Capítulo 11 — Lo que Migas vio
Lo que Migas vio
La campana no sonaba como una campana.
No ya.
Sonaba como una puerta golpeada desde el cielo.
Elena Vega tiraba de la cuerda con una fuerza seca, obstinada, casi furiosa. Cada campanada hacía vibrar la sala del reloj, las vigas viejas, el polvo acumulado, las herramientas sobre la mesa y el pecho de Clara, que sostenía a Migas contra sí mientras el humo entraba por debajo de la puerta.
Una vez.
Otra.
Otra.
El sonido caía sobre la Plaza Mayor con violencia.
Ya no marcaba el tiempo. Lo rompía.
—¡Abran! —gritó Nico Paredes, golpeando la puerta con el hombro.
La madera resistió.
Amelia Ríos tosía junto al mecanismo, con una mano sobre la boca y la otra aferrada al borde de la mesa. Incluso en medio del humo, parecía indignada por la falta de mantenimiento.
—Esa puerta abre hacia afuera —dijo entre tosidos—. Si han puesto algo contra ella...
—Lo han puesto —respondió Elena, sin dejar de tirar de la cuerda.
Clara miró hacia la ventana estrecha. Desde allí había visto a Lucía Paredes salir por la puerta lateral del Ayuntamiento con una carpeta gris contra el pecho.
Había visto también una sombra moverse detrás de ella.
No una forma clara. No un rostro. Apenas un desplazamiento en el ángulo muerto de la puerta, un gesto oscuro que la plaza y el humo habían convertido en duda.
Y Migas lo había visto.
Eso era lo peor.
El gato no miraba a Lucía como se mira a una culpable.
Miraba más allá.
A algo que Clara no alcanzó a entender.
Migas se agitó en sus brazos.
—Quieto —susurró Clara.
El gato maulló, un sonido agudo, tenso, nada parecido a sus protestas habituales por comida o dignidad.
—Ya sé. Yo también odio esto.
Nico golpeó la puerta otra vez. El humo se hizo más espeso.
Elena soltó la cuerda y examinó la sala con una rapidez fría.
—Necesito algo para hacer palanca.
—Herramientas —dijo Amelia, señalando la mesa.
Clara dejó a Migas en el suelo, aunque le costó hacerlo. El gato corrió hacia el rincón menos lleno de humo y se metió debajo de una silla.
—Por una vez, buena idea.
Nico tomó una barra metálica corta. Elena la encajó entre la puerta y el marco. Empujó. La puerta crujió, pero no cedió.
Desde abajo llegaron voces.
Muchas.
Distantes.
Confusas.
—¡Arriba! —gritó Clara, acercándose a la ventana—. ¡Estamos arriba!
Su voz se perdió entre las campanadas que todavía vibraban en el aire y los gritos de la plaza.
Entonces oyó otra voz.
La de Teresa.
—¡Clara!
A Clara le dio una felicidad tan absurda que casi rió.
—¡Teresa! ¡La puerta está bloqueada!
—¡Apartaos!
—¿Qué?
—¡Apartaos de la puerta!
Clara se volvió.
—Dice que nos apartemos.
Elena no preguntó por qué. Tiró de Nico hacia atrás y empujó a Amelia lejos del marco.
Hubo un golpe desde fuera.
Luego otro.
Luego un tercero, más fuerte.
La puerta tembló.
—¿Qué está usando? —preguntó Nico.
Amelia, tosiendo, respondió:
—Si es Teresa, probablemente rencor acumulado.
El cuarto golpe hizo saltar una astilla.
El quinto abrió una grieta.
El sexto vino acompañado por una voz que Clara no esperaba.
—¡Más a la izquierda, inútil!
Inés Robledo.
—¡Estoy golpeando una puerta incendiada, Inés! —gritó Teresa desde fuera.
—¡Y lo haces torcido!
—¡Golpea tú!
—¡Dame eso!
Hubo un silencio brevísimo.
Después, un golpe seco, preciso, brutal.
La puerta se abrió de golpe hacia adentro.
Humo, luz, voces y aire entraron juntos.
Inés Robledo apareció en el umbral con un extintor en las manos y el delantal manchado de hollín.
Teresa estaba detrás de ella, despeinada, furiosa, con los ojos llenos de lágrimas que no pensaba admitir.
Tomás Echevarría sostenía una silla plegable medio rota, como si también hubiera intentado usar el mobiliario municipal para algo útil por primera vez en su vida.
—¡Salgan! —ordenó Teresa.
Elena no discutió. Hizo salir primero a Amelia, luego a Nico. Clara recogió a Migas, que saltó a sus brazos con la velocidad de quien acababa de reconsiderar su relación con la aventura.
Al salir, vio el rellano.
Alguien había apilado cajas viejas contra la puerta y les había prendido fuego. No era una hoguera grande. No lo suficiente para quemar la torre de inmediato. Sí lo bastante para llenar la sala de humo, bloquear la salida y destruir cualquier cosa pequeña que estuviera en el rellano.
No había sido un accidente.
No había sido pánico.
Era una advertencia.
O una tentativa.
Elena miró las cajas humeantes. Luego a Tomás.
—¿Usted estaba abajo?
Tomás levantó las manos.
—Estaba en la plaza. Cuando empezó la campana, subí con ellas.
—¿Con ellas?
Inés respondió antes que él:
—Conmigo y con Teresa. Y por primera vez en la mañana fue moderadamente útil.
Tomás pareció no saber si agradecer o protestar.
—Yo vi humo por la escalera —dijo Teresa—. Inés vio el extintor.
—Y él estaba mirando el humo como si esperara una autorización municipal para respirar —añadió Inés.
—Gracias, Inés —murmuró Tomás.
—No fue un elogio.
Elena bajó la escalera con todos detrás. Clara sintió cada tramo en las piernas. El humo le raspaba la garganta. Migas temblaba contra su pecho, y aquello era tão raro que la asustó más que el fuego.
En el vestíbulo del Ayuntamiento, la confusión era completa.
Vecinos se amontonaban en la entrada. Marina Soler lloraba y repetía que no había grabado nada, aunque nadie se lo hubiera preguntado.
Don Julián, libre otra vez o nunca completamente detenido, sostenía un vaso de agua y miraba hacia la torre con el rostro desencajado.
Amelia fue directa a una silla, no por debilidad, sino por pura irritación pulmonar.
Elena levantó la voz.
—¡Todo el mundo fuera del Ayuntamiento! ¡Ahora!
Nadie se movió.
—¡Ahora!
Se movieron.
Clara buscó con la mirada.
Lucía no estaba.
—Inspectora —dijo.
Elena ya la estaba mirando.
—Lucía.
—La vi salir por la puerta lateral con una carpeta gris.
Tomás se volvió de golpe.
—¿Qué?
—Y había alguien detrás de ella —añadió Clara.
—¿Quién?
—No lo vi.
Elena señaló a Nico.
—Puerta lateral. Ya.
El agente salió corriendo.
Migas se agitó en los brazos de Clara.
—No —dijo ella.
El gato clavó las uñas en su manga.
—Migas.
Elena se acercó.
—¿Qué hace?
—Quiere bajar.
—No tenemos tiempo para interpretar estados de ánimo felinos.
Migas maulló con tanta fuerza que hasta Inés lo miró con respeto.
Clara lo dejó en el suelo.
El gato corrió.
No hacia la puerta principal.
No hacia la plaza.
Hacia el pasillo lateral del Ayuntamiento.
—Por supuesto —dijo Elena.
Y esta vez corrieron todos detrás de él.
El pasillo lateral era estrecho y estaba mal iluminado.
Comunicaba con una salida secundaria que daba al callejón entre el Ayuntamiento y la antigua galería comercial, un tramo de piedra que casi nadie usaba desde que las tiendas habían cerrado décadas atrás.
Migas avanzaba pegado al suelo, olfateando, deteniéndose a ratos junto a la pared, luego siguiendo.
No corría al azar.
Eso fue lo que Clara entendió.
Migas no perseguía personas.
Perseguía olores.
—¿Qué huele? —preguntó Nico, apareciendo desde la puerta lateral.
—Café —dijo Clara.
—Todo huele a café.
—No para él.
Elena iba delante, una mano cerca del arma, aunque no la había sacado. Su rostro había cambiado. Ya no era irritación. Era caza.
El callejón de la galería vieja estaba medio cubierto por sombra.
A un lado, la pared del Ayuntamiento. Al otro, una sucesión de arcos cegados, puertas clausuradas y escaparates tapiados donde alguna vez hubo comercios.
Clara reconoció, por las fotos del archivo, la entrada antigua de la galería.
Ya no había letrero. Solo una marca rectangular en la pared, más clara que el resto, donde probablemente habían arrancado el nombre.
Migas se detuvo frente a una puerta metálica entreabierta.
Sobre ella había una placa oxidada:
ALMACÉN CULTURA
El gato maulló.
Elena hizo una señal para que todos se quedaran atrás.
Clara, naturalmente, se quedó atrás de una forma que le permitía ver.
La inspectora empujó la puerta.
Chirrió.
Dentro olía a cartón húmedo, tela vieja, humo apagado y azúcar.
Azúcar.
Clara lo sintió antes de pensarlo.
Había cajas de decoración de ferias, rollos de banderines, atriles plegables, bolsas con folletos, telas negras, un ventilador roto, cuatro sillas apiladas y un cartel antiguo de la Plaza Mayor con una esquina doblada.
En el suelo, junto a una caja abierta, había una carpeta gris.
Vacía.
Elena entró con cuidado.
—Nico.
—Sí.
—Fotografías. Todo.
Migas pasó entre las piernas de la inspectora antes de que nadie pudiera impedirlo.
—¡Migas! —susurró Clara.
El gato se metió detrás de unas telas.
Se oyó un ruido de plástico.
Luego apareció arrastrando algo con los dientes.
Una bolsita.
Pequeña.
Transparente.
Dentro había restos de azúcar y canela pegados al fondo.
Inés Robledo, que había seguido al grupo hasta la puerta, soltó un grito ahogado.
—Eso es de mis pastelitos.
Elena tomó la bolsita con guantes.
—¿Está segura?
—Uso esa mezcla para espolvorear. Azúcar, canela y un poco de cáscara de naranja seca. Es mía.
Teresa la miró.
—¿La llevarías en una bolsa así?
—No. Yo la guardo en tarros. Eso parece raspado de una bandeja o de una caja.
Clara miró alrededor.
—La caja de Víctor.
Inés tragó saliva.
—La caja que desapareció.
Nico iluminó el suelo.
—Hay migas.
Debajo de una mesa, entre polvo y papeles, había restos mínimos de masa dorada. No muchos. Solo suficientes para demostrar que una caja de pastelitos había pasado por allí.
Elena se agachó.
—Aquí prepararon algo.
—O desarmaron algo —dijo Clara.
La inspectora no respondió, pero su silencio ya no era una reprimenda.
Migas volvió a olfatear. Caminó hacia una pila de telas negras y empezó a rascar.
Nico levantó una de las telas con cuidado.
Debajo apareció un pañuelo.
Azul.
No un lazo de Inés.
No el pañuelo del concejal.
Un pañuelo de voluntario de la feria, con el logo del Ayuntamiento bordado en blanco.
Estaba manchado de café.
Y de hollín.
Amelia Ríos, desde la puerta, dijo:
—Los voluntarios los recogían en Cultura.
Elena miró la sala.
—¿Quién tenía acceso a este almacén?
Amelia contestó sin dudar: