Capítulo 5 — La lista de los comerciantes #2
Lucía lo corrigió:
—Dos.
Tomás la miró.
—No lo sabemos.
—Sí lo sabemos. Ayer faltaba una. Hoy falta otra.
La temperatura de la habitación pareció bajar.
Elena se volvió hacia Lucía.
—Explique eso.
Lucía apoyó su carpeta roja sobre la mesa.
—Ayer por la tarde, cuando revisamos el material para la feria, faltaba la carpeta de copias de licencias comerciales.
Víctor dijo que probablemente la había llevado alguien a Urbanismo.
Esta mañana, antes de bajar a la plaza, vi que también faltaba la carpeta de correspondencia antigua sobre la reforma de la galería.
Don Julián no estaba allí para hacer un comentario literario, así que el silencio se quedó sin adorno.
Clara dio un paso.
—¿La galería de la pintada?
Lucía asintió.
—Sí.
Elena miró a Tomás.
—¿Por qué no mencionó la segunda carpeta?
—Porque no estaba confirmado.
—¿Por quién?
—Por mí.
—Eso no mejora la respuesta.
Tomás respiró hondo.
—La carpeta de correspondencia antigua no tenía relevancia administrativa actual.
Lucía soltó una risa amarga.
—Claro. Solo memoria. Nada que pese en un expediente.
—Lucía, por favor.
—No. Víctor pidió revisar esas cartas hace dos días. Dijo que quería evitar “ruido histórico” durante la feria.
—¿Qué cartas? —preguntó Elena.
Lucía abrió su propia carpeta y sacó una hoja.
—Copias de comunicaciones entre el Ayuntamiento y comerciantes de la antigua galería. Cartas de protesta, solicitudes de indemnización, promesas de reubicación. Muchas nunca se cumplieron.
Clara sintió que la frase de la nota volvía a respirar:
La plaza no perdona.
—¿Y qué tiene que ver eso con las licencias actuales? —preguntó Elena.
Lucía miró a Tomás.
—La reforma actual usa parte de la misma justificación urbanística. Recuperación del espacio, ordenación comercial, modernización. Palabras nuevas para heridas viejas.
Tomás levantó las manos.
—Eso es una interpretación emocional.
—Las ciudades también se interpretan emocionalmente —dijo Clara.
Elena la miró de reojo.
—No estamos en una tertulia.
—Perdón.
Lucía bajó la voz.
—Mi padre perdió la papelería en la reforma de la galería. Le prometieron un local provisional. Nunca llegó. Murió esperando una carta que el Ayuntamiento jamás mandó.
Por primera vez, Tomás no respondió.
Nico escribió más despacio.
Clara miró a Lucía con atención. Ahí estaba el motivo.
Dolor antiguo. Acceso. Carpeta roja. Frase de la plaza.
Pero también había algo demasiado visible en todo aquello.
Como la taza del Portal 7, como los lazos azules de Inés, Lucía parecía colocada en el centro de la sospecha con una precisión casi escénica.
Demasiado perfecta.
Y las cosas demasiado perfectas, Clara empezaba a saberlo, solían estar maquilladas.
Elena se acercó a la mesa.
—Necesito la lista de documentos que contenían las carpetas faltantes.
Tomás asintió.
—Puedo pedirla a secretaría.
—Ahora.
—La secretaria no está. Bajó a la plaza.
—Llámela.
Tomás sacó el teléfono.
Mientras él marcaba, Clara caminó alrededor de la mesa sin tocar nada. Había varias carpetas rojas con etiquetas blancas. Una decía Feria Café - Proveedores . Otra, Programa cultural . Otra, Plano puestos . Otra, medio oculta bajo una pila de folletos, decía:
Comerciantes afectados - borrador
Clara se detuvo.
Elena la vio detenerse.
—¿Qué?
Clara señaló.
—Esa.
La inspectora se acercó, leyó la etiqueta y usó guantes para abrir la carpeta.
Dentro había varias hojas impresas, algunas con anotaciones a lápiz. En la primera página, un título:
Relación preliminar de negocios sujetos a revisión por proyecto Plaza Mayor
Debajo, una lista.
Elena la leyó en silencio.
Clara, inclinada lo justo para no parecer demasiado ilegal, alcanzó a ver algunos nombres:
Café Portal 7 — terraza / accesibilidad / cocina interior La Dulcería de Inés — ocupación de vía / instalación eléctrica Librería Julián — licencia de actividad / uso mixto cultural Floristería Maribel — toldo exterior / estructura antigua Quiosco central — concesión futura pendiente Antigua Galería Comercial — antecedentes / reclamaciones históricas
Había marcas junto a tres nombres.
Un círculo junto al Portal 7.
Una línea bajo La Dulcería de Inés.
Una cruz junto a la Librería Julián.
Y, al margen, escrito a mano:
Reunión 7 — hoy
Clara sintió que algo le subía por la espalda.
No era miedo exactamente.
Era reconocimiento.
—Inspectora —dijo.
—Lo vi.
Elena levantó la hoja y la guardó en una bolsa transparente.
Tomás terminó la llamada y se volvió.
—¿Qué es eso?
—Una lista que parece bastante relevante —dijo Elena.
Tomás frunció el ceño.
—Esa carpeta no debería estar ahí.
—Hoy es un gran día para cosas que no deberían estar donde están.
Lucía se acercó y leyó la etiqueta.
Su rostro cambió.
—No había visto esa carpeta.
—¿Quién preparó esta lista? —preguntó Elena.
Tomás se defendió antes de ser acusado.
—Urbanismo trabaja con borradores. No todos pasan por mí.
—¿Quién hizo las anotaciones?
—No lo sé.
Lucía miró la hoja dentro de la bolsa.
—Esa letra no es de Víctor.
—¿De quién es? —preguntó Clara.
Lucía dudó.
—Podría ser de Amelia.
—¿Quién es Amelia? —preguntó Elena.
—La secretaria municipal —respondió Tomás—. Pero ella no tiene nada que ver.
—Esa frase rara vez sobrevive al primer interrogatorio —dijo Clara.
Elena no la corrigió. Nico, en cambio, anotó la frase como si quizá fuera útil.
Tomás se irritó.
—Amelia lleva treinta años trabajando aquí. Conoce todos los expedientes. Si escribió algo, sería por trámite.
—Entonces hablaremos con ella —dijo Elena.
—Está en la plaza.
—Pues la plaza nos queda cerca.
Clara volvió a mirar la lista. Los tres nombres marcados: Portal 7, Inés, Julián. Tres posibles afectados. Tres personas presentes en la feria. Tres rutas para fabricar sospechosos.
—Esto no es una lista de sospechosos —dijo en voz baja.
Elena la oyó.
—No.
—Pero alguien quiso que funcionara como una.
—Quizá.
Clara sintió el impulso de seguir hablando, de ordenar en voz alta lo que empezaba a formarse en su cabeza: la taza apuntando al Portal 7, la caja de dulces apuntando a Inés, la frase histórica apuntando a Lucía, la lista apuntando a todos.
Demasiados caminos abiertos. Demasiados culpables convenientes.
Una investigación real no se parecía a una línea recta.
Se parecía a una mesa llena de migas.
Y en eso, lamentablemente, el gato era experto.
Desde fuera llegó un golpe seco.
Todos se volvieron.
Otro golpe.
Venía de la ventana.
Clara se acercó antes de que Elena pudiera prohibírselo. Miró hacia abajo.
En el alféizar exterior estaba Migas.
Con medio cuerpo apoyado en la piedra, la cola erizada y una expresión de profunda urgencia.
En la boca llevaba algo.
—No puede ser —dijo Elena.
Clara abrió la ventana.
Migas saltó adentro con la agilidad de un delincuente reincidente y dejó caer su hallazgo sobre la mesa.
Era un trozo de papel húmedo, arrugado, parcialmente manchado de café.
Nico soltó un suspiro.
—Ese gato viola más escenas que medio pueblo.
Migas maulló.
Clara miró el papel.
No lo tocó.
Elena se puso los guantes de nuevo, con una resignación que ya parecía costumbre.
Extendió el papel.
Era parte de una hoja rasgada. Solo se leían algunas líneas:
...aceptar modificación de concesión... ...compensación privada... ...evitar oposición de comerciantes... V.A.
Víctor Almazán.
O alguien quería que pareciera Víctor Almazán.
Tomás leyó por encima del hombro de Elena.
—Eso no pertenece a ningún expediente municipal.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Clara.
—Porque habla de compensación privada.
—Precisamente por eso suena interesante.
Lucía estaba pálida.
—¿Dónde lo encontró?
Clara miró a Migas.
El gato caminó hacia la ventana abierta, se subió al alféizar y miró hacia el patio trasero del Ayuntamiento.
Elena se asomó.
Abajo había un pequeño patio con contenedores, macetas secas, una bicicleta oxidada y una puerta secundaria.
Junto al contenedor de papel, varias hojas rasgadas se movían con el viento.
—Nico —dijo Elena.
—Ya voy.
—No pise nada.
—Empiezo a sentir que esa frase define mi vida.