Capítulo 7 — Un gato con algo en la boca #2
En brazos llevaba a Migas.
En la boca de Migas había algo.
Pequeño.
Metálico.
Brillante.
El gato parecía enormemente satisfecho consigo mismo.
Elena parecía considerar la posibilidad de cambiar de profesión.
—No voy a preguntar —dijo Clara.
—Mejor.
Elena dejó al gato en el suelo. Migas soltó el objeto sobre una bolsa transparente que Nico había extendido con rapidez casi heroica.
Era una llave pequeña.
No una llave de puerta. Más bien de cajón, taquilla o archivador. Tenía una etiqueta de plástico transparente, manchada de café por un lado. Dentro de la etiqueta había un número escrito a mano.
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Clara sintió que el número empezaba a burlarse de todos.
—Siete otra vez —murmuró Nico.
Amelia Ríos, que se había acercado sin hacer ruido, miró la llave.
—Esa etiqueta es del Ayuntamiento.
Elena se volvió hacia ella.
—¿De qué abre?
Amelia se inclinó, sin tocar.
—Por el tamaño, un armario auxiliar o una taquilla del archivo viejo. Las llaves de mobiliario antiguo llevan etiquetas numeradas.
—¿Hay una taquilla número siete? —preguntó Clara.
Amelia la miró.
—Hay muchas cosas número siete en edificios donde nadie ha actualizado inventarios desde 1993.
—Eso es un sí posible.
—Es un sí lamentable.
Migas se sentó junto a la llave y empezó a limpiarse una oreja.
Teresa llegó a la cinta policial, sin cruzarla.
—¿Qué encontró ahora?
—Una llave —dijo Clara.
—No.
—Sí.
—¿Con un siete?
Clara la miró.
Teresa cerró los ojos.
—Claro.
Inés soltó desde atrás:
—Ese gato debería estar encerrado.
Migas abrió un ojo.
Don Julián respondió con serenidad:
—Ese gato ha hecho más por la verdad que algunas instituciones.
Amelia Ríos tosió.
—Como institución, no me doy por aludida.
—Usted es la excepción que confirma el archivo —dijo Julián.
—Eso no significa nada.
—Pero suena correcto.
Elena tomó la bolsa con la llave y miró a Amelia.
—Vamos al archivo viejo.
Tomás se tensó.
—El archivo viejo está cerrado desde hace años.
Amelia respondió antes que Elena:
—Cerrado no significa inaccesible. Significa que nadie quiere asumir la responsabilidad de ordenarlo.
—¿Dónde fica? —preguntó Clara.
—Sótano del Ayuntamiento —dijo Amelia—. Bajo el salón de plenos.
Nico hizo una mueca.
—¿El sótano húmedo?
—El único sótano que tenemos.
—Genial.
Clara miró a Teresa.
—Quédate con Migas.
Teresa miró al gato.
El gato miró hacia el Ayuntamiento.
—No creo que acepte —dijo Teresa.
—No es una negociación.
Migas se levantó.
—Migas, no.
El gato caminó hacia Elena Vega y se sentó junto a sus zapatos.
La inspectora lo miró hacia abajo.
Clara no dijo nada.
No hacía falta.
Elena respiró hondo.
—No.
Migas parpadeó.
—No voy a bajar a un sótano con un gato.
Migas apoyó una pata sobre su zapato.
Elena cerró los ojos.
—Esto no está pasando.
Nico, muy bajo, dijo:
—Podría encontrar algo.
Elena abrió los ojos y lo miró.
—Agente Paredes, no se una al gato.
—Sí, inspectora.
Pero ya era tarde.
Porque todos lo estaban pensando.
Incluso Amelia, que observó a Migas con una neutralidad administrativa sospechosa.
—Los sótanos tienen ratones —dijo la secretaria.
Elena la miró.
—¿Eso es un argumento policial?
—Es un dato de mantenimiento.
Migas maulló.
Clara levantó las manos.
—Yo no digo nada.
—Está diciendo muchísimo con la cara.
—Tengo una cara expresiva.
Elena señaló al gato.
—Si entra, usted se responsabiliza.
—Siempre me responsabilizo.
—Eso es completamente falso.
—Me responsabilizo emocionalmente.
—Peor.
Cinco minutos después, un grupo demasiado numeroso para un sótano municipal bajaba por una escalera estrecha del Ayuntamiento: Elena, Nico, Amelia, Clara y, contra toda lógica institucional, Migas.
Tomás insistió en acompañarlos. Elena le dijo que no.
Lucía pidió bajar. Elena también le dijo que no.
Inés intentó preguntar si la investigación del gato afectaría a sus pastelitos. Nadie respondió.
Teresa se quedó arriba, vigilando la plaza y el Portal 7 con la expresión de una mujer que había decidido no derrumbarse por pura falta de tiempo.
El sótano olía a humedad, metal y papel viejo.
Las paredes estaban desconchadas. Un fluorescente parpadeaba con vocación de película barata.
A ambos lados del pasillo había armarios, cajas, archivadores y muebles que parecían haber sido bajados allí con la esperanza de que el olvido los jubilara sin trámite.
Amelia avanzó sin dudar.
—Por aquí.
—¿Cómo puede orientarse? —preguntó Clara.
—Treinta años de servicio público y rencor.
—Admirable.
—Funcional.
Llegaron a una sala baja, con estanterías de madera y archivadores metálicos. Algunas puertas tenían números escritos en etiquetas amarillentas.
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Elena levantó la llave.
—Buscamos el siete.
Nico iluminó con la linterna del móvil.
—Aquí.
Al fondo, detrás de una pila de sillas plegables, había un armario estrecho. La etiqueta, medio despegada, decía:
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Clara sintió una mezcla de ansiedad y satisfacción narrativa que prefirió no mencionar.
Elena probó la llave.
Encajó.
El armario se abrió con un gemido oxidado.
Dentro había carpetas antiguas, una caja de cartón y un sobre grande de papel madera. Sobre el sobre, escrito con rotulador negro:
GALERÍA VIEJA — RECLAMACIONES / NO DESTRUIR
Amelia aspiró aire.
—Ese sobre no debería estar aquí.
—Hoy tampoco inauguraremos esa frase —dijo Clara.
Elena abrió el sobre con cuidado.
Dentro había cartas, recortes de periódico, copias de actas y fotografías antiguas de la Plaza Mayor. En una de las fotos aparecía la galería vieja: un pasaje con comercios pequeños, toldos, letreros pintados a mano y vecinos reunidos frente a una pared.
En la pared se leía:
LA PLAZA NO PERDONA
Clara miró la foto.
Luego a Amelia.
—¿Quién tomó esta fotografía?
Amelia se inclinó.
—No lo sé. Pero esa copia es posterior. Alguien la guardó fuera del expediente principal.
Elena revisó los documentos.
—Aquí hay cartas firmadas por comerciantes.
—Mi padre —dijo una voz desde la puerta.
Todos se volvieron.
Lucía Paredes estaba al final del pasillo del sótano.
No debía estar allí.
Naturalmente, estaba.
Elena endureció la expresión.
—Le dije que esperara arriba.
Lucía no se movió.
—Ese expediente tiene cartas de mi padre.
—¿Cómo bajó?
—Por la escalera.
Nico susurró:
—Técnicamente es la única forma.
Elena lo fulminó.
Lucía avanzó un paso.
—Víctor me dijo que había encontrado algo en el archivo viejo. Algo sobre la galería. Pensé que hablaba de las cartas.
—¿Cuándo se lo dijo? —preguntó Elena.
—Ayer.
—¿Por qué no lo mencionó?
Lucía miró las carpetas.
—Porque no quería que esto se convirtiera en mi historia.
Clara entendió la frase.
A veces, quando alguém morre, as dores antigas correm para ocupar o cadáver como se ele fosse uma casa vazia.
Elena tomó una fotografía antigua con guantes y la guardó aparte.
—No toque nada.
Lucía asintió, pero sus ojos se llenaron de lágrimas silenciosas ao ver uma carta amarelada dentro do sobre.
Amelia leu o nome no cabeçalho.
—Ernesto Paredes.
Lucía cerró la boca con fuerza.
—Mi padre.
Nico, que también era Paredes, bajó la mirada.
La ciudad pequeña entraba otra vez en la investigación. Apellidos, pérdidas, parentescos. Nadie era del todo externo a nada.
Migas se metió debajo del armario.
—No —dijo Clara, ya cansada de decirlo.
El gato respondió con un sonido ahogado.
Luego empezó a tirar de algo.
—Migas.
Otro tirón.
Elena se agachó.
Clara se agachó también.
—Medina.
—Estoy agachada de apoyo moral.
Migas salió de debajo del armario arrastrando un cordón negro.
Atado al cordón había un objeto pequeño, rectangular.
Un pendrive.
La sala quedó muda.
Migas lo soltó en medio del suelo, se sacudió el polvo del bigote y miró a todos como si esperara aplausos.
Nico susurró:
—Colaborador felino no homologado.
Elena no lo corrigió.
Eso, en aquel momento, fue quase uma admissão oficial.
Clara miró el pendrive.
Tenía una etiqueta minúscula, escrita a mano.
V.A. — copia
Víctor Almazán.
La prueba que dijo tener.
La prueba que quizá lo mató.
Elena guardó el pendrive con cuidado extremo.
—Nadie toca nada más.
Migas estornudó.
—Especialmente usted —añadió Elena, mirando al gato.
Clara sintió que el aire húmedo del sótano se volvía más pesado.
Arriba, en la plaza, todos discutían sobre tazas, dulces, lazos, café y notas antiguas.
Abajo, bajo el Ayuntamiento, en un armario número siete, acababa de aparecer algo mucho peor que una pista.
Había aparecido una razón.
Y las razones, a diferencia de las pistas, tenían la mala costumbre de señalar a personas vivas.