Muerte en la Plaza Mayor Capítulo 6 — El concejal sonríe demasiado
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Capítulo 6 — El concejal sonríe demasiado

El concejal sonríe demasiado

La noticia de la reunión de las siete llegó a la Plaza Mayor antes que ellos.

En Valleverde, las noticias no viajaban: se evaporaban, se mezclaban con el aire y aparecían dentro de conversaciones ajenas sin que nadie pudiera explicar cómo.

Cuando Clara, Elena Vega, Nico Paredes, Lucía, Tomás y Amelia Ríos salieron del Ayuntamiento, la plaza ya los miraba con esa expresión colectiva de quien sabe algo, no sabe suficiente y está dispuesto a completar el resto con imaginación.

—Ya lo saben —dijo Clara.

Elena Vega no preguntó quién.

No hacía falta.

Todo Valleverde lo sabía todo, salvo lo importante.

Amelia Ríos, la secretaria municipal, caminaba con una dignidad severa que convertía el empedrado de la plaza en un pasillo de juzgado.

Llevaba la carpeta gris apretada contra el pecho y una expresión que dejaba claro que, si dependiera de ella, los asesinatos deberían solicitarse por ventanilla con cuarenta y ocho horas de antelación.

—Señores —dijo Elena, deteniéndose junto a la fuente—. Necesito hablar con Teresa Salvatierra, Inés Robledo y Julián Aranda.

Don Julián levantó la mano.

—Presente, aunque profundamente incómodo con la convocatoria.

—Eso nos pasa a todos —dijo Clara.

—Medina —advirtió Elena.

—Bajo la voz.

—No era el problema.

Teresa dejó a Migas sobre una caja. El gato saltó al suelo con elegancia y se sentó exactamente donde más podía estorbar. Inés salió de detrás de su puesto con el delantal impecable y la dignidad herida. Julián cerró un volumen de poemas como si se despidiera de un amigo.

Los tres quedaron frente a la inspectora.

Tres comerciantes.

Tres nombres marcados en una lista.

Tres personas que, si la feria no hubiera acabado con un cadáver, habrían sido convocadas aquella noche al quiosco central para una reunión informal que nadie parecía haber pedido.

Clara pensó que las palabras “reunión informal” deberían estar prohibidas en cualquier pueblo con más de dos secretos.

—Según la secretaria municipal —dijo Elena—, Víctor Almazán retiró ayer documentación sobre licencias y antecedentes de la reforma. También convocó una reunión para hoy a las siete de la tarde en el quiosco. Ustedes tres figuraban como asistentes.

Teresa frunció el ceño.

—Yo no sabía nada.

Inés respondió al mismo tempo:

—A mí no me convocó nadie.

Don Julián fue el único que no habló.

Clara lo miró.

Elena también.

—Señor Aranda —dijo la inspectora.

Don Julián suspiró.

—Yo sí recibí una nota.

Teresa se volvió hacia él.

—¿Y no dijiste nada?

—Hasta hace diez segundos no parecía relevante.

—Julián, hay un hombre muerto junto al quiosco.

—Admito que la relevancia aumentó.

Inés lo señaló con una mano.

—¿Qué decía esa nota?

Don Julián metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un sobre doblado. No era rojo ni azul. Era un sobre blanco, simple, de esos que parecen inocentes porque todavía nadie los ha acusado de nada.

Elena lo tomó con guantes.

—¿Lo abrió?

—Sí.

—¿Cuándo lo recibió?

—Ayer por la tarde. Lo encontré metido bajo la puerta de la librería.

—¿Quién lo entregó?

—Si lo hubiera visto, esta conversación sería más breve.

Elena abrió el sobre. Dentro había una hoja pequeña, escrita a mano.

Leyó en voz alta:

—“Julián: hoy, siete de la tarde, quiosco central. Es sobre la reforma. Mejor sin testigos. V.”

Inés abrió mucho los ojos.

—¿V de Víctor?

—O de vecino dramático —dijo Clara.

Elena la miró.

—Perdón.

Amelia Ríos ajustó sus gafas.

—Esa no es la letra de Víctor.

Todos se volvieron hacia ella.

La secretaria municipal no pareció alterada por la atención. Probablemente había sobrevivido a suficientes plenos municipales para que una plaza entera le resultara poca cosa.

—¿Está segura? —preguntó Elena.

—He archivado documentos de Víctor durante años. Su letra era inclinada, grande y bastante satisfecha de sí misma. Esa es pequeña, apretada y quiere pasar desapercibida.

Clara pensó que Amelia Ríos podía describir un carácter a partir de una vocal. Le cayó aún mejor.

—¿De quién es? —preguntó Elena.

Amelia miró la nota.

—No lo sé.

Tomás Echevarría dio un paso al frente.

—Esto confirma que alguien estaba usando el nombre de Víctor.

Clara lo observó.

El concejal había recuperado parte de su compostura.

No toda. El pañuelo azul seguía doblado en el bolsillo, pero ya no lo tocaba.

Había vuelto a poner esa media sonrisa de acto público, la sonrisa de quien lamenta profundamente lo ocurrido siempre que lo ocurrido no afecte demasiado al calendario institucional.

A Clara le molestó esa sonrisa.

Le molestó mucho.

—O que Víctor pidió a alguien que escribiera por él —dijo ella.

Tomás la miró.

—¿Por qué haría eso?

—No sé. Para no dejar su letra. Para asustar menos. Para asustar más. Para que alguien pudiera negarlo después.

—Eso es especulación.

—Es Valleverde. Aquí la especulación viene con el empadronamiento.

Don Julián sonrió apenas.

Elena no.

—Teresa, Inés —dijo la inspectora—. ¿Recibieron una nota parecida?

Teresa negó.

—No.

Inés también.

—No. Y si la hubiera recibido, lo diría.

Teresa la miró.

—Permítenos dudar un poco.

—Tú deberías estar preocupada por tu taza, no por mis sobres.

—Y tú por tu caja desaparecida.

—Basta —dijo Elena.

La palabra funcionó de nuevo.

Por poco, pero funcionó.

Nico Paredes anotaba todo con expresión de angustia. Probablemente ya había llenado media libreta y aún no sabía si el caso iba de café, dulces, licencias, urbanismo, gatos o resentimientos históricos.

Clara tampoco.

Pero empezaba a intuir que la respuesta era sí.

—Señor Aranda —continuó Elena—, ¿pensaba acudir a la reunión?

Don Julián miró hacia el quiosco. La cinta policial ondeaba levemente alrededor de la estructura.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque uno aprende, con los años, que las reuniones a las que no va son las que deciden su vida.

Amelia asintió muy despacio, como si aquella frase mereciera archivo permanente.

—¿Víctor le había hablado antes de la reforma? —preguntó Elena.

—Víctor hablaba mucho de todo. Decía “ordenación”, “oportunidad”, “activación cultural”. Cuando un hombre usa tantas palabras para referirse a una plaza, suele querer quitarle algo.

Tomás soltó una risa breve, artificial.

—Eso es injusto.

Don Julián se volvió hacia él.

—No, concejal. Injusto fue lo de la galería vieja. Esto, de momento, es solo sospechoso.

El rostro de Tomás perdió un poco de color.

Clara guardó ese detalle en algún lugar de su cabeza.

Elena también.

—¿Qué relación tenía usted con Víctor? —preguntó la inspectora.

—Cordialmente mala.

—Explíquese.

—Nos saludábamos con educación y desconfiábamos con sinceridad.

—¿Por qué desconfiaba de él?

Don Julián pasó una mano sobre la cubierta del libro que sostenía.

—Porque regresó a Valleverde hablando de memoria como si la memoria fuera decoración. Y la memoria, inspectora, no decora. Reclama.

Lucía Paredes bajó la mirada.

Tomás miró hacia otro lado.

Clara sintió que la frase “La plaza no perdona” volvía a caminar entre ellos.

Elena guardó la nota en una bolsa.

—Necesito muestras de letra de todos ustedes.

Inés protestó de inmediato.

—¿De todos?

—De todos.

—Pero yo no recibí nota.

—Precisamente.

—Eso no tiene lógica.

—La lógica la llevo yo.

Don Julián levantó la mano.

—¿Puedo escribir una cita literaria?

—Puede escribir su nombre, la fecha y la frase que yo le dicte.

—Qué prosaico.

—Es una investigación criminal.

—Lo sé. Pero una no debería excluir a la otra.

Nico, quizás por simpatía, sonrió.

Elena lo vio.

Nico volvió a la libreta.

Mientras la inspectora organizaba las muestras de letra, Clara se apartó un poco. No mucho. Lo suficiente para mirar a Tomás Echevarría sin que pareciera que lo miraba.

El concejal hablaba con Lucía junto al arco del Ayuntamiento. O más bien le susurraba algo con urgencia. Lucía mantenía la carpeta roja contra el pecho y negaba con la cabeza.

Clara no oía sus palabras.

Pero vio la mano de Tomás.

La forma en que agarró el brazo de Lucía.

No con violencia abierta.

Con esa clase de firmeza socialmente educada que a veces es peor, porque espera que nadie la nombre.

Lucía se soltó.

Otra vez.

Tomás sonrió.

Ahí estaba.

La sonrisa.

No amplia. No amable. Una sonrisa pequeña, de control. Una sonrisa que no aparecía porque algo fuera gracioso, sino porque el mundo todavía no le había quitado del todo la máscara.

Clara dio un paso hacia ellos.

Migas apareció a su lado.

—No —dijo Clara.

El gato la miró.

—No estamos siguiendo a nadie.

Migas caminó hacia Tomás.

—Eso es exactamente seguir a alguien.

El gato continuó.

Clara miró a Elena. La inspectora estaba ocupada dictando a Inés una frase para la muestra de letra:

—“La plaza no perdona”.

—Me niego a escribir amenazas poéticas —dijo Inés.

—Escriba.

—Esto dañará mi reputación.

—Señora Robledo, hoy su reputación está compitiendo con una taza, una caja perdida y un cadáver. La frase es lo de menos.

Clara aprovechó la distracción y siguió a Migas.

No a Tomás.

A Migas.

Era una diferencia legalmente frágil, pero espiritualmente válida.

Tomás y Lucía se habían apartado hacia la calle lateral del Ayuntamiento. Clara se detuvo junto a un farol, a una distancia que le parecía discreta y que probablemente no lo era.

—No puedes seguir ocultándolo —decía Lucía.

La voz era baja, pero Clara alcanzó a oírla.

Tomás respondió con los dientes apretados:

—No sabes de lo que hablas.

—Sé exactamente de lo que hablo. Víctor quería echarse atrás.

—Víctor quería llamar la atención.

—Víctor estaba asustado.

—Víctor estaba borracho de culpa. Es distinto.

Clara contuvo la respiración.

Migas, por desgracia, no contuvo nada. Se enroscó alrededor del tobillo de Tomás.

El concejal bajó la vista.

Luego levantó la mirada hacia Clara.

—¿Nos está espiando?

Clara miró al gato.

—Estoy recuperando propiedad emocional del Portal 7.

—¿Qué?

—El gato.

Migas maulló.

Lucía no sonrió. Tomás tampoco.

—Esta es una conversación privada —dijo él.

—En una plaza con un muerto y una reforma pública, las conversaciones privadas se vuelven una especie en extinción.

—Usted no tiene autoridad.

—Nunca dije que tuviera.

—Entonces aléjese.