Capítulo 5 — La lista de los comerciantes
La lista de los comerciantes
La imagen en la pantalla del móvil de Marina temblaba como si también ella tuviera miedo.
No era una grabación pensada para resolver un asesinato.
Era un video torpe, lateral, hecho para capturar banderines, puestos bonitos y gente fingiendo naturalidad frente a dulces artesanales.
Durante los primeros segundos solo se veía la Plaza Mayor en su versión más amable: carpas blancas, una señora oliendo un jabón de miel, un niño intentando convencer a su padre de que un pastel de chocolate podía contar como desayuno, Don Julián colocando libros con gravedad litúrgica.
Luego, al fondo, casi fuera de cuadro, aparecía la figura.
Chaqueta clara.
Algo azul en la mano.
Carpeta roja bajo el brazo.
La figura cruzaba deprisa junto al puesto de miel y desaparecía por la entrada del callejón que llevaba a la puerta trasera del Portal 7.
Marina pausó el video justo cuando la persona quedaba medio oculta por una carpa.
—No se ve la cara —dijo.
Clara no respondió.
Teresa estaba de pie detrás de ella, tan quieta que parecía haberse convertido en parte de la fuente. Miraba la pantalla con los ojos fijos en la carpeta roja.
—Eso no prueba que sea Lucía —dijo finalmente.
Clara levantó la vista.
—No.
—Hay más carpetas rojas en el mundo.
—Muchas.
—Y chaquetas claras.
—Demasiadas, por desgracia.
—Y cosas azules.
—Hoy Valleverde está llena de cosas azules.
Teresa respiró, pero no pareció aliviarse.
—Entonces no prueba nada.
Clara miró otra vez la pantalla.
—Prueba que alguien entró en el callejón del Portal 7 antes de que encontraran a Víctor.
—Eso ya es bastante.
Marina tragó saliva.
—Tengo que dárselo a la inspectora, ¿verdad?
—Sí —dijo Clara.
Marina apretó el móvil contra el pecho, como si Elena Vega fuera a confiscarle también los seguidores.
—Es que hay tomas que todavía no he revisado. Y otras donde salgo fatal reflejada en una cafetera.
—Marina.
—Ya sé, ya sé. Hombre muerto. Prioridades.
Clara le puso una mano suave en el brazo.
—Dáselo tú antes de que parezca que lo estabas ocultando.
La influencer miró hacia Elena, que seguía hablando con Inés junto al puesto acordonado. Inés tenía la expresión de una mujer que había descubierto, con enorme indignación, que la ley también podía aplicarse a sus pastelitos.
—La inspectora me da miedo —susurró Marina.
—A todos.
—A ti no.
—A mí también. Solo que disimulo peor.
Migas, en brazos de Clara, estiró una pata hacia el móvil.
—Ni se te ocurra —dijo Clara—. Tú ya complicaste bastante la mañana.
El gato retiró la pata con dignidad.
Marina se levantó.
—Voy.
Dio tres pasos.
Se detuvo.
Volvió.
—¿Vienes conmigo?
Clara miró a Teresa.
Teresa asintió apenas.
—Voy.
Elena Vega estaba guardando la etiqueta rota de la caja de Inés en una bolsa cuando Marina se acercó. Nico Paredes intentaba cerrar otra bolsa con un lazo azul dentro y parecía en plena batalla contra el plástico.
—Inspectora —dijo Marina.
Elena se volvió.
—¿Sí?
—Encontré algo en uno de mis videos.
Elena no dijo “por fin sus redes sirven para algo”, pero su cara estuvo peligrosamente cerca.
—Muéstremelo.
Marina le entregó el móvil con la devoción de quien entrega un órgano vital.
Elena vio el video una vez.
Luego otra.
Luego una tercera, más despacio.
Su rostro no cambió, pero Clara ya empezaba a reconocer ciertos microclimas en la cara de la inspectora. Aquella inmovilidad no era indiferencia. Era interés bajo llave.
—¿A qué hora grabó esto? —preguntó Elena.
Marina abrió la información del archivo.
—Nueve y cuarenta y dos.
Nico levantó la cabeza.
—El cuerpo fue encontrado a las diez y cuatro, más o menos.
—Anote: video, 9:42 —dijo Elena.
—Sí, inspectora.
Nico escribió con tanta fuerza que casi atravesó la libreta.
Elena amplió la imagen.
—Chaqueta clara. Carpeta roja. Objeto azul en la mano. No se ve el rostro.
—Podría ser Lucía —dijo Inés, demasiado rápido.
Todos la miraron.
Inés levantó el mentón.
—¿Qué? Lleva una carpeta roja.
Lucía Paredes, que estaba junto a la fuente, oyó su nombre. Caminó hacia ellos con la misma calma tensa de antes. Tomás Echevarría intentó detenerla con una mano en el brazo. Ella se soltó sin brusquedad, pero con una firmeza que a Clara le gustó.
—¿Qué pasa conmigo? —preguntó Lucía.
Elena sostuvo el móvil de Marina.
—Hay un video de alguien entrando en el callejón del Portal 7 a las 9:42. Esa persona lleva una carpeta roja.
Lucía miró la pantalla.
Clara observó su rostro.
Nada de sobresalto teatral. Nada de indignación inmediata. Solo un pequeño endurecimiento en la mandíbula.
—No soy yo.
—¿Está segura? —preguntó Inés.
Lucía la miró.
—Inés, si alguna vez decido cometer un crimen, no lo haré vestida como media comisión cultural del Ayuntamiento.
Don Julián, desde su puesto, murmuró:
—Buena respuesta.
Elena giró el móvil hacia Lucía.
—¿Dónde estaba usted a las 9:42?
Lucía pensó.
—En el Ayuntamiento. Revisando copias del programa.
Tomás interrumpió:
—Yo la vi allí.
Elena se volvió hacia él.
—¿A qué hora?
—No recuerdo la hora exacta.
—Eso es menos útil de lo que cree.
—Entre nueve y media y diez menos cuarto.
—Necesito exactitud.
—Tengo llamadas, mensajes. Podemos comprobar.
—Lo haremos.
Lucía señaló la pantalla.
—Esa carpeta no parece la mía.
—¿Por qué? —preguntó Clara antes de que pudiera detenerse.
Elena la miró, pero dejó que la pregunta viviera.
Lucía acercó un poco la cara al móvil.
—La mía tiene una goma negra. Esa parece tener una etiqueta blanca en la esquina. Las carpetas del archivo provisional del Ayuntamiento son así.
Tomás palideció.
Fue sutil.
Pero Clara lo vio.
Y Elena también.
—¿Las carpetas del archivo provisional? —repitió la inspectora.
Lucía miró a Tomás, como si acabara de recordar que cierta información quizá no era pública.
—Sí. Las usamos para copias temporales. Expedientes de actos, permisos, licencias.
—¿Licencias como las que desaparecieron ayer? —preguntó Clara.
Elena ya no la miró con irritación. Esa era otra mala señal. Cuando la inspectora dejaba de molestarse por sus preguntas, significaba que también quería las respuestas.
Tomás se acomodó el pañuelo azul en el bolsillo.
—Muchas carpetas tienen etiquetas blancas.
—Pero las del archivo provisional son rojas —dijo Lucía.
—Algunas.
—Todas las de este mes.
El silencio entre ambos fue breve, pero denso.
Clara lo sintió como se siente el cambio de presión antes de una tormenta.
Elena devolvió el móvil a Marina.
—Envíeme ese video ahora mismo. Sin editar.
—Claro.
—Y no publique nada.
Marina abrió mucho los ojos.
—Por supuesto.
Elena la miró.
Marina bajó la vista.
—Ni stories.
—Ni stories.
—Ni un texto reflexivo sobre la fragilidad de la vida en pueblos con encanto.
—Especialmente eso.
Marina suspiró, resignada a la censura del alma.
Elena se volvió hacia Tomás.
—Concejal, necesito ver el archivo provisional.
—Ahora es complicado.
—Un hombre ha muerto junto a documentos que usted dice que desaparecieron. La complicación llegó tarde.
—No puedo abrir dependencias municipales sin autorización.
—Puede.
—Legalmente—
—Legalmente puedo pedir una orden. Prácticamente, usted puede sacar una llave y ahorrarnos tiempo.
Tomás miró alrededor. Vio a Inés, a Teresa, a Lucía, a Don Julián, a Marina, a Clara, a Nico y a Migas. Sobre todo a Migas, que lo observaba con una intensidad incómoda para un animal sin cargo público.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero debe constar que colaboro.
—Constará si colabora.
—Colaboro.
—Entonces camine.
El Ayuntamiento de Valleverde ocupaba un edificio de piedra al norte de la plaza, con balcones solemnes y una bandera que parecía siempre un poco cansada.
En la fachada, una placa dorada anunciaba una restauración de 1998 que, según Teresa, había costado lo suficiente para pavimentar tres calles y no había resuelto la humedad del salón de plenos.
El grupo que cruzó la plaza hacia allí era extraño: Elena Vega al frente, Tomás a su lado, Nico con la libreta, Lucía unos pasos detrás, Clara y Teresa más atrás todavía.
Migas los siguió.
—No —dijo Elena sin girarse.
El gato se detuvo.
Clara también.
—Se queda.
Migas maulló.
—No puedes entrar en el Ayuntamiento —dijo Clara—. Ya hay suficiente burocracia con garras.
Migas la miró con ofensa democrática.
Don Julián levantó una mano.
—Puedo custodiarlo otra vez.
—La última vez terminó en el puesto de Inés con una pista en la boca —dijo Elena.
—Precisamente. Mi método produce resultados.
—Su método produce informes.
Teresa se agachó y tomó a Migas en brazos.
—Yo me quedo con él.
Clara la miró.
—¿Segura?
Teresa sostuvo al gato contra el pecho.
—Quiero vigilar la plaza. Y mi café. Y evitar que Inés reorganice la realidad mientras no miramos.
—Buena suerte.
—La necesitaré menos que tú.
Clara siguió a Elena hacia el Ayuntamiento.
Adentro, el aire era más frío y olía a papel, piedra húmeda y café recalentado.
El vestíbulo tenía un tablón de anuncios lleno de carteles vencidos, cursos municipales, avisos de poda, un bando sobre animales sueltos y una hoja arrugada que recordaba la importancia de la participación vecinal.
Clara pensó que Valleverde participaba tanto en la vida ajena que quizá el aviso era innecesario.
Tomás abrió una puerta lateral con llave.
—El archivo provisional está aquí.
La habitación era pequeña, con estanterías metálicas, cajas de cartón y una mesa central cubierta de carpetas de colores. Había una ventana estrecha que daba a la parte trasera del Ayuntamiento. Una cafetera eléctrica descansaba en un rincón junto a una pila de vasos de papel.
Clara miró la cafetera.
Nico también.
—No lo diga —pidió el agente.
—No iba a decir nada —respondió Clara.
—Iba a decir “más café”.
—Era una posibilidad.
Elena examinó la sala.
—¿Quién tiene acceso?
Tomás contestó:
—Personal administrativo, concejalías implicadas, organización cultural, alcaldía, secretaría municipal.
—Eso es una lista o una rendición.
Lucía se acercó a una estantería.
—Las carpetas de licencias estaban aquí.
Señaló un espacio vacío entre dos cajas.
Elena miró el hueco.
—¿Cuántas faltan?
Tomás carraspeó.
—Una carpeta principal.