carpeta gris.

Lucía la soltó finalmente.

Dentro había papeles de la galería vieja, copias de cartas, una fotografía de Ernesto Paredes frente a la papelería, y una hoja nueva, doblada en cuatro.

Elena la abrió.

Su expresión cambió.

—¿Qué es? —preguntó Tomás.

Elena leyó en silencio. Luego mostró la hoja a Amelia.

La secretaria municipal palideció.

—Esto no es mío.

—¿Qué es? —preguntó Clara.

Amelia respondió:

—Una orden de destrucción documental.

—¿De qué documentos?

Elena leyó:

—Expedientes auxiliares relativos a reclamaciones históricas de la Galería Mayor, anexos de correspondencia, registros informales y material no incorporado a archivo definitivo.

Teresa apretó los puños.

—Querían borrar la galería.

—Otra vez —dijo Inés.

Lucía se secó el rostro.

—Víctor dijo que no iba a firmarla. Que esa orden era la prueba de que todo estaba conectado.

Clara miró la hoja.

—¿Quién la firmó?

Elena no respondió de inmediato.

Eso ya era respuesta.

Tomás dio un paso.

—No.

Amelia miró la firma.

—No es del concejal.

Tomás se detuvo.

Elena giró la hoja.

La firma era clara.

No de Tomás.

No de Víctor.

No de Amelia.

Decía:

Alcaldía — por delegación: Marina Soler, coordinación de comunicación externa.

Marina.

La palabra se abrió en la cabeça de Clara antes de que alguien la dijera.

Marina Soler.

Divulgadora de experiencias gastronómicas, rutas con encanto y lecturas con alma.

Marina, que había encontrado el cuerpo.

Marina, que grababa todo.

Marina, que parecía siempre mirar por la pantalla.

Marina, que tenía acceso a imágenes, a horarios, a ángulos, a la narrativa pública.

Marina, que había entregado videos.

Marina, que también podía haber cortado videos.

Elena levantó la cabeza.

—¿Dónde está Marina?

Nadie respondió.

Porque Marina, que hasta hacía minutos temblaba junto a la fuente, ya no estaba en la entrada del pasaje.

Migas se levantó.

Olfateó el aire.

Luego salió corriendo hacia la Plaza Mayor.

Clara sintió que el mundo se estrechaba a una sola dirección.

—No fue Lucía —dijo.

Elena ya corría.

Nico detrás.

Clara detrás de Nico.

Teresa, Inés, Tomás y Lucía salieron al pasaje como una procesión desordenada de sospechosos, víctimas y sobrevivientes.

Cuando llegaron a la plaza, el sol había cambiado de lugar. Las carpas blancas ya no parecían festivas. Parecían tiendas de campaña después de una derrota.

Marina estaba junto al quiosco.

Sola.

Con el móvil en una mano.

Y una taza blanca con línea verde en la otra.

No la rota.

Otra.

Entera.

Sacada de algún lugar que nadie había visto.

Migas se detuvo frente a ella y maulló.

Marina levantó la vista.

Tenía los ojos secos.

Demasiado secos.

—No entienden nada —dijo.

Elena se acercó despacio.

—Deje la taza en el suelo.

Marina sonrió.

No era su sonrisa de videos.

No era dulce.

No era estética.

Era una sonrisa cansada, sin filtro.

—La gente nunca mira lo que tiene delante. Mira lo que le cuentan.

Clara sintió um arrepio.

Porque esa era a frase de alguém que finalmente deixava de representar.

Marina levantó el móvil.

En la pantalla había una transmisión preparada.

No publicada todavía.

El título del video decía:

LA PLAZA NO PERDONA: EL ESCÁNDALO QUE VALLEVERDE QUISO OCULTAR

Elena dio otro paso.

—Marina. Baje el teléfono.

Marina miró la plaza.

El Portal 7.

La Dulcería de Inés.

La Librería Julián.

El Ayuntamiento.

El quiosco.

La fuente.

Luego miró a Clara.

—Un buen relato necesita un final.

Y antes de que Elena pudiera alcanzarla, Marina pulsó algo en la pantalla.

La transmisión empezó.

Ao vivo.

A Plaza Mayor inteira apareceu no celular.

Y, durante un segundo terrible, Clara entendió que el asesinato quizá no había sido para ocultar una historia.

Quizá había sido para fabricarla.