Capítulo 6 — El concejal sonríe demasiado #2
Clara habría respondido algo imprudente, pero Elena Vega apareció detrás de ella como si hubiera sido invocada por la mala conducta.
—Medina.
Clara cerró los ojos.
—Sí.
—¿Qué parte de “quédese donde pueda verla” confundió con “acérquese al concejal en una calle lateral”?
—La parte del gato.
Elena miró a Migas.
Migas se sentó.
La inspectora pareció considerar, por un instante muy real, la posibilidad de detenerlo.
Luego se volvió hacia Tomás.
—¿De qué hablaban?
—De nada relacionado con la investigación —dijo él.
Lucía respondió al mismo tiempo:
—De Víctor.
La sonrisa de Tomás desapareció.
Clara sintió algo parecido a gratitud por Lucía.
Elena miró a ambos.
—Interesante diferencia.
Tomás respiró hondo.
—Víctor estaba nervioso por la reforma. Nada más.
—La señora Paredes dice que quería echarse atrás.
Lucía no bajó la mirada.
—Sí.
Elena la observó.
—¿Echarse atrás de qué?
Lucía dudó.
Tomás habló antes:
—De un malentendido.
—Concejal —dijo Elena—, cada vez que usted intenta aclarar algo, la habitación se oscurece. Y ni siquiera estamos en una habitación.
Clara casi sonrió.
No era momento.
Pero casi.
Tomás se irguió.
—La reforma de la plaza tiene oposición. Es normal. Víctor era sensible a la presión social. A veces dramatizaba.
—¿Qué presión? —preguntó Elena.
—Comerciantes, asociaciones, vecinos nostálgicos.
—¿Nostálgicos? —repitió Lucía.
Tomás se volvió hacia ella.
—No lo digo en mal sentido.
—Nunca lo dices en mal sentido. Esa es tu especialidad.
Elena intervino:
—¿Qué iba a contar Víctor?
Tomás no respondió.
Lucía sí.
—Que el quiosco ya estaba prometido.
El silencio cayó rápido.
Desde la plaza llegó el sonido distante de una caja cerrándose. Una paloma batió las alas sobre un tejado. Migas dejó de mirar a Tomás y miró a Lucía.
—¿Prometido a quién? —preguntó Elena.
Lucía apretó la carpeta roja.
—A una empresa de fuera. Dulces Serrano. Quieren abrir una cafetería boutique en el centro de la plaza después de la reforma.
Clara pensó en Inés, en sus pastelitos de canela, en su quiosco soñado.
Pensó en Teresa, en el Portal 7 con su terraza vieja y sus tazas desparejadas.
Pensó en Don Julián, rodeado de libros que probablemente ninguna cafetería boutique consideraría “alineados con la experiencia de marca”.
—Entonces la convocatoria era una mentira —dijo Clara.
Tomás la miró.
—No.
—Si los comerciantes iban a una reunión pensando que podrían negociar, pero el quiosco ya estaba prometido, eso tiene un nombre.
—Prudencia institucional.
—Mentira con chaqueta.
Elena levantó una mano.
—Basta. Concejal, ¿es cierto?
Tomás tardó.
No mucho.
Lo suficiente.
—Había conversaciones preliminares.
—¿Con Dulces Serrano?
—Con varios posibles operadores.
Lucía soltó una risa seca.
—Había una carta de intención.
—No vinculante.
—Con fechas, cifras y una compensación privada para evitar oposición de comerciantes.
Clara recordó el fragmento encontrado por Migas:
...compensación privada... ...evitar oposición de comerciantes...
Tomás se volvió hacia Lucía con una furia contenida.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí. Lo sé. Lo leí.
Elena dio un paso hacia ella.
—¿Dónde?
Lucía tragó saliva.
—En una copia que Víctor me mostró ayer.
—¿Por qué se la mostró?
Por primera vez, Lucía pareció perder el equilibrio interno. No físicamente. En la voz.
—Porque estaba asustado. Porque dijo que todo se había ido demasiado lejos. Porque pensó que yo entendería.
—¿Por qué usted?
Lucía miró hacia el quiosco.
—Porque hace años me quiso. Y porque sabe lo que le pasó a mi padre con otra reforma llena de promesas.
Tomás bajó la voz.
—Lucía.
—No.
El “no” fue sencillo. No dramático. Definitivo.
—Víctor dijo que iba a hablar con Teresa, Inés y Julián esta noche. Que iba a explicarles lo del quiosco, las licencias, las compensaciones. Que quería suspender el anuncio hasta revisar todo.
—¿Qué anuncio? —preguntó Elena.
Tomás cerró los ojos.
Clara miró el cartel de la feria al otro lado de la plaza.
Tradición, sabor y futuro.
Qué frase tan horrible empezaba a parecerle.
Lucía respondió:
—El anuncio de la reforma.
Nico, que acababa de aproximarse con la libreta en la mano, casi tropezó.
—¿Hoy iban a anunciar la reforma?
—Durante el discurso inaugural —dijo Lucía—. La feria era la excusa perfecta. Café, dulces, vecinos felices, fotos bonitas. Después, el Ayuntamiento presentaría el proyecto como una celebración del comercio local.
—Mientras ya negociaba con una empresa de fuera —dijo Clara.
Tomás levantó la voz:
—No se había cerrado nada.
Elena se volvió hacia él.
—¿Dulces Serrano sabía que Víctor quería echarse atrás?
El concejal no respondió.
La respuesta quedó en su cara.
Sí.
O algo bastante parecido.
Clara sintió que el caso cambiaba de forma otra vez.
Ya no era solo una taza robada ni una caja de pastelitos desaparecida.
Era una reforma.
Una empresa externa.
Un quiosco prometido.
Tres comerciantes usados como decoración de consenso.
Un organizador muerto antes de hablar.
Y un concejal cuya sonrisa empezaba a derretirse.
—Necesito toda la documentación sobre Dulces Serrano —dijo Elena.
Tomás recuperó, con esfuerzo, el tono institucional.
—Tendrá que solicitarla formalmente.
Elena lo miró.
—Concejal.
—Hay procedimientos.
—Hay un cadáver.
—No puedo entregar documentos municipales sensibles sin autorización de alcaldía.
Amelia Ríos apareció junto a ellos como si la palabra “documentos” la hubiera convocado.
—Sí puede.
Tomás la miró.
—Amelia.
—En caso de investigación criminal, con solicitud de autoridad competente, puede facilitar acceso. No entrega definitiva sin registro, pero sí consulta y copia certificada posterior.
Elena miró a la secretaria.
—Gracias.
—De nada. Me irrita la imprecisión.
Clara pensó que Amelia era, definitivamente, una fuerza de la naturaleza.
Tomás apretó la mandíbula.
—Muy bien. Pero quiero que conste—
—Constará —dijo Amelia—. Todo consta. Aunque algunos prefieran lo contrario.
Esa frase golpeó más fuerte de lo que parecía.
Tomás lo sintió.
Lucía también.
Elena no perdió el hilo.
—Concejal, ¿habló con Víctor esta mañana después de las 9:30?
—Sí.
—¿A qué hora?
—No lo recuerdo exactamente.
—Recuerde.
—Fue una mañana complicada.
—Ahora lo es más.
Tomás miró hacia la plaza.
Inés observaba desde su puesto, fingiendo no observar. Teresa estaba junto al Portal 7, con los brazos cruzados. Don Julián hablaba con un agente y señalaba un libro, porque incluso una declaración policial podía necesitar bibliografía. Marina sostenía el bolso con ambas manos.
Todo el pueblo esperaba.
Tomás sacó el teléfono.
—Tengo registro de llamadas.
Elena extendió la mano.
Él dudó.
Luego se lo entregó.
La inspectora revisó.
—Llamada de Víctor a las 9:38. Duración: un minuto y doce segundos.
Clara recordó el video de Marina: figura entrando al callejón a las 9:42.
Cuatro minutos después.
Elena levantó la vista.
—¿Qué le dijo?
Tomás respiró hondo.
La sonrisa había desaparecido por completo.
Sin ella, parecía menos culpable y más humano. Eso, curiosamente, no lo ayudaba.
—Dijo que iba a contarlo todo.
Lucía cerró los ojos.
Clara sintió que la plaza entera volvía a inclinarse hacia ellos.
—¿Todo qué? —preguntó Elena.
Tomás no respondió de inmediato.
Cuando habló, su voz salió más baja.
—Que la reforma estaba amañada.
La palabra cayó sobre la mañana como una taza rompiéndose de nuevo.
—¿Amañada por quién? —preguntó Clara.
Elena no la corrigió.
Tomás miró a Lucía.
Luego a Amelia.
Luego al quiosco.
—Víctor dijo que tenía pruebas. Que alguien había falsificado parte de los informes de licencias para justificar la entrada de Serrano. Que iba a usar la reunión de las siete para advertir a los comerciantes antes del anuncio.
—¿Y usted? —preguntó Elena.
—Yo le dije que se calmara.
—¿Solo eso?
—Le dije que no hiciera una estupidez.
—¿Una estupidez como revelar corrupción?
Tomás cerró los ojos.
—Una estupidez como acusar sin pruebas.
—Pero dijo que tenía pruebas.
—Eso dijo.
—¿Dónde están?
Tomás no contestó.
Porque no sabía.
O porque sí.
Migas, que había permanecido demasiado quieto, se levantó de pronto. Caminó hacia Tomás y se detuvo frente a su zapato derecho.
Olfateó.
Tomás retrocedió.
—Quite ese gato.
Clara miró el zapato.
En el borde de la suela, casi invisible contra el cuero claro, había una mancha marrón.
Café.
Nico también la vio.
—Inspectora...
Elena bajó la mirada.
Tomás siguió el gesto de todos y vio su propio zapato.
—Esto no es lo que parece.
Clara suspiró.
—Nadie debería decir esa frase en voz alta.
Elena levantó una mano para que nadie se acercara.
—Concejal. ¿Estuvo usted en el callejón del Portal 7 esta mañana?
—No.
Migas maulló.
Tomás lo miró con una mezcla de odio y miedo.
—Es un gato.
—Sí —dijo Clara—. Y aun así está haciendo mejor papel que muchos humanos.
Elena se inclinó apenas hacia el zapato, sin tocarlo.
—Entonces tendrá que explicarme cómo llegó café a su suela.
Tomás tragó saliva.
—Había café por toda la feria.
—No en el suelo de la feria. En la puerta trasera del Portal 7, sí.
El concejal abrió la boca.
La cerró.
Por primera vez, no encontró una frase institucional.
Lucía lo miró como si acabara de confirmar algo que temía.
Amelia Ríos ajustó sus gafas, implacable.
Nico dejó de escribir, esperando.
La plaza entera pareció quedarse sin banderines, sin dulces, sin encanto.
Solo piedra.
Solo café.
Solo silencio.
Y entonces el teléfono de Tomás vibró en la mano de Elena.
La inspectora miró la pantalla.
No desbloqueó nada. No hizo falta.
La notificación aparecía visible.
Un mensaje de un número sin nombre:
No hables más. Víctor habló y mira cómo acabó.
Elena levantó la vista hacia Tomás.
Clara sintió que, por primera vez en toda la mañana, el concejal no sonreía porque ya no podía.
Migas se sentó junto a su zapato manchado.
Y Valleverde, que sabía guardar secretos durante décadas, pareció entender que algunos secretos acababan de empezar a defenderse solos.