Muerte en la Plaza Mayor Capítulo 12 — La última taza en la Plaza Mayor
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Capítulo 12 — La última taza en la Plaza Mayor

La última taza en la Plaza Mayor

Marina Soler levantó el móvil como si levantara una antorcha.

En la pantalla, la transmisión acababa de empezar.

EN DIRECTO

La Plaza Mayor apareció duplicada: una vez ante los ojos de todos, con sus carpas blancas, su quiosco acordonado y sus vecinos inmóviles; y otra dentro del teléfono, convertida ya en relato, en escándalo, en algo que podría viajar más rápido que la verdad.

Marina sostuvo la taza blanca con línea verde en la otra mano.

No la taza rota.

Otra.

Entera.

La segunda taza del Portal 7.

Clara sintió que todo el día se estrechaba hasta ese gesto.

—Marina —dijo Elena Vega—. Deje el móvil y la taza en el suelo.

Marina sonrió.

—¿Para que lo guarden en una carpeta? ¿Para que lo llamen evidencia, lo archiven, lo pierdan y dentro de treinta años otra persona tenga que encontrarlo en un sótano?

—Para que nadie más salga herido.

—Ya salieron heridos.

Su voz era distinta. No temblaba. No buscaba aprobación. No tenía esa dulzura entrenada para hablar de cafés con encanto y rutas artesanales. Era una voz dura, seca, enfadada consigo misma por haber fingido otra cosa durante tanto tiempo.

El móvil seguía grabando.

Clara vio el número de espectadores subir.

Doce.

Veintisiete.

Cuarenta y tres.

Valleverde era pequeña, pero el morbo siempre tenía buena conexión.

—Hola —dijo Marina, mirando a la cámara—. Estoy en la Plaza Mayor de Valleverde. Esta mañana ha muerto Víctor Almazán, organizador de la feria del café. Lo que están viendo no es solo una tragedia. Es el resultado de años de corrupción, silencio y reformas hechas para borrar a los de siempre.

—Apague eso —ordenó Elena.

—No.

La palabra fue tranquila.

Demasiado tranquila.

Nico Paredes dio un paso lateral, intentando rodearla. Marina lo vio por la pantalla, no directamente.

—No se acerque, Nico.

El agente se detuvo.

—Yo solo...

—Siempre “solo”. Todos aquí solo hacían algo. Solo firmaban. Solo organizaban. Solo obedecían. Solo vendían la plaza. Solo miraban.

Clara sostuvo a Migas contra su pecho. El gato estaba rígido, los ojos fijos en Marina. No en la taza. No en el móvil. En el bolso que Marina llevaba cruzado al cuerpo.

—Marina —dijo Clara.

La influencer giró lentamente hacia ella.

—Tú no. No intentes hacer de detective amable ahora.

—No iba a hacer eso.

—Claro que sí. Vas a decir que hay otra explicación, que todo está muy confuso, que no debemos precipitarnos. Eso hacen los pueblos. Se precipitan para acusar a los débiles y se vuelven prudentes cuando toca mirar a los poderosos.

Clara respiró hondo.

La frase era buena.

Ese era el problema.

Marina había construido todo con frases buenas.

—No —dijo Clara—. Iba a decir que elegiste mal la taza.

Por primera vez, algo se movió en el rostro de Marina.

Una fisura mínima.

Elena miró a Clara, pero no la interrumpió.

—La primera taza, la rota, tenía que apuntar al Portal 7 —continuó Clara—. Era reconocible. Línea verde, vajilla antigua, perfecta para que Inés la viera, para que Teresa quedara marcada, para que todos pensaran en el café.

Teresa, junto al puesto del Portal 7, se quedó inmóvil.

Inés Robledo apretó el paño que tenía en las manos.

Don Julián, pálido pero libre, observaba desde la librería.

Lucía Paredes estaba junto al arco de la antigua galería, con los ojos enrojecidos.

Tomás Echevarría parecía menor que su traje.

Marina sonrió otra vez.

—La taza estaba junto a Víctor.

—Sí. Porque tú la pusiste ahí.

Los espectadores de la transmisión siguieron subiendo.

Ciento once.

Ciento cuarenta y dos.

Nico miró la pantalla, horrorizado.

—Esto está en directo.

—Por eso —dijo Clara, sin apartar los ojos de Marina—. Ela queria audiência.

Marina endureció la mandíbula.

—Cuidado.

—No. Tú cuidado. Querías contar una historia tan perfecta que se te olvidó que los objetos también tienen memoria. La taza rota estaba limpia por dentro.

Elena giró apenas la cabeza hacia Clara.

Clara siguió.

—No completamente, claro. Tenía café derramado por fuera, alrededor, en los fragmentos. Pero por dentro no estaba manchada como una taza que alguien bebió. Estaba rota para parecer importante, no porque hubiera sido usada.

Marina sostuvo la taza entera con más fuerza.

—Eso lo dirá la policía.

—Sí. Y también dirá que esa segunda taza tampoco salió del puesto de la feria. Salió del armario antiguo del Portal 7. Alguien entró por la puerta trasera y tomó dos tazas. Una para romper. Otra para guardar.

Teresa murmuró:

—Dios.

Clara dio un paso.

—Y ahora estás sosteniendo la segunda porque querías el símbolo final. La última taza. La prueba de que el Portal 7 estaba en el centro del escándalo.

—El Portal 7 estaba en la lista —dijo Marina.

—Pero no en el centro. Tú pusiste el centro donde convenía a tu historia.

Marina levantó el móvil.

—Mi historia es verdad.

—Partes de ella. Esa fue tu inteligencia. No inventaste todo. Usaste cosas verdaderas. La reforma amañada. Los documentos escondidos. La galería vieja. El padre de Lucía. Las promesas rotas. La carta con Dulces Serrano. Todo eso era verdad.

Lucía bajó la mirada.

Tomás cerró los ojos.

—Pero una verdad puede ser usada como cuchillo —dijo Clara—. Y tú la usaste.

Marina soltó una risa breve.

—Qué bonito. ¿Eso te lo enseñó el gato?

Migas maulló.

Clara lo miró.

—Creo que dijo que no le des ideas.

Elena avanzó un paso más.

—Marina Soler, apague la transmisión.

—No.

—Entonces quedará registrada también su negativa.

—Mejor. Que quede todo registrado.

—Eso está fazendo por você —dijo Clara.

Marina la miró.

—¿Qué?

—Crees que el directo te protege. No. Te está fijando en la escena. Con la taza robada en una mano y el teléfono que preparaste en la otra.

—No robé nada.

—Sí. Entraste en el Portal 7 por el callejón. No con una carpeta roja de Lucía. Con una carpeta roja del archivo. Por eso Lucía dijo que la suya tenía goma negra y la del video tenía etiqueta blanca. Era una carpeta municipal. Te servía de disfraz: si alguien te veía de lejos, pensaría en ella.

Marina no respondió.

Clara continuó, sintiendo que las piezas se movían rápido, demasiado rápido, pero ya sin volver atrás.

—Tomaste las tazas. Derramaste café junto a la puerta para que Tomás, cuando llegara después de la llamada de Víctor, pisara la mancha. Querías tenerlo también dentro de la historia.

Tomás palideció.

—La llamada de Víctor fue real —dijo Clara—. Él quería hablar. Pero tú ya sabías eso. Sabías que Víctor iba a echarse atrás. Sabías que iba a contar lo de Serrano. Sabías que la reunión de las siete cambiaría todo.

Marina apretó el móvil.

—Víctor era un cobarde.

La palabra salió antes de que pudiera maquillarla.

Elena la oyó.

Todos la oyeron.

Marina respiró hondo, como si hubiera perdido una línea del guion.

—Víctor participó en todo. Firmó. Mintió. Volvió al pueblo con discursos sobre tradición mientras vendía el quiosco.

—Y tú firmaste la orden de destrucción documental —dijo Clara.

—Por delegación. Yo era comunicación externa. Me daban papeles, los pasaba, los preparaba. ¿Saben cuántas cosas se firman sin leer?

Amelia Ríos habló desde la puerta del Ayuntamiento.

—Las suficientes para arruinar vidas. No las suficientes para absolver a nadie.

Marina la miró con odio.

—Usted estaba allí hace treinta años.

Amelia no se movió.

—Sí.

—Y no hizo nada.

La frase golpeó a la secretaria municipal.

Por primera vez, Amelia no respondió de inmediato.

Cuando habló, su voz era más baja.

—Hice poco. Es diferente. No mejor, pero diferente.

Clara sintió que aquella confesión, pequena e tardia, parecia mais verdadeira que todo o direto de Marina.

Marina volvió a mirar la cámara.

—¿Lo oyen? Ellos siempre hacen poco. Después piden tiempo, procedimiento, calma. Yo no tenía tiempo.

—No —dijo Elena—. Usted tenía motivos.

—Tenía pruebas.

—Y un hombre muerto.

La plaza volvió a callar.

Marina sostuvo la taza junto al pecho.

—Yo no quería que muriera.

Ahí estaba.

No una confesión completa.

Pero la primera grieta real.

Elena no se precipitó.

—¿Qué le dio?

Marina negó con la cabeza.

—Nada.

Migas se agitó en los brazos de Clara.

El gato extendió una pata hacia el bolso de Marina.

Clara lo miró.

—¿Eso?

Migas maulló.

Marina retrocedió.

—Quite ese gato.

Elena vio el movimiento.

—Marina. No toque el bolso.

Pero Marina ya bajaba la mano.

Nico se movió rápido esta vez. Más rápido que su fama. Agarró la correa del bolso antes de que Marina pudiera abrirlo.

—¡Suélteme!

—No la estoy tocando —dijo Nico, nervioso—. Toco el bolso. Creo que eso es legal. Inspectora, ¿es legal?

—Sujételo.

—Legalísimo.

Marina intentó tirar, pero Elena llegó a su lado, le tomó el móvil de la mano y lo puso boca abajo sobre la mesa del puesto más cercano. La transmisión siguió grabando el cielo, los banderines y las voces.

La taza cayó al suelo.

No se rompió.

Rodó sobre la piedra y se detuvo junto a los pies de Migas.

El gato la olfateó.

Luego la ignoró.

Eso también era una declaración.

Elena tomó el bolso con guantes y lo abrió.

Dentro había maquillaje, llaves, pañuelos, una batería externa, tarjetas de memoria, un frasco pequeño de cristal oscuro y varios sobres de azúcar con el logo de Dulces Serrano.

Nico tragó saliva.

—¿Eso es...?

—No toque nada —dijo Elena.

Clara miró el frasco.

—Eso fue en el café.

Marina cerró los ojos.

Elena levantó el frasco dentro de una bolsa transparente.

—¿Qué es?

Marina no respondió.

Inés Robledo, que se había acercado, olfateó el aire y frunció el ceño.

—Extracto amargo.

Todos la miraron.

—¿Qué?

—Algunos reposteros usan extractos concentrados para saborizar. Pero ese no es de los míos.

—Es de Serrano —dijo Clara.

Elena examinó la etiqueta minúscula del frasco.

—Muestra promocional. Concentrado estimulante para bebidas dulces.

Nico palideció.

—¿Eso puede matar a alguien?

—En dosis altas, a alguien con el corazón delicado, puede hacer daño —dijo Amelia, seca—. Y Víctor tenía problemas cardíacos. Lo sabía medio Ayuntamiento desde que se desmayó en una junta.

Clara recordó a Marina diciendo, junto al cuerpo, que Víctor no tomaba más café porque le aceleraba el corazón.

Lo había dicho antes que nadie.

Porque lo sabía.