Muerte en la Plaza Mayor Capítulo 5 — La lista de los comerciantes #3
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Capítulo 5 — La lista de los comerciantes #3

Bajaron al patio por una escalera estrecha. Esta vez Elena ni intentó dejar a Clara arriba. Quizá porque era inútil. Quizá porque Migas, autor material del descubrimiento, ya corría delante de todos como si el patio le perteneciera por derecho de conquista.

El contenedor de papel estaba medio abierto. Alrededor había pedazos de documentos mojados por café o agua. Algunos estaban demasiado dañados para leerse. Otros conservaban palabras sueltas:

reubicación   oposición   quiosco   Portal 7   Julián   Robledo   firma pendiente

Teresa no estaba allí para ver su nombre aparecer en la basura municipal.

Clara se alegró.

Un poco.

Elena recogió los fragmentos con ayuda de Nico. Tomás observaba desde la puerta, cada vez más rígido.

—Alguien destruyó documentos —dijo Lucía.

—O intentó —respondió Elena.

Clara se agachó cerca de una maceta seca. Había algo atrapado entre la tierra y el borde de cerámica.

No lo tocó.

—Inspectora.

Elena se acercó.

Era una tapa de bolígrafo.

Azul.

Clara casi rió.

—Esto ya parece una conspiración cromática.

—Medina.

—Perdón.

Elena recogió la tapa.

Nico fotografió.

Migas olfateó la maceta, estornudó y luego se dirigió hacia la puerta secundaria del Ayuntamiento.

—No —dijeron Elena y Clara al mismo tiempo.

El gato se detuvo, ofendido por la coordinación.

Tomás se pasó una mano por la frente.

—Todo esto puede tener una explicación administrativa.

Clara lo miró.

—Un cadáver, una taza robada, una caja desaparecida, notas anónimas y documentos rasgados en la basura.

—He visto administraciones peores —dijo Nico, muy bajo.

Elena lo miró.

—No ayude.

—Perdón.

La inspectora se volvió hacia Tomás.

—Necesito que nadie entre ni salga de esta zona.

—Esto paralizará el Ayuntamiento.

—Un asesinato suele afectar la productividad.

—Todavía no sabemos si fue asesinato.

Elena sostuvo su mirada.

—No. Pero alguien está trabajando mucho para que parezca algo.

Esa frase dejó a todos en silencio.

Porque era verdad.

Si Víctor había muerto de un infarto, alguien estaba usando su muerte.

Si Víctor había sido asesinado, alguien estaba repartiendo pistas como dulces en una feria.

En ambos casos, la plaza tenía un autor.

Y el autor conocía Valleverde demasiado bien.

Al regresar al vestíbulo, encontraron a una mujer mayor esperando junto al tablón de anuncios.

Tenía el pelo blanco cortado muy corto, gafas con cadena y una carpeta gris contra el pecho.

Su postura era recta, casi militar. No parecía alterada.

Parecía molesta por haber sido convocada en medio de una mañana desordenada.

Tomás se adelantó.

—Amelia.

La mujer lo miró.

—Concejal.

—Inspectora, Amelia Ríos, secretaria municipal.

Elena se presentó.

Amelia asintió con cortesía seca.

—Me dijeron que necesitaba hablar conmigo.

—Sí. Sobre las carpetas de licencias desaparecidas.

Amelia no parpadeó.

—No desaparecieron.

Tomás la miró.

—Amelia.

—Las retiró Víctor Almazán ayer a las dieciocho cuarenta.

La frase fue clara, precisa y devastadora.

Lucía dio un paso.

—¿Víctor?

—Sí.

Tomás se puso rojo.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

Amelia lo miró con frialdad.

—Porque nadie me preguntó antes.

Clara pensó que aquella mujer le caía bien.

Elena sacó la libreta.

—¿Por qué retiró Víctor las carpetas?

—Dijo que debía revisarlas para la reunión preliminar con comerciantes afectados.

Clara sintió un nuevo clic.

—La reunión siete.

Amelia la miró por primera vez.

—No. La reunión era a las siete.

El silencio volvió.

Pero esta vez era distinto.

No era el silencio del miedo.

Era el silencio de una pieza que cae en su sitio.

7. Hoy.

No Portal 7.

No expediente siete.

Siete en punto.

Hoy.

—¿Con quién era esa reunión? —preguntó Elena.

Amelia abrió su carpeta gris, sacó una hoja y se la entregó.

—Con los tres comerciantes señalados como prioritarios por el borrador de reforma.

Clara ya sabía los nombres antes de leerlos.

Pero Elena leyó en voz alta:

—Teresa Salvatierra, Café Portal 7. Inés Robledo, La Dulcería de Inés. Julián Aranda, Librería Julián.

Don Julián, ausente, habría encontrado alguna frase brillante para el momento.

Clara no encontró ninguna.

Porque de pronto la feria entera parecía otra cosa.

No una celebración.

No un accidente.

No una mañana que se había torcido por azar.

Una convocatoria.

Una trampa.

O una advertencia.

Amelia ajustó sus gafas.

—Víctor pidió que la reunión no constara en el programa público. Dijo que era informal.

—¿Informal? —preguntó Clara.

La secretaria municipal la miró como si acabara de aprobarle una asignatura difícil.

—En política municipal, señorita, informal significa que alguien quiere poder negar que ocurrió.

Elena guardó la lista.

—¿Dónde iba a ser esa reunión?

Amelia señaló hacia la ventana del vestíbulo.

Desde allí se veía la plaza.

El quiosco.

La cinta policial.

La fuente.

—En el quiosco central —dijo.

Clara sintió un frío pequeño.

Migas, a sus pies, dejó de lamerse la pata.

La reunión era a las siete.

Hoy.

En el quiosco.

Con Teresa, Inés y Julián.

Pero Víctor había muerto antes de poder llegar a la noche.

O antes de poder hablar.

Y alguien había empezado a contar la historia por él.