Capítulo 7 — Un gato con algo en la boca
Un gato con algo en la boca
El mensaje seguía brillando en la pantalla del teléfono de Tomás Echevarría.
No hables más. Víctor habló y mira cómo acabó.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
No porque faltaran preguntas. Al contrario. Había demasiadas. Se apretaban unas contra otras en el aire de la Plaza Mayor, como vecinos intentando mirar por la misma ventana.
Tomás miraba la pantalla como si el teléfono ya no fuera suyo. Como si aquel rectángulo negro hubiera dejado de ser un objeto personal para convertirse en una pequeña bomba.
La inspectora Elena Vega no se movió.
Eso era lo que más inquietaba de ella. Cuando otros gritaban, ella se quedaba quieta. Cuando otros se apresuraban, ella respiraba. Cuando el mundo pedía una reacción, Elena Vega le hacía esperar.
—¿Quién le ha enviado esto? —preguntó.
Tomás tragó saliva.
—No lo sé.
—¿Reconoce el número?
—No.
—¿Ha recibido otros mensajes?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Clara miró a Migas.
Migas miró a Tomás.
Clara empezaba a confiar más en los silencios del gato que en las palabras de algunas personas.
—Concejal —dijo Elena—. Inténtelo otra vez.
Tomás apretó la mandíbula.
—Recibí uno anoche.
Lucía cerró los ojos, como si hubiera esperado esa confesión y aun así le doliera oírla.
—¿Qué decía? —preguntó Elena.
Tomás extendió la mano hacia el teléfono.
—Puedo mostrarlo.
Elena no se lo devolvió.
—Dígamelo.
—Decía: “La plaza no perdona a los que venden su sombra”.
Don Julián, que había conseguido acercarse sin que nadie entendiera cómo, murmuró:
—Buena frase. Amenazante, pero buena.
Elena lo miró.
—Señor Aranda.
—Me retiro medio paso.
No se retiró.
Solo fingió hacerlo.
Amelia Ríos, la secretaria municipal, ajustó sus gafas.
—Esa expresión apareció en una carta de protesta de 1987.
Todos se volvieron hacia ella.
Amelia no pareció sorprendida por haber vuelto a ser el archivo viviente de Valleverde. Probablemente llevaba décadas esperando que alguien hiciera preguntas correctas.
—¿Qué carta? —preguntó Clara.
Elena la miró, pero esta vez sin corregirla.
Amelia respondió:
—Una carta firmada por comerciantes de la antigua galería. Protestaban contra el derribo parcial y contra la concesión prometida a una empresa externa. Decía: “No se vende la sombra de la plaza sin vender también la memoria de quienes vivieron bajo ella”.
Don Julián se llevó una mano al pecho.
—Eso es casi hermoso.
—Era una reclamación administrativa —dijo Amelia.
—A veces la belleza aparece donde puede.
Tomás respiró con dificultad.
—Esto es absurdo. Alguien está usando frases antiguas para asustarnos.
—Eso parece —dijo Elena—. La pregunta es quién conoce esas frases.
Amelia levantó la barbilla.
—Quien haya leído las carpetas desaparecidas.
Lucía miró hacia el quiosco.
—Víctor las leyó.
—Y alguien más —dijo Clara.
Tomás se volvió hacia ella.
—¿Está acusándome?
—Todavía no. Estoy haciendo fila. Hay bastante gente antes.
Elena levantó una mano.
—Medina.
—Perdón.
Pero Clara no sentía mucho arrepentimiento.
El zapato de Tomás seguía manchado de café. No una mancha enorme. No una prueba definitiva. Solo una huella marrón en el borde de la suela, lo bastante pequeña para ser casualidad y lo bastante precisa para no dejar de mirarla.
Elena señaló el zapato.
—Vuelva al callejón.
Tomás palideció.
—¿Qué?
—No físicamente. En su memoria. ¿Estuvo en el callejón del Portal 7 esta mañana?
—Ya dije que no.
Migas maulló.
Fue un maullido breve.
Casi burocrático.
Amelia lo miró con aprobación, como si el gato hubiera presentado un documento en plazo.
Elena no apartó la vista de Tomás.
—Tiene café en la suela. Hay café derramado en la puerta trasera del Portal 7.
Un video muestra a alguien con chaqueta clara entrando en ese callejón a las 9:42.
Usted recibió una llamada de Víctor a las 9:38.
Después recibió una amenaza. Y acaba de admitir que ocultó otro mensaje.
Voy a preguntarlo una vez más: ¿estuvo en el callejón?
Tomás cerró los ojos.
Cuando los abrió, ya no había sonrisa.
Sin sonrisa, el concejal parecía casi un hombre común: cansado, asustado, menos pulido. Eso no lo hacía inocente. Solo lo hacía más difícil de odiar con comodidad.
—Sí.
La palabra cayó sola.
Lucía soltó aire.
Clara sintió a Teresa tensarse al otro lado de la plaza, aunque no podía haber oído todo. Hay cosas que se perciben antes de entenderse.
—¿A qué hora? —preguntó Elena.
—Después de la llamada. Nueve y cuarenta, cuarenta y dos. No sé.
—¿Por qué fue?
Tomás miró hacia el Portal 7.
—Víctor me pidió que nos viéramos allí. Dijo que no quería hablar en el Ayuntamiento. Que allí había oídos.
—¿Y en un callejón no?
—Víctor estaba nervioso. No pensaba con claridad.
—¿Qué quería decirle?
Tomás dudó.
Elena dio un paso hacia él.
—Concejal.
—Que había encontrado una copia firmada.
—¿De qué?
—De la carta de intención con Dulces Serrano. La compensación privada. Los informes de licencias alterados. Todo.
Clara sintió que el caso se inclinaba otra vez.
No hacia un crimen pasional.
No hacia una rivalidad de dulces.
Hacia papeles.
Siempre papeles.
En el fondo, pensó, muchas tragedias empezaban cuando alguien creía que una vida cabía en un expediente.
—¿Y dónde está esa copia? —preguntó Elena.
Tomás negó con la cabeza.
—No lo sé. No me la dio.
—¿Qué ocurrió en el callejón?
—Llegué y la puerta trasera del Portal 7 estaba entreabierta. Había café derramado en el suelo. Llamé a Víctor, pero no respondió. Entonces escuché algo en la plaza, voces, ruido. Pensé que quizá había vuelto al quiosco.
—¿Entró al café?
—No.
Migas maulló otra vez.
Tomás lo señaló con una indignación desesperada.
—¡Ese gato no puede ser un polígrafo!
—No —dijo Clara—. Sería más caro.
Elena ignoró el comentario.
—¿Vio a alguien salir del callejón?
Tomás apretó los labios.
—No claramente.
—Eso no es no.
—Vi una figura.
—Describa.
—Iba deprisa. Llevaba algo en la mano.
—¿Qué?
—Una caja, creo.
Inés, que había estado escuchando desde una distancia muy mal fingida, soltó un sonido ahogado.
—¿Una caja?
Tomás no la miró.
—Pequeña. Con un lazo. No sé el color.
—Azul —dijo Clara.
Elena la miró.
—No sabemos eso.
—Lo sabemos un poco.
—No se puede saber un poco.
—En Valleverde sí.
Elena volvió a Tomás.
—¿Reconoció a la persona?
—No.
—¿Hombre, mujer?
—No sé. Chaqueta clara. O gris. Todo fue rápido.
—¿Carpeta roja?
Tomás tardó demasiado en contestar.
—Quizá.
Lucía cerró la mano sobre su propia carpeta.
—No era yo.
Nadie la había acusado en voz alta.
Eso empeoró la frase.
Tomás miró a Lucía.
—No dije que fueras tú.
—Pero lo pensaste.
—No.
—Siempre piensas en cómo salvarte primero.
El golpe fue bajo porque sonó verdadero.
Elena intervino:
—Basta. Concejal, ¿por qué no informó de esto cuando se encontró el cuerpo?
Tomás soltó una risa sin humor.
—Porque soy idiota.
—Necesito más precisión.
—Porque la reforma estaba amañada, porque Víctor me había llamado, porque yo estuve en el callejón, porque alguien murió minutos después y porque mi zapato tenía café de una puerta que no debía haber pisado. ¿Quiere más precisión?
—Siempre.
Tomás bajó la voz.
—Porque pensé que me iban a acusar.
Clara lo miró.
—Mentir suele colaborar bastante con eso.
El concejal no respondió.
Por primera vez, parecía no tener nada que vender.
Elena le devolvió el teléfono, pero no antes de dictarle a Nico el número desconocido y la hora exacta del mensaje. Luego le pidió a Tomás que no borrara nada, no respondiera nada y permaneciera localizable.
—¿No lo va a detener? —preguntó Inés, indignada con la injusticia de que nadie fuera detenido cuando ella estaba disponible para opinar.
—No acepto sugerencias de arresto por entusiasmo vecinal —dijo Elena.
—Solo digo que mintió.
—La plaza entera parece haber hecho de eso una actividad comunitaria.
Don Julián asintió.
—En nuestra defensa, a veces llamamos a eso convivencia.
Teresa se acercó con los brazos cruzados.
—Entonces alguien entró en mi café, sacó una taza, derramó café, preparó una escena y se fue por el callejón con una caja de Inés.
—Esa es una posibilidad —dijo Elena.
—Una posibilidad bastante ofensiva.
—Los crímenes rara vez son educados.
Migas empezó a caminar hacia el quiosco.
Clara lo vio.
Elena también.
—No —dijeron al mismo tiempo.
El gato se detuvo.
Miró a Clara.
Miró a Elena.
Luego siguió caminando.
—Migas —advirtió Clara.
El gato aceleró.
—No corra detrás de él —dijo Elena.
Clara ya corría.
—¡Clara! —gritó Teresa.
—¡Es el gato!
—¡Siempre es el gato! —respondió Elena, y por primera vez en toda la mañana pareció perder la paciencia de verdad.
Migas cruzó la plaza como una flecha naranja, pasó junto a la fuente, esquivó una caja de quesos, ignoró el puesto de Inés —lo cual revelaba una concentración preocupante— y se metió por debajo de la cinta policial del quiosco.
Clara se detuvo antes de cruzar la cinta.
Había aprendido algo.
No mucho.
Algo.
—Inspectora —dijo, sin apartar la vista de Migas—. Su jurisdicción.
Elena llegó a su lado, respirando con irritación controlada.
—Qué generosa.
—Estoy madurando.
—No lo suficiente.
La inspectora levantó la cinta y entró. Clara se quedó fuera, aunque inclinada de tal forma que espiritualmente estaba dentro.
Migas había desaparecido por la puerta lateral del quiosco.
Desde dentro llegó un ruido.
Luego otro.
Después un golpe seco.
Elena abrió la puerta con cuidado.
—No entre —dijo a Clara.
—No iba a entrar.
—Su pie dice otra cosa.
Clara miró su propio pie, que en efecto había avanzado medio centímetro.
Lo retiró.
El interior del quiosco seguía oliendo a madera vieja, polvo y café frío. Elena entró despacio. Nico llegó detrás con una bolsa de evidencia en la mano y cara de resignación anticipada.
—¿Otra vez el gato? —preguntó.
—Otra vez el gato —dijo Clara.
—Voy a tener que abrir una sección en el informe.
—Ponle “colaborador felino no homologado”.
—No ayude —dijo Elena desde dentro.
Clara se calló.
Durante unos segundos solo se oyeron movimientos dentro del quiosco. Una caja arrastrada. El maullido breve de Migas. El suspiro de Elena.
Luego la inspectora apareció en la puerta.