Capítulo 11 — Lo que Migas vio #2
—Organización cultural. Personal municipal. Víctor. Lucía.
El nombre quedó en el aire.
Tomás se pasó una mano por el rostro.
—Dios mío, Lucía.
Clara no dijo nada.
No porque no pensara en Lucía.
Sino porque pensaba demasiado.
Carpeta roja.
Carpeta gris.
Puesto 7.
Cuchara del padre.
Campana.
Almacén de Cultura.
Cajas de Inés.
Taza del Portal 7.
Notas con frases de la galería vieja.
Todo tocaba a Lucía.
Todo.
Y, outra vez, isso era precisamente o problema.
Migas salió de debajo de la mesa y caminó hacia una pared lateral. Allí, apoyado detrás de un rollo de carteles, había un espejo rectangular, de esos usados quizá para alguna actividad teatral o feria infantil. Estaba sucio, con manchas de polvo.
El gato se sentó frente al espejo.
Y miró.
No al espejo.
A través del espejo.
Clara siguió su mirada.
Desde donde estaba Migas, el espejo reflejaba la puerta trasera del almacén, una puerta pequeña que daba al viejo pasaje de la galería.
En el reflejo, algo se movió.
Clara no gritó.
Elena lo vio en su cara.
La inspectora giró.
—¡Alto!
La puerta trasera se abrió de golpe.
Una figura salió corriendo hacia el pasaje.
Chaqueta clara.
Carpeta gris contra el pecho.
Lucía.
—¡Lucía! —gritó Clara.
Elena fue detrás de ella.
Clara también.
Nico también.
Migas, por supuesto, delante de todos.
El pasaje de la galería vieja parecía un lugar que la ciudad había intentado olvidar sin conseguirlo.
Era un corredor estrecho, parcialmente cubierto, con el techo de vidrio roto en algunos tramos y las paredes marcadas por rectángulos donde antes hubo letreros.
Algunas puertas seguían allí, cerradas con candados oxidados.
Otras habían sido tapiadas. En una esquina, bajo capas de pintura descascarada, todavía podía leerse parte de una frase:
...PLAZA NO PER...
Clara corrió sobre baldosas irregulares, sintiendo que la historia de Valleverde se quebraba bajo sus pies.
Lucía no era rápida, pero conocía el lugar.
Se metió por una abertura lateral.
Elena la siguió.
Clara dobló la esquina y casi chocó con una pila de sillas viejas. Migas saltó por encima como si hubiera nacido para perseguir sospechosas entre ruinas municipales.
—¡Lucía, pare! —gritó Elena.
La respuesta llegó rota:
—¡No fui yo!
El pasaje desembocaba en un pequeño patio interior. Allí había una higuera creciendo contra una pared, cajas húmedas, un banco de piedra y una puerta cerrada con cadena. Lucía intentó abrirla, pero la cadena resistió.
Elena llegó primero.
—Suelte la carpeta.
Lucía se volvió.
Tenía el rostro pálido, los ojos enrojecidos y la carpeta gris apretada contra el pecho con tanta fuerza que parecía que, si la soltaba, algo dentro de ella também cairia.
—No.
—Lucía.
—No.
—Suelte la carpeta.
—Van a enterrarlo todo otra vez.
—Nadie va a enterrar nada.
Lucía soltó una risa quebrada.
—Eso dicen siempre.
Clara llegó detrás de Elena, respirando con dificultad.
Nico apareció un segundo después, rojo, con la libreta todavía en la mano. Nadie sabía por qué había corrido con la libreta, pero allí estaba.
Migas se sentó junto al banco de piedra.
No miraba a Lucía.
Miraba al suelo detrás de ella.
Clara lo notó.
—Lucía —dijo, más bajo—. ¿Qué hay en la carpeta?
Lucía la miró.
—Lo que queda.
—¿De qué?
—De mi padre. De la galería. De todo lo que dijeron que no importaba.
Elena mantuvo la voz firme.
—Esa carpeta es evidencia.
—Para ustedes.
—Sí. Y eso importa.
—Para mí es una tumba.
La frase silenció a todos.
Lucía bajó la mirada hacia la carpeta.
—Mi padre guardaba una cucharilla del puesto. P7. Puesto siete. La papelería. Decía que, cuando volviéramos, la pondría en el mostrador. Una tontería. Una cucharilla. Como si una cucharilla pudiera prometer un futuro.
Clara recordó el objeto que Migas había llevado al banco.
P7.
No Portal 7.
Puesto 7.
—¿La pusiste tú en la plaza? —preguntó Clara.
Lucía cerró los ojos.
No respondió.
Elena dio un paso.
—Lucía.
—Sí.
Tomás, que había llegado al patio con Teresa e Inés detrás, se detuvo al oírla.
—¿Qué? —preguntó él.
Lucía no lo miró.
—Yo dejé la cucharilla. Pero no maté a Víctor.
Elena no bajó la guardia.
—¿Por qué dejó la cucharilla?
Lucía respiró hondo.
—Porque quería que alguien recordara que antes de Portal 7, antes del quiosco, antes de Serrano, antes de todas esas palabras limpias, hubo un puesto siete.
Una papelería. Mi padre. Quería que Víctor viera la cucharilla antes de la reunión.
Quería que no pudiera hablar de licencias sin acordarse de nombres.
—¿Cuándo la dejó? —preguntó Elena.
—Esta mañana. En el quiosco. Antes de que todo empezara.
—¿Vio a Víctor?
—Sí.
—¿Habló con él?
—Sí.
—¿Le dio algo de comer o beber?
Lucía abrió los ojos.
—No.
—¿Tomó la taza del Portal 7?
—No.
—¿La caja de Inés?
—No.
—¿Tocó la campana?
Lucía dudó.
Ese pequeño silencio bastó para que Tomás susurrara:
—Lucía...
Ella lo miró por primera vez.
—La toqué ayer. Durante la prueba. No hoy.
—¿Por qué huyó con la carpeta? —preguntó Clara.
Lucía sostuvo la carpeta.
—Porque la encontré en el almacén de Cultura, escondida detrás de los carteles. Oí ruido en la escalera, luego humo. Pensé que alguien iba a quemarlo todo. La tomé y salí por la puerta lateral.
—Te vi —dijo Clara.
—Lo sé.
—También vi algo detrás de ti.
Lucía frunció el ceño.
—¿Detrás de mí?
—Una sombra.
Elena la observaba con intensidad.
Lucía negó con la cabeza.
—No vi a nadie.
Migas maulló.
Todos miraron al gato.
Él seguía mirando el suelo detrás de Lucía.
Clara se acercó despacio.
—¿Qué viste, gordo?
—No llame gordo al testigo —murmuró Nico.
Nadie respondió.
Clara se agachó junto a Migas. En el suelo, sobre el polvo del patio, había varias huellas. Algunas recientes, otras viejas, otras imposibles de separar. Pero una marca destacaba junto al banco de piedra: una línea curva, como de algo arrastrado.
Y, al lado, una gota oscura.
No café.
No hollín.
Tinta.
Clara miró el banco.
Debajo, parcialmente escondido, había un pequeño sello de caucho.
Lo señaló.
Elena se acercó y lo recogió con guantes.
Era un sello municipal.
Pequeño, antiguo.
En la base se leía:
REGISTRO AUXILIAR — GALERÍA
Amelia, que había llegado al patio más despacio, se llevó una mano a la boca.
—Ese sello desapareció en 1988.
—¿Qué hacía aquí? —preguntó Nico.
Lucía miraba el objeto como si acabara de ver un fantasma.