Muerte en la Plaza Mayor Capítulo 8 — La plaza no olvida
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Capítulo 8 — La plaza no olvida

La plaza no olvida

El pendrive era demasiado pequeño para cargar con tanto silencio.

Estaba dentro de una bolsa transparente, sostenido entre los dedos enguantados de la inspectora Elena Vega, y aun así parecía pesar más que todas las carpetas del archivo viejo juntas.

Clara lo miró con una mezcla incómoda de alivio y temor.

Las pruebas, pensó, tenían esa crueldad: una pasaba horas deseando encontrarlas, y cuando al fin aparecían daban ganas de volver a perderlas.

Migas, autor material del descubrimiento, se había sentado sobre una caja de actas municipales con la expresión de quien acababa de fundar una nueva rama del derecho probatorio.

—No pongas esa cara —le dijo Clara.

El gato parpadeó lentamente.

—Sí, esa. La de “sin mí estaríais todos perdidos”.

Nico Paredes, que sostenía una linterna con una mano y una bolsa de evidencia con la otra, miró al gato con respeto.

—Un poco sí estaríamos.

Elena lo fulminó con los ojos.

—Agente.

—Digo, hipotéticamente.

—No formule hipótesis felinas.

—Sí, inspectora.

Lucía Paredes seguía de pie junto al armario número siete, pálida, con una carta amarillenta entre la mirada y el pasado. No la tocaba. Solo la miraba. La carta tenía el nombre de su padre en el encabezado, y a veces un nombre basta para convertir un archivo en una herida abierta.

Amelia Ríos, la secretaria municipal, observaba todo con una rigidez distinta a la habitual. Clara no supo si era preocupación, rabia o ese tipo de cansancio que solo acumulan quienes llevan treinta años viendo cómo los papeles sobreviven mejor que las personas.

Elena guardó el pendrive en el bolsillo interior de su abrigo.

—Subimos.

—¿No lo va a abrir aquí? —preguntó Clara.

—No pienso conectar una posible prueba en un ordenador del sótano municipal junto a humedad, polvo y un gato con ambiciones forenses.

Migas maulló.

—Además —añadió Elena—, necesito un equipo limpio.

Nico miró alrededor.

—El ordenador de Secretaría suele funcionar.

Amelia lo miró.

—Funcionar es una palabra generosa.

—Entonces no —dijo Elena.

Lucía dio un paso hacia la inspectora.

—Necesito saber qué hay ahí.

—Lo sabrá cuando corresponda.

—Víctor me habló de esas pruebas.

—Entonces debería haberme contado todo antes.

Lucía bajó los ojos.

—Lo sé.

La respuesta fue tan simples que desarmó a Clara. No sonó a excusa, ni a desafío. Sonó a cansancio.

Elena la observó unos segundos.

—¿Qué le dijo exactamente?

Lucía tragó saliva.

—Que había copiado documentos. Que no confiaba en nadie del Ayuntamiento. Que alguien estaba usando la reforma para repetir lo de la galería vieja, pero esta vez con más dinero y mejores palabras.

—¿Nombró a alguien?

Lucía miró hacia la escalera.

Arriba estaba la plaza. Arriba estaban Tomás, Teresa, Inés, Don Julián, Marina, los puestos cerrados, la cinta policial, los vecinos, el olor de dulces abandonados.

—Dijo que no era solo Tomás.

Clara sintió que el sótano se enfriaba.

Tomás Echevarría era sospechoso suficiente para una mañana. Mentía, sonreía demasiado, tenía café en el zapato y recibía amenazas. Pero “no era solo Tomás” abría una puerta peor: una puerta con más gente detrás.

—¿Quién más? —preguntó Elena.

Lucía negó con la cabeza.

—No lo sé. No quiso decirlo por teléfono. Dijo que lo vería en la copia.

—¿Por qué no le entregó la copia a usted?

—Porque... —Lucía respiró hondo— porque yo le dije que no quería volver a ser parte de sus arrepentimientos.

La frase quedó en el sótano con la humedad.

Clara miró a Lucía con una compasión incómoda. Había personas que hacían daño y luego volvían años después con la verdad en las manos, esperando que la verdad también sirviera de disculpa.

No siempre servía.

A veces solo llegaba tarde.

Amelia cerró el sobre de la galería vieja con cuidado.

—Este archivo debe quedar registrado.

Elena asintió.

—Quedará.

—Y custodiado correctamente.

—También.

—Y no volverá a perderse.

Elena miró a la secretaria.

—¿Eso es una petición o una acusación?

Amelia sostuvo su mirada.

—Es una costumbre. En este Ayuntamiento las cosas incómodas siempre encuentran un sótano.

Nico dejó de apuntar.

Clara pensó que aquella frase merecía una placa en la entrada.

Subieron en silencio.

Migas fue el primero.

Por supuesto.

Al llegar al vestíbulo del Ayuntamiento, la luz de la mañana pareció demasiado clara.

Afuera, la Plaza Mayor seguía detenida en una especie de duelo burocrático.

Algunos puestos habían terminado de guardar comida.

Otros permanecían intactos, como pequeñas escenas de una fiesta que nadie se atrevía a desarmar.

Los banderines se movían sobre la fuente y el quiosco acordonado parecía menos un escenario de música que un altar de malos presagios.

Tomás Echevarría esperaba junto a la puerta.

Había recuperado un poco de su compostura. Eso, en Clara, produjo el efecto contrario al que probablemente buscaba: volvió a sospechar de él con mais energia.

—¿Encontraron algo? —preguntó.

Elena pasó a su lado.

—Sí.

Tomás esperó.

Elena no añadió nada.

—Inspectora, como concejal de Urbanismo, tengo derecho a saber si se han retirado documentos municipales del archivo.

Amelia apareció detrás de Elena.

—El derecho a saber no siempre incluye el derecho a interferir.

Tomás apretó la mandíbula.

—Amelia, no es momento.

—Lleva años sin ser momento. Curiosamente, las cosas siguen ocurriendo.

Lucía salió del sótano detrás de ellos. Tomás la miró, pero no dijo nada. Ella tampoco.

Ese silencio, Clara pensó, tenía mucha historia y ninguna paz.

Elena se volvió hacia Nico.

—Necesito un ordenador seguro en dependencias policiales. Ahora.

—La oficina está a cuatro minutos —dijo Nico—. Si no contamos que la puerta del garaje se atasca.

—No contemos eso.

—Entonces cuatro minutos.

—Vamos.

Clara dio un paso.

Elena la señaló sin mirarla.

—No.

—Pero—

—No.

—Ni siquiera sabe qué iba a decir.

—Sí.

—Podría haber sido algo útil.

—Precisamente.

Clara cerró la boca.

Migas se sentó junto a sus pies.

Elena lo miró.

—Y él tampoco.

Migas maulló.

—Especialmente él.

Nico parecía decepcionado, pero no lo dijo.

Elena salió con él hacia la pequeña oficina de la policía local, al otro lado de la plaza. El pendrive se fue con ella. La prueba, la razón, la promesa de sentido, desapareció dentro de un abrigo sobrio.

Y Clara se quedó con lo peor: esperar.

Esperar nunca había sido su talento.

—No vas a esperar, ¿verdad? —preguntó Teresa cuando Clara volvió al puesto del Portal 7.

—Estoy considerando una espera activa.

—Eso significa meterte en problemas caminando.

—A veces también sentada.

Teresa le dio una taza de cartón con café.

Clara la miró.

—¿De dónde salió esto?

—Del termo. La policía autorizó retirar perecederos. Yo autoricé no morir de nervios.

Clara tomó un sorbo.

El café estaba tibio, fuerte y un poco amargo. Perfecto para una mañana que había empezado como feria y se había convertido en expediente.

—¿Qué encontraron abajo? —preguntó Teresa.

Clara dudó.

—Papeles de la galería vieja. Cartas. Fotos. Y una copia que Víctor escondió.

Teresa cerró los ojos.

—Entonces era verdad.

—¿Qué?

—Que esto venía de antes.

Clara se apoyó contra la mesa del puesto.

—Todo viene de antes.

—No así.

Migas saltó sobre una caja vacía y empezó a olfatear el borde de una bolsa con pastas de almendra.

—No —dijeron Clara y Teresa al mismo tiempo.

El gato fingió que no había estado haciendo nada.

Teresa miró hacia el quiosco.

—Cuando yo era niña, mi padre me traía a la plaza los domingos. La galería todavía existía. Había una papelería, una mercería, una tienda de discos, una zapatería minúscula y una señora que vendía botones en cajas de lata. Me acuerdo del sonido. No de las caras. Del sonido.

—¿Qué sonido?

—Puertas pequeñas. Conversaciones cruzadas. Una radio. Monedas. Pasos en baldosas cubiertas. Era como si la plaza tuviera un interior.

Clara escuchó.

Teresa no hablaba así a menudo. Normalmente se defendía con ironía, órdenes y recetas. Aquella voz era otra. Más baja. Más antigua.

—¿Y cerró por la reforma? —preguntó Clara.

—Dijeron que sería temporal. Que iban a mejorar el espacio. Que los comerciantes volverían. Algunos firmaron papeles. Otros protestaron. Al final, no volvió casi nadie.

—El padre de Lucía tenía una papelería allí.

Teresa asintió.

—Ernesto. Era buen hombre. Demasiado correcto para pelear con gente que sonreía mientras le quitaba el suelo de debajo de los pies.

Clara miró hacia Lucía, que estaba junto a la fuente, sola. No lloraba. Eso parecía costarle más que llorar.

—¿Y Víctor?

—Víctor era joven. Ambicioso. De los que se fueron del pueblo diciendo que volverían para salvarlo.

—El tipo más peligroso de todos.

—Sí. Porque a veces vuelven.

Inés Robledo se acercó sin que nadie la invitara. Tenía el delantal un poco arrugado por primera vez en la mañana. Aquello la hacía menos monumental y más humana.

—La galería no cerró. La cerraron.

Teresa la miró.

—No sabía que estabas escuchando.

—Estoy en una plaza. Escuchar es legal.

Clara pensó que, por una vez, Inés tenía razón.

—¿Tu familia también tenía algo allí? —preguntó.

Inés apretó la boca.

—Mi madre vendía dulces en una mesa junto a la entrada. No era un local formal, pero todos la conocían. Cuando cerraron la galería, le prometieron un puesto fijo en la nueva plaza. Nunca llegó.

Teresa bajó la mirada.

—No sabía eso.

—Nunca preguntaste.

—Tú tampoco lo contaste.

Inés soltó una risa triste.

—Porque en Valleverde contar una derrota es darle a alguien la oportunidad de convertirla en chisme.

La frase fue buena.

Tan buena que Don Julián, desde su puesto, levantó la cabeza.

—Inés, eso ha sido excelente.

—No necesito su aprobación literaria.

—Nadie la necesita. Por eso la doy gratis.

Inés lo ignoró, pero Clara juraría que sus hombros bajaron un poco.

Don Julián se acercó con un libro bajo el brazo.

—Mi librería no estaba en la galería, pero sobrevivió por poco. La reforma cortó el paso durante meses. La gente dejó de venir. Mi mujer decía que vendíamos libros a fantasmas.

—¿Y cómo sobreviviste? —preguntó Clara.