Capítulo 10 — La contradicción del reloj
La contradicción del reloj
El reloj del Ayuntamiento de Valleverde marcaba las doce y cuarto.
La campana sonó una vez.
Un solo golpe.
Grave.
Redondo.
Viejo.
La plaza entera levantó la cabeza como si la torre acabara de acusar a alguien.
Clara sintió que algo se abría dentro de la mañana. No una respuesta todavía. Más bien una grieta. Una grieta fina, peligrosa, por la que empezaba a entrar luz.
—¿Lo han oído? —preguntó.
Teresa frunció el ceño.
—Una campanada.
—Una —repitió Clara.
Elena Vega no apartaba la vista de la torre.
—Eso no es raro. El reloj marca cuarto.
—Ahora no —dijo Clara—. Antes.
—¿Antes cuándo?
Clara tragó saliva. Volvió mentalmente al quiosco. A la servilleta. Al olor a madera vieja. A Migas saliendo de detrás del atril con el papel entre los dientes. Al grito de Marina cortando la mañana.
Y antes del grito...
Una campanada.
Una sola.
—Cuando estaba dentro del quiosco buscando a Migas. Justo antes de que Marina gritara. Oí una campanada.
Nico, que regresaba de acompañar a Don Julián a la oficina, abrió la libreta con un gesto automático.
—¿A qué hora fue eso?
Clara lo miró.
—Ese es el problema.
Elena se volvió hacia él.
—Usted dijo que el cuerpo fue encontrado a las diez y cuatro, aproximadamente.
—Sí. Por la llamada de emergencias y los primeros avisos. La señora del puesto de miel llamó a las diez y cinco. Marina dijo que gritó un minuto antes. Más o menos.
—A las diez y cuatro —dijo Clara— el reloj no debería sonar una vez.
Teresa miró hacia la torre.
—Depende del reloj.
Amelia Ríos, que estaba junto a la puerta del Ayuntamiento con la carpeta gris ya devuelta y una expresión de irritación institucional, se acercó despacio.
—El reloj de la torre no debe usarse para saber la hora.
Clara casi rió.
—Eso en un reloj es una decisión fuerte.
Amelia no se inmutó.
—El mecanismo de las agujas está desajustado desde 2018. El de la campana funciona aparte. O funcionaba, hasta esta semana.
Elena se volvió hacia ella.
—Explique.
Amelia juntó las manos frente al cuerpo.
—La esfera marca lo que quiere. A veces va atrasada, a veces se detiene, a veces avanza después de una lluvia. Pero la campana tiene un mecanismo independiente. Un toque en los cuartos, dos en las medias, tres a menos cuarto y repique completo a la hora exacta.
—Entonces a las diez y cuatro no habría sonado una campanada —dijo Clara.
—No.
—¿Podría sonar por error?
Amelia respiró hondo.
—Esta semana desconectaron el automático por la feria.
El silencio que siguió fue diferente.
Clara notó que Elena no preguntó de inmediato. La inspectora dejó que la frase terminara de caer.
—¿Desconectaron el automático? —dijo finalmente.
—Sí. El técnico de sonido pidió evitar campanadas durante el discurso inaugural. El mecanismo automático quedó suspendido. La campana solo podía sonar manualmente desde la sala del reloj.
Nico levantó la vista de la libreta.
—Entonces la campanada que Clara oyó antes del grito...
Amelia terminó por él:
—Alguien la tocó.
La Plaza Mayor se quedó quieta.
No como cuando apareció el cuerpo.
Peor.
Porque un cadáver podía ser azar, desgracia, un infarto, una intoxicación, un accidente terrible.
Una campanada manual no.
Una campanada manual era voluntad.
Elena Vega miró hacia el quiosco, luego hacia la torre, luego hacia la oficina policial donde Don Julián declaraba.
—¿Quién tenía acceso a la sala del reloj?
Amelia contestó sin dudar:
—Personal municipal con llave maestra. El técnico de sonido. Víctor. Lucía, por la coordinación cultural. Tomás, por Urbanismo y protocolo. Yo. Y cualquiera a quien alguien le dejara la puerta abierta, porque esto es Valleverde y las puertas públicas suelen ser conceptos optimistas.
—Necesito verla.
—La sala del reloj está arriba.
—Ahora.
Marina Soler, que seguía con el móvil en la mano, levantó un dedo tímido.
—Inspectora.
Elena la miró.
—¿Otro video?
—Audio. Bueno, video con audio. Del momento del grito.
Clara la miró de golpe.
—¿Grabaste el grito?
Marina palideció.
—No a propósito. Estaba grabando la plaza después de encontrar el cuerpo. Creo que el móvil seguía grabando cuando grité. No lo sabía hasta ahora. Lo juro.
Elena extendió la mano.
Marina le entregó el teléfono con más rapidez que antes.
El video temblaba. Al principio solo se veía el suelo de piedra, una esquina de la lona blanca, el borde de un zapato. Luego se oía la respiración de Marina, nerviosa, y un murmullo lejano de feria. Durante unos segundos no pasaba nada.
Entonces sonó la campana.
Una vez.
Después, un ruido seco.
Un golpe.
No muy fuerte.
Casi escondido bajo la vibración de la campana.
Y luego el grito de Marina.
Largo.
Agudo.
Terrible.
Elena retrocedió el video.
Lo reprodujo otra vez.
Campana.
Golpe.
Grito.
Otra vez.
Campana.
Golpe.
Grito.
Clara sintió que el estómago se le cerraba.
—La campana tapó el golpe.
Elena no respondió.
Lo reprodujo una tercera vez.
Nico tragó saliva.
—¿Qué golpe?
Clara miró hacia el quiosco.
—La taza.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—La taza rota.
—O la carpeta cayendo. O la botella. O algo que alguien necesitaba romper o mover sin que todos miraran en esa dirección —dijo Clara—. La campana no marcaba la hora. Era una cortina.
Elena devolvió el móvil a Marina.
—Envíeme ese archivo también. Sin editar.
—Sí.
—Y quédese donde pueda verla.
Marina asintió tan fuerte que casi se golpeó la frente con el teléfono.
La inspectora se volvió hacia Amelia.
—Sala del reloj.
Amelia abrió la puerta del Ayuntamiento.
—Por aquí.
Clara dio un paso detrás de ellas.
Elena ni siquiera se giró.
—Medina, no.
—Inspectora—
—No.
—Yo oí la campana desde dentro del quiosco. Puedo decir si el sonido coincide.
Elena se detuvo.
Clara aprovechó la pausa.
—Y Migas encontró la llave del armario siete. El pendrive. La servilleta. La nota. La cucharilla.
—Ese es un argumento a favor de detener al gato, no de invitarla a la torre.
Migas, sentado junto a la fuente, maulló.
—Además —añadió Clara—, si alguien tocó la campana para construir una hora falsa, eu sou testemunha dessa hora falsa.
Elena la miró durante unos segundos.
Teresa murmuró:
—Ela vai subir de qualquer jeito.
—Eu sei —dijo Elena, em português ruim e irritado.
Clara abrió mucho los ojos.
—¿Eso fue portugués?
—Fue cansancio.
La inspectora señaló a Nico.
—Agente Paredes, usted viene. Amelia también. Medina viene. El gato no.
Migas ya estaba entrando al Ayuntamiento.
Elena cerró los ojos.
—No dije eso como sugerencia.
Pero el gato siguió.
Y, por alguna razón que nadie quiso admitir en voz alta, nadie lo sacó.
La sala del reloj quedaba en lo alto de una escalera estrecha que subía por el interior de la torre municipal.
A cada tramo el aire se volvía más seco, más caliente y más lleno de polvo.
Las paredes estaban cubiertas de marcas antiguas, iniciales rayadas, manchas de humedad y carteles descoloridos que advertían sobre riesgos eléctricos con una calma poco convincente.
Nico iluminaba con el móvil.
—Esto no cumple normativa, ¿verdad?
Amelia respondió sin volverse:
—Nada que haya sobrevivido a tres alcaldes cumple normativa.
—Reconfortante.
—No era mi intención.
Clara subía detrás de Elena. Migas iba delante de todos, como si la torre hubiera sido construida para su investigación personal.
—Migas, cuidado.
El gato no le hizo caso.
Elena, sin mirar, dijo:
—Sorprendente.
La sala del reloj era pequeña, cuadrada, atravesada por vigas de madera y cables.
En el centro había un mecanismo antiguo de engranajes parcialmente cubierto por una estructura metálica más reciente.
La campana no estaba allí, sino arriba, en el campanario; pero una cuerda gruesa colgaba junto a una palanca de hierro.
Sobre una mesa había herramientas, un trapo gris, una botella de agua vacía y un cartel plastificado:
NO TOCAR MECANISMO SIN AUTORIZACIÓN
Debajo, alguien había escrito a lápiz:
JA.
Clara pensó que Valleverde tenía una relación muy sana con la autoridad escrita.
Amelia señaló la palanca.
—Ahí. Al tirar, suena un golpe corto. Se usa para pruebas o actos.
Elena se acercó sin tocar.
—¿Se usó hoy oficialmente?
—No.
—¿Quién debía usarla durante la feria?
—Nadie. El plan era silencio hasta el final del discurso. Después, si el alcalde insistía, un repique ceremonial. Víctor lo discutió con el técnico.
—¿Dónde está el técnico?
Nico respondió:
—Declarando abajo con otro agente. Dice que salió a buscar un cable antes del grito y no subió a la torre.
—Verifíquelo.
—Sí.
Clara miró la cuerda.
Había una mancha marrón cerca del nudo inferior.
Café.
Por supuesto.
Todo en aquella mañana parecía haber sido bautizado en café.
—Inspectora.
Elena ya la había visto.
—No toque.
—No iba a tocar.
—Su mano avanzó.
—Era una intención sin ejecución.
—Eso sigue siendo preocupante.
Elena se puso guantes y examinó la mancha. Luego miró a Nico.
—Fotografía.
Nico fotografió.
Clara se inclinó un poco, lo suficiente para oler.
—Café. Y algo dulce.
Amelia la miró con desconfianza.
—¿Puede oler dulce?
—Después de una mañana con Inés Robledo, todos podemos.
Migas saltó sobre la mesa de herramientas.
—No —dijo Clara.
El gato olfateó el trapo gris.
—No toques eso.
Migas mordió el trapo.
—Migas.
El gato tiró.
Debajo del trapo apareció un teléfono.
Pequeño.
Negro.
Barato.
Sin funda.
La sala entera se congeló.
Elena se acercó muy despacio.
—Nadie se mueva.
Migas soltó el trapo y se sentó, satisfecho.
Nico susurró:
—Colaborador felino no homologado.
—Agente —dijo Elena.
—Perdón.
La inspectora tomó el teléfono con una bolsa transparente. La pantalla estaba apagada. Pulsó el botón lateral usando el plástico.
Se encendió.
No tenía bloqueo.
La batería estaba casi agotada.
En la pantalla había una conversación abierta con un número guardado sin nombre.
El último mensaje enviado decía:
No hables más. Víctor habló y mira cómo acabó.
El mensaje a Tomás.
Clara sintió un frío súbito en la nuca.
—Estaba aquí —dijo.
Elena miró la hora del envío.
—Once y treinta y dos.
Nico frunció el ceño.
—Pero a esa hora estábamos todos en la plaza.
—No todos —dijo Amelia.